Gracias Krugos por haber abierto esta red para que todos pudiéramos seguir compartiendo
Así que el reto de esta semana es histórico, sobrenatural, felino? Mmm... Veamos qué podemos sacar de aquí.
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Relato:
Efraín era quien estaba de guardia esa noche. Estaba algo frustrado pues, a pesar de lo tarde que era, el calor no había disminuido ni un poco. Era una tortura hacer guardia allí afuera con semejante armadura de hierro, además le parecía inútil. Tenochtitlan ya había caído hace mucho, ¿qué posibilidades habría de un ataque a esas alturas? Dándole vueltas a su alabarda, Efraín fijó su vista en el río y para su impresión, halló una mujer allí, desnuda, con piel dorada y rizos color carbón, bañándose frente a él.
Efraín parpadeó un par de veces, dudando de sus sentidos, pero la imagen no desaparecía. Fue entonces cuando el deseo pecaminoso se apoderó de él. Después de todo, ¿a quién le importaría? Era sólo una mexica. Con cuidado, el hombre comenzó avanzar hacia la dama, que parecía no haberlo visto, pero sus pasos fueron demasiado pesados y ésta le descubrió.
Cubriendo sus labios con una mano y sus pechos desnudos con la otra, la mujer pareció horrorizarse. Su rostro era perfecto, moreno y delicado, pero lo que más llamó la atención del español fueron sus enormes y acentuados ojos color ocre. Jamás había visto ese color de ojos en una mujer, de hecho, nunca los había visto en un ser humano siquiera, por lo que hallarlos en una joven indígena le pareció aún más excitante.
Aterrada, la mujer salió del agua para echar a correr hacia la selva, y olvidándose por completo de sus órdenes, Efraín partió tras ella, dejándose el casco y la alabarda.
—No te vas a escapar de esto gatita… —advirtió Efraín, mientras la perseguía a través de la broza.
La persecución se prolongó bastante. El español estaba tan empecinado en atrapar a la bella mujer, que no se percató de lo mucho que se habían alejado del fuerte, ni de cuanto se habían internado en la selva, o de lo extraño que era que aquella mujer, tan delgada y menuda, no pareciera cansarse, adelantarse o retroceder. Era como si estuviese manteniendo la distancia exacta para que el hombre no la perdiera de vista, pero tampoco pudiera cogerla.
Efraín había comenzado riendo, pero viendo que era incapaz de alcanzarla, la emoción se fue transformando en rabia. Los pulmones ya no le aguantaban, y la pesada armadura, sumada al agobiante calor, comenzó a asfixiarlo.
Lanzando una maldición, Efraín cayó de rodillas, acezando como un loco mientras trataba de recobrar algo del aliento perdido. En esos momentos, ya había dado a la mujer por perdida, pero en cuanto volvió a levantar la cabeza, se sorprendió al encontrarla allí, de pie frente a él, con expresión impasible, mirándolo directamente.
Sus ojos color ocre habían comenzado a brillar, y su piel dorada, perfecta hace unos momentos, parecía haberse manchado por cientos de pintas oscuras. Lo primero que pensó Efraín era que la joven sufría de algún tipo de peste, pero esta idea desapareció tan pronto notó como el cuerpo de la doncella se desfiguraba ante él.
Con severos espasmos, la mujer comenzó a reírse enajenada, mientras todos sus huesos se retorcían. Sus rodillas se dislocaron, sus brazos se alargaron, y donde antes había unos labios morenos, una larga dentadura felina tomó lugar.
Efraín lanzó un grito al aire mientras trataba de reincorporarse, pero la persecución le había dejado agotado. Entonces la mujer jaguar saltó sobre él, con las garras desenvainadas y las fauces abiertas.
—¡Piedad! —Gritó el hombre, cuando el pesado cuerpo del felino cayó sobre él.
—¿Piedad? —Respondió el animal, con una profunda voz femenina— ¿Qué piedad? ¿La misma que le tuviste a mi pueblo? ¿¡La misma que me habrías tenido a mí?!
Llorando, el hombre solo siguió repitiendo la misma plegaria, pero su miedo no conmovía ni un poco a la nahual.
—Ahora Cihuacoatl no para de llorar por sus hijos perdidos… ¿Tu muerte acaso la consolará?
Con un grito ahogado, un último ruego de piedad se escuchó sobre la selva, y luego, silencio.
Tras la desaparición de Efraín, Manuel se vio obligado a cubrir su guardia esa noche. Estaba algo frustrado pues, a pesar de lo tarde que era, el calor no había disminuido ni un poco. Dándole vueltas a su alabarda, el español fijó su vista en el río y para su impresión, halló una mujer allí, desnuda, con piel dorada y rizos color carbón, bañándose frente a él...
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Ahora a ver qué otras cosas pensaron el resto OwO