Sebastián Luque - iz escribió: ↑Vie Nov 04, 2022 1:53 pm
Histórico – Sobrenatural – Felino
Al percibir su fugaz reflejo en la ventana del taxi, Carlos percibió esos pelinchos en la coronilla que siempre se le formaban al dormir, aunque solo fueran diez los minutos de viaje de su casa al aeropuerto. “Parezco un pájaro carpintero”, se dijo, y recordó la característica risa del dibujo animado. Se rio bajito, para él nomás. “Ya estamos grandes para dibujos”. El taxi partió despacio, tocó dos bocinazos cortos a modo de despedida y él llegó a ver la mano del chófer que se asomó para saludar.
Aquel mediodía bonaerense era fresco, solo el sol ocasional otorgaba alguna caricia para atenuar los efectos del junio invernal.
Carlos apuró el paso y se mezcló con todos, valija en mano, bufanda raída al cuello. Se fijó en su reloj, lo guardó y no tardó más de treinta segundos en volver a consultarlo. El tiempo estaba de su lado, pero cuando se trataba de trabajo no le gustaba correr riesgos.
—Permiso, che, permiso —fue haciéndose paso entre la multitud.
Ese cuarto del segundo piso no iba a ser tan permanente cómo terminó siendo. El contacto con el Termo Funes, su amigo de años, lo llevó a la dueña del edificio Arenales, la señora de González: una viuda que a sus sesenta pretendía sin éxito hacerse pasar por una cuarentona. Un primer encuentro para conocer el lugar le dio a Carlitos la seguridad de que no iba a quedarse allí, y mucho menos aun cuando la propietaria se empeñaba en pegársele demasiado al hablar y enseguida, “¡qué odioso!”, lo tomaba del brazo. Carlitos no gustaba del contacto físico y se sacudió todo lo gentil que pudo aquel agarre. Pero la señora insistía e insistía. Y se reía de un modo… El joven notó que no solo exponía su dentadura amarilla e incompleta, sino que se mostraba risueña ante comentarios que él decía sin intención de ser gracioso. “¡Ay, qué divertido que sos, nene!” y ¡zas!, manito al brazo. Él se preguntó si apestaba más la casa o su propietaria.
Pero hubo un solo hecho que inclinó la balanza.
No fue el precio, porque podía permitirse algo mejor con los ingresos que no paraban de crecer. La última producción era todo un éxito.
Tampoco la ubicación, que a ciencia cierta sí era muy buena.
Eran los gatos.
Llegó a contar seis distintos, todos diferentes en colores y tamaños. Estaban en la calle, en el pasillo, en el cuarto…
Cuando vio esa gata blanca, enorme, con su pelaje largo, le pareció que estaba hecha de algodón. La vio en la ventana, como si fuera la dueña verdadera del lugar, y dueña también de una mirada con la soberbia que solo se puede apreciar en los felinos.
Fue entonces que decidió quedase.
Por supuesto que consiguió tomar el avión. Si hasta fue el primero en abordarlo. Pero él se sintió tranquilo con su proceder: “mejor que sobre y no que falte”, se dijo mientras acomodaba su pañuelo. La fragancia que tenía era suave: de ser fuerte no podría llevarlo tan cerca de la nariz por tanto tiempo.
El traqueteo de la aeronave tenía preocupada a la damisela sentada a su lado, por lo que no paraba de hablar como para aturdirse y no pensar. Carlitos trató ser amable y seguirle el dialogo aunque hubiera preferido dormir un poco más: el vuelo a Colombia tomaría varias horas.
Aunque algo le venía revolviendo los sesos, desde el momento en que se despidió de la señora de González por la mañana.
El baka de su madre.
La procedencia francesa de sus padres le había dejado varias cosas pintorescas, pero el baka era la mayor. La cajita de madera de su madre lo encerraba desde hacía años y, como bien le había enseñado ella, no debía abrirla por ningún motivo. Una amiga de ascendencia africana se lo había obsequiado poco antes de fallecer, varias décadas atrás, antes del cambio de siglo. Y con él, la familia había sobrellevado bien la Gran Guerra. El rito del rezo, la ofrenda y la invocación en los momentos necesarios, se transmitía de generación en generación. El poder del baka se basaba en la fe que uno le otorgaba.
Aquella mañana Carlitos estuvo a punto de tirarlo: tomó la pequeña cajita con asco, estaba tapada de polvo, y la agitó un poco. Se preguntó qué tendría dentro. Unos segundos la estudió: los maderos eran pequeños pero resistentes; sin embargo, el hilo estaba muy cortajeado y no faltaría mucho para que se rompiera solo.
Reconoció que llevaba mucho sin cumplir con el rito aprendido, el trabajo era cada vez más demandante, con viajes al exterior incluidos.
Mientras todo temblaba a tantos pies de altura se preguntó si había hecho bien en zamarrear al baka y dejarlo tan desamoradamente sobre la mesa.
Un día sin lluvia era un día para dejar la ventana abierta, para que el aire de la ciudad paseara por el cuarto y se llevara un poco de su aroma a encierro natural. Ni con todas esas plantas, o flores recibidas, se iba del todo la peste.
Pero la señora de González no quería correr el riesgo de olvidarse abierta aquella ventana y que Carlitos se le fuera a enojar. Pocas horas después de su partida, se dirigió al cuarto rodeada de su troupe gatuna.
Y al abrir la puerta se horrorizó al encontrar a la gata mayor sobre la mesa, mordisqueando algo.
Ningún pasajero de aquella aeronave creyó posible aterrizar en tierras colombianas.
La última hora del vuelo la atravesaron con la turbulencia más salvaje que habían conocido. Parecía como si Dios mismo estuviera atacando la aeronave.
Cuando todo hubo quedado atrás, Carlitos descubrió cómo la pasajera de al lado lo tenía atrapado del brazo, con las uñas clavadas como un gato, y el rostro cubierto de lágrimas apoyado en su hombro. Esta vez no le molestó.
Se rio, con esa sonrisa tan suya, y pudo serenarla. Ella lo reconoció recién entonces y, por un momento, todo el terror se disipó.
Carlitos le firmó un autógrafo con todo placer.
Se sorprendió al darse cuenta de que en ningún momento había pensado en pedirle socorro al amuleto africano.
La señora de González barría toda la mugre apurada, aun sabiendo que faltaban días para el retorno de su inquilino. La impresión de ver esos bichos secos envueltos en el polvo de hojas y flores resecas casi le impedía cumplir su función. La gata blanca jugaba con una araña enorme, mientras los demás felinos intentaban tocarla con suma desconfianza.
El baka yacía destruido en el suelo, sin conciencia de que alguien miles de kilómetros al norte había dejado de creer en él.
El cantante llegaba a Medellín.