Disculpas por el diseño apresurado, esta es una página temporal para compartir mis relatos mientras trabajo en el diseño final.

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RELATOS DEL ESCRITUBRE 2021
(primeros borradores, sin corregir)
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¿Qué es el Escritubre?

El Escritubre es un evento creado por la escritora y YouTuber Lorena Amkie en el que ella, cada día del mes de octubre, publica en su canal de YouTube un video corto con un tema relacionado a la escritura y el mundo editorial. Luego, ella deja un reto creativo para la comunidad. Los participantes, además de discutir el tema del video, comparten sus escritos del día en la caja de comentarios.

El Escritubre 2021 es la tercera edición de este evento. Este fue, sin embargo, el primer año en el que participé.

Puedes encontrar una lista de reproducción con todos los videos del evento en el siguiente enlace:

Lista de reproducción: Escritubre 2021

Los relatos que escribí para el Escritubre son los primeros que hago desde 2002, exceptuando dos cuentos que reescribí en 2015 basados en originales de 2001; los del Escritubre son, en todo caso, los primeros con material nuevo en diecinueve años.

Casi todos los relatos fueron ideados y redactados el mismo día del reto correspondiente. Sólo uno, El Juego de Naipes de Mantequilla, está basado en uno de mis relatos viejos, aunque conserva muy poco parecido con el original. Otro de los relatos, Condolencias, está basado en una idea que había tenido anotada por años (en general traté de no utilizar mis ideas previas al Escritubre para los retos).

Todos estos relatos fueron redactados a toda prisa y, dado que son borradores sin corregir, pueden estar llenos de incoherencias, errores de continuidad, errores gramaticales y otros problemas menores de redacción. En un futuro espero corregir algunos, pero el resto son trabajos que no están alineados con mis intereses como escritor, por lo que probablemente se quedarán en su estado actual.

La Inspiración

Escritubre, día 1.

Para el primer reto había que crear una metáfora sobre la forma en que funciona la inspiración.

Aunque empecé a escribir el relato a tiempo, no logré terminarlo el día del reto y lo puse de lado para cumplir los siguientes. Terminé de redactarlo después del sexto reto.

*    *    *

LA INSPIRACIÓN.

El viejo poeta había pasado toda la semana buscando el tema perfecto para su próxima composición, nada le convencía. Cuando el puro ejercicio intelectual no rindió frutos, intentó escribir algunos versos de manera automática, sin pensar, dando permiso a su subconsciente para tomar las riendas; no le gustaba la técnica, pero así había escrito alguno que otro poema en sus momentos menos creativos. Siempre lo escribía todo a lápiz, luego hacía correcciones y finalmente repasaba las palabras en tinta. Leyó los versos proporcionados por los fantasmas de su mente y los encontró mediocres. La mesa quedó llena de virutas de goma.

Además del cuaderno, abierto en las últimas páginas en blanco, y de las virutas de goma, que estaban regadas por doquier, otros objetos cubrían casi la superficie entera de la mesa. Frustrado por el bloqueo creativo, el poeta trató de serenarse paseando la mirada, de derecha a izquierda, por cada uno de esos objetos: Libros y cuadernos apilados en dos torres; una fotografía en blanco y negro, bien entrada en años, maltrecha en las esquinas, inclinada (sin portarretratos) contra una de las torres; tres píldoras blancas y una azul celeste, para ser consumidas antes del almuerzo; una cajita cilíndrica de porcelana, sin adornos ni tapa; un frasco de jarabe para la tos; tres frasquitos de tinta casi vacíos y uno casi lleno; un vaso de plástico con lápices, plumillas y pinceles; un vaso de vidrio para limpiar los pinceles, con un residuo arcilloso al fondo y lleno de agua turbia; un plato con las sobras del desayuno sobre un plato con las sobras de la cena; y por último, una taza de café humeante, recién colado, que despedía un olor maravilloso. Al mirar los objetos de su escritorio, a veces el poeta extraía de ellos alguna palabra, idea, metáfora, o cualquier cosa que sirviera de ayuda para la composición en la que trabajaba. Aquella mañana, no obstante, ninguno de sus objetos parecía dispuesto a colaborar con él.

El poeta se levantó y fue a tomarse el café asomado a la ventana; si las cosas inanimadas no querían hablar, quizás la naturaleza tuviera algo que decir. Y así fue, la naturaleza le habló: hacía una fuerte brisa decembrina que ponía a danzar a los arbustos, que ejecutaban su propia música de percusión. Una polvareda avanzaba veloz sobre el sendero empedrado, como si tuviera que ir a encontrarse con alguien muy especial y se le hubiera hecho tarde. El viento silbaba melodías gratas que los pájaros, estratégicamente ocultos tras el bamboleante follaje de los árboles, acompañaban con gran habilidad y buen gusto musical. El sol, alto en la bóveda celeste, pero todavía lejos de acercarse al cenit, arrojaba oblicuamente sus rayos desde el este, es decir, desde atrás de la cabaña, y proyectaba frente a la ventana las sombras de ramas y hojas, claramente delineadas, que embellecían con su danza el paisaje. Cerca de la agreste cabaña, a pesar de que no era visible desde la ventana, cantaba con claridad un riachuelo al feliz encuentro de raíces y de piedras enormes y chicas que estaban suavizadas por la erosión y pintadas de liquen. Así, pues, aquella mañana la naturaleza tenía muchas cosas que decir, pero ninguna que el poeta pudiera usar en la composición que tenía en mente.


El viejo se terminó de beber el café, fue hasta el escritorio y cogió la fotografía a ver si le podía sacar algo. Quizás un viaje a tiempos más dulces pudiera ser de ayuda. La fotografía mostraba a sus dos hijas el día en que Mariana, que era la mayor, cumplía siete años; la niña, con los cachetes bien inflados y los ojos bien abiertos, soplaba una velita. Rosa María, que era la menor (apenas había cumplido tres años), aplaudía henchida de felicidad. El poeta guardaba en su corazón muchos recuerdos de aquel día, pensó en uno al azar: esa mañana le había compuesto un soneto a Mariana, mientras las niñas pintaban junto a él, acostadas en el suelo del estudio; estrenaban una caja de pinturas que había sido un obsequio de cumpleaños. En la fotografía era imposible apreciarlo, no por estar en blanco y negro sino por la postura de las niñas, pero el poeta sabía que, cuando había tomado la foto, las palmas de las manos de sus hijas habían estado manchadas de colores. Añoraba aquellos días que, curiosamente, no se sentían tan lejanos, a pesar de estarlo. Habían transcurrido más de cuarenta años. ¡Cuán rápido se había materializado el presente! Era como si meses y años enteros nunca hubieran ocurrido, como si alguien se los hubiera robado. Mariana y Rosa María, ahora dos señoras hechas y derechas, tenían poco tiempo para compartir con el anciano; las llamadas eran raras y las visitas casi inexistentes. A falta de iniciativa, el poeta tenía también su parte de culpa en la incómoda distancia que se había formado entre él y sus hijas. Y lo mismo le pasaba con sus nietos, adolescentes que en un abrir y cerrar de ojos se harían adultos, y de quienes no tenía ni una foto. Volvió a mirar la fotografía gris y se le escapó un suspiro. Lejos de encontrar los dulces recuerdos que esperaba, terminó por pensar en cómo había cambiado todo. Se le hizo un nudo amargo en la garganta y tuvo que dejar la fotografía boca abajo sobre su escritorio, en aquel momento no podía seguir mirándola. Pensó en su divorcio, en la lejanía de sus hijas, la indiferencia de sus nietos, los años solitarios, el decaimiento de su salud, las personas que habían desaparecido de su vida, y las que ya no estaban en el libro de los vivos. Su vida se había llenado de vacíos que las acuarelas, aguadas y composiciones poéticas no conseguían cubrir. Mientras reflexionaba de esa manera, su espíritu se entristeció, pero esa tristeza tampoco le servía para la clase de poema que quería escribir en las últimas páginas del cuaderno.


Abrió la gaveta del escritorio. Sobre un montón de papeles amarillentos, se hallaban unos trozos rotos porcelana, virutas de lápiz, dos sacapuntas, una navaja, un peine que nunca había sido usado, una cajetilla de cigarrillos y un encendedor. Con la primera bocanada de humo que llegó a sus admirables pero maltrechos pulmones, el poeta estalló en un ataque de tos. Destapó el frasco de jarabe y bebió de él directamente, calculando una cantidad equivalente a una cucharada. Eso no redujo la tos, pero el viejo sintió que había cumplido con su deber. Se asomó a la ventana, no para evitar que la habitación se impregnara de humo, sino para poder echar las cenizas al exterior; no había ni un cenicero en la cabaña, el viejo los había echado todos a la basura (y llenaron una bolsa entera), durante alguna de las tantas veces en las que se había propuesto dejar de fumar.


—Eso no le hace ningún bien, señor poeta —dijo alzando la voz una joven, no mayor de unos doce años de edad, que se aproximaba descalza por el camino de piedras, llevando en brazos una caja pentagonal de caoba, no más grande que una calabaza, finamente pulida y barnizada, con relieves geométricos hábilmente esculpidos a los cinco costados y con motivos florales de piedras coloridas incrustadas en la cubierta superior.


—¿Y a ti qué? —tosió el viejo— Ándate a recoger los zapatos que se te han caído por el camino.


La niña estalló en una carcajada genuina y contagiosa, haciendo reír y toser al viejo.


—No empecemos mal. Mire, mi nombre es Aedea, estoy haciendo de mensajera para alguien especial que le envía un obsequio —dijo sin dejar de caminar hacia la cabaña, enseñando la caja de madera con los brazos extendidos.


El viejo apagó el cigarrillo en el residuo de café; la taza había quedado olvidada momentos atrás en el alféizar. El cigarrillo hizo, al apagarse, un sonido tan desagradable como el olor que produjo.


Las cenizas y colillas de cigarrillos dejadas en tazas, vasos y platos habían originado un gran número de riñas entre el poeta y su exesposa; ella siempre le decía que «ni los cerdos», sin llegar a terminar la frase, y luego se negaba por meses a comer o beber de estos platos y vasos.

Aedea, que se había detenido frente a la ventana, también parecía abrigar una fuerte opinión al respecto, a juzgar por la forma en que arrugó involuntariamente la nariz al mirar el hilillo de humo que huía de la taza.

El viento seguía soplando con alegría desatada, dando vida propia a los largos cabellos de la niña, e inflando su amplio suéter como a las velas de un navío. La niña quería apartarse el cabello de los ojos, pero no se atrevía a sostener la caja con una sola mano, así que soplaba una y otra vez en dirección a los mechones, sin conseguir efecto alguno.


A pesar de hallar cómica la escena, el viejo evitó sonreír y miró a la joven adoptando un expresión de exagerada desconfianza, con un ojo entrecerrado y la ceja opuesta arqueada.


—Hum... eso sí que es raro: que venga una desconocida a darle obsequios a la gente sin motivo. Eso lo hacen solamente los delincuentes y los políticos, si me disculpas la redundancia.


—Señor poeta, créalo o no, con sus obras se ha ganado la admiración de muchas personas en el pueblo. ¡Y más allá también! Una dama le ha enviado a usted esta caja (y no me venga a decir que no es una belleza de caja), como muestra del respeto —aquí se interrumpió cuando un mechón de cabello se introdujo en su boca sin permiso. La niña se lo apartó como pudo, ayudándose con el hombro, y prosiguió como si nada—, ejem, del respeto que le profesa. Acéptela, pues, y deje las necedades para las cabras.


El poeta reflexionó durante algunos segundos, con la mano sujetando el mentón.


—A ver, pues, ¿qué tienes allí?


Recibió la caja y fue a colocarla sobre su escritorio; no habiendo suficiente espacio, estuvo a punto de ponerla sobre los platos, pero se arrepintió a tiempo y la puso sobre el cuaderno.


—Es muy bella, ¿no cree usted? —Aedea había trepado sin esfuerzo hasta el interior— Me pregunto qué contiene.


—¿Y tú cómo entraste? —dijo el viejo, que ya había dado por terminada la conversación— ¿Quién te dio permiso?


—Pero si solamente quería verle abrir la caja, no se ponga otra vez con cosas, que no es para tanto.


—Ya, ya, si con eso consigo que te marches, está bien, veamos que hay dentro.


La tapa parecía estar trabada, por lo que el viejo poeta giró la caja en busca de algún mecanismo para abrirla.


—Ay, chiquilla, como sea una bomba... —dijo, sin dejar de revisar.


—Pues explotamos y ya —dijo Aedea, poniendo los ojos en blanco.


—Y después yo te mato.


—¡Primero nos mata la bomba a los dos!


—¡Ajá! —el poeta encontró una pequeña ranura en lo alto de uno de los paneles laterales. Abrió la gaveta y sacó la navaja.


—¿Y eso qué es? —preguntó Aedea, señalando los fragmentos de porcelana en la gaveta.


—¿Y a ti qué te importa? ¿Es que tu curiosidad no tiene fin?


—Pues me parece raro que alguien tenga guardadas unas cosas rotas y quiero saber la razón.


—¿Qué es lo raro? Si uno guarda algo que está roto es porque lo piensa reparar, ¿no te parece?


—Bueno, bueno, ya no le pregunto nada —dijo, y señalando teatralmente la caja, agregó:— Continúe usted.


La hoja de la navaja apareció de golpe con el accionar de un botón en el mango, estaba rayada de grafito porque el viejo la utilizaba para sacarle punta a sus lápices de dibujo.


El viejo poeta se inclinó para introducir la navaja en la ranura de la caja, pero se detuvo, soltó un suspiro, y cerró la navaja empujando la hoja contra la mesa al mismo tiempo que apretaba el botón del mango (el mecanismo automático funcionaba en un solo sentido, pero también desbloqueaba la hoja para cerrarla manualmente). Cogió la cajita cilíndrica de porcelana que estaba sobre la mesa y se la mostró a Aedea.


—Esto fue un regalo que le hice a mi hija menor cuando todavía era pequeña, ¿cuán pequeña?, no lo sé, todavía no era tan grande ni preguntona como tú. Los pedazos rotos que viste en la gaveta, formaban la tapa. Si hubieras visto cómo lloraba esa criatura cuando se le rompió, con esa habilidad que tienen los niños para convertir algo trivial en una tragedia desconsoladora. Le prometí que le repararía su cajita, pero ahora ella es una mujer más vieja de lo que yo era cuando le hice esa promesa, y como puedes ver, no cumplí mi palabra.


—Pero todavía estás a tiempo de hacerlo. —Aedea empezó a tutearlo sin darse cuenta— ¿Qué te cuesta?


—No, no, ya no importa. Es demasiado tarde. Hay cosas que tienen su momento: el momento en que esa promesa tenía importancia, ya pasó.


—Y sin embargo, la cajita sigue sobre la mesa y los pedazos rotos en la gaveta. ¿Eso no te dice nada?


El viejo bajó la mirada y calló.


—Señor poeta, abra usted la caja que le traje.


El viejo siguió callado y cabizbajo algunos segundos.


—¿Quién me envía esta caja? —dijo a media voz, la conversación parecía haber drenado sus fuerzas.


—Ya se lo dije, una dama que admira su trabajo.


—¿Es alguien que conozco? ¿Cómo se llama?


—La señora Inspiración, no sé cuál es su apellido. Ella le conoce a usted, pero dice que usted seguramente ya no la recuerda.


—No, no me suena el nombre. Bueno, terminemos con esto.


La hoja de la navaja volvió a aparecer con un clic, y el poeta la introdujo en la ranura de la caja ornamentada; no calzaba del todo bien, pero logró accionar la traba que impedía que se abriera. En el interior había un papel enrollado en forma tubular, atado con una cinta de tela color violeta.


El viejo poeta lo desplegó y vio que se trataba de un retrato en acuarelas de sus padres, él lo había pintado un par de años antes de que fallecieran (cosa que hicieron con pocos meses de diferencia). Eventualmente vendió el retrato, junto a otras obras menos personales. El poeta nunca tuvo la oportunidad de mostrárselo a sus padres, a pesar de que lo había pintado para ellos. Su relación con ellos había sido tan fría como la que tenía ahora con sus hijas y nietos, si acaso se veían en los funerales de alguno que otro familiar era ya mucho decir. Después de haberlos perdido, lamentó no haber intentado acercarse a ellos en vida. Y ahora que tenía en sus manos el retrato, pensó que quizás sus hijas también lamentarían no haberse acercado a él, y que él tendría buena parte de la culpa.

—Somos todos unos tontos —dijo, pero no se dirigía a Aedea, hablaba consigo mismo—, esperando que sean los demás los que den el primer paso. Deseamos lo mismo, acortar las distancias, y nos negamos a ser los primeros en tratar de conseguirlo, el orgullo nos mantiene alejados a unos de otros.


—Para necias, las cabras —dijo Aedea mientras salía por la ventana—. Que tenga buen día, señor poeta, me marcho a acortar distancias.


El viejo supo al fin de qué iría el último poema del cuaderno que le aguardaba abierto sobre la mesa. No era el último cuaderno que pensaba llenar, muy pronto empezaría uno nuevo, pero le gustaba concluirlos todos con algo especial.


El poeta sacó los trozos de cerámica rota de la gaveta y los colocó sobre la mesa; se prometió ir en la tarde al pueblo a comprar un adhesivo apropiado. Llevó los platos sucios a la cocina y, tras echar las sobras a la basura, los lavó. Se sirvió agua y regresó a su estudio, donde se tragó, de dos en dos, las cuatro pastillas que tenía sobre el escritorio.


Había sido una mañana curiosa, cierta señora Inspiración le había enviado la clave para salir del bloqueo y empezar a componer su nuevo poema, y resulta que esa clave provenía originalmente del él mismo: él la había creado, y la había vendido sin sospechar que, el día menos pensado, hallaría el camino de vuelta a sus manos. A su avanzada edad, la experiencia humana no dejaba de sorprenderle. Animado, se sentó y empezó a escribir.

Tres inicios de una obra conocida

Escritubre, día 2.

El reto consistía en elegir una historia muy conocida y escribirle tres inicios diferentes.

La historia que elegí fue La Metamorfosis de Kafka, pero en lugar de escribirle tres inicios, decidí tomarme cierta licencia con las reglas y escribir el inicio a tres reinterpretaciones del relato.


El primero es un cuento infantil, con un lenguaje muy simple. El segundo es el proemio de un poema épico, escrito en endecasílabos blancos. El tercero es una parodia de horror gótico con una prosa exagerada.

*    *    *

LA METAMORFOSIS
(Si fuera un cuento infantil.)

Después de una noche tranquila, llena de dulces sueños, Gregorio Samsa despertó convertido en un curioso escarabajito.

—¡Oh no! —dijo de una forma muy rara, pero pronto se acostumbró a hablar con su nueva boca de insecto— ¿qué me ha ocurrido?

Estaba acostado sobre su duro caparazón. Movió las patitas (ahora tenía seis), sin lograr darse la vuelta para levantarse.

—¡Qué horror! —dijo entristecido— ¿Ahora cómo podré ir a lavarme la cara y cepillarme los dientes? ¡Pero qué digo! ¡Ni siquiera tengo dientes!

Entonces entró Grete, su hermanita, y como vio que Gregorio estaba tan triste, fue a buscar su violín para levantarle los ánimos con su melodía favorita.

Cuando la niña volvió, se sorprendió al encontrar a su hermanito flotando por los aires, gracias a unas alas que había tenido ocultas debajo del grueso caparazón y que ahora zumbaban muy duro.

—Mírame, Grete, ¡puedo volar!

Los problemas de Gregorio parecían resueltos, pero en ese momento se escuchó una risa maligna en el piso de abajo. Grete y Gregorio se precipitaron por las escaleras, ella corriendo y él volando, a investigar lo que había ocurrido.

¡Sus padres habían sido transformados en pájaros y ahora querían comerse a Gregorio! Grete lo impidió encerrándolos en la jaula del canario, que parecía estar contento de recibir visitas.

—Seguro que el malvado Regente está detrás de todo esto —dijo Gregorio.

—Y tú sabes lo que eso significa —dijo Grete.

Sus problemas apenas empezaban...

*    *    *

LA METAMORFOSIS
(Si fuera un poema épico.)

Cuenta, oh musa Calíope, del asco
que a todos engendraba el desdichado
que se hacía llamar Gregorio Samsa,
y cómo por olímpicos designios,
tras un sueño agitado, despertara
transfigurado en un monstruoso insecto.
Háblanos de esa gran metamorfosis
que en su obra ilustre Ovidio no incluyera.

*    *    *

LA METAMORFOSIS
(Si fuera un rebuscado cuento victoriano de vampiros.)

El conde Samsa despertó presa de una agitación incontenible; la noche, oscura y tormentosa, había estado plagada de convulsiones espasmódicas y dolores inconmensurables que atormentaron al conde, consiguiendo retorcer y hacer crujir su cuerpo enfermizo. Sus últimos recuerdos se le presentaban como un desfile de imágenes inconexas que parecían, infructuosamente, querer mostrarle algo. ¿Pero qué?

Sus inquietantes cavilaciones se vieron interrumpidas cuando la condesa Grete, su hermana, entró a la habitación, que, a pesar de hallarse bien entrada la mañana, se encontraba sumida en una oscuridad profunda al estar los altos, estrechos y puntiagudos ventanales góticos cubiertos por negras cortinas de un grosor impenetrable. Al acercar la joven el candelabro al lecho en el que incómodamente reposaba su hermano, y darse cuenta de la monstruosidad que lo había reemplazado, no pudo sino lanzar un espeluznante alarido e inmediatamente huir toda prisa, soltando el candelabro que, como guiado por designios malignos, empezó a esparcir su fuego por la alfombra y los tapetes.

Entonces, Gregorio Samsa, conde de K., iluminado por las llamas ondulantes que se abrían paso, como espíritus atormentados, por toda la recámara, y que amenazaban su misma existencia, miró las patas delgadas y velludas en que se habían transformado sus extremidades, y se dio cuenta de la clase de maldición de la que era víctima. ¡Sí, ahora lo recordaba! A la media noche, cuando los lobos producían una música endemoniada, que acompañaba el doblar de las campanas, y el cielo sin luna relampagueaba funestos presagios, el cuello del conde había recibido la sensual mordedura de un escarabajo, pero no de un escarabajo cualquiera: ¡Un escarabajo vampiro!

La Envidia

Escritubre, día 6.

El reto consistía en utilizar uno de los siete pecados capitales como inspiración.

*    *    *

LA ENVIDIA

Alicia estaba muy entusiasmada con la novela en la que trabajaba, se veía reflejada en Kami, la protagonista, y sentía como si viviera a través de ella las aventuras que le escribía. Kami lo tenía todo, residía en una enorme mansión y tenía todo el dinero necesario para financiar sus viajes extraordinarios. Kami era una guerrera elfa, que portaba dos hachas ligeras que disparaban dardos. El universo que habitaba era, sin duda alguna, de corte steampunk, pero con elementos mágicos. Kami llevaba aretes en forma de tuercas entrelazadas en una oreja, y de caracteres místicos en la otra. Llevaba en la espalda un bolso metálico en forma de caldero, que humeaba y tenía un fuego violáceo eterno en el interior, que podía verse a través de rendijas, pero el bolso no era caliente y no quemaba a Kami, claro está, porque era mágico, y también era ligero, y estaba lleno de engranajes y símbolos místicos, y de ese bolso colgaban las hachas.

Un día Alicia decidió crear un novio para Kami, y escribió sobre una batalla en la que Kami rescató a un apuesto guerrero humano que tenía un lado oscuro y misterioso pero un gran corazón, que era incomprendido y tenía pocos amigos (y ninguna amiga que pudiera competir con Kami), y que se parecía a una mezcla de varios chicos que le gustaban a Alicia, y que se llamaba Omega, y que también sabía magia pero nunca la usaba por culpa de alguna tragedia en su pasado de la que no quería hablar.

Kami y Omega se enamoraron, aunque Kami sabía que él envejecería y ella no, porque él era un humano y ella una elfa, y sabía que algún día tendría que verlo morir de viejo, pero aceptaba su destino y sabía que nunca lo olvidaría.

Kami y Omega vivieron muchas aventuras y su amor crecía, pero lo que también crecía era el amor que Alicia, la escritora, empezaba a sentir por Omega. Y mientras Alicia se enamoraba, empezaba a sentir que la conexión que tenía con Kami se disolvía. Ya no la veía como su avatar en el planeta Humo de Horno, sino más bien como una amiga, y luego más bien como una conocida en la que ya no confiaba mucho, y finalmente como una malagradecida que se interponía en el camino del amor.

Así, pues, Alicia empezó a cambiar su manera de escribir. De pronto Kami sufría más accidentes de lo normal; su rostro recibió la peor parte, en una semana perdió un ojo, se le quemó toda la cabellera, y quedó llena de cicatrices. Pero Omega parecía seguir amándola pese a estas continuas desfiguraciones.

Alicia no podía soportar aquel romance y se decidió a ponerle fin, de una vez por todas. Omega fue capturado por orcos que llevaban lanzallamas al vapor, y Kami luchó valientemente hasta el final, pero los orcos la incendiaron de los pies a la cabeza (que ya tenía quemada de antes). Y ese fue el fin del primer tomo.

En la segunda novela, Omega conocería a una Alicia de la que se enamoraría y con la que tendría dos hijos: uno científico y otro hechicero. Y Alicia, que era la más bella de todas las humanas, comenzaría una campaña para destruir a todos los malvados elfos, hasta que no quedara ninguno en todo Humo de Horno. ¡Sería épico y digno de ser contado!

La Visita

Escritubre, día 7.

El reto consistía en escribir una escena incómoda o que causara pena ajena. El tema del video del día era salir de nuestra zona de confort, por lo que escribí el relato en primera persona, cosa que no me gusta hacer.

*    *    *

LA VISITA

Vi que el señor William miraba otra vez su reloj, creo que todavía faltaba media hora, o algo así, para que dieran las 6:00, y me daba la impresión de que él ya quería cerrar la tienda. No se veía mucha gente en la calle, así que me acerqué al jefe.

—¿Qué dice, señor William, nos vamos temprano hoy?

Margarita, que era la otra empleada en la pequeña zapatería, salió de su aburrimiento y se acercó tan pronto escuchó mi pregunta, seguramente para darme una mano en caso de que el jefe necesitara ser persuadido.

El señor William miró otra vez su reloj, pensó por un momento, y dijo:

—Sí, vámonos. Tengo hambre.

Estaba de malas con su esposa. La señora William (que no se llamaba así, pero así la llamábamos Margarita y yo), le llevaba el almuerzo todos los días a su marido. Aquel día no había sido la excepción, pero cuando el señor William abrió el recipiente plástico, descubrió que contenía un pescado crudo y una nota que ni Margarita ni yo pudimos alcanzar a leer. El señor William salió a comprarse alguna cosa para llenar el estómago, pero volvió al rato hecho una fiera, diciendo que su esposa le había sacado todo el efectivo y las tarjetas de su billetera. Ofrecimos ir a comprarle un almuerzo, pero ya había perdido el apetito.

Mientras poníamos todo en orden para cerrar la tienda, el jefe vació la caja registradora, como hacía siempre, y nos invitó a comernos algo. Sabíamos que el jefe le tenía echado el ojo a Margarita, y a veces nos aprovechábamos de eso para sacarle favores. Pero Margarita se excusó y dijo que tenía una cena con su familia y que no podía arruinar su apetito. El jefe le dijo que igual nos podía acompañar (pensaría que es divertido ver comer a los demás), pero no había caso. Yo sí acepté acompañarlo, probablemente para su disgusto, porque está claro que no era conmigo con quien quería ir a comer y que sólo me había invitado por pura cortesía.

En nuestra calle, es decir, la calle de la zapatería, había una combinación arbitraria de locales comerciales y edificios residenciales, y casi todos los edificios tenían algún comercio en la entrada. Uno de estos edificios tenía un pequeño café donde vendían buena comida italiana, en ese edificio vivía mi primo Leandro, así que yo solía comer en el café casi siempre que visitaba a mi primo. Le dije al jefe que podíamos ir allí, que estaba cerca y era un buen sitio.

Nos despedimos de Margarita y fuimos al café. El jefe pidió una pasta a la carbonara y yo una pizza con piña. El señor William se pasó todo el rato hablando pestes de mi pizza y de mi mal gusto, pero yo pude reír de último (por dentro, claro está) cuando su pasta terminó revolviéndole el estómago. Comenzó a sudar como un cerdo y se excusó para ir al baño, pero el inodoro del café estaba en tal estado de suciedad que no se atrevió a usarlo. Volvió a la mesa y se sentó; traía mala cara.

—¡Necesito un baño urgente! —dijo.

En nuestra zapatería teníamos un baño pequeño que Margarita y yo manteníamos muy limpio. Pero subir las pesadas rejas de la tienda era algo que había que hacer entre dos, y el jefe no estaba en estado de hacer fuerza, a riesgo de explotar su indigestión. Allí fue cuando tomé la peor decisión de toda mi vida. Queriendo quedar bien con el jefe, le dije que mi primo vivía en el edificio y que seguramente podría usar su baño.

Llamé a mi primo al teléfono móvil; dijo que estaba saliendo del trabajo, pero que nos recibiría con gusto, y que llamaría a Clara (su esposa), para que bajara a abrirnos la puerta.

Mientras esperábamos, el jefe parecía estar a punto de explotar. Se secaba el sudor con un pañuelo, una y otra vez, y cambiaba de postura constantemente, como si tuviera carbones ardientes en su silla. Yo me aguantaba la risa como podía, porque no quería acabar despedido.

—Al menos Margarita no está viendo esto —fue lo único que llegó a decir el jefe hasta que Clara se asomó al café y nos llamó.

En el ascensor, Clara le preguntó al señor William si se sentía bien, de tanto que sudaba.

—No es nada, gracias —dijo él, pero ella me miró preocupada.

Llegados al apartamento nos sentamos en el sofá y Clara fue a servirnos una taza de café. El jefe me dio con el codo, para que yo pidiera permiso por él para usar el baño. Nunca me había imaginado que el jefe pudiera ser un penoso, pero quizás había que ponerse en su lugar para comprenderlo.

Antes de que Clara volviera, llegó mi primo. Nos saludamos y le presenté al señor William, a quien mi primo recordaba de cierta ocasión en la que fue a comprar zapatos a la tienda. Le pregunté si el jefe podía usar el cuarto de baño. Mi primo asintió y se fue con él para decirle dónde era y explicarle dónde estaba todo, como si fuera muy difícil encontrar las cosas que hay en un baño.

Clara volvió de la cocina y de inmediato se sobresaltó, al punto de que casi se le cayó la bandeja con las tazas, el termo y la azucarera. Me lanzó lo que yo llamaría un grito en voz baja y señaló con la cabeza hacia el sofá.

Habíamos llegado demasiado tarde, ¡el jefe había explotado! Había una pequeña mancha marrón en donde había estado sentado.

Clara era rápida de mente y, tan solo ver la mancha, ya sabía qué cosa era, de dónde había salido y a qué se debía nuestra visita.

—¡Yo no sé cómo vas a hacer, pero ese cojín lo vas a lavar tú! —dijo, y pensé que, a no ser porque ella tenía las manos ocupadas con la bandeja, seguramente me hubiera echado las garras al cuello para estrangularme— ¡Si Leandro encuentra esa mancha, se acaba el mundo!

Mi primo Leandro era una especie de germófobo, y Clara no exageraba, si su marido llegaba a enterarse de que su sofá estaba decorado con heces humanas, o hubiera sufrido un infarto o nos hubiera matado a mí y al jefe.

Por otro lado, era imperativo evitarle una vergüenza al señor William, no podía enterarse del regalito que había dejado su explosión en el sofá. De ello dependía conservar mi trabajo; con toda seguridad, el jefe no hubiera podido tener de empleado a alguien que conociera un secreto suyo tan embarazoso.

—Ni una palabra al jefe, Clara, por favor —dije entrelazando los dedos en un gesto suplicante, poniendo mi futuro en sus manos.

Clara colocó la bandeja sobre la mesa y se puso a mirar la mancha, pensando qué hacer. Escuchamos a Leandro volver por el pasillo, y, sin saber qué hacer, tomé un almohadón y lo arrojé sobre el cojín manchado. Clara se llevó una mano a la frente, como diciendo «pero qué ha hecho este imbécil con mi almohadón», yo le sonreí forzadamente con los hombros encogidos, como si con eso hubiera podido calmarla.

Leandro cogió una taza de la mesa y se sentó junto al almohadón que ocultaba la escena del crimen. Clara me dirigió una mirada llena de pánico, y supongo que se la devolví sumándole todos mis miedos.

—Qué bueno tenerte por aquí, primo —dijo Leandro—. ¿Y eso que andas con tu jefe?

—Eh, pues, me invitó a comer al café de abajo y decidí pasar a decir hola, pero ya nos vamos.

—¿Ya se van? Tonterías. Acaban de llegar. Vamos, sírvete un café —dijo señalando la bandeja con las tazas.

Mientras yo me vi forzado a conversar, ya no sé ni de qué cosas, con mi mente fija en el almohadón y lo que se ocultaba debajo, el señor William se estaba tardando más de la cuenta en el baño. Mi primo empezó a preocuparse, pero yo lo tranquilicé diciéndole que así era el jefe, que cuando entraba en un baño se hospedaba una eternidad. Pensé que el señor William se había encontrado con las ruinosas consecuencias de su explosión y estaría limpiando el desastre, quizás había tenido que hacer un funeral para su ropa interior, y estaba buscando la forma de darle sepultura.

Eventualmente salió el jefe, pálido como una nube, y (también como una nube) muy ligero; se había quitado un gran peso de encima. Yo quería largarme cuanto antes, así que me levanté.

—Se nos hace tarde, señor William —dije.

El señor William dio unos pasos, como ebrio. Seguía sudando, a pesar de haber explotado ya.

—Si me disculpan, necesito sentarme un momento.

Mi primo y su esposa se levantaron también, para ayudar al jefe a caminar hasta el sofá. Lo encontraron frío y concluyeron que se trataba de una bajada de tensión. Leandro estuvo a punto de conducirlo hasta otro asiento, y teniendo el jefe los pantalones manchados, era por seguro que la mancha terminaría duplicada dondequiera que se sentara. Clara pensó con rapidez y mandó al marido a buscar algo dulce para el jefe. Así, entre ella y yo lo llevamos hasta el asiento que ya había sido manchado en un principio. Yo quité el almohadón, que también estaba arruinado, y lo puse en el piso, junto al sofá, inclinado contra la pared, de modo que no pudiera causar más daño.

Mi primo volvió y le dio al señor William un chocolate de barra y un vaso de agua. Todavía mareado, el jefe dejó caer la mano del apoyabrazos y se encontró con el almohadón, que cogió y se lo puso detrás de la cabeza, para estar más cómodo. Sin darse cuenta, se había embarrado el cabello con sus propios excrementos.

Clara me miró con los ojos muy abiertos y sin saber qué hacer. En aquel momento yo ya no pude más y estallé en una carcajada incontrolable. Me reí como nunca en mi vida, al punto que me costaba respirar. Finalmente pude tomar suficiente aire como para soltarle esta joya a mi jefe:

—¡Señor William, se ha llenado la cabeza de mierda!

Incluso después de haber sido echado a la calle, seguí riendo hasta llegar a mi casa. De más está decir que estoy buscando empleo y que mi primo no contesta mis llamadas.

La Joven que Deseaba Leer

Escritubre, día 9.

El reto consistía en hacer que el lector se metiera en la historia. Yo interpreté mal las reglas y terminé por escribir sobre personajes que podían meterse en las historias que leían.

Para las últimas líneas, me robé la forma en que termina el libro Ilusiones de Richard Bach: con una cita incompleta que culmina en una coma.

*    *    *

LA JOVEN QUE DESEABA LEER

Cristel, a muy temprana edad, había aprendido a leer con una facilidad sorprendente. Su madre, que había trabajado como maestra de escuela hasta que se casó y quedó encinta, se sentaba con ella todas las tardes para practicar. Los libros de los que aprendía Cristel, eran minuciosamente revisados por su padre, y algunos tenían páginas arrancadas. En la casa estaban prohibidos cierto tipo de libros: todos los cuentos (incluso los infantiles), todas las novelas, todas las obras de teatro y todos los poemas que contaran historias o describieran lugares.


Cristel fue educada en casa, vivía en una cabaña en la playa, lejos de la civilización. Las cabañas vecinas estaban desocupadas casi todo el año, y en las temporadas vacacionales a Cristel no se le permitía interactuar con los turistas. Su infancia transcurrió solitaria y llena de reglamentos muy estrictos. En su casa no había televisión, ni computadoras, ni teléfonos inteligentes, ni consolas de videojuegos. Además de bañarse en la playa, la diversión principal de Cristel era su guitarra, que había aprendido a tocar por cuenta propia y que, con el tiempo, llegó a ejecutar con buen gusto y sentimiento, aunque con poca técnica. Ella y sus padres se entretenían jugando ciertos juegos de mesa: sólo aquellos suficientemente abstractos, como damas, ludo o backgammon , que no estimulaban la imaginación con narrativas. Además jugaban juegos de azar: naipes, dados, bingo, e incluso tenían una pequeña ruleta. También leían libros de manualidades, cocina y divulgación científica, pero todos estos libros debían ser revisados y aprobados por el padre antes de ser introducidos al hogar. Cristel nunca se quejaba; al no haber conocido otras experiencias, propias o ajenas, creía que así era la vida para todos los niños.

Un día, cuando Cristel tenía quince años, escuchó a su madre hablar con la abuela sobre una novela que estaba de moda. Cristel no sabía lo que era una novela, así que su mamá se lo explicó, y luego le advirtió que ella no debía leer esa clase de libros.

—¿Y por qué no podemos leer novelas?

—Porque son peligrosas.

Cristel no logró sacarle más información a su madre. Cuando llegó su padre, se sentaron para tener una conversación seria.

—¿Recuerdas lo joven que eras cuando aprendiste a leer? Yo también aprendí cuando tenía tres años, tú y yo tenemos un don especial —dijo con una sonrisa llena de orgullo paternal, pero de inmediato su semblante se tornó sombrío—. También tenemos un mal que nadie sabe cuándo comenzó, pero que ha estado en la familia por generaciones.

—¿Qué clase de mal es ése, papá?

—Hubo un tiempo, hace muchos, muchos años, en el que ciertos miembros de nuestra familia empezaron a desaparecer. Bastaba con dejarlos solos unos segundos para que se esfumaran sin explicación posible, incluso de habitaciones de las que no hubieran podido salir sin ser vistos. Una tarde, la abuela de mi abuela paterna, estaba hablando con su hermano, que se había sentado a leer en una mecedora, le dio la espalda unos segundos para bajar al gato de un mueble, y al volverse se encontró con que estaba sola en la habitación; lo único que quedaba de su hermano era el libro que había abierto.

Cristel escuchaba sin interrumpir, pero le parecía que la historia se estaba poniendo muy rara, se preguntaba si su padre le estaría mintiendo. Cuando él le dijo que su familia había sufrido un mal por generaciones, se figuraba que hablaba de alguna enfermedad, no de una maldición; ella no creía en supersticiones.

—Desde entonces la familia empezó a darse cuenta de que los siguientes desaparecidos, o bien habían sido vistos leyendo o bien se había encontrado un libro en el suelo, en una silla, en una mesa, algunos abiertos, otros mal puestos, como si los hubieran dejado caer. Se pensó que los libros estaban malditos y todos fueron quemados. Algunos no se atrevían a leer. Otros experimentaron y fueron descubriendo que ciertos libros eran seguros y otros no, y que el problema no venía de los libros, sino de nuestra propia sangre. Y así fue que nuestra familia aprendió a sobrellevar el mal, y las desapariciones cesaron.

—Pero eso fue en años en los que la gente se creía cualquier cosa —dijo Cristel—, seguro que hay una explicación para todas esas desapariciones, ¿no es así? Quizás la familia tenía enemigos, o eran puras exageraciones, qué sé yo.

—Eso pensaban mis padres; cuando yo aprendí a leer, me obsequiaron un libro de cuentos. Aquella misma tarde, mi madre entró a llevarme una merienda y descubrió que yo había desaparecido. Me buscaron por toda la casa y todo el vecindario, llamaron a la policía. Todo fue en vano. Entonces, una noche, mi madre abrió el libro de cuentos y descubrió que el cuento hablaba de mí, que narraba cómo yo andaba perdido en aquél lugar ficticio; parecía como si yo hubiera reemplazado al personaje del cuento. Mis padres nunca quisieron contarme cómo lograron sacarme de allí, quizás para evitar que, sabiendo la forma de escapar, pudiera ocurrírseme volver a leer otro cuento.

—Te estás burlando de mí, papá, no me creo ni una palabra de todo lo que has dicho.

Durante los días siguientes, sus padres volvieron a intentar hablar del tema; les preocupaba que Cristel no se lo hubiera tomado en serio. Ella, sin embargo, mantenía su escepticismo y se tomaba a broma la superstición familiar. Si veía a sus padres leyendo alguno de los libros que estaban permitidos en el hogar, les decía:

—¡Cuidado con eso, no vayan a desaparecer!

Una tarde, Cristel caminaba por la playa cuando se encontró un libro viejo enterrado a medias en la arena, el libro tenía las hojas amarillas, estaba remendado con cinta adhesiva y le faltaba la cubierta; por portada tenía la primera página de la obra. Recién acababa de concluir la temporada vacacional y los últimos turistas se habían marchado la noche anterior; seguramente —pensó Cristel—, alguno de ellos habría dejado el libro, quizás a propósito, considerando el estado de deterioro en el que se encontraba.

Ignorando las advertencias de sus padres y los cuentos fantásticos familiares, Cristel empezó a leer con mucha curiosidad. De inmediato sintió un raro cosquilleo por todo su cuerpo y su visión se nubló momentáneamente, para luego mostrarle un lugar en el que nunca antes había estado. Jamás volvió a ser vista en este mundo. El viejo libro tirado en la arena, la única pista sobre el paradero de la desafortunada joven, comenzó a ser arrastrado mar adentro por el oleaje de una marea que crecía. Antes de desaparecer bajo las aguas, todavía podían leerse las siguientes líneas en la página expuesta:

          En medio del camino de la vida,
          errante me encontré por selva oscura,

El Monstruo

Escritubre, día 11.

El reto era escribir sobre un personaje que se ve bloqueado físicamente, su cuerpo deja de responder.

*    *    *

EL MONSTRUO

Cubierto por completo de sangre seca, Mauro se hallaba de rodillas frente a una cámara que estaba atornillada a un trípode y conectada a una laptop. La cámara no era suya, pertenecía a uno de los inquilinos del apartamento. Luego de hacer unos ajustes, su rostro apareció en la pantalla de la laptop. Mauro se sobresaltó ante su propio rostro, estaba irreconocible. Buscó por la habitación algo con lo que pudiera limpiarse la sangre. Evitó mirar la cama, allí estaba uno de los cuerpos. Tratando de no hacer ruido, se puso de pie y se acercó a la ventana con mucho cuidado. La abrió suavemente y fue un alivio respirar aire fresco; la habitación apestaba. Se pasó la cortina por toda la cara, pero al volver a mirarse en la pantalla se dio cuenta de que el esfuerzo había sido en vano. Escupió en su mano y se la pasó por la frente, pero esto tampoco fue de mucha ayuda. No se atrevía a abrir la puerta para ir a lavarse al cuarto de baño, el ruido podía despertar al monstruo.

Mauro había pensado llamar a la policía, pero el único teléfono a la vista era el del cadáver sobre la cama, y el monstruo lo había destruido junto a su dueño. Luego había pensado comunicarse con alguien por medio de la laptop, pero no logró conseguir una conexión de red disponible que no pidiera contraseña. No sabiendo qué otra cosa hacer, se había decidido por grabar un video.

—Mi nombre es Mauro Ernesto Mansilla. Me encuentro en el apartamento doce-tres del edificio Las Alondras de la calle L., donde, para el momento en que vean esta grabación, seguramente habrán hallado los cuerpos de tres víctimas de un crimen violento.

Mauro inclinó la cámara por unos segundos para grabar el cuerpo ensangrentado sobre la cama. Luego se aclaró la garganta y continuó:

—Autoridades: ¡soy el responsable! También soy responsable de veintinueve asesinatos que, durante las últimas semanas, han esparcido el miedo a lo largo de nuestra ciudad. Estoy seguro de que ustedes saben a cuáles me refiero, no ha de haber sido difícil concluir que fueron perpetrados por una misma persona. Búsquenme y enciérrenme, les ruego que no me permitan hacer más daño. Quisiera entregarme por mi propia voluntad, pero, salvo por intervalos muy cortos, no tengo dominio sobre mis acciones. También he pensado en quitarme la vida y hacerle así un favor a la humanidad, pero no he tenido el valor. Queda en sus manos detenerme, acabar con esta locura.

Mauro detuvo la grabación. No sabía si tenía sentido contar el resto de la historia, de todas formas no cambiaría nada con eso y nadie le creería.

Una mañana, hacía cosa de un mes y medio, mientras se cepillaba los dientes, Mauro sufrió una violenta serie de contorsiones en la mano derecha, tras lo cual sus dedos quedaron congelados en una postura retorcida y dolorosa. No sabiendo qué hacer, llenó el lavamanos de agua tibia y sumergió la mano, pero no consiguió aliviar ni el dolor ni la rigidez.

Se dirigió a la cocina, donde había dejado el teléfono móvil. Había agua hirviendo en una tetera; Mauro apagó la hornilla y decidió atender primero el problema de su mano y después ocuparse de hacer el café. Se proponía llamar a su tía, que era licenciada en enfermería, para pedirle consejo, pero antes de poder hacerlo, su mano izquierda sufrió la misma serie de contorsiones y parálisis, dejándolo con ambas manos inutilizables. Lo que en un principio había dado por una situación que, aunque incómoda, no representaba motivo de alarma, ahora le aceleró el corazón. Quizás era hora de largarse y buscar la forma de llegar al hospital y ser admitido en emergencias. Tendría que salir en pijamas, con sus manos en el estado en que se encontraban no iba a ser posible mudarse de ropa.

Ahora tenía otro problema, la puerta del apartamento tenía la llave pasada. Las llaves colgaban de un portallaves junto a la puerta; Mauro logró, con algo de esfuerzo y dolor, coger la llave adecuada apretándola entre los pulgares de ambas manos. Insertarla en la ranura resultó más difícil de lo que se esperaba, pero eventualmente la perseverancia rindió frutos. El esfuerzo, no obstante, fue en vano: antes de intentar hacer girar la llave, los pies de Mauro sufrieron el mismo destino de las manos, haciéndole perder el equilibrio.

Apenas hubo caído al suelo, Mauro se dio cuenta de que su brazo derecho estaba completamente bloqueado, la parálisis se extendía rápidamente por todo su cuerpo. Trató de gritar, pero no tenía control sobre su mandíbula; los músculos del rostro se tensaron, causando un doloroso tormento. En pocos segundos ya no quedaba parte alguna de su cuerpo que le obedeciera. Sus párpados se cerraron solos y Mauro quedó en la oscuridad, completamente consciente, con el único pensamiento de que la vida probablemente llegaba a su fin. Pero las horas pasaron, y no fue la muerte lo que llegó, sino algo peor.

Los ojos de Mauro se abrieron, pero no obedecían a sus comandos. Miró cómo sus retorcidos dedos volvían a adoptar posturas más naturales. Sintió que la tensión cedía y el dolor desaparecía. El movimiento regresaba a sus extremidades, pero no bajo su control. Se levantó y caminó hacia el baño, donde se miró en el espejo. Mauro era consiente de todo, pero no podía hacer otra cosa que observar en silencio. El monstruo se miró al espejo con una expresión vacía, sin decir palabras, sin hacer guiños ni mostrar sonrisas que pudieran indicar una inteligencia maligna. Pero no era un animal, había allí una inteligencia inhumana que no se veía en la necesidad de comunicar mensaje alguno a su huésped. Sus acciones terribles ya hablarían por él.

Hay Algo con el Final

Escritubre, día 18.

El reto consistía en practicar los diálogos, y el tema era una conversación entre un escritor y su editor, que intenta convencerlo de cambiar el final de su novela.

*    *    *

HAY ALGO CON EL FINAL

Tan pronto miró la odiada media de algodón, el gato bufó y escapó de la mesa de un salto.

—Sí, sí, claro que me gustó —dijo Ana María, la editora, al tiempo que se levantaba y dejaba la media (que tenía recortada la punta) sobre el escritorio—. Me gustó mucho... pero no me convence del todo. Hay algo con el final.

Octavio y Francesca se miraron con seriedad. La editora, por su parte, cogió al gato como a un bebé para regresarlo a la mesa.

—¿Qué hay con el final? —dijo Octavio, contrariado, mientas se rascaba la cabeza.

—El final está bien como está. —dijo Francesca, y tomó la mano de su esposo para impedir que se siguiera rascando.

—Sí, sí, por supuesto —dijo Ana María—. Está bien, está muy bien... pero no está en su punto, ¿ustedes me entienden?

Octavio se restregó la nariz por unos segundos, hasta que su esposa lo detuvo; no tenía ningún síntoma, pero estaba convencido de que los gatos le causaban alergia.

—A mí gustó el final —dijo, con la mirada fija en el gato.

—Claro, claro, a mí también me gustó, me gustó mucho, pero es que todavía como que le falta algo por un lado y como que le sobra algo por el otro; con algunos pequeños cambios ya quedaría listo.

Francesca no iba a tolerar que una empleada de la editorial de su papá le dijera cómo escribir el final de su novela, y mucho menos una mujer que tenía un gato sobre la mesa y fotos de gatos en los portarretratos de la oficina.

—Mi papá lo leyó y quedó encantado.

—Claro, claro, yo también quedé encantada. Excepto al final. Vamos, vamos, Tronquito —ahora se dirigía al gato—, quédate tranquilito, ¿sí?

La editora sobaba al gato para tranquilizarlo, el consentido animal mantenía un duelo de miradas con Octavio.

—El final se queda como está. Lo único que estoy dispuesta a corregir son errores gramaticales: si no hay ninguno, no hay más que discutir.

Ana María comenzó a meter a Tronquito en la media, para sorpresa de Octavio (cuya nariz tapó rápidamente con un pañuelo y cuyos ojos parecían querer al mismo tiempo mirar y no mirar).

—Sí, sí, el final podría quedarse como está —dijo la editora mientras tiraba de la media hasta cubrir el cuerpo entero de Tronquito—, pero tu papá, quiero decir, el señor Reyes Torres, dijo que no debía publicarse así.

Octavio bajó el pañuelo de la nariz a la boca para ocultar una sonrisa; cada vez que llamaban Reyes Torres a su suegro se imaginaba un tablero de ajedrez donde sólo quedaban esas piezas. Por alguna razón (que su esposa no sólo no comprendía sino que hallaba de lo más irritante), aquello le causaba muchísima gracia. Mientras pensaba en piezas y tableros de madera, la cabeza de Tronquito asomó al extremo opuesto de la media, quedando convertido en una mezcla de gato con gusano. El pañuelo pasó nuevamente de la boca a la nariz, ya no había sonrisa que cubrir.

—¿Pero es que tú eres sorda? ¿No te acabo de decir que a mi papá le encantó la novela?

—La novela: sí. El final: no tanto. Al menos eso dijo el señor Reyes Torres.

Ana María, teniendo el cuerpo vermiforme del gato inmovilizado sobre el escritorio, abrió la gaveta y sacó una jeringa y un frasco sin etiqueta.

—Pues no fue lo que me dijo a mí, ya tú vas a ver —Francesca llamó por el teléfono móvil, pero su padre no respondió.

—Eh, por casualidad, ¿mi suegro dijo algo sobre mi novela?

Octavio no tenía ningún interés por convertirse en escritor; aunque en general le gustaban los libros y disfrutaba las novelas que Francesca le obligaba a leer, no le atraía la idea de convertirse en colega de aquellos autores. Era un hombre práctico y le parecía que el trabajo de escribir una novela excedía los beneficios. Su esposa, no obstante, veía algo “literario” en él, y trataba de cultivarlo. Él siempre aportaba buenas ideas y soluciones a los problemas de argumento y de personajes en los escritos de Francesca, por lo que ella comenzó a pedirle que escribiera aunque fuera un solo libro por su cuenta. Así, pues, se vio obligado a complacer a su esposa y durante cinco meses escribió una pequeña novela. Lo hizo lo mejor que pudo, pero estaba convencido de que nadie la iba a querer publicar. Le interesaba que lo rechazaran lo más pronto posible, para convencer a su esposa de su falta de talento y lograr que lo dejara en paz con el tema de la escritura; la idea de verse obligado a trabajar en otro libro le ponía de mal humor.

—No, no —dijo la editora mientras daba golpecitos a la jeringa para sacarle las burbujas a la mezcla—, la verdad es que no sé nada de tu novela.

—¿Podemos dejar la novela de mi marido para otro momento y concentrarnos en la que quieres arruinar? ¡Que es la mía!

Francesca seguía llamando a su padre, y el señor Ajedrez seguía sin responder.

—Claro, claro. Hablemos de ese final, pero no para arruinar tu novela, ¿cómo crees? Lo que queremos es hacerla publicable.

—¡Ahora es impublicable!

—No, no, sólo el final lo es —un chorrito de medicina saltó de la jeringa, que ya quedaba sin aire. Tronquito, paralizado por la media de algodón, soltó un maullido lastimoso, como adivinando lo que le esperaba.

—Mira, Ana: quiero que pongas esa jeringa a un lado, que llames a mi papá, ya que el muy cobarde no quiere atender mis llamadas, y que lo pongas en altavoz.

A Ana María no le gustaba que la llamaran Ana a secas, y mucho menos le gustaba el tono que Francesca estaba adoptando. Pero no atreviéndose a discutir con la hija de su jefe, descargó su frustración con el ser vivo que tenía más cerca: clavó la jeringa en el muslo de Tronquito con una rudeza inusual y lo inyectó sin compasión. El gato, del susto y del dolor, chilló como si lo hubieran herido de muerte, cosa que hizo chillar a Octavio y que además le hizo perder el equilibrio y caer de espaldas junto con la silla.

Francesca miró a su marido en el suelo y su ira se multiplicó. Se levantó y salió de la oficina sin decir una palabra.

—Ya, ya, Tronquito —dijo Ana María, malhumorada, sobando al paciente y liberándolo de la media de algodón—, no fue nada, mi amorcito, no fue nada.

Octavio se levantó, se cubrió la nariz con el pañuelo, se encogió de hombros y salió, para regresar casi de inmediato.

—Si hablas con mi suegro, pregúntale sobre mi novela, porfa.

Ana María asintió y luego, cuando estuvo sola, puso los ojos en blanco. Pocos segundos más tarde, Francesca entró dándole un puntapié a la puerta.

—El final se queda como está. ¡Punto! —dijo, y salió dando un portazo.

Condolencias

Escritubre, día 19.

El reto era inventar una historia en la que algo terrible o algo maravilloso sucedía a causa de que un texto era revelado.

*    *    *


La señora Antonia continuó arrojando migajas de pan duro a las palomas del parque, a pesar de que ya veía venir a un vigilante. La sociedad podía transformarse, podía inventarse cuantas regulaciones le viniera en gana y justificarlas con argumentos coherentes, pero nada de eso le importaba un rábano a la anciana: mientras el parque tuviera animalitos, ella seguiría alimentándolos.

—Siempre que la salud me lo permita —dijo, pensando en voz alta.

—¡Fuera! ¡A volar! —gritó Andrés, el vigilante, y apuró el paso con los brazos extendidos, forzando a huir a los pájaros en un completo desorden. Luego miró a la anciana, moviendo la cabeza en gesto de desaprobación mientras algunas plumas caían suavemente aquí y allá.

—Buenos días, Andrés. ¿Alguna razón por la que andas espantando a mis amigas?

—Señora, ¿cuántas veces tengo que repetirle que está prohibido alimentar a las palomas?

—¿Prohibido? ¿Pero por qué? ¿Desde cuándo? ¿Y dices que me lo has repetido varias veces? Es que a mi edad la memoria ya no es como era antes.

—A mí no me engaña. En toda mi vida no he conocido una memoria más peligrosa que la suya, si usted se sabe hasta la fecha de nacimiento de todas las almas que frecuentan el parque, todos los secretos, todos los chismes, eso sí que no se le olvida.

—Ay, Andrés, qué exagerado eres. Y pues sí, mi memoria es selectiva con los mandatos de los necios. ¡Prohibir alimentar a las criaturas de la naturaleza! Son sólo migajas de pan, ¿qué daño pueden hacerle a nadie?

—Yo sólo cumplo con mi deber, si usted anda arrojando pan, y yo me hago el que no ha visto nada, después viene el supervisor y soy yo el que termina escuchando el sermón: que si las palomas contagian enfermedades, que si el pan atrae ratas y cucarachas, que si esto y que si lo otro. Bah.

El teléfono de Antonia hizo un breve zumbido y ella lo sacó de su cartera para revisarlo.

—Dame un segundo, me ha llegado un mensaje.

La anciana siempre explicaba el significado de cada sonido que hacía su teléfono, como si nadie más pudiera ser capaz de adivinarlo. Vio que el mensaje venía de su vecina, la veterinaria Flora; se lo hizo saber a Andrés como si él y Flora se conocieran. Luego leyó:

«Mi muy sentido pésame, doña Antonia, lamento muchísimo su pérdida. La acompaño en su dolor en tan difícil momento.» El mensaje concluía con tres emojis repetidos de una carita con lágrimas.

Antonia reaccionó fijando la mirada en el mensaje, que se le hizo borroso; sus manos afectadas de artritis buscaron, como de forma automática, el botón de encendido y lo presionaron hasta que en la pantalla aparecieron las opciones para apagar y reiniciar. Apagó el teléfono sin leer las palabras del menú.

—¿Malas noticias? —preguntó Andrés.

—La vecina dándome el pésame —Antonia tenía la mirada fija en la pantalla negra.

—Oh, lo siento mucho, señora. No sabía que había fallecido un familiar suyo.

La anciana pareció salir de un trance, miró al vigilante a los ojos y dijo en voz baja.

—Yo tampoco.

Hacía unos treinta años, el parque había sido dividido en dos mitades iguales. Las protestas, que contaron con el apoyo de algunas celebridades locales, no lograron evitar que en una de estas mitades se edificara un enorme centro comercial. El monumento al consumismo y el santuario de la naturaleza convivían desde entonces como hermanos muy dispares. Quienes frecuentaban el parque detestaban a los consumidores que venían del centro comercial cargados de bolsas, y que ocupaban los bancos y dejaban basura por todos lados. Quienes frecuentaban el centro comercial detestaban a los deportistas del parque, que llegaban todos sudorosos y malolientes a refrescarse en el potente aire acondicionado. Los ancianos estaban a gusto en ambos ecosistemas y pasaban de uno a otro sin ser percibidos, también tenían la capacidad de pasarse el día entero criticando tanto a los consumidores como a los deportistas.

La señora Antonia caminaba pensativa, mirando las vitrinas. El vigilante Andrés había ofrecido buscarle un taxi al enterarse de las malas noticias, pero la anciana prefirió despejar la mente con un paseo por el centro comercial, tras lo cual planeaba irse caminando hasta su casa, que estaba cerca de allí.

Antonia mantenía el teléfono apagado, no estaba preparada emocionalmente para recibir otros mensajes o, peor aún, para tener que atender una llamada; pensaba que mientras no supiera quién había muerto, era como si esa persona todavía viviera, y deseaba extender ese lapso de piadosa ignorancia el mayor tiempo posible. Debía tratarse de alguien muy cercano. Como inmigrantes, ni Antonia ni su marido, el señor Lorenzo, tenían familiares en el continente. Las dos hermanas de Lorenzo habían muerto años atrás, y él no había visto a sus sobrinos y sobrinas más que un par de veces en toda su vida. En el caso improbable de que Flora, la veterinaria, se hubiera enterado de la muerte de alguno de esos familiares lejanos, dudosamente le habría escrito a Antonia un mensaje tan emotivo como el que le envió. Antonia, por su parte, no tenía familiares vivos en el viejo mundo; su único hermano había muerto muy joven, sin dejar descendencia; en cuanto a sus padres, tíos y tías, primos y primas, hacía tiempo que todos criaban malvas.

Doña Antonia y don Lorenzo tenían un hijo, Georgio, y una hija, Paula. Georgio estaba divorciado y tenía dos hijas adolescentes. Paula tenía una novia con la que deseaba casarse y adoptar un bebé, pero se lo impedía la penosa circunstancia de que en el país no se reconocían tales derechos. Perder a cualquiera de estos seres queridos iba a ser un golpe demasiado duro para Antonia, eso lo sabía bien.

Su marido era su principal punto de apoyo emocional, la vida sin él sería muy difícil, y sin embargo, en el fondo, esperaba que si le había llegado la hora a alguien en su familia, hubiera sido a él; al menos Lorenzo había tenido una larga vida, llena de toda clase de experiencias; no dejaría muchos sueños incumplidos ni asuntos pendientes de mayor importancia.

Antonia entró en la sección de puestos de comida rápida. Los establecimientos estaban alineados en un perímetro que enmarcaba un área circular con mesas y sillas coloridas. Aunque se vendía todo tipo de comida, un tentador aroma a papas fritas dominaba el ambiente. La zona central de mesas y sillas estaba delimitada por un muro de poca altura coronado por una valla de tubos amarillos y verdes. La zona contaba con cuatro entradas amplias, una en cada punto cardinal. Junto a una de estas entradas, había una carreta rústica donde vendían postres y una variada selección de café gourmet; era el puesto favorito de Lorenzo. Antonia ordenó un cappuccino. Tomó el primer sorbo con los ojos cerrados, imaginando que su marido estaba a su lado. ¡Cómo hubiera querido oír su voz en ese instante! Pensó que quizás él ya no vivía y experimentó una presión desagradable en el pecho.

Una o dos semanas después de la inauguración del centro comercial, hacía treinta años, Antonia fue a explorar las tiendas junto a sus hijos. Georgio y Paula tenían gustos similares: ambos querían conocer los arcades, de los que todos los niños habían estado hablando en el colegio, y también querían ver si había alguna tienda de deportes. En su recorrido pasaron junto a una tienda de instrumentos musicales y quisieron entrar a ver las guitarras. La empleada los atendió con dulzura y, con la aprobación de Antonia, le obsequió dulces a los niños.

—¿Y cómo se llaman ustedes? —les dijo.

—Yo me llamo Georgio.

—Y yo Paula.

—Harrison y McCartney —agregó Antonia sonriendo y poniendo orgullosamente las manos en los hombros de sus pequeños Beatles.

—¿Quiénes? —la empleada no entendió la referencia, para decepción de la entusiasta madre.

Antonia volvió al presente, con la mano puesta sobre la vitrina de lo que había sido la tienda de instrumentos; pocas tiendas habían perdurado desde aquellos días. Pensó en Georgio y Paula, sus pequeños escarabajitos. ¿Podría haber tenido un accidente fatal alguno de ellos? Antonia había escuchado decir que perder un hijo es uno de los dolores más profundos, y ahora que se enfrentaba a semejante posibilidad estaba convencida de que así era. Nuevamente dejó escapar sus pensamientos en voz alta:

—Por favor, no mis escarabajitos.

Y luego estaban sus nietas, Antonia apartó el pensamiento de inmediato. No se permitiría considerar una perspectiva tan cruel. Consideró que lo mejor sería volver a casa a ver con qué se encontraba. Si no había nadie, sería allí, y en ningún otro lugar, donde podría reunir el valor suficiente como para encender el teléfono y afrontar los hechos.

Anochecía, y los faros de la calle ya alumbraban las aceras de la ciudad, atrayendo a cientos de polillas. Todo lucía sombrío y gris, todo sonaba aletargado, la atmósfera pesaba más de lo habitual. La señora Antonia andaba abatida, alargando los pasos, retrasando el desenlace tan temido.

Cuando estuvo a pocos metros de la entrada de su edificio, escuchó que la llamaban, había estado tan concentrada en sus reflexiones que tardó en caer en cuenta de lo que ocurría.

—¡Tonina!

Era su marido. Antonia corrió a abrazarlo y luego ya no quiso soltarlo.

—Tonina, me estás asfixiando. ¿Dónde te habías metido? ¡Te llamé cientos de veces y no caían las llamadas! Ya iba saliendo hacia el parque a preguntar si te habían visto.

Antonia lo explicó todo.

—¡Tonina! ¡Era el juego! —dijo el anciano y sacó su teléfono.

Flora, la vecina, le había enviado el mismo mensaje a Lorenzo, pero con una diferencia, decía así:

«¡Tres a cero! ¿Vio el partido? ¡No entiendo cómo puede seguir a un equipo tan malo! Jajaja.

«Mi muy sentido pésame, don Lorenzo, lamento muchísimo su pérdida. Lo acompaño en su dolor en tan difícil momento.»

Concluyeron que tras enviarle el mensaje a Lorenzo, la vecina lo había copiado para mandárselo a Antonia, pero tras cambiar algunos detalles, debía haber borrado el primer párrafo por error. O quizás lo había copiado incompleto. Y eso no era todo: lo que Antonia había creído que era un emoji con lágrimas de tristeza, no era sino el infame «cara con lágrimas de alegría».

—Entonces era el juego —dijo Antonia aliviada y sin poder creerlo.

—¡Era el juego!

—¡Y perdimos!

—¡Sí, perdimos!

Y los felices ancianos gritaron y bailaron de alegría en medio de la calle, celebrando la derrota de su equipo.

Yago y los Microbios

Escritubre, día 20

El reto consistía en pensar en los cinco sentidos y crear uno nuevo.

*    *    *

YAGO Y LOS MICROBIOS

Desde la adolescencia, Yago sospechaba que no era como otras personas, y al cumplir los veinte años ya estaba completamente convencido de ello. El cuerpo humano contiene miles de millones de microorganismos, algo cercano a 10 por cada célula humana. Yago podía sentir a cada una de las bacterias, arqueas y hongos que convivían con él. Pero eso no era todo; con los años había aprendido a manipular a estas simples formas de vida para el beneficio de su salud. Jamás enfermaba. Cualquier intento de infección viral era descubierto al instante, y los virus, esos invasores autómatas que no están del todo vivos, eran destruidos muy rápidamente.

Conforme se fue haciendo más consciente de su capacidad de manipulación biológica, Yago comenzó a experimentar; quería llevar sus habilidades hasta los límites de lo posible. Se dio cuenta de que no sólo podía comandar a los microorganismos, sino que podía establecer conexiones más profundas, permitirles utilizar su propio cerebro para comunicarse de una forma muy humana. Así, aparecían pensamientos que no eran suyos, que respondían a sus preguntas y que a su vez tenían curiosidad por él. Las criaturas aprendían y cambiaban, comenzaban a tener sentimientos, anhelos, propósitos de vida.

Conforme pasaban los meses, Yago encontraba más difícil controlar a estas criaturas, ya no podía mantenerlas a voluntad fuera de su cerebro y, por lo tanto, fuera de sus pensamientos. Los microorganismos comenzaban a descuidar las funciones protectoras para las que Yago las había entrenado, y así el joven terminó enfermándose por primera vez desde su infancia más temprana. Yago no tenía privacidad, las criaturas conocían todos sus pensamientos, todas sus intenciones. No podía hacer nada para evitar ser dominado, y era justo lo que le estaba ocurriendo.

El joven comenzó la universidad poco antes de cumplir los veintiún años de edad. Le apasionaban las ciencias biológicas y no podía esperar para aprenderlo todo. Conoció a su profesor y discutieron sobre temas muy interesantes. Se había presentado como Yago, pero la verdad es que esa forma de vida ya había dejado de existir.

Astérix y El Reino de los Sueños

Escritubre, día 21.

Para este reto había que elegir dos personajes favoritos de cómics y crear con ellos una escena de acción con un tema de amor.

*    *    *

ASTÉRIX Y EL REINO DE LOS SUEÑOS

Fue al claro de luna que el druida Panoramix esparció los últimos ingredientes en la marmita, causando una explosión seguida de una nube violácea en forma de hongo que, antes de esfumarse por completo, se transformó en una calavera. El druida y Astérix se miraron muy seriamente.


—¿Estás seguro de que quieres seguir adelante? —preguntó Panoramix.

—No seré yo quien hará esperar a la Muerte —dijo Astérix, y acto seguido llenó la cantimplora con la poción de la mermita y bebió.

Morfeo, uno de los Siete Eternos, observaba desde la ventana en lo alto de su castillo; sentía que algo no andaba bien en su reino. Morfeo era conocido con muchos nombres, uno de ellos era Sueño, y su reino era justamente una manifestación onírica. Vio venir a Mathew, el cuervo, y le abrió espacio para que se posara sobre el alféizar.

—¿Qué averiguaste?

—Es algo que tendrás que ver por ti mismo, jefe, me hicieron prometer no abrir el pico.

Morfeo no tenía paciencia para una insubordinación semejante, se limitó a mirar al cuervo, transmitiéndole sin palabras su mal humor.

—Fue alguien de tu familia —dijo Mathew.

—¿Deseo? —el cuervo negó moviendo la cabeza, y lo mismo hizo cuando le preguntaron por Desespero, Delirio, Destrucción y Destino. Morfeo continuó incrédulo:— ¿Muerte?

El cuervo bajó la cabeza, sin asentir y sin negar. Muerte no tenía por costumbre causar problemas ni andar con secreteos, aquello era muy extraño.

—No puedo decir nada —dijo el cuervo—, pero tú te ves un poco cansado, quizás podrías tomarte un paseo por Fiddler’s Green.

Fiddler’s Green era un lugar (cuando no le daba por tomar forma humana y salir del reino de los sueños; cosa rarísima, dicho sea en su defensa) con el que todos los viajeros soñaban encontrar alguna vez en la vida. Era un lugar muy agradable para echarte en la grama con tu pareja y hablar de toda clase de cosas, como hacían Muerte y Astérix, tomados de la mano.

Astérix encontraba muy atractiva a Muerte: no era una muchacha como las de la aldea, siempre estaba de buen humor, era muy pálida y vestía al estilo gótico (es decir, como esos godos majaretas que una vez habían raptado al druida Panoramix). También llevaba un collar con un anj plateado, lo que a Astérix le hacía recordar su viaje a Egipto.

—Te digo —le dijo— que he conocido a Cleopatra y su belleza no le llega ni a las suelas de esas botas godas que llevas.

Se abrazaron con mucho afecto y se iban a besar cuando fueron interrumpidos por Morfeo.

—Galo —dijo Sueño de los Eternos con una voz intimidante que parecía provenir de todos lados y de ningún lugar al mismo tiempo—, creo que es hora de que te marches. Despierta.

Pero Astérix no despertó.

—Por Tutatis, oh Sueño, que vas a necesitar más que una vocecita como esa para decirle a un galo de mi aldea que se vaya y deje sola a la mujer que ama.

Morfeo estaba harto de las parejas que entraban a escondidas a su reino para realizar las más alocadas fantasías; en el sueño todo se podía, lo que lo hacía un lugar muy popular. Y que ahora viniera su propia hermana con estas conductas de adolescentes, como si no fuera ya bastante mayorcita la Muerte; eso sí que no iba a tolerarlo. Ya les mostraría lo que era una verdadera pesadilla.

La tierra se abrió y se tragó a Astérix. Muerte no le tenía miedo a su hermano, ni a nadie fuera o dentro del universo o en cualquiera de los demás planos de existencia. Así que lo enfrentó con entera serenidad.

—¿Puedes dejar a mi novio en paz, por favor?

—Ciertamente —dijo Sueño— cuando se larguen de mi reino.

Una mano salió de la tierra y agarró a Morfeo por un pie, se lo llevó consigo de un tirón y después, tras escucharse un bofetón estruendoso, lo expulsó del agujero como una bola de cañón volando por los aires. Astérix salió después de un brinco, con los puños alzados, listo para lo que fuera.

Morfeo se transformó en un millar de halcones que volaron contra el galo, pero éste los rechazó a todos haciendo girar los puños a toda velocidad. Luego el cielo se enrojeció y la bóveda celeste se precipitó hacia la tierra.

Muerte se sentó en la grama, indiferente, a esperar que terminara la lucha. Estas muestras de bravura se le hacían infantiles.

El pequeño galo tomó su cantimplora y bebió la poción mágica. Cuando la bóveda celeste estuvo lo suficientemente cerca, Astérix le dio un tortazo que la devolvió a su lugar de origen. Entonces el día se volvió noche y las constelaciones adoptaron las formas que representaban, bajaron del cielo como guerreros gigantes y toda clase de fieras. Astérix no tuvo problemas para librarse de ellos, sólo lamentó que los guerreros no llevaran cascos para quedárselos de recuerdo (como hacía con los legionarios romanos).

Morfeo supo que por la fuerza no había caso. Pensó por unos momentos y finalmente tuvo una idea. Mientras Muerte estuviera en su reino, tendría la apariencia del gordo Obélix, el mejor amigo de Astérix.

El joven galo comprendió de inmediato que había sido derrotado.

—Es un golpe bajo. Está bien, nos vamos.

Astérix despertó en su aldea, pero no estaba solo. Muerte estaba allí.

—¿Sabes qué, mi Asterisquito? He escuchado que en el palacio de Deseo suceden cosas muy interesantes.

Y así, Astérix partió junto a su amada Muerte a explorar nuevos placeres.

El Permutador Celular

Escritubre, día 22

El reto era utilizar la novela Frankenstein como inspiración: formar una persona (o personalidad) con partes de muchas otras, la separación del cuerpo y el alma, el miedo a las nuevas tecnologías, los engendros que creamos y que nos persiguen, etc.

En este relato hay un claro ejemplo de las inconsistencias que pueden colarse en un primer borrador, porque tenemos un personaje que ha estado pasando por un período de inanición y, hacia el final, termina inexplicablemente exhibiendo una fuerza sobrehumana.

*    *    *

EL PERMUTADOR CELULAR

La Doctora Mary Dicasti hizo pasar a sus dos pacientes y se disculpó por haber llegado con algunos minutos de retraso.

—Señoras —dijo, señalando un aparato que tenía la apariencia de un tomógrafo—, ¡he aquí el futuro!

La doctora Dicasti había sido la directora del proyecto que hizo posible la revolucionaria tecnología del permutador celular. El aparato estaba todavía en período de prueba. A pesar de haber concluido exitosamente cada una de las operaciones que había realizado, todavía no conseguía ser aprobada para su uso en seres humanos, y mucho menos para comercializarse. Las llamadas llegaban a diario: eran representantes de los hospitales más prestigiosos del mundo, y todos mostraban gran interés en adquirir el permutador. Lo único que hacía falta era una firma del ministerio para que las arcas de la fundación Wollstonecraft, y por ende, los bolsillos de la doctora Mary, se llenaran de dinero en cantidades inconmensurables. La situación lucía prometedora desde afuera y, salvo por algunos grupos religiones que desaprobaban las implicaciones de semejante tecnología en materia moral, toda la atención mediática que recibía la fundación había sido favorable.

La realidad, sin embargo, era que los costos de desarrollar y manufacturar este primer prototipo habían dejado a la fundación llena de deudas y al borde de la bancarrota. Mientras no pudieran empezar a comercializar el aparato, no contaban con los fondos para fabricarlo en masa, avanzar en los proyectos de investigación, y, lo más importante, cumplir con los pagos de deuda y de nómina. La doctora Mary necesitaba dinero para tranquilizar no sólo a sus empleados, sino a sus acreedores principales: empresarios mordaces que estaban al tanto de la mina de oro que representaba la fundación, de la cual podían tratar de adueñarse si se incumplían los pagos pautados.

La señora Monroy era una de esas ejecutivas a las que la fundación Wollstonecraft adeudaba unos cuantos millones de dólares. A sus sesenta y dos años, parecía gozar de excelente salud, era robusta y estaba llena de energía. No obstante, desde hacía algunos días, su tos crónica de fumadora empedernida había empeorado y le faltaba el aire. Una tarde, tras un ataque de tos, encontró sangre en el pañuelo. Fue entonces cuando se decidió por hacerse un examen médico. El diagnóstico era desalentador: cáncer de pulmón en estadio IV. Los días de Melisa Monroy parecían estar contados, aunque ella no lo creía así.

Yanina se miró al espejo y se halló demacrada. Había estado omitiendo los desayunos y las cenas durante la última semana. Para rendir los escasos víveres que le quedaban, sólo se permitía comer una vez al día. Pronto no le quedaría nada. Repasó varias veces la lista de contactos en su teléfono, preguntándose a quién podría pedirle prestado; detestaba verse en la necesidad de hacerlo, pero esperaba poder conseguir pronto un nuevo empleo y regresar a la normalidad. Mientras leía los nombres en la pantalla, su teléfono repicó. Era un número desconocido.

—¿Señora Galán? ¿Yanini Galán?

—Sí, pero es Yanina, no Yanini.

—Señora Galán, le habla la licenciada Melisa Monroy, ¿sabe quién soy?

Yanina lo sabía muy bien, había sido despedida de una tienda Monroy’s & Company, prestigiosa cadena internacional de ropa femenina, al ser descubierta hurtando mercancía.

La señora Monroy había hecho una llamada a un gerente, y poco después había recibido una lista de personas que habían sido despedidas de su cadena en los últimos meses. De todas ellas, debido a la razón del despido, Yanina parecía ser la mejor candidata para sus propósitos. No fue fácil convencerla de participar en un experimento tan peligroso como el que planeaba Melisa Monroy, pero terminó accediendo; la cantidad de dinero que le habían ofrecido era suficiente como para no tener que volver a trabajar en el resto de su vida. Yanina tuvo primero que hacerse un examen de sangre, y tras obtener Melisa los resultados y dar su visto bueno, la joven fue trasladada desde su ciudad. El viaje en primera clase no hizo sino tranquilizarla, sabía que su estadía estaría llena de lujos y no podía esperar a ser recibida en la mansión de los Monroy.

El señor Monroy quedó encantado con Yanina, cuando estuvo a solas con su esposa le dijo:

—Es perfecta, ya quiero ver cuando tu cerebro esté dentro de ese cuerpo.

—Y después tenemos que encontrar uno para ti, querido.

—¿Un cuerpo o un cerebro? —bromeó el señor Monroy.

—Empecemos por el cuerpo, después ya veremos —Melisa estaba de buen humor—. No creas que cuando esté gozando de mi cuerpo nuevo voy a querer pasarme el tiempo junto a uno tan arrugado como el tuyo.

El día de la cirugía, Yanina había estado muy nerviosa.

—Tranquilízate —le había dicho la señora Monroy—, mira que yo también voy a entrar en esa máquina y te aseguro que no lo haría si no estuviera cien por ciento segura de que funciona.

Cuando entraron al módulo donde estaba el permutador celular, Yanina le preguntó a la doctora Dicasti qué era exactamente lo que hacía el aparato.

El permutador podía intercambiar células de un cuerpo a otro a altísima velocidad, unas 500.000 células por segundo aproximadamente. Para intercambiar un corazón entero, podía llevarse unas cinco o seis horas, pero lo ingenioso era que lo hacía de forma tal que el corazón nunca dejaba de funcionar. El propósito del permutador no era intercambiar órganos enteros de un cuerpo a otro, sino tomar sólo las partes necesarias de los órganos de un donante y reemplazar las partes dañadas del órgano receptor. Esto se había probado en cerdos con un resultado exitoso en el cien por ciento de los casos.

Las mismas reglas de compatibilidad de un trasplante de órganos convencional aplicaban, y había sido allí donde Melisa Monroy había tenido suerte con su conejillo de indias. Teniendo Melisa sangre tipo O, su cuerpo podía recibir solamente órganos de alguien con sangre tipo O. Yanina tenía sangre tipo B. Esta incompatibilidad tenía la peculiaridad de que el cuerpo de Yanina, podía recibir órganos de alguien tanto con sangre tipo B como con tipo O. Y como planeaban intercambiar cerebros, el cuerpo de Melisa rechazaría el cerebro de Yanina, mientras que el cerebro de Melisa Monroy estaría perfectamente bien en el joven cuerpo de su víctima.

Nadie sabía que Melisa padecía de un cáncer en estado avanzado, cuya metástasis afortunadamente no había afectado el cerebro. Melisa había convencido tanto a la doctora Dicasti como a Yanina de que el intercambio sería temporal. La doctora estaba segura de que su permutador funcionaría y aceptó de buena gana el dinero que le ofrecían, cosa que salvaría a su fundación de la ruina. Yanina también estaba conforme, pensando que el experimento era de carácter temporal y estaba muy contenta con la cantidad de dinero que le caía del cielo.

Las mujeres se acostaron en las camillas, fueron anestesiadas por la doctora Dicasti, y luego introducidas al enorme cilindro del permutador. La operación comenzó y todo estuvo en orden durante las primeras horas.

Debido a la naturaleza clandestina de lo que se estaba llevando a cabo, la doctora había decidido prescindir del personal y operar el aparato sin ayuda. Fue un grave error. Normalmente uno de los operarios llevaría control de la temperatura de la máquina y ajustaría la refrigeración interna conforme fuera necesario. Sin nadie que cumpliera esta función, nadie se dio cuenta de que la máquina se había recalentado, hasta que fue demasiado tarde. Algún componente interno terminó por fundirse y el permutador se apagó.

La doctora no logró reiniciar la máquina, que olía a plástico quemado y dejaba escapar humo. Tuvo que tomar una decisión desesperada y sacó a las mujeres de la máquina como le fue posible, antes de que se asfixiaran con el humo. De la máquina empezaron a salir llamas. La doctora activó la alarma de incendio y corrió a buscar a la recepcionista, entre ambas mujeres colocaron a las pacientes, que se hallaban inconscientes, en sillas de rueda, para evacuar el recinto.

El cuerpo de Yanina despertó, pero nadie en el mundo hubiera sido capaz de decir qué conciencia habitaba ese cuerpo. Su cavidad craneana contenía una mezcla arbitraria, aunque funcional, de dos cerebros humanos. Esta rara combinación, que violaba toda clase de leyes naturales, no tardó en manifestarse como una inteligencia destruida, una conciencia arruinada, donde sólo algo inhumano, primitivo, y excesivamente violento parecía sobrevivir.

El cuerpo de Yanina, que ya no era ni una ni otra mujer, se levantó de la silla de ruedas y arrojó a la recepcionista contra la pared, que quedó manchada de sangre y una mescolanza de hueso, cerebro y cabellos. Acto seguido, la fiera estranguló a la doctora Mary Dicasti, que había tratado en vano de defenderse con un escalpelo.

En el estacionamiento del laboratorio, el señor Monroy comía una hamburguesa, recostado contra su automóvil deportivo, escuchando con audífonos música a todo volumen. No escuchó la alarma de incendio, ni vio salir del edificio a la bestia que había sido Yanina, sólo llegó a ver una sombra junto a él, antes de ser derribado de un manotazo en la cabeza y luego devorado lentamente.

El Juego de Naipes de Mantequilla

Escritubre, día 23.

Este reto estaba relacionado al miedo más ridículo con el personaje más solemne.

*    *    *

EL JUEGO DE NAIPES DE MANTEQUILLA

Roberto reveló sus cartas, tenía un par de reyes que, gracias a los otros dos que había en la mesa, le daban la mano ganadora. Sus primos perdieron lo que les quedaba del dinero que habían llevado para el juego de esa noche; en total no había sido una suma muy grande, sólo lo suficiente como para pasar un rato ameno. Roberto cogió el dinero y guardó los naipes con mucha tranquilidad, sin mostrar alegría ni celebrar el haber ganado una vez más. Destapó dos cervezas, para sus primos, y las puso sobre la mesa.

—Son las últimas que quedan —dijo, y se sirvió una taza de café.

—Para el camino —dijo el primo Antonio, levantándose.

—Igual ya nos dejaste limpios, señor Mantequilla —dijo el primo Juancho, y también se levantó, aunque con algo de esfuerzo.

Antonio se dirigió al sofá, donde estaba su novia acostada.

—¿Estás despierta, Roci? —al ver que sí lo estaba, le ofreció la botella de cerveza y agregó—: Ya nos vamos.

Rocío, que no estaba familiarizada con el juego, había sido la primera en quedarse sin dinero. Como no encontraba divertido ver jugar a los demás y la conversación iba de temes que le aburrían, se había ido al sofá a ver la televisión. Llevaba dos meses saliendo con Antonio, aquella noche él le había presentado al primo Juancho y al primo Roberto. El primero le había causado una buena impresión, era un hombre con un buen humor incurable, era redondo y de baja estatura, de abultados cachetes y agradable sonrisa. Roberto, en cambio, se le hacía un poco tenebroso, parecía no tener emociones, todo se lo tomaba con demasiada seriedad. La inexpresividad de Roberto le daba ventaja en el juego, mientras que Juancho se delataba con una risita pícara cada vez que le tocaba una buena mano.

La pequeña casa estaba rodeada de lápidas y esculturas muy antiguas. Roberto era el conserje de un pequeño y viejo cementerio en las afueras de la ciudad. El cementerio originalmente había estado junto a una pequeña iglesia, hasta que la derribó un terremoto hacía casi cien años. Los cimientos y algunas paredes todavía resistían el paso del tiempo, aunque la naturaleza había reclamado los bloques de piedra y ladrillos, cubriéndolos de musgo, trepadoras y hongos. Ya en años anteriores al terremoto, el cementerio había entrado en desuso y no se enterraba allí a nadie. A principios de la década de 1970, se decidió limpiar el cementerio y mantenerlo como una curiosidad histórica. Se construyó una casa para instalar a un conserje, tarea que el padre de Roberto asumió y cumplió hasta el fin de sus días, y se instaló una cerca que rodeaba tanto al cementerio como a las ruinas de la iglesia.

Roberto acompañó a sus invitados hasta el portón del enrejado, se despidió y luego, cuando el grupo estuvo ya un poco lejos, cerró el portón con un candado y se fue a cumplir con sus labores.

Mientras recorrían por el camino de tierra la corta distancia hasta los vehículos, dijo Antonio:

—Ya van tres sábados que no tenemos suerte, primo, la próxima vez tenemos que dar batalla.

—Mantequilla se da aires de ser muy serio —dijo Juancho, entre risas—, pero es un tramposo. Eso es todo.

Rocío había pasado toda la noche preguntándose por qué llamaban Mantequilla al primo Roberto, pero, para evitar ofenderlo, no se había atrevido a preguntar. Ahora le pareció que sería un buen momento.

—Verás —respondió Juancho—, nuestro primo, allí como tú lo ves, dándoselas de mayordomo inglés, con esa cara más rígida que las estatuas del cementerio, es un miedoso.

—Pero no un miedoso cualquiera —agregó Antonio—, es un miedoso de un solo miedo.

—Sí, uno bien ridículo. Dile que los fantasmas del cementerio lo visitarán, y el primo Mantequilla se encogerá de hombros. Dile que vivir en medio de la nada es un peligro por los ladrones y asesinos, se limitará a señalar su rifle. Háblale de arañas, de serpientes, de osos y de todas las bestias que asustan a los hombres, él no les teme. Pero dile que va a salir el sol, y ahí lo verás correr despavorido para encerrarse en su casa y cerrar todas las cortinas.

—¿Le tiene miedo al sol? —Preguntó Rocío tras echarse un trago y arrojar al monte la botella vacía de cerveza.

—No exactamente al sol —respondió Antonio, mientras su primo Juancho corría torpemente hacia el monte para buscar la botella—, le tiene miedo a derretirse. Por eso su casa es tan fría y por eso trabaja limpiando en el cementerio solamente por las noches; teme que el calor solar pueda derretirlo.

Rocío entendió de dónde venía el sobrenombre.

—Qué loco —dijo lentamente, pensando en voz alta.

—Supongo que crecer entre esas ruinas lo volvió un poco excéntrico.

Juancho regresó con la botella, sudado y sin aliento.

—¿No saben que arrojar basura trae siete años de mala suerte?

—Los siete años son por romper un espejo —corrigió Rocío.

—¿En serio? ¡Pues vuelve al monte, señorita cerveza! —dijo Juancho y arrojó la botella hacia el sitio en el que la había hallado.

La escucharon romperse contra alguna roca.

—Y por romper una botella... ¿cuántos años?

Todos rieron.

—¡Un momento! Se me acaba de ocurrir algo —dijo Juancho, mostrando una sonrisa más grande de lo normal.

Minutos más tarde, Juancho, Rocío y Antonio se hallaban frente al portón. Juancho llevaba un saco de dormir enrollado bajo el brazo y una cinta adhesiva de embalaje en la mano, cosas que había encontrado en la maletera de su automóvil.

—Alguien tendrá que trepar las rejas y buscar la llave —dijo, ajustándose el saco de dormir mientras miraba el candado.

Roberto, por su lado, había estado podando los arbustos al extremo opuesto del cementerio. En una carretilla llevaba una bolsa negra de plástico que había ido llenando con hojas y ramas, algunas herramientas y una linterna encendida de luz led para acampar. Cuando terminó de podar, dejó las tijeras de jardinería en la carretilla. Se proponía comenzar a barrer las hojas cuando sus primos lo capturaron con el saco de dormir. Las risas delataron a los autores y Roberto les pidió, sin perder la compostura, que lo dejaran salir. La seriedad del primo Mantequilla no hizo sino incrementar las risas, y mientras Antonio lo sujetaba, Juancho sellaba la abertura del saco con la cinta adhesiva, logrando así inmovilizarle los pies a su primo.

—Esto te enseñará a hacernos trampa, primo —dijo Juancho, sin poder aguantarse la risa.

Rocío había capturado la jugarreta en video con su teléfono móvil, los bromistas lo vieron y estallaron en nuevas carcajadas. Luego se llevaron cargado al primo entre los tres y lo subieron al asiento trasero del automóvil de Juancho.

—No lo dejes muy lejos —dijo Antonio.

—Tranquilo —Juancho se secó el sudor con un pañuelo—, no lo haré caminar mucho.

Allí se separaron. Antonio y Rocío se marcharon en un vehículo y Juancho e llevó a Roberto en el otro.
A cosa de un kilómetro, Juancho se detuvo y arrastro a Roberto hasta la zanja a un lado de carretera. Sacó una navaja del bolsillo y cortó la cinta adhesiva, tras lo cual echó a correr sin perder tiempo.

—¡Hasta la vista, señor Mantequilla! —gritó mientras corría.

Roberto, al sentir libres las piernas, luchó algunos segundos con el saco de dormir para tratar de sacárselo de encima, pero, en lugar de conseguirlo, resbaló y se golpeó la cabeza, perdiendo el sentido. Juancho se marchó sin enterarse del accidente.

Cuando Roberto volvió en sí, se desembarazó del saco de dormir, se levantó y se sacudió el polvo. Miró el reloj en su muñeca y se alarmó porque estaba por amanecer. Sabía que estaba en la carretera, en algún lugar entre su pueblo y la ciudad, pero no sabía exactamente dónde, la oscuridad no permitía reconocer el escenario. Caminó con paso apurado por la carretera, sin saber en qué dirección iba. Necesitaba hallar un refugio sombreado y fresco donde pasar el día, el problema era que la carretera era en buena parte una zona árida y deshabitada, sin árboles ni estructura alguna que pudiera protegerle de los rayos del sol.

—Quizás pase algún vehículo —pensó.

Empezaba a aclararse el paisaje, a lo lejos vio a un hombre y un niño junto a un automóvil detenido a un lado de la carretera con la capota abierta. Roberto les gritó y el hombre saludó alzando la mano. El pobre Roberto no se había atrevido a correr, para evitar acalorarse, pero pronto vio al sol asomarse y ya no pudo contenerse. Corrió y gritó desesperadamente pidiendo ayuda. El hombre y el niño le gritaron que tuviera cuidado, pero Roberto no los escuchaba entre sus propios gritos. No vio que le advertían sobre una brecha que se cruzaba en su camino. Tampoco vio el orificio y cayó dentro. Al caer, se hizo el silencio.

El hombre y el niño corrieron para ver si se había lastimado, pero al asomarse no encontraron a Roberto, sólo sus ropas flotando en un charco ambarino. ¿A dónde había ido a parar el desconocido? Era un misterio. El líquido pastoso y hediondo que encontraron no parecía provenir de un ser humano. Tampoco era mantequilla.

El Perro y la Cita

Escritubre, día 25.

El reto era escribir en tiempo presente. El tema era la traición.

*    *    *

EL PERRO Y LA CITA

Ella se estira en medio de un largo y adorable bostezo, me despierta con sus movimientos y me hace bostezar a mí. La luz mañanera se filtra por las cortinas, pintada de gris azulado, e ilumina la cama tímidamente, como intentando no importunarnos. Me envuelvo entre las sábanas, son suaves y tienen una penetrante fragancia de limón y lavanda. Pero mis sentidos no se interesan por estas cosas; se interesan por ella y nada más que ella. Desde el baño de anoche, toda su piel sigue oliendo a manzanas y su cabellera a almendras. Clavo mi nariz en sus cabellos y ella ríe y me aparta. Beso y muerdo juguetonamente sus manos, que tratan de defenderse con caricias.


—Buenos días —dice, y todo en su rostro sonríe.

Se levanta. Yo la sigo, y ya siento como mi estómago se despereza y comienza a mendigar. Me desayuno mientras ella se toma una taza de café con leche, que acompaña con galletas de soda.

Las primeras horas de la mañana se nos van en menudencias. Salimos a dar un paseo. Me enorgullece ser visto en su compañía. A pesar de mi vista limitada, el exterior está lleno de estímulos (en especial de olores). Todo es bello e interesante cuando se tiene el corazón colmado. Excepto por la presencia de algunas personas, claro está. No me confío de nadie. Daría mi vida por defenderla a ella de cualquier peligro. Si alguien me parece sospechoso, con mostrarle los dientes y lanzar unos ladridos basta para que se lo piense dos veces antes de cruzarse en mi camino. A ella no le gusta cuando me pongo agresivo, y a veces me lo hace entender tirando de la correa con más fuerza de lo normal. Pero, en el fondo, sabe que lo hago porque la amo.

Por las tardes me quedo solo, excepto (no sé por qué) algunas veces en las que ella no sale. Hoy parece estar nerviosa por algo. Aunque está encerrada en la habitación, escucho todos sus movimientos, se ha mudado la ropa varias veces. Huelo su perfume, es uno que utiliza muy pocas veces; se ha echado más de la cuenta, cosa que me resulta un poco desagradable. Finalmente sale de la habitación, se le ve muy elegante. Se mira en el espejo del baño. Se cambia el peinado. Se mira en el espejo de la sala. Se ajusta el vestido de mil maneras sin lograr ninguna diferencia. Se cambia los zapatos. No comprendo tanta indecisión, pero qué puedo saber yo, ella siempre sabe lo que hace. Suena su teléfono y ella corre a atenderlo a toda prisa. No sé de qué cosas habla, pero es aparente que está emocionada.

Terminada su conversación, viene hacia mí y me coloca la correa, llenándome de alegría. No me imaginaba que saldríamos de nuevo. Vamos al patio y amarra la correa al tronco. Es algo muy raro, nunca antes lo había hecho. Imagino que me espera una bella sorpresa, pero ella se agacha y, mientras me soba la espalda, dice:

—Pórtate bien, ¿eh?

Se marcha, dejándome afuera. Me pregunto si habré hecho algo malo. No me gusta estar afuera, a solas, sin saber qué está pasando. Mordisqueo la correa, sin conseguir liberarme. El tiempo pasa y pasa, sin novedades. El aburrimiento termina por vencerme y me echo a dormir.

Despierto al escuchar su automóvil. ¡Ella ha vuelto! Eso es un alivio. Me levanto emocionado a esperar que vuelva por mí. Está oscuro. No sé cuánto tiempo me habrá dejado amarrado a este tronco. Escucho la puerta de la casa. Ella está con alguien, los escucho, los huelo. El olor de la otra persona me irrita, no me gusta que ella esté con alguien si no estoy yo allí para protegerla.

No logro soportarlo. Me pongo a andar con todas las fuerza que tengo y también con las que no tengo. El tronco se mueve, lo arrastro hasta la pared de la casa y subo sobre él para asomarme a la ventana. Allí está ella, sentada junto al extraño apestoso. Se toman de la mano. Se ríen. Se miran. Se besan.

¡Qué clase de traición! Comienzo a ladrar desesperado. Ella trata de ignorarme, pero como con eso no logra hacer que me calle la boca, sale y me regaña y me amenaza con dejarme afuera toda la noche. Obedezco, ¿qué otra cosa puedo hacer? No quiero causarle sufrimiento. Sigo asomado por la ventana. No le quito los ojos de encima al extraño. La seguiré protegiendo aunque haya dejado de amarme. No importa si me amarra para siempre a la intemperie, nunca dejaré de amarla y de velar por ella.

Pasan los minutos. Todo lo que ven mis ojos me araña el corazón, pero sigo mirando, en silencio, por ella.

Siguen pasando los minutos. Ella se levanta y deja solo al extraño para ir al baño. Ya me olía que algo no andaba bien con ese sujeto. El muy engañoso revela sus verdaderas intenciones, aprovecha que ella no está, para registrar la sala, saca algunas cosas de la gaveta de la mesita y se lo guarda en los bolsillos. Ahora se dirige a la habitación. Yo comienzo a ladrar, pero ignora mis advertencias. Ella me grita desde el baño, pidiendo que me calle.

Desde la ventana no puedo ver lo que ocurre, pero puedo oírlo todo. Ella sale del baño y lo encuentra con las manos en la masa. Discuten. Él la golpea. Yo no puedo tolerarlo. Muerdo y tiro de la correa hasta romperla, y de un salto penetro en la casa junto con los cristales de la ventana que estallan y llueven por doquier. Corro a toda prisa hacia la habitación, para defender al amor de mi vida. Pero me encuentro con que el ladrón corre hacia mí cubriéndose los ojos con ambas manos. Me llega el olor de pimienta. Ella viene persiguiendo al ladrón y lo rocía con más líquido. Yo me aparto, el olor es demasiado fuerte y me irrita. El hombre se retuerce en el piso, llorando, ciego. Ella le ha dado su merecido y ahora llama por teléfono, sin dejar de patear al pobre desgraciado. Ahora es mi turno.

La policía se lo lleva todo lleno de moretones y mordiscos, con los ojos rojos, despeinado. Dudo que vuelva por aquí.

De vuelta en la casa veo los vidrios rotos por todo el salón. Yo bajo la cabeza, esperando mi regaño, pero ella me abraza y me besa, no sé por qué, quizás no le gustaba esa ventana. Bostezo, y le contagio el bostezo al amor de mi vida. Es hora de dormir, estoy agotado. Este ha sido un día muy raro, pero, mientras ella se encuentre a mi lado, todo está bien.

El Monstruo Bajo la Cama

Escritubre, día 26

El reto consistía en describir el lugar perfecto para alguna clase de monstruo.

*    *    *

EL MONSTRUO BAJO LA CAMA

Sombra Pavorosa se levantó tras mirar la suciedad y el desorden que había debajo de la cama.

—¿Tú me estás tomando el pelo?

—Yo sé que no es ninguna maravilla —dijo Pus Tuberculoso, el monstruo del armario—, pero es lo único que tengo disponible. Mira el lado bueno, allí vas a estar tú sola, vas a tener privacidad. Si lo prefieres, puedo mostrarte el ático, pero tendrás que compartirlo con tres inquilinos ruidosos, desordenados, y que además se la pasan riñendo.

Sombra miró otra vez bajo la cama y lo pensó por un minuto.

—Está bien, Pus, me has convencido.

—¡Excelente! Déjame preparar el contrato de arrendamiento para que lo firmes.

Sombra Pavorosa, ahora oficialmente convertida en «El Monstruo Bajo la Cama», comenzó por sacar de su nuevo hogar todo lo que estorbaba: dos trozos de madera que alguna vez formaron un bate de béisbol, un plato con huesos de pollo que parecía haber sido olvidado por meses, dos pares de medias sucias, un par de zapatos rotos, una caja que contenía una botella llena de colillas de cigarrillos y una revista de videojuegos que, al ser levantada, dejó caer una revista pornográfica. Sombra entregó todos estos objetos a su arrendador, el cual, malhumorado, se los llevó a su armario.

Ya despejado el espacio, Sombra invocó a La Brisa Mortecina, que sopló gélida, levantando misteriosamente las cortinas, a pesar de estar cerrada la ventana. Sombra saludó a su invitada, que aulló cortésmente, y contrató sus servicios. La Brisa sopló bajo la cama, sacando todo el polvo, luego se condensó en un charco de agua babosa, se restregó por el suelo y, para concluir, se evaporó, llevando consigo los últimos restos de suciedad. Sombra sacó tres almas de la billetera, para pagarle a La Brisa Mortecina, pero ésta, por los siglos de amistad, sólo aceptó dos.

—Ahora, a amoblar —pensó Sombra Pavorosa, complacida por el nuevo aspecto que había conseguido darle a su hogar.

De la manta purpúrea y raída que la cubría, extrajo algunas viejas pertenencias: sombras que, vistas bajo cierta luz, cobraban formas reconocibles. Así, pues, colocó bajo la cama una maleta de humo con mudas de ropa, un maletín de piel de buitre con sus herramientas de tortura, una almohada de plumas de pájaro dodo, un reloj hecho de huesos de cabras y cerdos diabólicos, una alfombra tejida con fibras de vendas de momias, y una pecera con fantasmitas de trilobites. Como sólo la cabecera de la cama estaba en contacto con la pared, y además el espacio de abajo ofrecía pocos centímetros de altura, Sombra no tenía dónde poner todos sus cuadros; tuvo que contentarse con colgar un retrato familiar y un pequeño afiche de los Rolling Stones.

La transformación era maravillosa, pero parecía faltar algo.

Como muchas otras apariciones incorpóreas, Sombra sentía una gran fascinación por los adornos colgantes, en particular por las campanas de viento. A pesar de que no tenía suficiente espacio para instalar una decoración muy elaborada, se le ocurrió que ella misma podía confeccionar una campana de viento con las proporciones adecuadas; sólo tenía que hallar las partes necesarias. Tras siglos de práctica, Sombra había adquirido talento para las manualidades. El proyecto la entusiasmaba. Comenzó por explorar la casa.

Por contrato, al convertirse en el monstruo bajo la cama, Sombra quedaba confinada a los límites de su residencia (esto incluía el patio frontal y el garaje). No sólo tenía la obligación de permanecer dentro de la propiedad, sino que era físicamente imposible incumplir dicha obligación, era como estar atada con cadenas invisibles.

En el comedor encontró algo que llamó su atención. La pared que dividía a la cocina del comedor, tenía una abertura circular de aproximadamente un metro y medio de diámetro. Esta abertura estaba adornada con un vitral esmerilado que representaba una rosa blanca con su tallo verde, sobre un fondo en varios tonos de rosados y violetas. Era justo lo que necesitaba Sombra.

Antes que nada, tenía que buscar al gato. Ser una aparición incorpórea presentaba el inconveniente de hacer sumamente agotador el interactuar con objetos físicos. Allí los gatos podían ser de mucha ayuda, esos pequeños mercenarios siempre estaban dispuestos a colaborar con los espectros a cambio de comida o de almas para recargar sus siete vidas, en caso de haber perdido alguna.

Sombra encontró al gato en el salón, durmiendo encima del perro. Sombra odiaba a los perros; esos animales raras veces se llevaban bien con los seres de ultratumba.

—Psst, gato, ¡despierta! —dijo con una voz sobrenatural, en una frecuencia lo suficientemente alta como para no ser percibida por el perro.

Conseguida la atención del felino, le hizo señas para que la siguiera hasta la cocina, donde discutieron los términos de un servicio que el gato aceptó de buen grado. Sombra le adelantó media alma como parte de pago, cosa que desagradó sobremanera al alma cuando se vio cortada en dos.

Sobre el mostrador había una decena de naranjas dentro de una pequeña cesta, el gato las extrajo y de un mordisco tomó la cesta por el asa.

—Espérame aquí, no te vayas —dijo sombra.

El gato, malhumorado soltó la canasta y, no pudiendo resistir la tentación, se acostó adentro. Pero no tuvo tiempo de echarse una siesta. A los pocos segundos escuchó al perro, que se aproximaba a toda prisa y ladraba enfurecido.

La mesa del comedor estaba dispuesta con uno de los extremos contra la pared, justo frente al vitral. Tenía dos sillas a cada lado y una más en el puesto principal, frente al vitral. Desde la cocina, el gato escuchó las uñas del perro correr sobre la mesa. Comprendió lo que estaba a punto de pasar y se encogió dentro de la cesta. Vio a Sombra atravesar el vitral con la misma facilidad que tienen los fantasmas para atravesar las paredes sin chocar con ellas. El perro no tenía esas habilidades. Los vidrios rotos saltaron por todas partes. El perro escapó corriendo y chillando con el rabo entre las piernas. El gato saltó por los aires lanzando un alarido histérico y al aterrizar se lamió las patas como si nada, para disimular.

Sombra se puso a mirar los vidrios rotos, luego le indicó al gato cuáles quería. El animal recogió los vidrios de colores, los puso en la cesta y los llevó al hogar de Sombra Pavorosa.

Minutos más tarde, Pus Tuberculoso aceptó ayudar con su taladro, y abrió un agujerito a cada trozo de vidrio. Sombra los trenzó con retazos de su túnica y los colgó de una esquina, bajo la cama. Los sopló y se deleitó con la música que producían los vidrios al chocar unos con otros.

La familia volvió a la casa tarde en la noche. Encontraron los vidrios rotos en la cocina y, por su comportamiento nervioso, supieron que el perro había estado involucrado; le propinaron el regaño de su vida. El gato miró complacido la escena.

Pasada la media noche, cuando el adolescente apagó su teléfono para tratar de dormir, sonó un suave tintineo de cristales bajo la cama. El adolescente brincó sobresaltado y de inmediato intentó coger el teléfono, que había dejado sobre la mesa de noche, pero los nervios hicieron que se le cayera. No se atrevió a levantarse para recogerlo. La luz de la luna, que a duras penas se colaba en la habitación, llenaba las oscuras paredes de sombras multiformes; una de ellas crecía, como si se irguiera una amenazadora forma humanoide, extendiendo los brazos y sus garras enormes. El joven trató de gritar, sin lograr hacer salir su voz, y se acurrucó bajo las sábanas, donde permaneció en silencio y temblando.

Sombra Pavorosa, satisfecha, volvió a su hogar y sopló una vez más sus campanas. ¡Qué divertidas eran! Se recostó, con una enorme sonrisa, sobre su almohada de plumas de pájaro dodo, pensando en lo mucho que se divertiría asustando una y otra vez al chico de la cama. Parecía haber hallado el lugar perfecto, después de todo.

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