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La niña de nueve años que heredó la funeraria de sus padres y decidió administrarla. (Oct. 01, 2022)
Corregido
RETO 1. Sábado de personajes
improbables.
Escribir un relato basado en el título: «La niña de nueve años que
heredó la funeraria de sus padres y decidió administrarla».

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LA NIÑA DE NUEVE AÑOS QUE HEREDÓ LA FUNERARIA DE SUS PADRES Y
DECIDIÓ ADMINISTRARLA
Cada día, antes de entregarse a sus deberes, Leopoldina se asomaba a
la ventana para ver pasar los carruajes que circulaban, calle arriba
y calle abajo, tirados por caballos en variados estados de
descomposición; a pesar de que los animales tenían un aspecto
siniestro, la niña los hallaba encantadores. Aquella mañana hacía
frío y llovía con fuerza. Los cascos, calzados con herraduras de
hierro, ejecutaban un moderado y placentero compás musical al
estrellarse uno tras otro contra los charcos del empedrado,
levantando grises y densas salpicaduras.
La niña de nueve años había saltado a la calle para recoger su
mandíbula, que se le caía con vergonzosa facilidad cuando sonreía al
ver los carruajes. De vuelta en su habitación, limpió con cuidado el
barro de su dentadura y secó bien la mandíbula antes de colocársela
en su lugar correspondiente. Se proponía cambiarse el humedecido
vestido y los zapatos por unos que estuviesen limpios, pero fue
interrumpida por sus padres, que entraron con un paso tímido.
—Hija —dijo Dolores Guillermina, haciendo lo posible por evitar la
mirada de la niña—, es hora de irnos.
No teniendo ya ojos, Don Ildefonso, el padre de Leopoldina, jamás se
veía en la necesidad de evitar miradas incómodas. El hombre asintió
en silencio y apretó con cariño la mano que llevaba entrelazada con
la de su esposa.
—Vamos —continuó Dolores Guillermina—, busca el paraguas.
Don Ildefonso y su esposa salieron de la casa sabiendo que aquélla
sería la última vez. No voltearon para mirarla, ni le dijeron adiós.
Dolores Guillermina temía perder la compostura si le dedicaba una
última mirada a su tenebroso y amado hogar; su esposo, en cambio, no
tenía ese problema: él no tenía ojos. Ambos emprendieron la marcha
tomados de la mano, al amparo de un enorme paraguas gris oscuro.
Por alguna razón, los muertos sabían cuándo estaba por llegarles la
hora. Los animales, al ver cercana la segunda muerte, se alejaban de
las personas y se marchaban a algún lugar remoto donde se convertían
en polvo. Los seres humanos iban a las funerarias, donde podían
tomarse un coctel que los pusiera a dormir, para hacer su inminente
desintegración menos traumática. Los muertos no tenían otra forma de
morir que no fuera la transformación instantánea en polvo. Cuando se
sufría un accidente que hubiera sido fatal para un ser vivo, los
muertos seguían adelante con los daños recibidos; algunos quedaban
tan estropeados que ya no podían hablar ni moverse, en estos casos
eran llevados a asilos donde se les leía y se les proporcionaban
cuidados hasta que su tiempo de vida se viera cumplido, cosa que a
veces llevaba décadas.
Las funerarias tenían la doble función de ayudar a los clientes que
morían por segunda vez y recibir a los que lo hacían por vez
primera. Así como cada cuál conocía el día de su propia partida, las
familias también sabían cuando uno de sus vivos estaba a punto de
ponerse a criar malvas; con algunos días de antelación ordenaban el
servicio de la funeraria para recibir al futuro muerto viviente.
Estas almas primerizas se materializaban de la nada convertidas en
bebés saludables que al crecer se iban descomponiendo. A veces
aparecían en la funeraria bebés que nadie había reclamado como
familiares suyos. Los bebés abandonados iban a parar al orfanato,
donde crecían con pocos recursos y nada de afecto. Era una segunda
existencia nada envidiable.
Leopoldina caminaba atrás de sus padres, les separaban algunos pasos
de distancia, le gustaba la lluvia, le encantaba escuchar cómo
sonaba y oler la tierra mojada. Llevaba su propio paraguas (uno que
era negro y más pequeño que el de sus padres), con el que pretendía
evitar mojar su vestido y sus zapatos, a pesar de que ya estaban
mojados. Temblaba de frío. Miraba distraída los sobrios carruajes
cuando alguno pasaba junto a ella. Sujetando su mandíbula para que
no se le cayera, le sonreía a todos los encantadores caballos
tenebrosos.
Cuando estaban por llegar a la funeraria, Leopoldina apuró el paso y
acortó la distancia que le separaba de sus padres. Cerró su paraguas
negro y pequeño y se refugió abrazando a su madre, bajo el paraguas
grande y gris. Hacía varios meses que un viejo ebrio había decidido
instalarse a mendigar en la esquina. La niña le tenía miedo. También
le causaba curiosidad.
—¡Te has mojado toda la ropa! —dijo Dolores Guillermina, como si su
hija no lo supiera ya— ¿Le ocurrió algo a tu paraguas?
—No.
—¿Y qué pasó entonces?
—Que no te fijaste en mi ropa antes de salir.
Cuando llegaron a la esquina, como temía la niña, pasaron junto al
viejo mendigo. Su estado era deplorable, incluso para los habitantes
de La Isla, quienes eran propensos a sufrir graves deterioros
físicos. Para los muertos la vida no era fácil, había que andar con
cuidado para no estropearse. Ninguna herida sanaba. Todo daño era
permanente. El viejo mendigo no tenía casi piel, sus músculos,
órganos internos, huesos y otros tejidos estaban expuestos donde
quiera que se pusiera la mirada. Sus ropas, sucias, malolientes y
andrajosas, no eran de mucha ayuda para ocultar el desgaste del
cuerpo que las vestía. Leopoldina no quería mirarlo, pero le fue
imposible desviar su mirada mientras pasaba a su lado. El viejo la
saludó mostrando una mano en la que pocos tejidos quedaban para
sostener los huesos. La falta de piel y de músculos hacían que los
huesos del metacarpo parecieran formar parte de las falanges,
creando la ilusión de unos dedos inusualmente largos. La niña
devolvió el saludo con timidez, sin soltar a su mamá. Era evidente
que el fin de aquel pobre hombre estaba cerca. Leopoldina consideró
injusto que el fin de sus padres, que estaban en tan buen estado, al
menos en comparación con el viejo mendigo, tuviera que estar tan
cerca. Pero así de incomprensible es la muerte, así de arbitraria la
vida de los muertos.
—Mamá... —dijo Leopoldina sin quitar la mirada del mendigo.
—Dime.
La niña alzó los ojos para encontrar los de su madre.
—¿A dónde van los muertos cuando mueren?
Nadie en La Isla sabía la respuesta a esa pregunta, a pesar de que
muchos juraban conocerla y se organizaban en escuelas de pensamiento
de acuerdo a sus bienintencionados autoengaños.
—A un lugar muy bonito, donde nos esperan todos los que partieron
antes —dijo Dolores Guillermina, creyéndose cada palabra.
En la funeraria de sus padres, Leopoldina puso en orden el espacio
de trabajo y todas las herramientas y materiales como se lo habían
enseñado. Dolores Guillermina le fue contando al ciego don Ildefonso
cada acción que ejecutaba su hija, éste sonreía y asentía sabiendo
que le habían enseñado bien el oficio a la niña. Finalmente todo
estuvo a punto y se sentaron a esperar y a recordar algunos buenos
momentos. Poco antes de cumplirse una hora, llegaron el tío
Nicomedes y la tía Marquelda, hermanos de don Ildefonso. Leopoldina
viviría con ellos en lo sucesivo. Don Ildefonso se aclaró la
garganta y dijo:
—Hija, estás a tiempo de cambiar de opinión. Tus tíos pueden
encargarse de la funeraria hasta que tengas una edad más apropiada.
—No, papá, si voy a heredar la funeraria, he decidido administrarla
yo desde este momento. Tengo el entrenamiento y sé bien todos los
deberes que me esperan a mí y a todos los empleados.
—Entonces no hay nada más que decir. Tu mamá y yo seremos tus
primeros clientes.
Don Ildefonso y Dolores Guillermina se acostaron en las mesas de
preparación, bebieron el coctel para esperar el fin durmiendo y
aguardaron nerviosos mientras la visión se nublaba y todo se volvía
negro... excepto para Don Ildefonso, que no tenía ojos. Al cabo de
unos minutos los cuerpos de la pareja se convirtieron en polvo.
La mandíbula de Leopoldina rompió el silencio al caer sobre las
baldosas. La niña sonreía de lo más contenta porque sus padres
finalmente estaban en un lugar muy bonito, reunidos con todos los
seres queridos que partieron antes que ellos. La niña recogió
amorosamente los restos de sus padres y los colocó en un recipiente
donde descansarían juntos hasta el fin de los tiempos.La tormenta de Esteban Augusto
RETO 2. Domingo de estados de ánimo específicos.
Escribir un relato inspirado en: Domingo
soleado que quisieras que fuera lluvioso y gris para tener algún
pretexto para meterte en la cama.
LA TORMENTA DE ESTEBAN AUGUSTO.
Esteban Augusto despertó de un sueño en el que una tormenta tropical
cruzaba el país y las clases se habían suspendido, su hermano había
ido al colegio sin saber y tenían que rescatarlo, pero Esteban había
preferido quedarse calentito, arropado en la cama, y jugando con el
teléfono. Una vez desperezado, se dirigió a la ventana y quedó
decepcionado al encontrarse con un día brillante en el que no se
veía más que una nube esquelética surcando patéticamente la bóveda
celeste.
—Debe tener calor, la pobre —pensó.
Mientras comían los cereales con fruta del desayuno, le contó su
sueño a Ezequías José, su hermano gemelo.
—¿Y me dejaste abandonado en la tormenta? Eso no se le hace a tu
hermano mayor —dijo Ezequías y le dio un puñetazo en el hombro.
Aunque eran gemelos, Ezequías había nacido momentos antes que su
hermano, y esa minúscula diferencia de edad le confería cierta
autoridad.
—¡Yo no te obligué a ir al colegio un domingo y en pleno aguacero!
—respondió Esteban y a cambio del golpe recibido, devolvió un
pellizco en el brazo que fue acogido con un grito.
—¡Niños, ¿qué pasa?! No empiecen —Andrea, la madre, se comía un
yogurt casero sin azúcar que no había quedado muy firme; se le
derramó lo que tenía en la cucharita al dirigirse a los niños—. ¡Ya
ven lo que me hacen hacer!
Los gemelos se miraron y rieron con picardía, llevándose las manos a
las bocas como si con eso pudieran ocultar de su madre las risas.
Habiendo su hermano bajado la guardia, creyéndose en paz, Ezequías
lo traicionó con un puntapié en la pantorrilla, aprovechándose de
que la mesa ocultaba el crimen de la malhumorada mirada de Andrea.
Camino al colegio, Esteban Augusto pasó todo el viaje asomado por la
ventanilla de la minivan de Andrea, maldiciendo la ausencia de nubes
e ignorando a su hermano. Tenía un plan y pensaba en todas las
maneras en que podía salir mal su ejecución. También albergaba la
vana esperanza de que se materializara de la nada y de forma
instantánea una tormenta tropical que hiciera innecesario todo lo
que estaba por ocurrir. Deseaba quedarse en cama hasta tarde, como
hacía todos los domingos; deseaba que empezara a llover y poder
dormir arrullado con el sonido del agua precipitándose sobre el
tejado; deseaba volver al sueño que había tenido y que la tormenta
le diera una lección a su hermano, y después de dormir un rato ir a
rescatarlo y quedar como un héroe. Pero no. Le irritaba tener que ir
al colegio un día domingo, como si no bastara ya con tener que ir de
lunes a viernes. Además lo llamaban un evento extracurricular; era
una trampa, una burla, un agravio. ¿Qué interés podía tener un niño
como él en eventos extracurriculares? Además, ¿qué rayos significaba
esa palabra “extracurricular”? Seguro que ni los adultos lo sabían y
no hacían más que pretender saberlo.
Los pasillos del colegio se hallaban en buena medida desiertos, no
todos los grados participaban el domingo en el evento, la mitad del
colegio había participado el día anterior. Y de los alumnos que
tenían que participar, un buen número no pudo o no quiso asistir.
Los gemelos entraron seguidos por una maestra, Esteban se detuvo y
fingió tener los cordones desamarrados; él mismo los desamarró con
rapidez y comenzó a atarlos con lentitud, dejando que la maestra los
adelantara y desapareciera de vista al cruzar.
—A ver si te apuras —le dijo su hermano.
—A ver si te esperas —respondió éste, ralentizando aún más sus
movimientos hasta que Ezequías José comenzó a golpearse repetidas
veces y en forma amenazante la palma de la mano con el puño.
Esteban no le tenía miedo a una pelea con su hermano, tales peleas
no eran más que asuntos sin importancia a los que, para el disgusto
de Andrea, se entregaban con bastante frecuencia. Pero en aquel
momento necesitaba evitar un conflicto, de lo contrario podía verse
comprometido su plan.
—Vamos, sígueme —dijo Esteban, incorporándose con agilidad.
Condujo a su hermano hacia la entrada de un salón que se usaba como
depósito para materiales escolares y utensilios de limpieza. La
puerta estaba cerrada con llave, pero, como sabían todos los
alumnos, las puertas de todos los salones tenían cerraduras baratas
que se podían abrir fácilmente con la ayuda de una tijera o un
destornillador. Esto se hacía con frecuencia, en especial por los
profesores, dado que nunca faltaba algún niño gracioso que le pasara
el seguro a la puerta del salón al salir al receso, causando luego
un breve retraso y muchas risas.
Esteban Augusto abrió un bolsillo lateral de su bolso y sacó unas
viejas tijeras de aprendizaje. Intentó abrir la puerta, pero, al
girar las tijeras, éstas resultaron ser de peor calidad que la
cerradura y se partió el tornillo axial, quedando una de las
cuchillas insertada en la cerradura y la otra sujeta en la mano del
niño.
—Quítate —dijo Ezequías—, mira y aprende cómo se hace.
El gemelo mayor giró la cuchilla clavada en el picaporte, pero en
lugar de abrir la puerta, lo único que consiguió fue romper la
agarradera de plástico de la tijera.
—¡Estúpida cosa!
—Cálmate, tú eres muy tosco. Mira cómo lo hace el amo y señor de
todas las puertas.
—¡Ja!
Esteban sacó la cuchilla estropeada, procurando no cortarse con los
fragmentos filosos del plástico roto, e introdujo la otra cuchilla
en la cerradura; la hizo girar con extremo cuidado y consiguió abrir
la puerta.
—Nos vamos a meter en problemas —dijo Ezequías, frustrado por no
haber sido él quien lograra abrir la puerta.
—Nadie sabe que estamos aquí, el profesor pensará que no vinimos.
—¿Y si nos descubren?
—¿Quién va a entrar aquí un domingo? Tranquilo, no nos van a ver.
Vamos, ayúdame a recoger los pedazos de la tijera.
—Recógelos tú, esas no son cosas para hermanos mayores —concluyó
Ezequías con autoridad y entró en el depósito.
Tras recogerlos todos, Esteban arrojó los pedazos de tijera en una
papelera del pasillo, luego corrió al depósito y cerró la puerta
tras de sí. Todo lo ancho de las paredes laterales y parte de la del
fondo estaban cubiertos por robustas repisas flotantes hechas en
madera rústica. Los materiales escolares y de limpieza se hallaban
dispuestos de forma indiscriminada sobre los estantes, haciendo mal
uso del espacio. La habitación estaba limpia y olía a desinfectante
con fragancia de limón. Centrado y al fondo había un escritorio que
no tenía sillas, sobre el que se encontraban apiladas varias resmas
de papel de impresora. Esteban comenzó a remover las resmas e instó
a Ezequías a echarle una mano con eso. Habiendo aligerado el peso,
los niños arrimaron la mesa hacia el centro de la habitación.
—¿Qué estamos haciendo? —preguntó el mayor de los gemelos, secándose
el sudor de la frente.
—Ya lo verás. Espérame aquí.
Esteban abrió la puerta con cuidado y se asomó. Una vez que estuvo
seguro de que no habían moros en la costa, salió a toda prisa. La
papelera donde había arrojado los pedazos de tijera era un
recipiente cilíndrico de acero inoxidable de unos sesenta
centímetros de altura y unos 30 centímetros de diámetro. Era
perfecta para lo que el niño necesitaba. Esteban la cogió y la llevó
a rastras hasta el salón, chirriando, pero no muy ruidosamente, todo
el trayecto.
Los gemelos retiraron la tapa semiesférica de la papelera y sacaron
la bolsa de basura, luego pusieron la papelera boca abajo sobre la
mesa. Esteban miró bien el techo y arrimó la papelera hasta dejarla
cerca de una de las esquinas, luego vació la bolsa de basura en el
suelo y se la entregó a su hermano.
—Ten allí —dijo.
Se subió a la mesa y le pidió a su hermano que sostuviera la
papelera para mantenerla estable. Con mucho cuidado se subió a la
papelera y pidió a su hermano que le pasara la bolsa de basura. Ató
la bolsa al rociador de incendios y sacó una caja de cerillas del
bolsillo de su pantalón, la había cogido en la cocina de su casa, se
usaba para encender el horno.
—Tú estás loco de remate —dijo Ezequías José sin poder ocultar una
sonrisa llena de emoción.
Esteban encendió la cerilla y la acercó al rociador, a los pocos
segundos se activaron los rociadores de todo el colegio y la alarma
de incendios. La bolsa de basura que estaba atada al rociador no
cumplió su función y salió disparada al instante. Esteban perdió el
equilibrio y cayó de espaldas sobre la mesa, bajo una lluvia helada.
Ezequías corrió a refugiarse bajo la mesa, muerto de la risa. Cuando
se recuperó del golpe, Esteban Augusto corrió a reunirse con su
hermano, también riendo.
—Te presento mi tormenta tropical —dijo—. Y como puedes ver, esta
vez no te dejé abandonado.
Así pasaron un rato bajo la lluvia artificial un domingo soleado.
Era una lástima no tener sus camas a mano para echar una siesta
arropados bajo el relajante sonido del agua y los gritos de los
estudiantes y maestros que corrían desesperados en busca de la
salida.La batalla de Saxofonia.
RETO 3. Lunes de géneros locos.
Escribir un relato que encaje en el
género «bélico gastronómico musical».
LA BATALLA DE SAXOFONIA
Pocos son los que conocen el detalle curiosísimo de que en la
batalla de Saxofonia, durante aquella inolvidable invasión a la isla
de Violonchelandia, no participó ningún saxofón. Pero no dejen que
me adelante a los hechos, empecemos por el principio.
Todo comenzó en la isla caribeña de Santa Tortilla, en el año de
1939, cuando el embajador violonchelandés, el excelentísimo don
Antonio Castrovillari, quien además de ser un verdadero violinista
virtuoso era un competente crítico culinario, se atrevió a publicar
en El Diario La Sartén, hoy periodiquillo de tercera pero en
aquellos días un prestigioso diario santortillense, una crítica no
tanto negativa sino más bien ofensiva sobre el restaurante de Madame
Claudine Vinot, quien no solo era la chef ejecutiva, sino que
también era la primera dama de Santa Tortilla. Desde un principio,
los pobladores de esta isla, antigua colonia francesa afamada por
sus bellas playas repletas de palmeras y sus inigualables
restaurantes repletos de turistas, no se habían llevado muy bien con
los melodiosos hijos de italianos de la isla vecina. Que uno de
estos extranjeros viniera a herir su orgullo donde más dolía, en las
habilidades culinarias de la que consideraban la mujer más
importante, si no del mundo entero, al menos de todo el Caribe, era
una bofetada que exigía reparación. ¡Y reparación buscaron los
santortillenses con una declaración de guerra! A veces los eventos
cardinales de la historia de la humanidad (y no digo que éste sea
uno de ellos, ni de cerca) empiezan de esa forma: con un crítico
hiriendo la sensibilidad de la persona criticada. Nosotros los
historiadores estamos acostumbrados a encontrarnos con esta clase de
comportamientos humanos que, con harta frecuencia, culminan en la
pérdida de muchísimas vidas de poca monta y una que otra de la que
vale la pena acordarse; para bien o para mal, nuestro trabajo es
contar los hechos, no emitir juicios.
Así aconteció que, mientras en Europa comenzaba una guerra que sería
mejor conocida y más ampliamente documentada que la que nos ocupa en
la presente crónica, en el Caribe se cocinaba un conflicto que, si
bien de humilde escala y relevancia, no se parece a ninguno otro que
este servidor haya alguna vez escuchado, leído o narrado.
Lorenzo Barbieri, primer ministro de la República Filarmónica de
Violonchelandia; su amante, Filippo Fiore; su esposa, Alessia
Porcaroli; y el amante de ella, que también era Filippo Fiore,
disfrutaban del inicio del segundo acto de la opera Turandot, esa
obra magnífica que la parca obligara a Puccini a dejar inacabada y
que con gran arte concluyera Franco Alfano, cuando dos soldados
violonchelandistas subieron a la tarima, interrumpiendo a los
ministros Ping, Pang y Pong, personajes de la mencionada ópera, y
con poco tacto, a la usanza castrense, anunciaron no solo la
imprudencia periodística del embajador Castrovillari, sino también
su fusilamiento, la declaración de guerra y el hecho inconcebible de
que un número indeterminado de flotas santortillenses se avecinaban.
Se procedió a la evacuación desordenada del teatro, curiosamente sin
heridos ni víctimas fatales que lamentar. El primer ministro y su
esposa, abandonando a Filippo Fiore a su suerte, fueron escoltados
al búnker de la plaza Stradivarius, donde se reunieron con el alto
mando militar. Allí el Jefe del Estado Mayor les explicó que
esperaban a los invasores en la costa de Saxofonia, ciudad de
pescadores y flautistas (¿por qué flautistas y no saxofonistas?
Nadie lo sabe), la defensa se llevaría a cabo con una orquesta
beethoveniana, razón por la que (como afirmamos en un principio) no
participaron saxofones, y se utilizaría la forma sonata, es decir,
con una exposición, un desarrollo, una recapitulación y una coda
opcional.
Con sus utensilios de cocina ceñidos al cinturón, una cacerola por
casco (exótico requisito reglamentario de las Fuerzas Armadas
Santortillenses) y su baguette al hombro, Jean-Pol Vinot se despidió
de sus padres, el presidente y la primera dama de Santa Tortilla.
Fue imposible convencerlo de quedarse en casa y evitar la guerra, él
sentía que estaba en la obligación moral de ir a matar y quizás
también de morir por defender la magullada dignidad de su madre y el
honor gastronómico de su isla. Monsieur Gérald Vinot se sintió
envejecido al ver partir a su hijo; indiferentemente de cómo se
desarrollara la invasión, desde ese momento M. Vinot era un hombre
derrotado. Por su parte Mme Vinot se tomaba las cosas de mejor
grado: por un instante, cuando Jean-Pol se despedía, había dudado de
la necesidad de la guerra, pero luego se convenció de que valía la
pena perder un hijo por preservar su orgullo.
Enzo Leone era uno de esos músicos de pacotilla que llegan
arrastrando su estuche de viola lleno de telarañas y nadie se
explica cómo es que consiguen un puesto en la orquesta. También
pertenecía a esa clase de personas cuyos propios medios no las
impulsa más que a ser olvidadas y que terminan entrando en los
libros de historia por pura casualidad. Cuando la enorme orquesta se
estaba preparando en la playa para repeler a los invasores, a dos
personas no se les permitió unirse a la defensa de la isla. La
primera era un percusionista que el director de orquesta odiaba con
toda su alma, era el amante de su esposa, era Filippo Fiore. La
segunda era Enzo Leone, que se había traído un estuche de viola
vacío y había dejado por error el instrumento en casa, pero como su
casa estaba lejos de Saxofonia, no tenía manera de ir a buscarlo.
Caminaba Enzo por la playa, con la vana esperanza de que las olas le
llevaran una viola (también le hubiera servido un violín) salida de
algún naufragio. Los naufragios de navíos violonchelandeses solían
dejar a la deriva un gran número de instrumentos musicales, aunque
casi todos se hundían de inmediato junto con los músicos, cierto
tipo de instrumentos podían ser arrastrados por la corriente hasta
la costa. Así que, después de todo, la esperanza de Enzo no era tan
descabellada como lo hubiera sido en otro país.
Las olas no le llevaron una viola, pero el destino le llevó a
toparse con Filippo Fiore, circunstancia que no le traería nada
bueno. Los hombres trabaron rápido una amistad: amistad que al
violista le parecía profunda y sincera, mientras que para el
percusionista, hay que decirlo, era superficial y sin importancia.
Filippo Fiore tenía el don de ganarse con facilidad a las personas.
Cuando no lo conocían bien, todos lo querían, todos reían cuando él
reía, todos imitaban sus gestos sin darse cuenta, todos deseaban
estar a su lado y ganarse su amistad. Luego venían los problemas. Al
final, algunos terminaban odiándolo, otros lo amaban aún más.
Al atardecer, la isla entera de Violonchelandia esperaba con
ansiedad la llegada del enemigo. Chiara Leone mandó temprano a sus
hijas a dormir, tras haber bajado los colchones al sótano, donde
corrían menor peligro. Luego se instaló a escuchar las noticias por
la radio hasta que sonaron las sirenas, entonces se unió a sus hijas
y juntas se prepararon para lo peor. Antes del anochecer comenzó el
bombardeo, la fuerza aérea santortillense arrojó toda clase de
postres, sopas, cremas y otros platos sobre las ciudades principales
sin encontrar mayor resistencia. La costa de Saxofonia fue el único
lugar donde se vieron repelidos dada la gran concentración de
baterías antiaéreas que defendía a la orquesta sinfónica. Los cazas
y bombarderos fueron acogidos con una lluvia de instrumentos al
compás de la obertura de El Barbero de Sevilla. Pasado el bombardeo,
que dejó numerosos edificios en ruina cubiertos de mousse y
vichyssoise, Chiara se sintió aliviada de haber tomado refugio en el
sótano. Era una mujer perspicaz y precavida, todo lo veía venir y
nada la agarraba con la guardia baja. Era un misterio cómo una mujer
así había terminado casada con un inútil como lo era Enzo Leone.
Cuando salió a ver el daño que había recibido su vivienda descubrió
que su marido había dejado la viola. Se preguntaba cómo podría estar
luchando sin el instrumento. Jamás se hubiera imaginado que en lugar
de defender la patria, su marido la engañaba con Filippo Fiore.
Durante el desembarco, los primeros en salir fueron los aprendices
de cocina comandados por jefes de partida. Cada navío contaba con
especialistas como el Saucier para las cremas o el Poissonnier para
los pescados, éstos se ocupaban en cocinar continuamente, sin
desembarcar, para mantener comida lista para usar en todo momento.
Nunca se vio una guerra de comida más brutal que en esa playa. Las
arenas se teñían de salsas, cremas y sangre por iguales
proporciones. Por su parte, la orquesta recibía a los cocineros con
notas musicales que reventaban sus entrañas y con una lluvia de
instrumentos. Aquí quedó un Rotisseur aplanado bajo un piano, allá
un aprendiz atravesado por un clarinete. Ningún bando sentía
compasión por el otro. Perdida su humanidad, aquellos salvajes se
entregaban a todas las crueldades posibles.
Un joven aprendiz de cocina entró en pánico y corrió en dirección
contraria al epicentro de la escaramuza, era Jean-Pol Vinot, cuyos
padres habían provocado toda aquella carnicería. Aún estaba lo
suficientemente cerca de la orquesta como para escuchar algunas
notas de las oberturas de Rossini cuando descubrió a Filippo Fiore
acostado en la arena.
—¡Muere! —gritó sin pensarlo y se lanzó al ataque.
Enzo Leone, que volvía de tomar un breve baño en el mar, se
interpuso y resultó apuñalado con el cuchillo mondador con el que
Jean-Pol pelaba las frutas. Su asesino quedó paralizado y se
horrorizó al verlo sufrir y eventualmente expirar como un jamón
viejo. Filippo, que se había puesto en pie, se encogió de hombros.
—Mucho gusto, es un placer —le dijo a su atacante, y ya con eso lo
tenía en el bolsillo.
A pesar de su superioridad aérea, la batalla iba de mal en peor para
los cocineros. La orquesta sonaba más apasionada que nunca, los
instrumentos no dejaban de caer del cielo, la noche le pertenecía a
los músicos y los cocineros comenzaron a desmoralizarse. Al salir el
sol, se dio la orden a los pocos sobrevivientes santortillenses para
retirarse. Violonchelandia se erguía victoriosa.
En Santa Tortilla, las fuerzas armadas ya discutían para planear un
segundo ataque cuando arribaron a casa los sobrevivientes. En medio
de la mañana, todos quedaron sorprendidos cuando el alto mando
recibió la orden de negociar la paz y poner fin a la guerra.
—¡Cueste lo que cueste! —dijo el presidente al otro lado de la línea
telefónica.
M. Gérald Vinot, el presidente; Mme Claudine Vinot, la primera dama;
Jean-Pol Vinot, su hijo; y el amante de los tres, Filippo Fiore,
salieron a dar un paseo por la playa, a la sombra de una hilera de
enormes palmeras, pensando los unos en comida, silbando el otro una
canción napolitana, como si los muertos y moribundos en la isla
vecina no existieran. Los escándalos de este cuadrado amoroso
desembocarían, tres años más tarde, en la segunda guerra de Santa
Tortilla y Violonchelandia. Allí sí participaron saxofones, pero no
seré yo quien cuente esa historia.Haiku
RETO 4. Martes de géneros aledaños.
Escribir un haiku con un tema deportivo.
HAIKU
El cuerpo cae
con destreza evidente.
Salpica poco.Una noche en el Porcupine
RETO 5. Miércoles de estructuras
novedosas.
Escribir un relato con una narración de referee.
UNA NOCHE EN EL PORCUPINE
Astrid recogió las partituras y las guardó dentro de la banqueta del
piano, me dirigió una sonrisa amistosa y saludó agitando la mano.
Todos los miércoles por la noche, yo tenía por costumbre ocupar una
mesa del Bar Restaurante The Jolly Porcupine, donde primero
cenaba y luego me dedicaba a investigar y escribir mis artículos
sobre el cine mudo. Yo conocía a Astrid desde antes de adoptar mi
rutina de los miércoles: ella tocaba el piano en el teatro
Blazquez-Ocampo cuando se proyectaban películas mudas, y era
contratada por la misma revista para la que yo trabajaba. Astrid se
preparaba para tomarse un descanso, pero volvió a sentarse al piano
cuando vio entrar al señor Aurelio y tocó para él un arreglo de la
Serenata a la luz de la luna de Glenn Miller.
Aurelio José Moreda era el dueño del Porcupine, pero hacía
años que no se ocupaba del negocio, eso lo dejaba en las manos de su
hija, la señora Chechi. Siempre se la pasaba en el establecimiento,
socializando con los clientes regulares y entablando conversaciones
con quien quiera que llegara, fuera conocido o no.
—¿No es la música más bella que has escuchado? —me preguntó,
mientras meneaba el dedo índice en dirección al piano, como si
dirigiera una orquesta imaginaria.
Era la canción favorita del anciano. El señor Aurelio amaba la
música de las grandes bandas, era la música de su infancia, la
música de sus padres. Desde el primer día en que pensó abrir un
restaurante frente a la playa, había decidido que estaría ambientado
con música en vivo: jazz, exclusivamente, cosa que no encajaba mucho
con el ambiente tropical que le rodeaba. «Al que no le guste, que se
vaya al diablo», solía decir cuando le tocaban el tema.
Viendo la laptop cerrada sobre la mesa, la señaló y preguntó:
—¿Ya trabajaste?
—No, todavía estoy esperando la cena.
—¡Benjamín! —gritó alzando los brazos, dirigiéndose a uno de los
camareros— ¿Qué pasa que no le han traído la comida a nuestro
escritor? ¡Cuando se haga famoso no se va a acordar de ti de lo mal
que lo estás atendiendo!
—¡En camino! —gritó Benjamín entrando a la cocina.
El señor Aurelio me sonrió y guiñó el ojo, como diciendo «está
resuelto». Luego se dirigió a la pianista, que acababa de terminar
su interpretación.
—¡Bravo! ¡Bravo!
—¿Le gustó? —preguntó Astrid, mientras se levantaba, ahora sí se iba
a tomar el descanso.
—¡Bellísima! Gracias, mi niña, gracias —cuando ella salió, el señor
Aurelio se dirigió a mí— ¿Sobre quién vas a escribir hoy?
-Buster Keaton.
-¡Keaton! —exclamó, y luego añadió haciendo un gesto teatral— Ah,
magnífico.
—¿Lo conoce?
—No, no tengo ni idea de quién es —el viejo rió dándome algunas
palmadas amistosas en el hombro —. Lo mío es la música, allí sí que
podemos sentarnos a hablar todo lo que tú quieras. De cine, no sé
mucho, y de esas películas viejas que te gustan a ti: ¡menos
todavía!
En ese momento vio entrar a alguien y se despidió deseándome buen
apetito.
—¡Eh, Marcelo! —gritó antes de alejarse— ¡Nos tenías abandonados!
¿Por qué no habías venido?
Benjamín apareció con varios platos que fue dejando en otras mesas
antes de servirme la ensalada.
—Hola, ¿cómo te ha ido? Disculpa la demora. ¿Te dijo Astrid lo del
Corolla negro?
—Hola, gracias, y no, hoy no he hablado con ella. ¿Cuál Corolla
negro?
—Desde el domingo, todas estas noches ha estado viniendo y se
estaciona frente al Porcupine y se queda allí por horas,
bajo el farol roto, donde no pega mucha luz. Nadie se baja, no
sabemos cuántas personas hay dentro. No encienden las luces del
interior. Nos están espiando, ¿qué otra cosa van a estar haciendo
allí? Si andan cazando a alguien sólo espero que no se pongan a
echar tiros a lo loco, no le vaya a pegar una bala al que no es.
—¿Y nadie se ha acercado a ver qué es lo que quieren?
—¿Estás loco? A ver si lo matan a uno. La señora Chechi llamó a la
policía anoche, porque el señor Aurelio dice que no es nada y que no
nos preocupemos. Vino una patrulla, los oficiales hablaron con la
gente del Corolla y se fueron sin dar explicaciones, como si nada.
¡Esos policías corruptos! Seguro les pagaron para que no vieran ni
dijeran nada. Cerdos.
—¿Ya le estás contando lo del Corolla? —dijo Astrid, que volvía de
haberse fumado un cigarrillo afuera.
—¡Claro! La gente tiene que saber, no ves que pueden estar corriendo
peligro aquí.
—Anda a trabajar antes de que te regañen.
Benjamín se fue a atender otra mesa, no sin antes hacer un gesto
incomprensible señalando primero sus ojos, luego la entrada, luego a
mí, luego mi laptop, otra vez la entrada y otra vez sus ojos.
—No le hagas caso —dijo la pianista y se fue a preparar sus
partituras para continuar ambientando el restaurante.
Me dio un escalofrío al imaginar que alguien pudiera comenzar a
disparar contra el restaurante desde el dichoso Corolla, pero luego
descarté la idea como absurda y me terminé la ensalada. Me puse a
pensar qué podría decir sobre Buster Keaton que no hubiera escrito
antes. El día anterior, el martes 4 de octubre, se habían celebrado
ciento veintisiete años de su nacimiento. Con la laptop preparada
frente a mí, cerré los ojos un momento. Hay algo mágico en el
ambiente del Porcupine cuando se presta atención, además de
todos los olores, a comidas, bebidas y playa, son los sonidos: las
suaves notas de un piano al que el salitre del ambiente marino ha
restado sonoridad, son las ininteligibles conversaciones a sotto
voce de los comensales, el delicado canturreo percusivo de los
cubiertos colisionando entre ellos y contra los platos, los vasos
que chocan cuando los recoge un mesonero, botellas de licor y de
bebidas carbonizadas que se destapan, llamadas, silbidos, risas, y
además las olas de la playa que se estrellan a pocos metros del
restaurante. Ese concierto de tantos elementos mundanos que se hacen
gloriosos cuando se juntan, es la razón por la que cada miércoles me
siento a escribir en aquel lugar. Jamás he tenido una noche en la
que las palabras no fluyeran libremente tras cerrar los ojos y
prestar atención; tan solo unos instantes basta, la magia no te hace
esperar.
Germán Villamayor era el mejor amigo del esposo de la señora Chechi.
Él y su esposa, Ana Luisa, solían cenar con frecuencia en el
Porcupine, alguna vez me invitaron a unirme a su mesa y
conversamos, si bien de forma amena, sobre temas sin importancia.
Hacía meses que yo no lo había visto por allí. No lo vi entrar, me
encontraba concentrado en mi trabajo cuando me tocó el hombro para
saludar, sin decir nada ni detenerse, parecía llevar prisa. Entró a
la cocina como si fuera el dueño del local. Se escuchó su voz y la
de Chechi, parecían disgustados pero era imposible entender qué era
lo que estaban diciendo.
Me puse a leer los últimos párrafos que había escrito, con la
intención de retomar el hilo, cuando de repente Astrid improvisó un
final abrupto para la pieza que tocaba, dejó el piano y vino a
sentarse a mi mesa.
—Desde que Germán y su esposa dejaron de venir hace un tiempo —me
dijo en voz baja, sonriendo—, él siempre busca a la señora Chechi a
la hora de cerrar. Seguro que hay algo entre ellos. Todos lo saben,
menos el señor Aurelio. Te apuesto que por eso no vinieron más,
seguro que Germán no quería que su esposa y su querida estuvieran en
contacto.
—Astrid, no te vayas a molestar, pero de verdad quisiera terminar
esto y no puedo estar distrayéndome con asuntos privados que no me
conciernen.
Benjamín, que se había asomado por unos segundos a la ventana, se
aproximó nervioso.
—Ya el Corolla negro está afuera. ¡Tenemos que hacer algo!
El señor Aurelio, que había estado sentado en las mesas del
exterior, también se acercó.
—Allí está el Corolla otra vez —dijo.
Sabiendo que no me iban a dejar trabajar si me quedaba allí, me
excusé, pedí una cerveza en la barra y fui a sentarme al exterior.
La brisa soplaba con vigor y olor marino, el oleaje nocturno se me
hacía melancólico. Desde allí miré el Corolla negro, aparcado en las
sombras. Germán salió, se quedó de pie junto a la puerta y encendió
un cigarrillo. Traté de ignorarlo y enfocarme en tratar de terminar
mi artículo. Leía las últimas líneas cuando me distrajo un ruido
proveniente del Corolla, el conductor había bajado la ventanilla y
tomaba fotos en dirección al restaurante con su teléfono
inteligente; la primera foto había disparado un efecto de sonido que
imitaba una cámara vieja, luego no sonó más, pero los movimientos
que hacía el conductor daban a entender que seguía tomando fotos.
Germán aplastó la colilla del cigarrillo y de inmediato buscó otro
en su bolsillo, cuando lo iba a encender reparó en mi presencia.
—Eh, no te había visto —dijo y me ofreció un cigarrillo.
—No gracias —no sabiendo qué otra cosa hacer, le ofrecí mi botella
de cerveza. Tomó un trago y se sentó junto a mí sin decir nada—.
Oye, ¿te has fijado que nos están fotografiando?
—¿Qué? ¿Quién?
Le señalé el Corolla negro con un gesto, moviendo la cabeza. Germán
Villamayor era una persona que nadie querría tener de enemigo, era
uno de esos sujetos que jamás hacen ejercicio pero que de alguna
forma son atléticos. Tenía un rostro severo que parecía malhumorado
inclusos en sus mejores días, esa expresividad agresiva natural
unida a su gran tamaño corporal intimidaba a cualquiera.
Germán se levantó arrojando a un lado su silla y se encaminó hacia
el automóvil.
—Eh, tú —dijo— ¿qué es lo que te crees que estás haciendo?
Yo, al recordar lo que había dicho Benjamín sobre las balas
perdidas, me acobardé y me di prisa en volver al interior del
restaurante. Mientras entraba, escuché que el Corolla encendía el
motor y arrancaba haciendo rechinar los cauchos. Germán le gritó
todos los insultos que conocía, a pesar de que el automóvil ya
estaba demasiado lejos como para escucharlo.
Adentro, la señora Chechi discutía acaloradamente con su padre. Yo
instalé mi laptop en una mesa y me senté sin saber qué hacer. Germán
entró y se dirigió a la barra.
—¿No te dije que te fueras? —dijo Chechi— ¿Por qué sigues aquí?
¡Lárgate!
—Me voy a tomar una cerveza y me voy, así que te esperas.
Cuando Germán iba por la tercera cerveza se escucharon dos
automóviles aparcar bruscamente. Benjamín corrió a la ventana y
anuncio que se trataba del Corolla negro y la camioneta pickup del
marido de la señora Chechi. La mujer se puso nerviosa y salió para
tratar de impedir que su esposo entrara al Porcupine. El
señor Aurelio le dijo a Germán que ya era hora de que se fuera.
—Mire señor, cuando me termine la cerveza me voy. Se va a tener que
esperar un momento, ¿entiende?
Astrid recogió sus partituras y, en lugar de guardarlas en la
banqueta, se metió en la cocina llevándoselas consigo. Benjamín
seguía clavado en la ventana, narrando todo lo que ocurría: La
señora Chechi reñía con Wilfredo, su marido, y del carro negro había
salido María Luisa, la esposa de Germán, junto con un hombre
desconocido.
—¡Ya vienen! —dijo Benjamín y se apartó de la ventana, buscando
plantarse en un lugar donde no le estorbara a nadie.
Germán saltó del taburete, botella en mano, y permaneció de pie
frente a la puerta.
Yo cerré mi laptop y me quedé sentado, pensando que lo que debía
hacer era levantarme y marcharme directo para mi casa. Por unos
segundos todo estuvo en silencio. La magia del Porcupine
había sido reemplazada por una ansiedad intolerable. Mientras
esperaba que la puerta se abriera en cualquier momento y se
produjera una escena que hubiera preferido no tener que presenciar,
empecé a sentir un pitido en los oídos mientras se me nublaba la
visión. Todos los sonidos se apagaron, todo se puso negro.
Volví a la realidad en medio de una gritería cuando Wilfredo cayó
sobre mi mesa con el rostro ensangrentado. No sabía cómo había
empezado la pelea, pero me hallaba de pronto en medio de ella.
Germán se lanzó contra el hombre y procedió a golpearlo repetidas
veces. Yo traté de sacar mi laptop de abajo del cuerpo de Wilfredo,
pero no lo logré y, ya un poco más despierto, me levanté y me fui
trastabillando para refugiarme detrás de la barra.
Benjamín intentaba mantener al señor Aurelio fuera de peligro, pero
éste dificultaba la labor; el anciano creía que estaba en
condiciones de meterse en la pelea y hacía todo lo posible por
conseguirlo.
—Ayúdame aquí —dijo Benjamín cuando me vio.
—No te metas en esto —dijo el señor Aurelio amenazando con un puño.
Decidí hacerle caso.
Benjamín se encogió de hombros.
—Al menos no se pusieron a echar tiros —dijo.
Astrid abrió la puerta de la cocina, donde se había refugiado junto
con la cocinera, su ayudante, la esposa de Germán y el hombre
desconocido que había llegado con ella.
—¡Ven, rápido! —me indicó, diciendo lo mismo con las manos.
En la cocina me sentí como un cobarde, desde afuera llegaban gritos
y ruidos de cosas que se rompían. La cocinera le ponía una bolsa de
hielo en la cara al desconocido, que resultó ser el abogado de María
Luisa. Éste tenía la cara hinchada y había estado sangrando mucho
por la ceja derecha, pero ya había cesado de sangrar.
No pasó mucho tiempo antes de que la pelea concluyera. Astrid había
llamado a la policía y, por fortuna, había una patrulla cerca. Los
oficiales esposaron a Germán y a Wilfredo.
—Mi mejor amigo —dijo Wilfredo—, ¡bah! ¿Quién necesita amigos como
tú?
—Yo había venido a terminar la relación con Chechi —dijo Germán.
—¿Y crees que eso cambia algo? ¿Es que tú no piensas o qué?
La señora Chechi trató de abrazar a su marido y de darle
explicaciones, pero este rechazaba sus abrazos contorsionando el
cuerpo, con las manos esposadas en la espalda. Esto hacía reír a uno
de los oficiales.
—Aléjate de mí, Cecila —él la llamaba así cuando estaba disgustado.
Ella reaccionó ofreciéndole una lluvia de insultos y golpes.
Eventualmente se reconciliarían, ambos se habían engañado mutuamente
hasta el cansancio, era algo habitual en ese matrimonio.
Yo recogí mi laptop, que afortunadamente había sobrevivido sin daño
alguno, y me despedí.
—¿Pudiste terminar tu artículo? —preguntó el señor Aurelio, como si
nada hubiera pasado.
—No, lo haré en casa.
—¿Sobre quién es que era? ¿Michael Keaton?
—Buster. Buster Keaton.
—Bueh, da lo mismo —dijo, con su sonrisa habitual.La boda de Joaquina la Asesina
I. Los preparativos de boda
RETO 7. Viernes de excesos.
Exceso de detalles.
Relatar minuciosamente cómo va a ser la boda de
Joaquina «La Asesina», registrados por su planificadora de bodas.
LA BODA DE JOAQUINA LA ASESINA
I. LOS PREPARATIVOS DE BODA
Consuelo Cerdeño, para el enorme disgusto y eventual desconsuelo de
su padre, el Procurador General, había sucumbido al peligroso
capricho de venir a enamorarse de Joaquina Inarraza, a quien mucho
después la prensa bautizaría como Joaquina «La Asesina». Su amor fue
correspondido y las mujeres se hicieron inseparables. Consuelo
aprendió de Joaquina el pasatiempo de apagar una vida con una bala o
un puñal, le tomó el gusto a la crueldad y la tortura, selló su amor
con sangre; por donde quiera que pasaban las enamoradas,
desaparecían personas. Una noche de fiesta en la que se habían
pasado de tragos, las jóvenes tomaron la decisión impulsiva de dejar
la gran ciudad en la isla caribeña y contraer matrimonio en algún
remoto pueblito europeo. A Joaquina no le faltaban los medios
económicos para cumplir sus objetivos, hija nada menos que del
hombre que dominaba en la isla el lucrativo negocio del tráfico
ilícito de drogas, lo único que Joaquina no tenía ni podría
conseguir jamás era que su familia aprobara su pareja. Gregorio
Inarraza, su padre, no soportaba la idea de que Joaquina estuviera
enamorada de la hija del Procurador General, para él una boda era
inconcebible.
Joaquina planeaba casarse en secreto, en Europa, donde su familia no
pudiera interferir. Compró los boletos de avión, informó a su
prometida y pasaron la noche pensando en cómo sería la boda y
proponiendo toda clase de ideas. Tres días más tarde, el día del
vuelo, Consuelo no apareció. Joaquina la llamó por teléfono una y
otra vez, sin conseguir comunicarse. Cuando se aproximó la hora del
vuelo, se marchó al aeropuerto a esperarla allá. Fue en vano.
Joaquina, furiosa, rompió el boleto y se largó a un bar donde estuvo
bebiendo desde la tarde hasta altas horas de la noche. Al día
siguiente, el Procurador General salía en las noticias pidiendo
información sobre el paradero de su hija. Dos semanas después
apareció el cuerpo de Consuelo Cerdeño. El padre de Consuelo
sospechaba de Joaquina, pero la inocencia de ella era
incuestionable: el día de la desaparición había sido vista y grabada
por las cámaras de seguridad del aeropuerto y luego también en el
bar. Siendo ella inocente, la sospecha recayó sobre su familia, pero
no se logró establecer una conexión. El caso quedó sin resolver.
Pasados tres años y siete meses, sonó el teléfono de una
planificadora de bodas en una ostentosa oficina frente al mar.
Aridai Ahmadi atendió la llamada, Joaquina estaba al otro lado de la
línea. La planificadora anotó el nombre de la pareja y concertó una
cita para discutir los detalles. Al colgar se quedó pensativa,
haciendo sonar la mesa con el suave y rítmico golpeteo de sus uñas
postizas. Uno de los nombres que había anotado le resultaba algo
familiar, le impacientaba no poder ubicarlo en sus recuerdos. No era
el de Joaquina Inarraza, cuyos crímenes todavía no salían a la luz
pública. El nombre era Consuelo Cerdeño.
Aridai Ahmadi, hija de inmigrantes iraníes, se había abierto paso en
la vida con cierta facilidad. Sus padres eran personas progresistas
y pudientes que habían escapado de la revolución cultural, en busca
de un lugar donde pudieran desarrollar y ejercer sus intereses
intelectuales y políticos con plena libertad. A Aridai no le faltaba
nada en la vida, si deseaba algo que no podía adquirir por sus
propios medios, la chequera de su padre estaba disponible las
veinticuatro horas del día. Levantar su negocio no le costó nada,
pero mantenerlo y adquirir la buena reputación de la que gozaba fue
del todo obra suya. Trabajaba con dedicación, le apasionaba lo que
hacía. Había hecho hasta lo imposible por complacer a las más
difíciles «bridezillas», término inglés con el que se refería a las
novias más obsesivas y exigentes. Le iba bien. Tenía un radar
interno que le indicaba cuando un trabajo iba a ser difícil y se
preparaba emocionalmente de antemano. La llamada de Joaquina había
disparado su radar de una forma como nunca antes lo había
experimentado, estuvo a tiempo de excusarse diciendo que tenía su
agenda colmada, pero decidió tomar el trabajo. Después de todo, ¿qué
era lo peor que podía pasar?
—Joaquina Andreina Inarraza Martinez y Consuelo Margarita Cerdeño
Bravo —dijo en voz alta mientras anotaba los nombres en un
formulario que luego entregó a la pareja—, ¿pueden confirmar que sus
nombres están correctamente escritos?
Se habían reunido en el Bar Restaurante The Jolly Porcupine,
establecimiento vecino de la oficina de Aridai. A esas horas de la
mañana el establecimiento estaba casi completamente vacío, por las
noches tenían música en vivo y un ambiente por lo general muy
agradable, aunque dos noches atrás se había formado una pelea y
todavía se podían apreciar algunos daños.
—Están correctos, sí —dijo Joaquina.
La otra mujer pareció dudar y preguntó:
—¿No importa que yo haya nacido con otro nombre?
—No, no —respondió Aridai, siempre sonriendo, como hacía con sus
clientes—, esto es para la organización de la boda, y luego para mis
archivos.
—Ah, ok. Es que no nací con ese nombre. No importa, ¿no?
—Ya te dijo que no importa, deja el tema —Joaquina parecía propensa
a perder la calma con facilidad.
—Bueno —dijo la planificadora—, veamos, la pregunta principal es:
¿cuál es nuestro presupuesto?
Ahora que no se iba a casar en una ceremonia pequeña y a escondidas
de su familia, Joaquina quería hacerle pagar bien caro a su padre su
oposición anterior.
—El presupuesto es ilimitado, lo que sea que cueste es lo que puedo
pagar... y mucho más.
Aridai escribió «Sin límites» en su formulario.
—Mi nombre original era Ana Belén Cuervo, por si acaso hace falta
ponerlo por allí.
Joaquina suspiró frustrada.
—Verás —dijo—, mi prometida, Consuelo, falleció hace tres años y
siete meses, pero su alma reencarnó en Ana Belén. Y ahora que nos
encontramos de nuevo, nos vamos a casar como teníamos planeado. De
ahora en adelante, Ana Belén va a llevar por nombre Consuelo
Cerdeño, con ese nombre, y ningún otro, nos vamos a referir a ella.
Punto. Ya no se hable más del asunto. ¿De acuerdo? ¡De acuerdo!
Aunque ella no creía en esas cosas, estaba convencida de que la
reencarnación no funcionaba de esa manera. Pero ya había tenido
clientes que salían con excentricidades parecidas, así que no prestó
atención. Ahora recordaba por qué le había resultado familiar el
nombre de Consuelo, era la hija de un fiscal, de un juez, o de un
político, o alguien así, alguien conocido, que había sido asesinada
hacía unos años. Aunque esto le había causado cierta incomodidad,
prosiguió:
—Hablemos de lo principal, ¿ya tienen una fecha concreta o algún mes
en específico para la ceremonia? ¿Cuándo se quieren casar?
—¡Pues ya!
—¿Ya? ¿Cuándo es ya?
—Lo más pronto posible.
—Entiendo. Si, como me dieron a entender por teléfono, desean un
evento majestuoso e inolvidable, yo les recomendaría tomarse las
cosas con calma, planificar por lo seguro, y fijar la fecha para
dentro de un año.
—¿Qué? ¡No! Máximo un mes o dos.
—Siento decepcionarlas, amigas, pero para el tipo de servicio que yo
ofrezco esa fecha es imposible. Hay parejas que hacen reservaciones
con más de un año de anticipación, los mejores lugares y servicios
pueden no tener disponibilidad antes de tres meses, algunos pueden
tener una lista de espera superior a los nueve meses. En especial
los meses comprendidos entre abril y octubre, siendo julio el peor
de ellos, son los más solicitados. Si se quieren casar a toda prisa,
pueden hacerlo, pero difícilmente será la boda de sus sueños, y para
algo así no puedo ofrecerles mi ayuda.
Las mujeres lo pensaron, mientras se tomaban sus tragos, y al final
optaron por otorgarle a Aridai todo el tiempo que fuera necesario,
haciéndoles prometerles que buscaría la fecha más cercana que le
fuera posible.
—Lo siguiente que necesitamos saber es el número de invitados que
esperan tener. El número final no tendrán que decidirlo todavía y,
aunque ya lo tuvieran, es muy posible que termine cambiando en los
meses que vienen. ¿Han pensado en esto? ¿Tienen un aproximado?
—Toda la familia de ambas, queríamos invitar la familia de la
Consuelo original, pero mi padre se negó, así que solamente será mi
familia y la familia de la nueva Consuelo.
—Yo lo prefiero así —dijo Ana Belén—, sería muy raro tener allí a la
familia de mi vida anterior y no recordar a nadie. Podrían pensar
que soy una malagradecida.
—Ya... —dijo Aridai extendiendo la «a», tratando de disimular sus
pensamientos sobre estas mujeres— ¿De cuantas personas estamos
hablando?
—A ver. Mi papá, mi mamá y los de Consuelo Dos. Van cuatro. Mi
hermano y las hermanas de Consuelo Dos. Van siete.
—¿Podrías —preguntó Ana Belén—, por favor, llamarme Consuelo en
lugar de Consuelo Dos? Es como si hablaras de personas distintas.
—¡Son! ¡Personas! ¡Distintas! —respondió Joaquina alzando la voz—,
lo que pasa es que el alma de una reencarnó en la otra. Pero está
bien, no te agites, te llamaré como tú quieras: «Consuelo» —al
pronunciar el nombre, hizo con los dedos el signo de entre comillas.
—Gracias —dijo Ana Belén, ¿te costaba mucho? En fin. También están
los tíos y tías, cuatro del lado del papá de Joaquina y tres del
lado de la mamá, más sus esposos y esposas, son catorce. Más...
¿cuánto era que llevábamos?
—Después pueden darme los números exactos, ahorita lo que necesito
es un estimado. En total, entre familiares, amistades y posibles
invitados de estos. ¿Más de cien personas?, ¿más de trescientas?,
¿quinientas? Algo así, para saber qué lugares puedo ofrecerles.
También quisiera saber si vienen muchas personas de lejos como para
ser necesario conseguirles hospedaje.
—Yo diría que como dos mil personas en total —dijo Ana Belén.
—Estás loca —dijo Joaquina—, no son tantos. Creo que en total
podrían ser unas quinientas personas, porque seguro mi papá se pone
a invitar políticos y otra gente conveniente.
—¿La boda será civil o religiosa?
Las jóvenes se miraron como si la pregunta las hubiera tomado por
sorpresa.
—Ninguna de las dos —dijo Joaquina—, yo quiero que sea en una
iglesia al estilo religioso, pero sin la parte religiosa y que no
hayan curas pedófilos ni nada así muy raro.
Aridai se ajustó las gafas.
—A ver si entiendo. Quieren una iglesia, pero sin que oficie un
cura.
—¿Se puede? —preguntó Ana Belén.
—No lo sé, no lo creo, ¿les serviría otro lugar si lo decoramos como
una iglesia?
—Podría ser, no veo por qué no —dijo Joaquina.
Aridai tomó notas y se excusó para ir al baño.
—¿Qué te parece ella? —preguntó Joaquina.
—A mí me gusta.
—Yo lo que no quisiera es tener que esperar tanto tiempo.
—Pero ya oíste las razones, si queremos algo bonito no debemos
apurarnos tanto.
—Será, si no hay más remedio. Pero como salga mal la boda —aquí
Joaquina bajó la voz—, la matamos entre las dos, ¿ok?
Cuando volvió, Aridai les preguntó:
—¿Han pensado un tema para la boda?
—¿Cómo es eso?
—Si quieren algo tradicional o algo diferente. Podría ser un tema de
playa, podría ser algo tipo moderno, algo estilo cierta época. Lo
que queremos es una temática que las represente, ya sea un estilo de
decoración, una paleta de colores o un ambiente en particular, algo
que refleje su esencia, su personalidad, sus gustos. ¿Qué les
gustaría?
—Yo no quiero una fiesta de disfraces, ni colores locos, ni muebles
raros, ni nada así.
—Tradicional, entonces —lo anotó en su cuestionario—. Hablemos de
comida. ¿Han pensado qué les gustaría para el banquete?
—¡Sería genial servir pizza y hamburguesas! Algo así informal —dijo
Ana Belén. Aridai, incapaz de evitar sonreír, se tapó el rostro con
el cuestionario.
—¿Tú quieres casarte comiendo hamburguesas? ¿En serio?
—¿Qué tiene de malo?
—Que es una boda de lujo, no un partido de béisbol. Allí va a haber
gente importante a la que no se le puede estar sirviendo algo que no
sea refinado y elegante. Sería de mala educación. Nos convertiría en
el hazmerreír de toda la isla.
—Bueno, pues yo no digo más nada. Decide tú cómo quieres tu boda.
—Ahora es «mi» boda. Por favor, no empieces con el drama. Siguiente
pregunta.
Aridai anotó «por determinarse» en la sección de comida del
cuestionario. Y prosiguió.
—Fotógrafos y camarógrafos.
—¿Qué con ellos?
—Tienen alguno que quieran contratar o prefieren que yo les haga
recomendaciones.
—Mi papá no va a dejar entrar a ningún fotógrafo que no conozca. La
familia tiene su propia gente para ocasiones como esta, gente que
sabe a quién fotografiar y a quién no, gente que sabe borrar de las
fotos y cortar del video a cualquiera que aparezca por accidente
donde no deba.
Aridai se echó un trago, mientras escuchaba, para pasar el
desagrado. Hizo sus apuntes y continuó.
—Música. ¿Tienen alguna banda en mente o algunas piezas musicales?
—Supongo que para la entrada y el vals y esas cosas un conjunto de
música clásica, y para la fiesta quizás algún cantante famoso de la
Isla, mi papá conoce varios.
—Perfecto, tendrían que ponerme en contacto con el músico de su
preferencia para acordar los detalles. Para lo demás, yo conozco
varias agrupaciones de música de cámara. ¿Les gustaría un conjunto
de cuerdas solamente o cuerdas con otros instrumentos?
—Yo no quiero instrumentos de cuerdas, quiero violines y cosas así
clásicas.
—Los violines son instrumentos de cuerda.
—Ah. Bueno. Esos instrumentos entonces y todos los otros que se
pueda, mientras más costoso mejor.
—Podría llevarles una pequeña orquesta de cámara y un coro.
—Perfecto —Joaquina sonrió y aplaudió—, no sé qué es eso pero me
gusta.
—¿Tienen alguna preferencia para la entrada de las novias? Aquí es
donde se suelen tocar las marchas nupciales famosas, pero cualquier
música solemne o inspiradora sirve.
—Yo quiero la tradicional, la que dice: tan, tan, talán, tan, tan,
talán. Ésa.
—Perfecto —lo anotó en el cuestionario—, ésa es la de Wagner.
¿Sabían que las dos marchas nupciales más famosas son de un judío y
un antisemita?
—¿Y eso qué?
—Bueno que... nada, sigamos. ¿Ya tienen pensados los vestidos de
novia?
—Yo quiero uno nuevo, pero no lo he decidido todavía. Consuelo Dos,
perdón, «Consuelo a secas», va a usar el vestido de bodas de su
mamá.
Ana Belén le dedicó una mirada malhumorada, sabía que Joaquina había
dicho el nombre mal a propósito.
—Muy bien. A ver, ¿qué otra cosa? —pasó la hoja del cuestionario y
leyó las primeras líneas— Ah, sí. Esto no es para hacerlo en este
momento, pero unos cinco o seis meses antes de la boda, deberíamos
tener las invitaciones listas y empezar a enviarlas. Para entonces
ya debemos tener la lista exacta de invitados, el lugar de la
ceremonia y del banquete, los detalles de transporte y hospedaje
para quienes vengan de lejos. Para la decoración y las flores les
voy a enseñar en los próximos días un catálogo para que puedan
elegir las que más les guste. Si no tienen su propio estilista para
el peinado y maquillaje, les puedo recomendar los salones de belleza
con los que trabaja mi agencia, para esto no hay tanta prisa, pero,
si ya tienen alguien, deberían ponerle en contacto conmigo.
—¿Eso es todo? —preguntó Joaquina.
—Algunas semanas antes de la boda, solemos organizar una cena o un
almuerzo con las familias de la pareja, para que se conozcan todos
un poco mejor. Esto no lo tienen que decidir por ahora. También, si
todavía no han planeado la luna de miel, yo trabajo con agencias de
viaje que las pueden ayudar a decidir un bello lugar y los demás
detalles del viaje. Espero que podamos reunirnos la próxima semana
para empezar a mostrarles fotos de las posibles locaciones y hacer
una pequeña lista con las que más les gusten para ir a verlas en
persona. Por ahora no puedo sino felicitarlas en su decisión de
unirse en matrimonio, desearles toda la felicidad del mundo y
asegurarles que con mi ayuda organizaremos la boda más espectacular
que puedan soñar por el menor esfuerzo de su parte.
Aridai les estrechó la mano a amabas mujeres, cosa que le ocasionó
un escalofrío, sin saber por qué. Al salir venía llegando el dueño
del restaurante, un anciano sonriente y elegante.
—Señora Aridai, ¿cómo se encuentra? ¿Cómo va el negocio?
—Todo bien, señor Aurelio, todo bien.
La pareja se despidió de la planificadora de bodas y del anciano,
que siguieron conversando. Ya estando algo lejos, Ana Belén preguntó
a su prometida si quería esperarse en el automóvil y le hacían
cacería al viejo o a la camarera que las habían atendido.
—El viejo sería más fácil —dijo ella, y se pasó emocionada la lengua
por los labios.
—No inventes, Consuelo —dijo Joaquina—. No es buena idea ir de
cacería cerca de un lugar al que vamos a estar visitando con
frecuencia. Mejor nos vamos a otra playa, a ver qué pescamos.
(continuará en el relato del Reto 14)El cerrajero gruñón que soñaba con saltamontes bailarines
RETO 8. Sábado de personajes
improbables.
Escribir un relato basado en el título: «El cerrajero gruñón que
soñaba con saltamontes bailarines».
EL CERRRAJERO GRUÑÓN QUE SOÑABA CON SALTAMONTES BAILARINES.
Érase una vez que en todo el medio del mar del Japón había una
islita muy pequeña, que nunca figuró en mapa alguno y que hace mucho
fue tragada por el mar. Antaño, cuando la isla andaba en sus más
radiantes días, mucho antes de desaparecer para siempre, vivían en
ella unos escorpiones muy raros, llamados «charrascos». Dichos
animales trabajaban los metales con gran arte y disciplina; los
había que eran herreros y orfebres, los había que fabricaban
herramientas para la medicina y para la guerra, y los había que
inventaban artefactos fantásticos que nadie sabía para qué servían.
Retirado en lo profundo de un bosque, vivía un charrasco de mal
carácter cuya destreza lo había llevado a convertirse en el más
grande cerrajero de todos los tiempos: sabía hacer cerraduras que
ninguna llave pudiera abrir, sabía hacer llaves que no abrían
ninguna cerradura, sabía hacer cerraduras que se abrieran con
cualquier llave, incluso podía hacer cerraduras que se abrieran sin
necesidad de usar llaves. Era todo un maestro.
Muy cerca de la cabaña del charrasco cerrajero había una granja en
la que vivía una familia de saltamontes. Cada noche, después de
haber trabajado durante todo el día, todos los miembros se ponían a
beber, cantar y danzar alegremente alrededor de una fogata. El
cerrajero detestaba a los saltamontes bailarines, la felicidad de
ellos alimentaba su propia desdicha. Los escuchaba desde su cabaña,
refunfuñando, así de sonoras eran sus risas y sus canciones. Pensaba
en ellos todo el día y sus pensamientos iban acompañados de aquella
música execrable. También soñaba con ellos, esta era la peor parte.
Soñaba que lo obligaban a verlos bailar. Soñaba que lo forzaban a
cantar con ellos, y a beber con ellos, y a reír con ellos. Tanta
alegría era insoportable.
Además de llaves y cerraduras, el cerrajero dominaba el arte de
fabricar toda clase de artilugios. Una mañana se presentó en la
granja de los saltamontes, llevando obsequios para toda la familia.
Les había fabricado unas botas de hierro que sorprendentemente no
pesaban nada.
—Son botas mágicas —les dijo—, con ellas podrán bailar toda la noche
y trabajar todo el día sin verse afectados por el cansancio.
Todos los saltamontes bailarines estaban muy agradecidos, con la
excepción de la vieja bisabuela.
—No confíen en los escorpiones ni en sus inventos. Ellos dominan los
metales, pero no saben nada de magia.
Nadie le hizo caso, todos se pusieron sus botas y trabajaron con más
energía que nunca, y en la noche bailaron más airosamente. Pero al
día siguiente se activó un mecanismo en las botas que les rompió a
todos los pies. Ya no volverían a bailar.
Los saltamontes buscaron en la isla alguien que pudiera quitarles
las botas y curarles de aquel sufrimiento, pero ningún charrasco los
quiso ayudar, todos preferían la amistad del cerrajero. Entonces los
saltamontes regresaron con la vieja bisabuela y le pidieron
disculpas. Entonces ella, que se conocía todos los viejos hechizos,
les quitó las botas con un encantamiento, pero no pudo curar sus
heridas.
—Nunca más podrán bailar —les dijo—, pero les haré un obsequio mejor
que el del cerrajero gruñón. Les daré el don de la música.
Y el don de la música era un conjuro tan potente que se esparció más
allá de la isla, por lo que todos los saltamontes, bailarines o no,
empezaron a cantar por las noches, como lo siguen haciendo hasta
nuestros días.
Y en cuanto a los escorpiones gruñones de la isla, la vieja
bisabuela también les dio su merecido, convirtiéndolos en peces y
obligándolos a vivir bajo el agua, donde nunca más podrían encender
el fuego para sus forjas. Y a estos peces ahora se les conoce como
«charrascos gruñones».El último piso
RETO 9. Domingo de estados de ánimo específicos.
Escribir un relato que transmita el siguiente estado de ánimo:
Decepcionado, pero con la satisfacción de poder decir «te lo dije».
EL ÚLTIMO PISO.
Julio y Rafael, dos borrachitos de profesión, se detuvieron aquella
noche cuando pasaron junto al esqueleto del Edificio Dulcevista, una
armazón de vigas y columnas de concreto que contaba con veinte pisos
parcialmente edificados. La obra estaba cercada y la entrada carecía
de puerta, simplemente presentaba, a medio metro de altura, una
cadena de un extremo al otro de la abertura para indicar que estaba
prohibido el paso. En el interior había un vigilante sentado en una
silla, recostado contra la base de un anuncio publicitario que
mostraba una ilustración de cómo sería el edificio terminado y
números telefónicos para informarse sobre los apartamentos que
estaban en preventa.
—¡Despiértate, a trabajar! —le gritó Julio al vigilante.
—Anda a que te lleve el diablo —respondió aquél, tras lo cual
bostezó y estiró los brazos.
Era su compañero de tragos, aunque no sabían su nombre ni él los
suyos. Julio y Rafael sacaron las botellas que llevaban, esa noche
les tocaba a ellos poner la bebida. Julio se sentó sobre unos
ladrillos y Rafael sobre un tobo y, junto al vigilante, comenzaron a
beber.
Antes de la media noche, el vigilante se había quedado dormido con
la borrachera. Después que Rafael se había empinado las últimas
gotas de la botella, preguntó:
—¿Qué? ¿Nos vamos o compramos otra?
—¿Tienes dinero? A mí no me queda nada. Y éste —dijo Julio dándole
una palmada en la panza al vigilante— ya está muerto por hoy.
—Nos vamos entonces.
Julio se levantó y estiró las piernas, que tenía adormecidas. Rafael
se quedó mirando por unos momentos al vigilante.
—Ya va —dijo. ¿Y si, jiji, y si agarramos al gordo este y lo subimos
hasta el último piso, jijiji, y así se despierta allá arriba todo
confundido?
—Nah, si lo movemos mucho se despierta.
—¿No será que te da miedo subir? Jijiji.
—¡Qué miedo ni qué nada!
—Vamos a hacer una apuesta, pues, si subes hasta lo más alto, la
próxima vez yo pago las botellas. Si no, las pagas tú.
A Julio todo le daba vueltas y se iba de lado al andar, pero estaba
convencido de que podría subir las escaleras del edificio sin
ninguna dificultad.
—Vamos, pues. Ya me veo bebiendo gratis.
Dando tropezones, los dos borrachitos comenzaron su ascenso. Aunque
la construcción no tenía iluminación propia, exceptuando el área de
la entrada, la visibilidad era tolerable. La calle estaba iluminada
y también llegaba luz de los edificios que tenía la construcción a
cada lado y al fondo. Se veía mal, pero, salvo ciertas partes
envueltas en sombras, se veía todo.
Las escaleras estaban descubiertas y todavía no presentaban ninguna
clase de protección, no había pasamanos ni paredes. Cada piso tenía
su plataforma, que ocupaba todo el plano, salvo por el agujero para
los elevadores, por lo que no podía caerse alguien de las escaleras
al vacío, pero sí podía llevarse un buen golpe si no tenía cuidado.
Llegados al quinto piso comenzó a soplar una brisa muy fría. Rafael
llevaba una vieja pero robusta chaqueta de jean que le mantenía
abrigado. Julio sólo llevaba una franela, por lo que subía cruzado
de brazos, tiritando y sobándose los hombros para darse calor.
—Rafael —dijo Julio, que marchaba adelante—, oye Rafael, ¿tienes
frío?
—No mucho.
—Préstame tu chaqueta, yo me estoy congelando.
—¿Y tú quieres que me congele yo? ¿Con este viento que hace? Jiji,
no inventes.
Siguieron subiendo con cierta torpeza y lentitud hasta el séptimo
piso. Allí se detuvieron a descansar.
—Jijiji. ¿Te das por vencido? —preguntó Rafael.
—¡Nunca! ¡Todo sea por el alcohol!
Rafael encendió un cigarrillo y le ofreció uno a su amigo.
—Toma, para que te calientes.
La noche estaba serena. El andar de los carros en la avenida
producían un murmullo permanente, a pesar de la hora. El viento no
cesaba de soplar, silbando a su paso por entre las numerosas
columnas. Olía a comida, quién podría estar cocinando en medio de la
noche era imposible saberlo.
—Mmm, ¿lo hueles? —preguntó Julio, mientras su compañero soltaba
pequeños aros de humo.
—¿Qué? ¿El cigarrillo?
—¡No! Ven aquí, de este lado seguro te llega el olor. Alguien está
cocinando. Y huele muy bien. Ya se me despertó el estómago.
—Jiji. Sí, ahora sí me llegó, huele como a pollo. Grítale algo, dile
que nos invite, jiji.
—Estás loco.
—¿No te atreves? Te apuesto otra botella más a que no le gritas
algo.
—Puedes ir poniéndole mi nombre a esa botella —dijo Julio y respiró
profundo para gritar—. ¡Camarero! ¡Tráiganos nuestro pollo!
Los borrachitos rieron con ganas. Vieron algunas personas asomadas a
la ventana en el edificio vecino, por lo que se ocultaron tras una
columna, sin dejar de reír. Cuando se terminaron de fumar sus
cigarrillos, recobradas las fuerzas, continuaron subiendo.
Seis pisos más arriba ya no sentían tanto el frío, andaban
jadeantes, llenos de sudor, cansados. A Julio le dolían las piernas,
no estaba acostumbrado a esta clase de ejercicios. Rafael se había
quitado la chaqueta y se la había echado al hombro, sujetándola con
dos dedos.
—¿Por cuál piso vamos?
—No lo sé, no llevo la cuenta.
—¿No sabes cuántos son en total?
—Creo que veinte.
—Julio...
—¿Qué?
—¿Te acuerdas cuando, jiji, cuando salías con esa mujer que se
llamaba Abril No Sé Qué, jijiji, y que le decían a todo el mundo que
tu apellido era Calendario, jiji, y que cuando se casaran serían
Julio y Abril Calendario?
—Sí.
—¡Buenos tiempos, jiji! ¿Qué fue de ella? ¿Lo sabes?
—No tengo idea.
Durante el segundo descanso no hablaron mucho hasta que Rafael se
dio cuenta de que un niño del edificio vecino los estaba mirando.
—Oye, Julio, mira allí, hay un niño.
—¿Y qué?
—¿Crees que pueda meternos en problemas?
—¿Cómo nos va a meter en problemas?
—Y si le dice a alguien que estamos aquí.
—Pues que le diga, no me importa.
Rafael se quedó pensativo, maquinando. Al cabo de un minuto se le
iluminó el rostro.
—Oye, Julio, jiji.
—¿Ahora qué?
—Te apuesto otra botella más a que no le tiras una piedra al niño.
Julio se puso en pie de un salto.
—A ver, dame una piedra —dijo.
No consiguieron una, pero consiguieron un ladrillo. Julio, lo pensó
por unos segundos, buscó la ventana del niño y fingió arrojar el
ladrillo. El niño se fue corriendo. Antes de que volviera, Julio
decidió que después de todo sí quería arrojarle el ladrillo.
—¡Ahí te va, gata loca! —gritó y lanzó el ladrillo con todas sus
fuerzas, reventando la ventana con gran estruendo.
Los borrachitos corrieron a esconderse en las ventanas. Alguien se
puso a insultarlos y amenazarlos durante varios minutos.
—¡Cobarde! Da la cara —gritaba la voz—. ¡Voy a llamar a la policía!
Pasados los gritos y pasado el susto, Julio y Rafael siguieron su
camino muertos de la risa. Hallándose algunos pisos más arriba,
vieron proyectados sobre el techo y ciertas columnas, muy
tenuemente, el rojo y azul de la coctelera estroboscópica de una
patrulla policial.
—Vamos a ver —dijo Rafael.
Se asomaron por el borde del edificio y vieron la patrulla aparcada
junto a la entrada, uno de los oficiales observaba el edificio y
apuntaba con una linterna que no llegaba a iluminar mucho a la
altura en la que se encontraba el par de borrachitos. El otro
oficial conversaba con el vigilante. No queriendo, seguramente,
subir a investigar, al rato se largaron.
—Ya está, no pasa nada —dijo Julio—. Sigamos, pues.
—¡Maldición! Jijiji.
—¿Qué ocurre?
—¡Que se han ido los polis, y justo ahora es que se me viene a
ocurrir! Te hubiera apostado otra botella a que no le tirabas un
ladrillo a la patrulla, jiji.
El tercer descanso fue el más largo. Ya se encontraban cerca del
final de su ascenso. Se les había pasado un poco la embriaguez,
tenían sed, y no se sentían con ganas de conversar.
Rafael, sin decir una palabra, señaló las montañas distantes que
cercaban el valle; a esa altura y bajo la luz de una luna casi llena
presentaban una apariencia misteriosa, apacible. Los hombres se
sintieron sobrecogidos por aquella belleza que todavía la mano
humana, con todas sus pancartas, bombillos, antenas y elevados
edificios, no eran capaces de ocultar. Rafael Suspiró, con una grata
paz interior. Se puso en pie y le ofreció la mano a su amigo.
Cuando llegaron al último piso, Julio ya podía saborear las botellas
que le esperaban, habiendo ganado tres apuestas seguidas.
—Pan comido —dijo, recuperando el aliento, encorvado con las manos
en los muslos.
—Una última apuesta, jiji.
—Ya basta de apuestas, siempre me pones a mí a hacer cosas.
—Está bien, esta vez apostamos algo que tenga que hacer yo. ¡Doble o
nada! Si ganas, te debo el doble de botellas, de lo contrario no te
debo nada.
—Como quieras, pero primero dime cuál es el reto, porque si es algo
fácil no apuesto nada.
Rafael caminó de un lugar a otro, buscando alguna buena idea con la
que ambos pudieran estar de acuerdo.
—¡Lo tengo! —dijo.
—A ver.
—¿Ves el agujero de los ascensores? Bueno, si lo salto de un extremo
a otro, gano.
—¿Estás loco? ¡Te vas a matar!
—Yo no me caigo, ya lo verás.
Se acercaron al borde. Julio calculó la clase de salto que haría
falta para lograrlo, le pareció que sería peligroso, pero no
imposible. Si algo salía mal, era una caída de veinte pisos.
—¿Trato? —insistió Rafael.
Julio no se decidía.
—¡Vamos! ¿Trato?
—Está bien —todavía Julio no tenía la claridad mental como para
darse cuenta de que aquello que se jugaban no eran ya unas botellas,
sino la vida de su amigo—. Si te acobardas y no saltas, yo gano, si
saltas tú ganas.
—Trato hecho.
Los amigos se dieron la mano y Julio no pudo evitar pensar que
podría ser la última vez.
Rafael se colocó a cierta distancia del hoyo, listo para intentar
saltarlo.
—Mejor no lo hagas, Rafael —dijo Julio, nervioso—, te puede pasar
algo. Tengo un mal presentimiento.
—¡Tonterías! Jijiji.
Rafael tomó impulso y comenzó a correr hacia el agujero. Cuando
estuvo cerca del borde se acobardó y aminoró el paso, pero la
velocidad que llevaba no le permitiría detenerse a tiempo, así no le
quedó más remedio que saltar torpemente y con menor impulso del que
necesitaba. En lugar de caer en el otro extremo, desapareció por el
hueco.
Julio, sorprendido y asustado, se llevó las manos a la cabeza. No
sabía qué hacer, no quería asomarse.
—¡Muerto! —dijo— ¡Se ha matado!
Sus pensamientos fueron interrumpidos. Era Rafael que le gritaba.
—¡Julio, Julio ayúdame!
El impulso había sido suficiente para caer en el otro extremo, pero
del piso inferior, en lugar de precipitarse verticalmente veinte
pisos hacia una muerte segura. En la caída se había torcido el
tobillo y gritaba adolorido.
Julio se apresuró en bajar las escaleras. Agradeció aliviado de
poder ver a su amigo todavía con vida. Lo ayudó a levantarse, aunque
el pobre hombre no podía apoyar el pie lastimado.
—¡He ganado, jijiji! —dijo Rafael.
—No has ganado, no lo lograste.
—La apuesta era saltar, y he saltado —Rafael tenía razón.
Julio se quedó decepcionado de haber perdido todas las botellas que
se había ganado durante el ascenso.
—¿Y ahora cómo bajamos?
Iba a ser muy difícil para Rafael bajar en aquel estado.
—¡Te lo dije! ¡Te dije que no saltaras!
¿Temes por tu gato? ¡No hay problema!
RETO 11. Martes de géneros aledaños.
Escribir un ensayo sobre uno de los
siguientes temas:
1.- La nueva ley que se acaba de aprobar para la pena de muerte para
las personas que consumen salsa cátsup.
2.- Un mundo alienígena ha contactado a las autoridades de la Tierra
y se ha ofrecido a conquistar el planeta y hacerse cargo de
nosotros.
¿TEMES POR TU GATO? ¡NO HAY PROBLEMA!
Mientras los representantes de los Estados Miembros de las Naciones
Unidas debaten la propuesta de un grupo de melmacianos, no solo de
venir a vivir entre nosotros, sino también de hacerse cargo de la
Tierra, muchos nos preguntamos ¿qué será de nuestros gatos?
En los meses transcurridos desde que se hiciera pública la
existencia de vida extraterrestre, más concretamente, de los
sobrevivientes del desafortunado planeta Melmac, destruido en 1985,
se ha dado a conocer la perturbadora fascinación culinaria que
tienen estos alienígenas por los gatos.
Antes de especular sobre un posible holocausto felino, debemos
reparar en cuál ha sido la experiencia de un melmaciano que ha
estado oculto entre nosotros desde mediados de los años 80. Gordon
Shumway se estrelló en la casa de la familia Tanner, con quienes
convivió durante cuatro años. Durante todo ese tiempo, Gordon no
solo respetó la vida del gato de la familia, sino que llegó a
tomarle cariño. Si bien podría decirse que un individuo no es una
muestra representativa, en este caso, donde los sobrevivientes de
Melmac son un grupo muy pequeño, un individuo abarca un porcentaje
significativo. Además, dadas las décadas de convivencia con la
humanidad, durante las que Gordon no ha consumido ni causado daño a
ningún gato, podemos afirmar que su presencia sería una influencia
positiva entre los demás melmacianos, instruyéndolos sobre nuestra
cultura y el rol de los gatos en nuestra sociedad.
Mayor debería ser nuestra preocupación por lo propensos que son los
melmacianos para el desastre. Estamos hablando de una civilización
que destruyó su propio planeta cuando todos sus habitantes
encendieron sus secadoras de pelo al mismo tiempo. Y esto sin hablar
de todas las explosiones, incendios, inundaciones, y demás daños a
la propiedad privada que ha ocasionado Gordon Shumway desde su
llegada a la Tierra.
¿Cómo será nuestra vida si permitimos a los melmacianos hacerse
cargo de nosotros? No lo sabemos. Pero estoy convencido de que
nuestros gatos estarán a salvo.La combustión de Maritza
RETO 12. Miércoles de estructuras
novedosas.
Escribir un relato con una estructura de lista de reproducción.
LA COMBUSTIÓN DE MARITZA
01. Frédéric Chopin – Nocturne Op. 9, No. 1 en Si bemol mayor
Antes de bajar de su Volkswagen New Beetle 2015, Maritza escuchó los
compases que daban inicio al nocturno que más amaba de su compositor
favorito. Eso bastaba para relajar su semblante, y hacerle olvidar
las preocupaciones acumuladas. Frente a ella se encontraba aparcado
un Escarabajo blanco, de los viejos. Esto le llenaba el corazón de
alegría, pues sabía que encontraría a Oswaldo en la plaza.
02. The Beatles – Good Day Sunshine
Oswaldo se colocó los audífonos y puso a sonar una lista de
reproducción de su banda favorita. Era una soleada mañana de
octubre, había pensado que sería un día frío, pero ocurría justo lo
contrario. Vio llegar a Maritza y su corazón latió con renovado
entusiasmo. La saludó desde lejos alzando la mano, y empezó a
trotar, ya luego cambiaría algunas palabras con su amiga, quizás hoy
reuniría el valor para invitarla a salir.
03. Frédéric Chopin – Polonaise Op. 53 en La bemol mayor
Maritza devolvió el saludo y vio a su amigo empezar con sus
ejercicios. En sus audífonos sonaron las notas de un tempo Maestoso
que anunciaban la Polonesa Heroica. Con esta música inspiradora y
animada, comenzó también a trotar.
04. The Beatles – Here Comes The Sun
Abbey Road era el disco favorito de Oswaldo, no solo de los Beatles,
sino en general. Cuando compró su Volkswagen Escarabajo, lo primero
que hizo fue pintarlo de blanco para que fuera como el de la portada
del álbum.
Mientras trotaba, Oswaldo sintió que estaba haciendo más calor de lo
normal. El sol brillaba con una intensidad que no se había visto en
los últimos días. Pensó que se fatigaría pronto, pero siguió
adelante, con la intención de aprovechar para ejercitar todo cuanto
su cuerpo se lo permitiera.
05. Frédéric Chopin - Fantaisie-Impromptu Op. 66 en Do sostenido
menor
El calor se incrementaba con cada minuto que pasaba. Maritza sudaba
a toda marcha, mientras trotaba y escuchaba esa pieza maravillosa
que su compositor favorito no quisiera publicar en vida. Chopin
había dejado instrucciones de que la pieza fuera destruida tras su
muerte, Maritza se alegraba de que hubieran ignorado tales deseos.
El compositor había muerto demasiado joven, pensaba ella y se
preguntaba qué podría lograr con su vida si tuviera que morir a los
treinta y nueve años.
06. The Beatles – Happiness is a Warm Gun
Oswaldo se vio forzado a aminorar la marcha y contentarse con
caminar, mientras recuperaba el aliento. Hacía demasiado calor.
Pensó en Maritza, le parecía que era una chica increíble, la había
conocido en el parque, ella había estado leyendo un libro sobre la
historia del rock y él le había preguntado si salía algo de los
Beatles. La canción actual le hizo volver al presente, John Lennon
le recordaba que: «No es una chica que se pierde de mucho». Así era
Maritza, alguien a quien nada se le escapaba. ¿Estaría al tanto de
los sentimientos que él le profesaba? ¿Qué podría pensar ella de él?
Sudaba intensamente y el sol brillaba como una pistola caliente.
07. Frédéric Chopin – Valse Op. 64, No. 2 en Do sostenido menor
Maritza se detuvo cerca de un banco bajo un árbol de mangos y se
sentó en él, no podía más, la luz estaba tan intensa que le afectaba
la visión. Se dio cuenta de que ya no sudaba, sin embargo su
enrojecida piel se sentía muy caliente, demasiado quizás. Notó que
sus zapatos despedían un hilillo de humo, circunstancia bastante
curiosa que jamás le había ocurrido antes.
Tenía mucha sed, pero nunca llevaba la botella de agua consigo,
tenía por costumbre dejarla en el automóvil y tomársela entera antes
de empezar a manejar camino a casa. Se imaginó que en aquel momento
el interior del Volkswagen debía ser un horno, y el agua debía estar
desagradable por la temperatura; igual se la hubiera tomado así.
Oswaldo, en cambio, siempre llevaba agua con él, si lo hubiera
tenido cerca le hubiera pedido un trago o dos.
08. The Beatles – Help!
Oswaldo nunca había sudado tanto como aquella mañana. Le costaba ver
de tantas gotas que caían sobre sus ojos, que se restregaba una y
otra vez en vano. Miró con cierta dificultad sus manos y le pareció
que eran completamente líquidas. Todo parecía estar lleno de sudor.
Algo extraño parecía estar ocurriendo, las personas que andaban en
sentido contrario a Oswaldo se habían detenido y señalaban algo a la
distancia. Oswaldo no podía ver con claridad, así que le preguntó a
alguien qué ocurría.
—Una persona parece haberse prendido en llamas.
En efecto, a lo lejos una mujer se revolcaba en la arena,
desesperada, en un intento infructuoso por apagar el fuego. Oswaldo
no lograba verlo. Pero de alguna manera su corazón el advirtió que
aquella persona era Maritza.
—¿Se encuentra usted bien? —escuchó que le preguntaron.
No pudo responder. Su garganta estaba llena de líquido, sentía como
si se estuviera ahogando en sudor. Quiso pedir ayuda, pero resultaba
imposible. Empezó a correr en dirección a Maritza, preocupado tanto
por ella como por sí mismo.
09. Frédéric Chopin - Étude Op. 10, No. 12 en Do menor
Maritza, lejos de ser consumida por las llamas, se había convertido
en esas llamas. Todo su cuerpo era fuego, de alguna manera
quebrantando las leyes de la física; era imposible señalar cuál
podía ser exactamente el agente combustible que alimentaba la
lumbre.
Su cuerpo no era lo único que se había convertido en fuego, la
música seguía sonando no se sabe de qué manera en donde otrora
estaban sus oídos. Los agitados pasajes del Estudio Revolucionario
de Chopin revoloteaban en el interior de Maritza mientras ella se
revolvía asustada por el suelo. No se daba cuenta de que apagar el
fuego era apagarse ella misma y dejar de ser, así, pues, lo seguía
intentando.
10. The Beatles - A day in the life.
Oswaldo, cuya humanidad se había convertido en una masa líquida que
mantenía su antigua forma corporal por una proeza de la tensión
superficial, tras recorrer el más difícil trayecto de su vida, se
detuvo frente a Maritza. La música que había venido escuchando
también se había hecho parte de su cuerpo y la lista de reproducción
seguía avanzando como si nada. Cuando estuvo frente a la mujer que
tanto le gustaba, y la vio arder, la canción llegó, tras el
dramático crescendo orquestal, a ese increíble acorde final en el
piano.
—Levántate —dijo, aclarado el problema de su garganta, que ahora era
enteramente líquida. En el silencio entre una pista y la siguiente,
le tendió la mano a Maritza.
11. Frédéric Chopin – Prelude Op. 28, No. 15 en Re bemol mayor
Maritza alzó la vista al tiempo que cambiaba la pista en su ardiente
lista de reproducción por una música más apacible. Como gotas de
lluvia, los dedos de Oswaldo, entrelazándose con la candela que eran
los suyos propios, la ayudaron a ponerse en pie.
12. The Beatles – All you need is love
Oswaldo y Maritza se miraron durante algunos segundos. Sus corazones
de agua y fuego sincronizaron sus latidos, revelando sentimientos
aún por confesarse. Se unieron en un abrazo que soltó un agudo
silbido, mientras sus cuerpos y almas se fundían en un solo ser
hecho de humo que se elevó, sin dispersarse, hasta perderse de
vista, a lo lejos, entre las nubes, donde se amarían para siempre.Las tejas rotas
RETO 13. Jueves de versiones de los
grandes.
Escribir un relato al estilo de Macario de Juan Rulfo, o reescribir
Macario con el estilo propio.
* * *
Mi abuela vivía en la ciudad venezolana de Maracay, en una casa
larga y angosta (como eran las casas viejas de mi país), de un
vecindario humilde. Yo vivía en una ciudad vecina, Valencia, donde
todavía me encuentro al momento de escribir estas líneas. Durante mi
infancia visitábamos mucho a mi abuela y conservo gratos recuerdos
de aquellos días. Todo lo mencionado en el siguiente relato ocurrió
en verdad, aunque probablemente no el orden narrado ni tampoco en un
mismo día. A finales de 2019 la entrada de la casa de mi abuela, que
había fallecido muchos años antes, se derrumbó, sepultando a uno de
mis tíos, quien afortunadamente salió golpeado pero sin mayores
heridas. Todavía la casa permanece en ruinas.
El siguiente relato está hecho de recuerdos de mi infancia. Está
redactado imitando dentro de lo posible el estilo de Macario, de
Juan Rulfo, pero sin pretensiones de alcanzar la profundidad de su
narración ni la belleza de sus palabras.
* * *
LAS TEJAS ROTAS
Doña Aura no quería que camináramos sobre las tejas. Decía que
podíamos partirlas. Tampoco quería que volviéramos a encaramarnos al
techo. Luisito y yo subíamos de todas maneras. No siempre nos
descubrían. Doña Aura era mi abuela y la tía abuela de Luisito. Yo
la llamaba Lela. Él la llamaba Cucuná. Por las mañanas mi Lela hacía
las arepas y colaba el café. Luego colaba el guarapo y lo endulzaba
con papelón. El guarapo en nuestra región es un café muy aguado. Los
niños no tomábamos café, pero sí guarapo.
La casa estaba llena de animales. Había un perro viejo y gruñón
llamado el Chato. Había una perrita amistosa llamada Manchita.
Manchita era blanca y tenía manchas negras. Sus manchas formaban una
eme en su frente. Manchita tuvo muchos hijos. Todos esos perros
murieron jóvenes. Y a todos los enterraron en el corral. También
había una gata blanca que tenía un solo ojo. Donde le faltaba el
otro ojo tenía un hoyo rosado. A la gata no le gustaban los niños.
Todos le teníamos miedo. Había un loro llamado Papi. El loro podía
hablar. Pero sólo sabía decir: «Hola Papi». Había algunos morrocoyes
y varias gallinas.
Mi Lela tuvo cinco hijos y tres hijas. Una de las hijas era mi mamá.
Uno de los hijos se había quitado la vida muchos años antes de que
yo naciera. Se había ahorcado con una hamaca. Nunca se hablaba de
él. Sólo lo conocía por un retrato colgado en la pared. El esposo de
mi tía era militar. Su nombre era Monche. Una Navidad celebró
disparando al aire su pistola. Yo también quería disparar, pero no
me dejaron. Una vez mi tío Víctor se puso a quemar una bala. Yo no
estaba, pero me contaron. La bala estalló y le atravesó el pulgar.
Mi tía Ingrid era deportista. Ella era la esposa de Monche.
Practicaba esgrima. A veces nos llevaba al polideportivo y nos
dejaba correr en las pistas. Cuando llovía se hacían grandes charcos
en el polideportivo. En los charcos siempre habían renacuajos. Dos
de mis tíos eran gemelos. Uno era militar y el otro practicaba judo.
Mi tía Mariela era una diseñadora. Mariela tenía una enorme mesa
para calcar que tenía los bombillos quemados. Mariela tenía una
pecera. Se me había olvidado nombrar esos animales. Tenía varios
peces naranjas y otros marrones. En la pecera también había
caracoles.
A veces mi Lela me dejaba darles de comer a las gallinas. Me daba
una bolsa llena de granos de maíz. Las gallinas corrían hacía mí al
verme llegar. En la casa no habían gallos. A los morrocoyes se les
daba lechuga y tomates. Me fascinaba verlos comer. Aunque no me
gustaba darles comida. Una vez uno me mordió el dedo. Me hizo
sangrar. Cuando mi Lela regaba las matas las revisaba bien. A veces
encontraba orugas y me las daba. Eran unos gusanitos verdes y
mansos. Me gustaba verlos caminar por mis manos. Hacían cosquillas.
Luisito vivía en la casa de al frente. Tenía muchos juegos de mesa y
un Atari 2600. Mi hermana y yo jugábamos Monopolio con él, o nos
turnábamos para jugar Estratego o con el Atari. En la casa de
Luisito también habían gallinas. Allí no íbamos mucho al corral
porque había un gallo. El gallo nos perseguía si nos veía entrar. En
ese corral había un árbol al que nos gustaba trepar. En la casa de
mi abuela había muchos árboles, pero ninguno que se pudiera trepar.
Al fondo del corral de mi Lela había el tronco de un árbol quemado.
El tronco tenía un agujero natural que parecía el caldero de una
bruja. Allí mi hermana y yo arrojábamos hojas y tierra y nos
inventábamos toda clase de encantamientos mágicos.
En el patio de la casa de mi Lela, antes de entrar al corral, había
una barra transversal en una esquina con la que se podía hacer
ejercicios. Luisito y yo nos subíamos a esa barra y de allí podíamos
saltar al techo. El techo de la cocina era una plataforma plana
sobre la que se podía caminar libremente. Allí arriba estaba el
tanque de agua. La tapa tenía escrito el nombre de mi tío Víctor,
dibujado con una teja rota. Más allá de la cocina empezaba un techo
de tejas. Allí no podíamos caminar porque las tejas se rompían. A un
lado de la casa podíamos ver otra casa de parecida arquitectura. Al
otro lado había una alta pared que pertenecía a una fábrica de
tequeños. Entre los bloques de la pared había uno que tenía un
hueco. Uno podía asomarse y ver a las trabajadoras. Un día metimos
un palo de escoba por el hueco. Al rato vinieron de la fábrica para
quejarse. Doña Aura no quería que camináramos sobre las tejas. Pero
lo del palo de escoba era mucho peor. ¡Nos ganamos el regaño de
nuestras vidas!La boda de Joaquina la Asesina
II. El secreto de Dulcina
RETO 14. Viernes de excesos.
Exceso de Diálogos. Continúa el relato de Joaquina «La Asesina».
Esta vez, su hermana, la elegante y pequeña Dulcina, ha confesado en
la cena familiar tener relaciones con la pareja de Joaquina. Hay una
conversación en la que Joaquina, su hermana, sus cuatro hermanos y
su abuela (que es la matriarca de la mafia) discuten qué hacer
respecto a la boda y a la relación de Dulcina.
LA BODA DE JOAQUINA LA ASESINA
II. EL SECRETO DE DULCINA
Joaquina limpió la sangre de su puñal y se dirigió a su oficina.
Allí encontró a su hermano Jaime, parecía nervioso, seguramente
había estado hurgando entre sus cosas.
—¿Qué buscas aquí?
—Bueno, nada. Yo, bueno, te buscaba a ti.
—¿Ah sí? ¿Y con qué fin?
—Bueno, pues, sólo quería felicitarte por la boda.
—Gracias. Pero esto no cambia nada. Sigues sin ser invitado. Ya
hablé con la planificadora de bodas y me pidió la lista de
invitados. De todos ustedes, Goyo es el único que pienso invitar.
Además de su hermana Dulcina, Joaquina tenía cuatro hermanos:
Gregorio hijo, mejor conocido como Goyo, Raúl Gregorio, Jaime
Gregorio y Alejandro Gregorio. Todos los hermanos llevaban el nombre
del padre en alguna parte, pero Goyo, siendo el hijo mayor, tenía el
privilegio de llevarlo al frente. Joaquina acusaba a sus tres
hermanos menores de haber asesinado a su prometida, Consuelo
Cerdeño, hacía tres años y siete meses.
—¿Sigues molesta por tan poca cosa? Bueno, allá tú.
—Sí, allá yo. ¿Algo más?
—Bueno, no...
Antes de tener tiempo de echar a Jaime de la oficina, la abuela
Doménica apareció tirando a Alejandro por la oreja.
—¡Ya doñita, ya! —gritó Alejandro adolorido.
No por ser el menor era Alejandro el más inocente de los hermanos
Inarraza, todo lo contrario, era el más sanguinario de todos. Verlo
humillado de esa manera hubiera puesto nervioso a más de uno. Podía
darse por seguro de que luego se desquitaría con el primer pobre
diablo que tuviera la desventura de cruzarse en su camino.
Jaime se tapó la boca para ocultar la risa. Joaquina miró a
Alejandro de arriba abajo.
—¿Qué hizo ahora el niño?
—Ahora te cuento —respondió la abuela—. La comida está casi lista,
bajen a comer en cinco minutos.
Cuando se marchó la abuela, sin soltar la oreja de Alejandro, Jaime
se dio cuenta de que un zapato de Joaquina tenía una gota de sangre.
—Te has manchado un zapato, hermana. Bueno, quizás deberías limpiar
eso antes de bajar a cenar.
Joaquina lanzó una palabrota y salió a toda prisa. Cuando estuvo
solo, Jaime se aseguró de que no había nadie cerca y abrió un
escaparate donde se hallaba oculta Ana Belén Cuervo, la prometida de
Joaquina y, según decían ellas, la reencarnación de Consuelo
Cerdeño.
—¡Esto es el colmo! Cualquiera diría que tú y yo tenemos algo.
—Ana Belén... —empezó a decir Jaime, pero fue interrumpido.
—¡Consuelo! Acuérdate, yo soy Consuelo reencarnada.
—Consuelo, tienes que salir de aquí. Si te ve Joaquina va a pensar
lo peor.
—¿Por dónde salgo?
—Sígueme... y, Consuelo, bueno, yo, uh, siento haberte matado cuando
eras la Consuelo original. Mis hermanos que me obligaron.
Cuando Joaquina bajó al comedor, con uno de sus zapatos empapados,
rechinando a cada paso y dejando huellas de agua, Jaime cerró
nervioso un enorme baúl y se sentó sobre él.
—¿Y ahora qué ocultas? ¿Tienes un cadáver allí dentro?
—No, bueno, yo, uh, pensé haber visto una araña meterse dentro.
Joaquina no se creyó el cuento, pero la imagen mental de una araña
le causó escalofríos.
—Asco —dijo, sacudiéndose el pensamiento y fue a tomar su asiento.
Alejandro entró al comedor sobándose la enrojecida oreja.
—La doñita se salva porque no cargo mis pistolas.
—Como te oiga la abuela te va a meter las pistolas por donde no
brilla el sol —dijo Joaquina—. ¿Qué hiciste ahora?
—Nada. Yo soy inocente.
Goyo llegó de la calle, saludó a sus dos hermanos y le dio a
Joaquina un beso en la frente.
—¡Muchacho! Tienes la oreja como un tomate. —dijo dirigiéndose a
Alejandro, quien se limitó a poner mala cara— ¿Aún no llegan papá,
Dulcina y Raúl? —Preguntó.
—Bueno —dijo Jaime, sentado sobre el baúl—, Papá no cenará hoy con
nosotros. Dulcina y Raúl no han llegado, salieron juntos no sé para
dónde.
—¿Y tú qué? ¿Ya no te gustan las sillas? Ven a sentarte a la mesa.
Todos se sentaron. La abuela se asomó y, como vio que faltaban
algunos, sacó su iPhone 14 Pro Max dorado y realizó una llamada.
Había algo cómico en aquella mujer que parecía sacada de un libro de
historia, por su ropa simple y pasada de moda, utilizando un
teléfono cuyo modelo no llevaba todavía un mes en el mercado.
—¿Aló? Aló, Dulcina, ¿dónde están ustedes? ¡La cena está lista! ¿No
vienen a comer?... Sí... Sí... Ah, ok... ok... está bien, hasta
luego.
Como la abuela no dijera nada, Goyo preguntó:
—¿Y bien?
—Pues nada, ya están llegando.
Al rato se escuchó el deportivo aparcarse afuera. Raúl y Dulcina
entraron, vestían muy elegantes, como era su costumbre. La colonia
de él y el perfume de ella dominaron el ambiente sin llegar a
recargarlo.
—Familia —dijo Raúl, asintiendo a modo de saludo.
Dulcina no saludó, cosa normal en ella, se sentó en diagonal a su
hermana, a la derecha del puesto de su padre en la cabecera, y
empezó a hablar como si nada.
—Vimos un vestido que te quedaría bellísimo, hermana. Es una pena
que a ti no te guste vestir bien.
—¿Qué hay de malo con mi ropa?
—Querida, ¿por dónde empezar? ¿Es que no te has visto en un espejo?
Dorotea, la cocinera, salió con un carrito en el que llevaba una
jarra de jugo y una fuente grande de la que escapaba un exquisito
aroma a paella. La abuela se sentó a la cabeza de la mesa, en el
puesto frente al que se sentaba su (entonces ausente) hijo.
—Nona —dijo Raúl— ¿qué nos has preparado?
—Yo nada, Raulito, fue Dorotea la que nos hizo una paella.
—¿Es que no te pega el olor? —dijo Goyo, malhumorado—, toda la casa
huele a paella. Claro, con ese perfume qué vas a oler nada.
—Perfume no, Goyo, colonia.
—Lo que sea.
Dorotea empezó a servir por Doménica, en la cabecera. Normalmente
hubiera servido a don Gregorio de segundo, pero como no estaba,
sirvió a Joaquina, que estaba a la derecha de su abuela. Luego
sirvió a Dulcina, a Goyo, a Raúl, a Jaime y de último a Alejandro.
—Antes de empezar —dijo Dulcina—, salgamos del elefante en la
habitación. Sí, es cierto, he estado teniendo una relación con Ana
Belén. ¿Contentos?
Todos hablaron al unísono, finalmente la abuela los mandó a callar,
poniéndose de pie.
—¿Qué falta de respeto es esa? —dijo la anciana y golpeó la mesa con
los puños— ¿Tú te volviste loca?
—A ella no le tiran de las orejas, ¿verdad? Está bien.
—Tú te callas, Alejandro, o te corto la otra. A ver, Dulcina, ¿es
eso cierto?
—Yo nunca miento.
—Excepto cuando te juntas con mi futura esposa —dijo Joaquina,
conteniendo su ira para no ofender a la abuela.
—¿Qué? ¿Y cuándo te mentí yo? ¡A ver! ¡Dímelo! No. Yo me pude haber
enamorado de Ana Belén, pero a ti nunca te vine con mentiras... es
sólo que omití decirte la verdad.
Jaime, que estaba secretamente enamorado de Ana Belén, también se
sentía ofendido por aquella traición. Le dijo a su hermana:
—Una mentira por omisión sigue siendo una mentira.
—Tú no te metas —dijo ella.
—Tú no me digas dónde me meto y dónde no.
La abuela se sentó y mandó a callar a todos.
—Lo hecho, hecho está. Lo que tenemos que pensar es qué vamos a
hacer ahora al respecto.
—Pues nada, cancelar la boda —dijo Raúl, que siempre tomaba partido
por su hermana menor—, y dejar que Ana Belén decida con quién
prefiere quedarse.
—Bueno, me parece bien —agregó Jaime, albergando vanas esperanzas.
—Nada de eso —objetó Goyo, que era el único de los hermanos que
había sido invitado a la boda—. Nuestra hermanita, Dulcina, tendrá
que disculparse y cortar toda relación con Ana Bel... perdón, con la
reencarnación de Consuelo.
Joaquina puso la mano en el hombro de Goyo, para agradecerle su
apoyo.
—Pienso lo mismo —dijo ella—. Que Consuelo y Dulcina se disculpen y
seguimos con la boda como teníamos planeado.
—Un momentito, señorita —dijo la abuela—. Aquí se ha cometido una
ofensa contra la familia. Es obvio que no podemos tomar medidas muy
severas contra Dulcina, pero Ana Belén no es todavía parte de la
familia y no puede salir impune. ¿Qué castigo, pues, debemos darle?
—Yo quiero ver sangre —dijo Alejandro—, alguien tiene que pagar, y
si no es nuestra hermanita entonces que sea la reencarnada. Si le
hacemos lo mismo que a la Consuelo anterior, de repente se reencarna
de nuevo y ya está.
—Le pones un dedo encima a mi prometida y te rebano las dos orejas y
otras partes que no quisieras perder, ¿me oyes?
—Bueno —dijo Jaime, que no quería que Ana Belén sufriera daño
alguno—, ¿no podríamos exorcizar a Ana Belén y castigar el alma de
Consuelo en otro cuerpo?
—¿Y por qué querríamos hacer eso?
—Bueno, pues, eh... no sé.
—Es evidente que Joaquina no quiere que se le haga daño a su
prometida —dijo la abuela—, quizás su castigo tendrá que ser más
bien psicológico. ¿Qué crees tú Dorotea?
La cocinera, que había permanecido de pie junto al carrito con la
paella y la jarra de jugo, palideció cuando se dirigieron a ella
todas las miradas. Doménica gozaba haciéndole pasar un mal rato.
—No sabría qué decir, señora.
—¿Cómo va a saber qué decir la servidumbre, nona? —intervino Raúl—
Estos asuntos no le conciernen. De hecho, ni siquiera debería
escuchar nuestras conversaciones.
—Ella sabe que si habla... —dijo Alejandro y se pasó el dedo por el
cuello amenazando a la cocinera.
—¿Qué piensas tú, entonces, Raulito?
—Nona, mejor le preguntas a las que están involucradas. Los demás lo
que podemos hacer es limitarnos a votar por lo que propongan ellas.
—Claro, si todos saben por quién vas a votar tú —dijo Goyo,
malhumorado.
—Ah ¿y tú no? Todos sabemos que Joaquina no puede decir nada porque
allí estás tú para darle la razón. Recuérdame, hermano, ¿por qué
fuiste tú el único invitado a la boda?
—Porque yo no ando matando a las novias de los demás.
—Consuelo era la hija del Procurador General, Joaquina no podía
casarse con ella.
Joaquina se puso de pie enfurecida.
—Así que sí fuiste tú el que la mató.
—No, yo no fui. Pero sí, estuve involucrado.
Alejandro vio que a la cocinera se le ponían grandes los ojos y le
recordó la amenaza, volviendo a pasarse el dedo por el cuello.
—Yo tampoco fui —dijo él—, pero me hubiera encantado hundir mis
manos en su cuello. Le hubiera dejado el alma en tal estado que no
se hubiera podido reencarnar.
Goyo, que no había participado en el asesinato miró a Jaime.
Joaquina cogió un cuchillo de la mesa y dijo:
—¡Así que fuiste tú!
—Bueno, es que, yo, eh, ellos me obligaron.
—Yo no te obligué —dijo Raúl.
—Yo sí —dijo Alejandro—, un poquito. Pero no porque quisiera. Yo la
hubiera matado feliz de la vida, pero papá quería darle a Jaime una
lección.
Joaquina le lanzó el cuchillo a Jaime, sin hacerle daño.
—Fue papá entonces —dijo, decepcionada.
—No, niña —dijo la abuela—, lo de Jaime fue tu papá, pero la orden
contra Consuelo fue mía. Era necesario, no iba a dejar que te fueras
a Europa a casarte y nos ofendieras a todos de esa manera.
Joaquina debió la mirada y no respondió nada.
—¿Qué, niña? ¿Ahora no me hablas? No me hables, pues. Ya se te
pasará. Señores. Decidan, pues. Ana Belén, ¿vive o muere?
—Vive —dijo Dulcina.
—Vive, pues —dijo Raúl.
—¡Muere, muere! —dijo Alejandro apretando los puños como un niño
peleón.
—Vive —dijo Jaime.
Goyo no quiso hablar antes que Joaquina.
—Vive —dijo Joaquina, drenadas todas sus fuerzas.
—Está decidido —dijo Goyo—, vivirá.
—Pero no quedará impune —dijo la abuela—, decidamos su castigo.
Terminada la cena y finalizados los detalles de lo que planeaban
hacer con Ana Belén Cuervo, conocida como la reencarnación de
Consuelo Cerdeño, todos se retiraron a sus habitaciones. Teodora se
quedó limpiando y escuchó que alguien volvía del piso superior. Vio
que era Jaime, no le hizo caso y volvió a la cocina para limpiar los
platos.
Jaime abrió el baúl y dejó salir a Ana Belén, quien había escuchado
toda la conversación y sabía lo que le esperaba.
—Jamás debí venir cuando me llamaste —dijo ella en voz baja.
—Lo siento, no quería meterte en problemas.
—Ahora que todos saben lo de mi relación con Dulcina, ya no me vas a
poder seguir chantajeando. No vuelvas a llamarme nunca más.
—Baja la voz, te van a oír.
Ana Belén salió dando un portazo que luego Jaime tuvo que explicar,
aunque nadie creyó sus explicaciones. Desde la ventana miró
marcharse a Ana Belén y le dijo en sus pensamientos.
—Siento haberte chantajeado. Siento haberte metido en un baúl por
horas. Siento haberte matado cuando eras Consuelo Cerdeño. Algún día
me perdonarás... y serás mía.
(Continuará en el relato del Reto 21)La profesora de natación que un día decidió no volver a salir de la piscina
RETO 15. Sábado de personajes improbables.
Escribir un relato basado en el título: «La profesora de natación
que un día decidió no volver a salir de la piscina».
LA PROFESORA DE NATACIÓN QUE UN DÍA DECIDIÓ NO VOLVER A SALIR DE LA
PISCINA
Cuando le dijeron que el club no seguiría ofreciendo clases de
natación, Josefina, quien había sido la profesora durante tres
décadas y ahora se quedaría efectivamente sin trabajo, pensó que su
vida estaba acabada. ¿Dónde más podría conseguir un empleo a su
edad? No quería ni siquiera intentarlo, aceptaba la derrota como
ineludible.
Josefina no tenía a nadie en el mundo. No se había casado ni tenía
pareja, toda su pasión era para su trabajo, y no había tenido hijos,
sus alumnos eran los únicos niños que necesitaba en su vida. Ahora
que le quitaban aquello que tanto amaba, se quedaba con un vacío
inconmensurable. ¿Y luego qué? ¿Ser echada de su habitación al no
poder pagar la renta? ¿Comer de la basura al no poder comprar
alimentos? ¿A qué esperar estos desenlaces? ¿Qué sentido tenía
seguir viviendo así?
Aquella mañana, muy temprano, cuando todavía no había nadie en la
piscina, cerró los ojos y se arrojó al agua envuelta en una pesada
cadena, dispuesta a no volver a salir de allí con vida. El peso la
arrastró al fondo, allí abrió los ojos y miró lo que esperaba que
fueran las últimas visiones de nuestro mundo cruel. Al cabo de un
minuto la necesidad de respirar la hizo forcejear, pero no consiguió
desembarazarse de las cadenas. El agua entró a sus pulmones de una
manera desesperante y desesperanzada. El momento pasó rápido y luego
vino la calma, pero no era la paz de la muerte que Josefina
aguardaba, era la calma de alguien que puede respirar bajo el agua
sin dificultad.
—¿Qué es esto? —se preguntó.
Al principio dudó de sus sentidos, su situación era absurda e
inesperada. Se preguntó si estaba muerta, no lo parecía. Se preguntó
si estaría alucinando, algún mecanismo de defensa de su organismo
para hacer sus momentos finales menos traumáticos. Como el tiempo
seguía pasando, esta hipótesis se iba haciendo insostenible.
Eventualmente tuvo que aceptar la realidad, podía respirar bajo el
agua. La pregunta ahora era ¿por qué?
Quizás tenía en sus venas sangre de sirena, pensó. Miró y palpó sus
piernas, no se habían transformado en la cola de un pez, pero sí las
notó endurecidas, ásperas al tacto. ¿Se estaría produciendo un
cambio con mucha lentitud? En aquel momento cualquier cosa le
parecía posible. Decidió esperar a ver qué pasaba.
Un empleado que pasaba junto a la piscina se dio cuenta de que había
alguien en el fondo, sin pensarlo dos veces se quitó a toda prisa la
franela, las llaves y la billetera, y saltó a socorrer a la posible
víctima. Cuando llegó hasta ella y la trató de ayudar, Josefina
opuso resistencia y le dio a entender por señas que todo estaba
bien. El hombre salió de la piscina, pero se quedó aguardando a que
ella saliera también. Le pareció que estaba tardando demasiado y
podría ahogarse, así que volvió a saltar dentro y nuevamente fue
rechazado. No sabiendo qué otra cosa hacer, corrió a buscar ayuda.
Algunos minutos más tarde se había formado una multitud alrededor de
la piscina, por igual número empleados y socios del club. Varias
personas entraron en la piscina y bajaron hasta Josefina, pero nadie
pudo hacerla salir. Varias personas estaban cronometrando el tiempo
en sus teléfonos, aunque nadie sabía con exactitud cuándo había
entrado ella a la piscina.
—¿Cuánto tiempo lleva allí? —preguntó un adolescente que quería que
todo terminara para poder bañarse en la piscina.
—Desde que yo estoy aquí, lleva treinta y seis minutos —respondió
una señora que trabajaba en el departamento de limpieza.
—Guau, ya debe haber batido el record Guinness —dijo un señor mayor,
genuinamente sorprendido.
—¿Y qué es lo que pasa? ¿No quiere salir de allí? —preguntó con un
acento extranjero una mujer que estaba de vacaciones visitando la
isla.
—Parece que la despidieron y ahora se piensa quedar en el fondo
protestando —respondió el señor mayor, todavía pensando en los
records Guinness.
Las piernas de Josefina sí habían estado cambiando. Nadie se dio
cuenta hasta que la transformación se había consumado. Dado que la
profesora de natación estaba en la parte más honda, era difícil
verla bien. Cada tanto bajaba alguien a ver si seguía consciente y a
tratar de convencerla de salir, pero ninguno se fijó en las piernas
de la mujer durante la metamorfosis.
Josefina no se había convertido en una sirena, sino en algo muy
raro: un ser que era mitad humano y mitad cangrejo. Sus piernas se
habían convertido en un amplio caparazón del que emergían cuatro
pares de patas y un par de quelas simétricas. La transformación
había roto las cadenas, liberando a la profesora de sus propias
ataduras. Ahora podía desplazarse en el fondo de la piscina, siempre
de lado, con graciosa habilidad. Cuando se puso a experimentar a ver
qué era capaz de lograr con sus nuevas patas, fue el momento en que
la multitud se dio cuenta de que había ocurrido un cambio en ella.
Algunos bajaron a ver bien lo que ocurría, y lo que vieron los llenó
de terror, haciéndoles subir a toda prisa a la superficie.
Al cabo de media hora llegó el presidente del club, que hasta
entonces había estado ocupado en diligencias lejos de allí. Mandó a
un joven salvavidas a comunicarse con Josefina llevando una tabla
con varias preguntas escritas en marcador resistente al agua y que
pudieran responderse con un «sí» o un «no». Al volver a la
superficie el joven explicó su conversación.
—A la pregunta ¿te encuentras bien?, respondió que sí. A la pregunta
¿necesitas un médico?, respondió que no. A la pregunta ¿puedes salir
a la superficie y hablar con nosotros?, respondió que sí y después
que no.
—¿Cómo es eso?
—Mostró el pulgar hacia arriba y luego hacia abajo. Tal vez la
pregunta no es muy clara.
—Quizás puede pero no quiere —dijo la señora de la limpieza— o
quizás quiere pero no puede.
El presidente del club miró cómo la multitud se había acrecentado
desde su llegada hacía pocos minutos, entonces tuvo una idea y
volvió a mandar al salvavidas a mostrarle un mensaje a Josefina. Así
logró que la profesora de natación que un día decidió no volver a
salir de la piscina, finalmente saliera.
En los próximos meses Josefina y el presidente del club hicieron
fortuna; todos querían conocer el único club del mundo donde se
exhibía una mujer cangrejo.El Camino de los Holandeses
RETO 16. Domingo de estados de ánimo
específicos.
Escribir un relato que transmita el siguiente estado de ánimo:
Muriéndome de miedo pero un poco contento porque tendré una buena
anécdota para contarle a los amigos.
EL CAMINO DE LOS HOLANDESES
En la isla hay un grupo de montañas de poca altura llamado Riscos de
los Tulipanes. Allí no hay tulipanes, ni nunca los ha habido, el
nombre se debe a una antigua tragedia que cobró la vida de un gran
número de colonos holandeses. Los tulipanes representan sus almas.
No está claro cuándo se bautizaron los Riscos con este nombre, pero
no fue en épocas de la colonia; el registro más antiguo que se tiene
pertenece a mediados del siglo XIX, cuando la isla ya había ganado
su independencia. En los riscos hay un camino de piedra construido
por los colonos que perdieron la vida en las montañas, se conoce
popularmente como El Camino de los Holandeses, cruza los riscos de
oriente a occidente y culmina abruptamente en la última de las
montañas, en medio de la nada. El camino cruza dos ríos de poco
caudal, en ambos casos los puentes de piedra colapsaron durante el
terremoto de 1778. Gran parte del camino, con el paso de los años,
había quedado sepultado bajo tierra; hoy en día se puede caminar
sobre el empedrado original gracias a los trabajos de restauración
que se llevaron a cabo durante la década de 1960 y el mantenimiento
que se ha venido haciendo desde entonces.
En la isla hay una tradición conocida como «ir a ofrecer el
tulipán», empezó en los años 60, tras la restauración del camino, y
se ha ido popularizando con cada nueva década. Consiste en recorrer
entero el Camino de los Holandeses y enterrar una flor, cualquier
flor (dado que en la isla no se consiguen tulipanes), antes de
llegar al final. La flor representa el alma de un ser querido, cuya
memoria se honra. Se dice que hacer el recorrido sin enterrar una
flor trae una desgracia personal, pero esto ya entra en las
creencias populares, y son muchos los isleños y turistas extranjeros
que hacen el recorrido sin enterrar flores.
Antonio Montero tenía planeado ir a ofrecer el tulipán junto con sus
dos mejores amigos, pero uno de ellos enfermó a último momento y el
otro decidió no ir si no iba el amigo enfermo. Antonio resolvió
seguir adelante y hacer el recorrido por su cuenta. Los Riscos
tenían varios puntos de acceso, pero para hacer el recorrido de los
holandeses completo había que empezar en la ciudad de Nueva Leiden.
No había una carretera asfaltada hasta el pie de la montaña, ni un
lugar donde dejar los vehículos, por lo que Antonio se fue en
autobús hasta la ciudad y allí contrató un viaje en jeep hasta el
pueblito de Santa Ana, que era el lugar por donde empezaba el
ascenso.
Los habitantes del pueblo siempre sentían curiosidad por los
visitantes, que recibían a todo lo largo del año. Se pasaban el día
sentados frente a sus casas, viendo quién iba y quién venía. En
muchas de las casas vendían artesanías, en otras vendían alcohol.
Las calles eran de tierra y olían a humedad, en ellas se veían
perros y gallinas que andaban por ahí con entera libertad, pese a
que seguramente tendrían dueños. La subida se iniciaba cruzando un
gran arco rústico de madera, más bien simbólico, a cuyo lado había
una cabina donde dos guardias forestales proporcionaban información
e indicaban a los visitantes no hacer fogatas en la montaña.
Antonio esperó a que uno de los guardias revisara su bolso, llevaba
comida, una muda de ropa, dos linternas y una carpa pequeña tipo
iglú. Ceñido al cinturón llevaba una cantimplora con agua, no veía
necesario llevar más porque casi todo el camino iba en paralelo al
cauce del río; si bien beber del río no era una práctica
recomendada, por presentar riesgos para la salud, era una práctica
bastante extendida y resultaba fácil desviarse algunos minutos para
recargar la cantimplora. Le preguntaron si llevaba un cuchillo o un
arma de fuego, no tenía ni una cosa ni la otra. A pesar de ir
desarmado le advirtieron que estaba prohibido cazar en la montaña.
El Camino de los Holandeses quedaba casi por completo a la sombra de
toda clase de árboles, por lo que el ascenso no era particularmente
agotador. Algunos minutos después de cruzado el umbral, Antonio
encontró el nacimiento del camino empedrado. Las primeras horas del
camino se hicieron eternas por la monotonía del paisaje. El
empedrado iba en paralelo a la pendiente, con el río a la derecha,
varios metros más abajo, y la montaña alzándose hacia la izquierda.
El camino no era una actividad de alpinismo, no se aproximaba nunca
a la cima de las montañas. Algunas personas subían hasta las cimas,
pero éstas no ofrecían mucho atractivo, no eran muy altas ni muy
difíciles de escalar, y la vista estaba obstruida casi siempre por
el follaje. Aunque el sol iluminaba el camino, los rayos llegaban
filtrados y débiles, lo que hacía que se acumulara mucha humedad. El
olor a tierra mojada y a vegetación era agradable. Y el río
acompañaba a los caminantes con su líquido cantar, incluso cuando se
perdía de vista.
Antonio había empezado a subir cerca del mediodía y había estado
caminando por unas cuatro horas cuando llegó a un claro que se
utilizaba para acampar. A pesar de no estar permitido, había una
fogata en medio del claro, y tres carpas con sus entradas apuntando
a la fogata. Se trataba de dos familias, cuatro adultos y dos niños.
Antonio saludó al grupo.
—Buenas tardes, ¿les molesta si me instalo por aquí?
—Adelante, amigo —dijo una señora señalando el terreno—, todo suyo.
Allí pasaría la primera noche. La comida que había llevado consistía
en dos bolsas de pan de sándwich y varias latas de jamón y atún para
untar, de eso consistió su almuerzo. Cuando oscureció, uno de los
hombres se apiadó de Antonio y le ofreció un plato de pasta para la
cena. La salsa era enlatada, pero de todas formas era mejor que lo
que llevaba Antonio en su bolso. Uno de los hombres cocinó la pasta
poniendo una parrilla entre cuatro piedras. Los niños buscaron
varios palos de unos treinta a cuarenta centímetros de largo, los
limpiaron y se los entregaron a una de las mujeres. Ella hizo una
mezcla de harina de trigo y sal, y enrolló una tira de masa sobre
cada uno de los palos. Uno a uno, los niños los sostuvieron sobre el
fuego. Cuando se hubieron cocinado, la mujer cortó un limón y lo
esparció sobre los panes.
—¿Has probado el pan del camino? —le preguntó a Antonio,
ofreciéndole uno. Era mucho mejor que el pan comercial que él había
traído consigo.
A la mañana siguiente, después de que le ofrecieran una deliciosa
taza de café, Antonio recogió sus cosas, se despidió y siguió con su
rumbo. La familia se quedaría una noche más allí, los hombres le
habían dicho que no habían ido a recorrer el Camino de los
Holandeses, sino a acampar junto al río.
Al cabo de andar por varias horas, haciendo alguna parada para
descansar, Antonio llegó al primer puente. Desde arriba no parecía
la gran cosa, simplemente el camino era interrumpido por un
precipicio en cuyo fondo cruzaba el río. Bajó por unas escalinatas
de tierra esculpidas de forma rudimentaria apoyándose en las raíces
de un árbol. Desde abajo podía apreciarse la antigua estructura de
piedras que quedaban de lo que otrora fuera un puente. Era una vista
hermosa e impresionante. Las rocas pintadas de moho y fango eran
invadidas por raíces y todo un ecosistema de insectos. Antonio
sintió un escalofrío al contemplar las ruinas, se imaginó toda la
gente que habría sido necesaria para construir aquello con sus
herramientas y conocimientos preindustriales. Eran hombres que
desafiaban la naturaleza, guerreros, dispuestos a jugarse la vida y
perderse lejos del hogar en tierras inexploradas. Todos ellos habían
perdido la vida, de forma misteriosa, en un camino que Antonio
pretendía sortear sin ayuda de nadie. Los tiempos habían cambiado
tanto desde entonces. Ahora, en pleno siglo XXI, expuesto a la misma
naturaleza que se tragara a esos hombres mejor capacitados que él,
Antonio no veía razón para preocuparse.
El río no le llegaba a las rodillas, por lo que pudo cruzarlo con
facilidad. En lo sucesivo el río quedaría a mano izquierda del
camino, porque el próximo puente no atravesaba exactamente al río
sino a uno de sus afluentes. Retomado el rumbo, Antonio calculó
cuánto tardaría en llegar al segundo campamento. Al paso que iba,
arribaría ya entrada la noche. Quizás no debió perder tanto tiempo
esperando por el café en la mañana. El camino era muy angosto, y la
vertiente demasiado empinada como para acampar antes de llegar al
claro. No se dio prisa, el esfuerzo hubiera sido en vano, igual se
haría oscuro.
Bien entrada la tarde, Antonio se sentó a descansar. Ya empezaba a
ponerse oscuro, en la montaña, donde el sol entraba con tanta
dificultad, anochecía temprano. Dejó su bolso colgado de una rama y
bajó hasta el río, en aquel lugar el río formaba un pozo profundo
del que sobresalía una enorme piedra en el centro. Tomó un trago de
agua y vació lo que quedaba en la cantimplora, para luego llenarla
con agua fresca. Al volver se encontró a un armadillo junto al
camino, hurgando un matorral. Sacó su teléfono y le tomó una foto.
Miró cómo había quedado y quiso enviársela a su novia, pero en la
montaña no había señal; tendría que esperar a volver al pueblo.
Siguió su camino.
Algunos minutos más tarde, tuvo un pensamiento repentino, le parecía
que en la foto el armadillo se estaba comiendo una flor.
—Qué raro —pensó—, a ver.
Sacó el teléfono y buscó la foto: no había ninguna flor. En aquel
momento se acordó de que no había traído las flores con él. Su novia
le había dado dos flores. Antonio podía ofrecer la suya a quien
quisiera, la otra era para ofrecerla a la memoria de la abuela de su
novia. Ambas flores se habían quedado en la casa de Ernesto, el
amigo que no se había enfermado, donde se habían reunido la noche
anterior los tres amigos y sus parejas.
—¿Y ahora de dónde saco yo otra flor?
Recordó la imagen que le había llegado a la mente del armadillo. ¿En
verdad lo habría visto comiéndose una flor aunque no saliera en la
foto? Por un momento no supo si seguir adelante o volver. No
recordaba haber visto flores en todo el camino. No quería hacer el
recorrido sin enterrar una flor, no se consideraba supersticioso
pero todo ese asunto sobre sufrir una desgracia si no enterraba una
flor le causaba intranquilidad. Oscurecía, pero igual decidió
volver.
Al poco reconoció el árbol donde había colgado su bolso momentos
atrás. Miró por todas partes y no halló ninguna flor. Todavía no era
de noche, pero se hizo la oscuridad. Sacó su linterna y siguió
buscando. Quizás había visto la flor cuando bajó al río.
—O quizás no viste nada y te lo estás imaginando todo —se dijo en
voz baja.
Sabía que lo mejor era olvidarlo y seguir su camino, pero antes de
tomar una decisión ya iba caminando cuesta abajo, hacia el río. Bajó
con dificultad, tropezándose con las ramas que se le atravesaban,
dado que la linterna no podía alumbrar al mismo tiempo allí donde
pisaba y cuanto tenía al frente. Llegado a la orilla del río, se
puso a buscar con la linterna. Luego alumbró la enorme piedra en
medio del pozo y sobre ella le pareció ver una cosa pequeña y
amarilla. ¿Podría ser una flor? Desde la orilla no podía saberlo. Le
tomó una foto con su teléfono, que relampagueó, iluminándolo todo
por un segundo.
Para llegar a la piedra tendría que nadar, el pozo era profundo y no
había luz. Como tenía dos linternas, colocó una sobre unas ramas,
apuntando hacia la roca; no iluminaba mucho, pero para un caso de
emergencia cumpliría su función. Se quitó la ropa y entró al agua
llevando la otra linterna, tratando de no mojarla. A medio camino se
dio cuenta de que el objeto no solo era una flor, sino un tulipán
amarillo. Como Antonio no sabía nada de flores, no se preguntó cómo
podría haber llegado hasta allí el tulipán. Siguió nadando y alcanzó
la piedra, era resbalosa y difícil de trepar. Subió a ella y no
encontró el tulipán. Allí se dio cuenta que la linterna que dejara
en la orilla se había caído de las ramas y se había apagado. Apuntó
el agua con la otra linterna y le pareció ver al tulipán flotar a lo
lejos, ¿lo habría tropezado? Apenas lo vio, resbaló y dejó caer la
linterna que, por ser ligera y de plástico, se fue flotando con la
corriente. Quedó sumergido en la oscuridad absoluta, sobre una roca
en medio del río.
¿Qué hacer ahora? Nadar hacia la orilla parecía la mejor opción,
pero, ¿y si no lo lograba? Si era arrastrado por la corriente en la
oscuridad podría terminar ahogado. También podría lograrlo y no
conseguir sus cosas, en cuyo caso tendría que pasar la noche a la
intemperie. No sabía si habían animales peligrosos allí afuera. En
la isla no habían osos, ni felinos grandes, pero podía picarlo una
serpiente venenosa o ser atacado por una rata o algo así. Quizás se
vería forzado a pasar la noche en la piedra. Tenía hambre y tenía
frío, también sentía miedo. Se arrepintió de haber ido solo a los
Riscos de los Tulipanes.
Se puso a cantar para pasar el rato. Los ruidos de la naturaleza,
que en otras circunstancias le parecían tan agradables, ahora lo
atormentaban.
—Maldito río —decía una y otra vez—. Malditos grillos. Malditos
pajarracos, ¿a qué hora se piensan ir a dormir?
Los minutos se sucedían con angustiosa lentitud. Antonio tiritaba de
frío, cosa que le había hecho olvidarse del hambre. Una y otra vez
estuvo a punto de saltar al agua, estaba seguro que era justo lo que
debía hacer, en la orilla estaría mejor que allí en la piedra.
—Todo por culpa de una estúpida flor.
Pensó que lo que estaba pasando podía tratarse de la maldición de
los holandeses. Temía por su vida, porque corría verdadero peligro
de ahogarse o sufrir algún otro accidente, y temía a las cosas que
se ocultaban en la oscuridad, acechando, quizás desde otros planos
de existencia. Le pareció escuchar un grito.
—Podría ser un mono —pensó.
No sabía si habían monos en la montaña. Podía haber sido algún otro
animal. Allí estaba de nuevo el grito. El corazón de Antonio quería
saltar de su pecho. Le parecía ver sombras entre las sombras,
figuras humanas, los holandeses quizá. Se restregaba los ojos y veía
las mismas cosas con los ojos cerrados que abiertos. Temblaba, y ya
no sabía si era por el frío o el temor. ¿Qué hora sería? ¿Habría
pasado ya la media noche? ¿Cuánto tiempo más podría soportar allí?
Persistían allí las negras siluetas contra la negrura de una noche
de novilunio en la que la vegetación se había devorado a las
estrellas, como también se había devorado a aquellos holandeses
cientos de años atrás. ¿Eran ellos? ¿Los muertos? ¡Debían serlo! ¿A
qué maldita cosa esperaban entonces allí tan tranquilos? ¿A verlo
morirse de frío? ¿Morirse de miedo? ¿Caer y ahogarse? La mente de
Antonio era un tornado en el que dominaba todo cuanto había de
maldad allí afuera aguardando para robarle el alma. Sus pensamientos
se hacían incoherentes, paranoicos. Trató de ponerse en pie, se
resbaló y cayó al agua.
Se golpeó la espalda contra la roca y su frío se acrecentó al
contacto con el agua helada. Se imaginó que los holandeses muertos
tiraban de sus piernas para llevárselo hasta el fondo, salió a la
superficie a toda prisa y nadó desesperado sin saber a dónde se
dirigía. Al cabo de algunos minutos angustiosos sintió el contacto
de las finas piedrecillas de la orilla. Salió del agua y cayó de
rodillas. No quería volver la vista. Podía sentir la mirada de los
holandeses furiosos de haberlo dejado escapar. Pero no había ningún
holandés, no había ningún muerto, salvo en la mente de Antonio. Al
cabo de un rato, hurgando por la orilla, encontró la linterna y con
la ayuda de ésta el bolso. Miró su teléfono. Apenas eran las diez y
media de la noche. Se secó y vistió apresuradamente. Comió. Y como
pasara el tiempo, se fue tranquilizando y adormeciendo. Se quedó
dormido en la orilla, al murmullo de la corriente del río que tanto
pesar le había causado.
A la mañana siguiente decidió volver a casa, se detuvo en el primer
campamento donde le invitaron el almuerzo y contó lo que le había
sucedido la noche anterior. Luego bajó la montaña. En el autobús
revisó las fotos y le envió a su novia la del armadillo. En la foto
de la piedra en medio del pozo no logró ver ningún tulipán.La perrita que un día dejó de contar
RETO 17. Lunes de géneros locos.
Escribir un relato que encaje en el género «romántico, matemático,
canino».
LA PERRITA QUE UN DÍA DEJÓ DE CONTAR
Eloy y Gastón habían decidido que no querían adoptar hijos, pero
sentían que el apartamento estaba muy solo y le hacía falta vida. Al
principio lo llenaron de plantas: potos, con sus hojas manchadas de
amarillo; lirios de la paz, en macetas blancas que hacían juego con
las flores; sábila, con sus propiedades medicinales; costillas de
Adán, de grandes hojas llenas de agujeros; y muchas otras más. Eloy
terminó ocupándose de todas cuando Gastón resultó ser muy olvidadizo
los días que le tocaba atender a las plantas.
A pesar de toda esta decoración, que brindó al hogar considerable
belleza, el apartamento seguía sintiéndose frío y silencioso,
solitario, necesitaba algo que le diera vida. Así optaron una mañana
por ir al refugio de animales. Volvieron habiendo adoptado Eloy una
perrita a la que puso como nombre Dulce y Gastón una gata que llamó
Bombón. Los animales se llevaron bien desde un principio, aunque a
la hora de las comidas se hizo necesario encerrar a Dulce para que
no se comiera también el alimento de Bombón.
Gastón era un diseñador que trabajaba haciendo logotipos y páginas
web. Eloy era un profesor de matemáticas de una escuela primaria.
Durante los días en que la COVID-19 forzó a muchísimas personas a
trabajar desde el hogar, mientras Gastón seguía con su vida laboral
como si nada, dado que llevaba años trabajando en casa, Eloy terminó
dando clases por internet. Fue una mañana, enseñando a sumar a sus
alumnos más pequeños, que descubrió algo curiosísimo acerca de la
perrita Dulce. Cada vez que hacía les hacía una pregunta a los
estudiantes, la perrita ladraba.
—Disculpen —dijo, ya cansado de las interrupciones de Dulce—. Voy a
llevar a la perrita a otra habitación.
—Pero señor Eloy —dijo una niñita que era muy inteligente—, la
perrita está contando.
—¿Contando?
—Sí, cuando usted nos pregunta, ella responde.
Eloy no estaba convencido, quiso poner a prueba a Dulce.
—A ver... ¿cuánto es dos más dos?
La perrita ladró cuadro veces. Los niños en la pantalla se rieron
divertidos.
—¿Cuánto es cinco más uno?
La perrita ladró seis veces. Más risas. ¡Era cierto! ¡La perrita
sabía sumar! Y eso no era todo, también podía restar y multiplicar,
aunque presentaba dificultad para dividir.
Cuando las restricciones de la pandemia se fueron suavizando y se
hizo posible volver a socializar, Dulce se convirtió en la atracción
principal de todas las reuniones en el apartamento de Eloy y Gastón.
Todos querían ver a la perrita matemática hacer sus trucos, excepto
Gastón, que no tenía mucho interés en las cosas que podían hacer los
perros. Eloy fue invitado a un canal local de noticias donde
demostró para el deleite de todos los televidentes las habilidades
de Dulce. Esta modesta notoriedad consiguió que la perrita
apareciera en un comercial para una marca de alimento para perros.
La perrita tuvo su propia cuenta de Instagram y de YouTube, que
manejaba Eloy, pero no atrajo muchos subscriptores. La fama terminó
yéndose como había venido, de forma rápida e inesperada.
Eventualmente las cosas volvieron a la normalidad. Eloy seguía
divirtiéndose con la inusual inteligencia de Dulce, mientras que
Gastón continuaba siendo tan indiferente a todo el asunto como lo
era su gata Bombón.
Una mañana Dulce no respondió a las preguntas matemáticas de Eloy,
parecía haber perdido de golpe sus habilidades. La perrita parecía
entristecida y había perdido el apetito.
—¿Qué podrá estarle ocurriendo? —preguntó Eloy.
—Yo qué sé —dijo Gastón con su concentración puesta en la pantalla
de su MacBook Pro de dieciséis pulgadas.
—¿Puedes prestar atención por un minuto?
Gastón hizo algunos clics, cerró la laptop, se quitó las gafas y se
dispuso a escuchar.
—Dime.
—Algo le pasa a Dulce, no quiere comer y no quiere sumar y parece
estar triste.
—Puede que esté enferma, llevémosla al veterinario.
—Sí, puede ser. Maneja tú, ¿sí?
El médico veterinario no encontró nada de qué preocuparse, tomó
muestras de sangre y de orina, y mandó dejar descansar a la perrita,
mantenerla bajo observación y asegurarse de que consumiera líquido.
—Si no toma agua, se la pueden dar con una jeringa —dijo.
En la tarde llamaron de la clínica para decir que la perrita había
salido bien en los exámenes de laboratorio.
—¿Estará deprimida? —preguntó Eloy.
—Quizás está enamorada —dijo Gastón.
—¿Tú crees?
—¿Ha estado Dulce en contacto con otros perros?
—Sí, la contadora del piso siete adoptó un perrito y ayer Dulce y él
se conocieron. ¿Será por eso que anda así?
—Aquí, tú eres el de la mente científica, Eloy, anda y pon a prueba
la hipótesis.
La contadora del piso siete aceptó dejar jugar a los perros, Dulce
se reanimó apenas entró, parecía muy contenta.
—Señora —dijo Eloy—, creo que mi Dulce se ha enamorado de su
perrito.
Desde entonces los perritos fueron inseparables y cuando estuvieron
más grandes tuvieron cachorros, y uno de ellos también fue un perro
matemático.
—No sabía que los perros podían enamorarse —dijo Eloy una tarde,
mientras regaba los lirios.
—Yo tampoco —dijo Gastón—, y me parece muy bien... pero todavía me
gustan más los gatos.Crónica de mi visita a la ferretería y cómo desaté el apocalipsis zombi
RETO 18. Martes de géneros aledaños.
Escribir una crónica sobre uno de los siguientes temas:
1.- Crónica de la batalla de los dentistas.
2.- Crónica de mi visita a la ferretería y cómo desaté el
apocalipsis zombi.
CRÓNICA DE MI VISITA A LA FERRETERÍA Y CÓMO DESATÉ EL APOCALIPSIS
ZOMBI.
En la mañana del lunes 17 de Octubre de 2022, tras una noche de
incesante lluvia, quedó al descubierto un alambre en el patio de mi
casa. Excavé con mis manos alrededor del alambre sin conseguir
progresar mucho. Mi curiosidad por este objeto era muy grande, por
lo que decidí ir a la ferretería y comprarme una pala.
Mi esposa me dijo que estaba loco, que dejara el bendito alambre en
paz, que no podíamos estar gastando en herramientas que no
necesitábamos y que más bien me vistiera y llevara los niños al
colegio.
Dejé a los niños antes de las 7:00 AM, ellos se despidieron de forma
grosera, haciéndome pasar una vergüenza frente al portero, como
suelen hacerlo. Es porque yo no soy su padre. Cuando conocí a su
madre, ella ya venía con los niños incluidos. Nunca nos hemos
llevado bien los niños y yo, no puedo esperar a que crezcan y se
marchen de mi casa, pero mejor volvamos al tema de aquel alambre en
mi patio.
Como la ferretería no abría las puertas hasta las 8:00 AM, me puse a
pasear. Iba a pie, había llevado a los niños caminando... mejor no
hablemos de ellos de nuevo, al menos no todavía. El asunto es que
una vez me estrellé contra una casa por andar conduciendo en estado
de ebriedad, no me hice daño pero me gané sesenta días de trabajo
comunitario y me revocaron la licencia para conducir por un lapso de
dos años de los que ya cumplí uno.
A las 7:15 AM aproximadamente me encontré al señor José en la
esquina del semáforo, frente a la ferretería. Le conté sobre mi
descubrimiento en el patio de mi casa y me dijo que dejara eso así,
que seguro era algo que había instalado el gobierno para espiarme.
Yo le dije que de ser así prefería sacar el dichoso alambre y lo que
quiera que estuviera unido a él para que no me espiaran más.
Empezamos a discutir. La gente se nos quedaba mirando. El señor José
solía vender periódicos en esa misma esquina, cuando la gente
compraba esas cosas. Yo nunca le compré uno, pero a veces hablaba
con él. Ahora el señor José se dedicaba a pedir limosna en su
antigua sede de trabajo, es decir, en la esquina del semáforo. Así
como nunca le compré un periódico, nunca le di una limosna. Era por
su bien. Si le iba mal de mendigo, quizás se buscara un trabajo. No
era como si le faltaran los brazos o las piernas, no trabajaba
porque estaba resentido de que le había ido mal con los periódicos.
Pero ya me he desviado otra vez del tema de esta crónica.
Después de reñir con el mendigo José, hicimos las paces y le ofrecí
llevarle una cerveza que nunca le llevé. ¿Para qué quiere el señor
José andar bebiendo cerveza a las siete y pico de la mañana? ¡Ah,
sí! ¡El alambre de mi patio!
Cuando abrió la ferretería, a las 8:22 AM, entré y me quejé de que
abrieran tan tarde y luego compré mi pala con el dinero que tenía
para la comida de la semana. Pensaba que quizás, si no le daba mucho
uso, podría regresarla y comprar la comida. Pero ya no la pienso
regresar, con todo el rollo del apocalipsis y eso. ¿Ya para qué?
Así pues concluye la «crónica de mi visita a la ferretería». Ahora
vamos a la parte buena, he aquí la «crónica del alambre en mi
patio», también conocida como la «crónica de cómo empecé el
apocalipsis zombi».
Con mi pala en mano, antes de volver a casa y ocuparme del alambre,
le eché al mendigo José el susto de su vida. Luego le dije que era
en broma, que nunca le haría daño con una pala. Supongo que,
considerando lo que ocurrió después, él hubiera preferido que lo
hubiera matado a palazos. Lo invité a ayudarme con el alambre, yo
creo que accedió por la única razón de que pensaba que le iba a
ofrecer allí la cerveza que le había prometido. Se ajustó los
pantalones que siempre se le bajaban, José andaba por ahí mostrando
el trasero todo el tiempo sin darse cuenta, y nos pusimos en marcha.
Llegados a mi casa, mi esposa me llamó aparte y me preguntó que si
estaba loco llevando a un recoge latas a la casa. Yo le expliqué que
el reciclaje del aluminio era un trabajo digno y que José era un
vago que no trabajaba ni en algo tan fácil como eso. También tuve
que explicarle que la pala era de José, porque si le decía que me
había gastado en ella el dinero de la comida me hubiera matado.
Igual no creo que me creyera el cuento. Me gritó algunas cosas que
no entendí bien, mi mente estaba en el dichoso alambre. Quizás el
alambre era una pista para desenterrar un cofre lleno de monedas de
oro. Antiguamente la gente enterraba dinero en los patios. No sé si
era porque no había bancos o porque la gente no confiaba en ellos,
yo no sé mucho de la historia del dinero, sólo sé que me gusta
tenerlo en mis manos... las pocas veces que eso ocurre. Pero ya me
estoy desviando del alambre otra vez. Y tendré que desviarme una vez
más porque se me olvidó decir algo antes. Yo sé que esto rompe el
orden cronológico de mi crónica, pero hay que remediar la falta a
pesar de que hacerlo desmejore mi obra. Igual los zombis no son
lectores muy exigentes, creo yo. En fin, lo que se me había olvidado
decir era que en el camino de vuelta pasamos por la casa en la que
me estrellé el año anterior, cuando andaba borracho al volante, y lo
que quería decir es que le conté la historia al mendigo José y él me
dijo que en esa casa buscaba los periódicos que vendía. Es decir,
que yo me había estrellado contra su sede de trabajo... aunque no
fue por culpa mía que la gente empezó a leer las noticias por
Twitter, dejando a José sin trabajo, además que cuando el accidente,
José ya llevaba más de diez años mendigando en la esquina del
semáforo. Que quede claro. Y sí, yo sé que antes del apocalipsis
todavía se imprimían periódicos, pero ya no era igual, si no me
creen pregúntenle al zombi José.
En fin. A las 9:45 AM aproximadamente... y digo aproximadamente
porque yo no soy de las personas que andan viendo la hora a cada
momento. Yo me imagino que esa era la hora, pero no podría saberlo
con exactitud. Me disculparán por eso. Hablando de disculpar... no,
olvídenlo, esa historia es muy larga, mejor seguimos con el asunto
del alambre.
En fin, otra vez. A las 9:45 AM aproximadamente nos hallábamos el
vago de José y yo frente al bendito alambre que la lluvia había
dejado al descubierto en el patio de mi casa. Le di la pala a José y
le dije que empezara a cavar mientras yo iba a preguntarle algo a mi
esposa. Por supuesto, no fui a preguntarle nada a nadie sino que me
senté en el sofá un rato a esperar a que José hiciera todo el
trabajo... que buena falta ya le hacía trabajar a ese vago.
Cuando volví, como a las 10:00 AM, me encontré que el alambre
sobresalía mucho más, pero José no había hecho un buen trabajo. Le
dije que se fuera a descansar al sofá y me iba a poner a seguir
cavando cuando escuché a mi esposa gritarle al pobre José. Mi
esposa, quizás con justificación, no quería que el mendigo José se
sentara en el sofá con el trasero al descubierto (porque se le
habían bajado los pantalones), así que después de gritarle un rato
en ese tono chillón suyo que hace difícil comprender las palabras
que dice, fue a buscar unos periódicos viejos para forrar el sofá,
de modo que el mendigo pudiera sentarse allí con el trasero como
quisiera llevarlo. Y sí, en mi casa seguíamos malgastando el dinero
en periódicos, ironía que a José seguro no se le escapó, a juzgar
por la mirada que me echó.
Ya no sé ni qué hora sería cuando volví al patio y en lugar de
cavar, tomé el alambre, me lo enrollé en una mano y tiré de él con
todas mis fuerzas. Algo se activó allí, bajo la tierra húmeda, y
soltó un chorro de vapor violáceo, de naturaleza desconocida para
mí, y con olor a sándalo mezclado con uvas rancias. Digo uvas porque
el gas era morado, pero en verdad no sabría cómo describir ese olor.
Para ser honesto, yo no sé a qué huele una uva rancia. De sándalo sí
tenía un toque el gas asqueroso ése, pero bien podría ser que yo me
confundiera por los inciensos de mi esposa que apestaban la casa
entera.
Tras toser incontrolablemente por varios minutos, volví al interior
y me senté en el sofá junto a José. Me preguntó si quería que él
fuera a seguir cavando, pero no le respondí. Mi mente estaba
enfocada en otros asuntos, tenía un hambre como jamás había
experimentado. De pronto José no parecía tanto un sucio pordiosero
sino un suculento platillo. No pude evitar darle un mordisco o dos.
De inmediato se volvió zombi y, al hacerlo, perdió el buen sabor.
Entre ambos llenamos a mi esposa de mordiscos, hasta volverla zombi.
¿Por qué sabían mal los zombis? No me lo pregunten a mí, yo no tengo
la menor idea. Al mediodía llegaron los niños y los recibí de lo más
contento a dentelladas. Luego la familia y el mendigo se marcharon a
sembrar el caos. Así empezó el apocalipsis. Mientras tanto yo, que
consideraba los hechos actuales de suma importancia para la historia
de la humanidad, decidí saciar mi hambre en otro momento y
entregarme, más bien, a empezar esta crónica que ya, por fin, ha
llegado al final.Manual para hacer de tu posible nueva pareja una fiel luchadora por nuestra causa
RETO 19. Miércoles de estructuras
novedosas.
Escribir un relato basado en lo siguiente: De cita a ciegas a plan
terrorista en siete platillos.
MANUAL PARA HACER DE TU POSIBLE NUEVA PAREJA UNA FIEL LUCHADORA POR
NUESTRA CAUSA.
Estimado adepto de los Profetas del Fin del Universo, ¿estás cansado
de que esa cita a ciegas te llame loco o terrorista? ¿te irrita que
se refieran a nuestra congregación como un culto simplemente porque
deseamos acelerar el fin del universo por medio de explosivos
estratégicamente detonados en lugares públicos? ¿Te causa angustia
tener que explicarle tus creencias a una persona laica? ¡Pues ya va
siendo hora de que aprendas a hacer de esa cita a ciegas todo un
proceso de reclutamiento! Con nuestro manual lograrás que esa
persona especial no sólo se interese en ti, sino que acepte ponerse
un abrigo de TNT y volar por los aires en un centro comercial.
Paso 1.
Así como un menú de degustación no debería empezar por los platos
pesados ni los platos calientes, tú no puedes empezar tu cita
hablando de armas de fuego y explosivos. Deja salir tu lado
inocente, muestra a la persona que hay detrás de la AK-47 con una
dulce sonrisa.
Paso 2.
El aperitivo es tu tarjeta de presentación, dice mucho de ti y de lo
que se puede esperar de ti. No compliques las cosas hablando del fin
del universo, empieza con temas de conversación triviales y fáciles
de digerir. Asegúrate de silenciar el teléfono móvil, ya tendrás
tiempo después para leer en las noticias dónde han explotado los
adeptos del día. Cuando sea tu turno de explotar y volver a ser uno
con el universo, no querrías que tu apoteosis le arruine la cita a
un hermano adepto, entonces no dejes que las apoteosis de los demás
arruinen tu cita.
Paso 3.
Así como has aprendido a escuchar las conversaciones de los
políticos cuyos teléfonos tenemos intervenidos, y has aprendido a
sacar de esas conversaciones los detalles sucios que nos permiten
chantajearlos, de la misma manera deberás prestar oídos a lo que
dice tu posible pareja. Si la escuchas con atención, en lugar de
interrumpir a cada momento con anécdotas de las últimas torturas que
has cometido, podrás eventualmente ganarte su corazón... y luego
hacerlo estallar por ti. Así que escúchala. Y demuéstrale que has
escuchado.
Paso 4.
Indaga. Ahora que tienes su atención y has demostrado que sabes
escuchar, es hora de buscar aquellos detalles íntimos que te abrirán
las puertas de la manipulación. Esta persona, ¿ha pasado por una
separación que la ha hecho sentir sola? ¿Ha perdido algún familiar
recientemente? Allí es cuando mencionas al Templo, de pasada, como
cualquier cosa, y le dices que se especializa en ayudar a personas
que tienen justamente los problemas de los que te ha hablado. Hazle
sentir que el Templo le hará bien. Pero no le hables todavía del
bien que le hará acabar con la vida de decenas de almas en una
gloriosa explosión. Recuerda, una persona desesperada creerá en
cualquiera que le prometa el camino a la felicidad.
Paso 5.
Una vez que esa persona especial haya accedido visitar el Templo, ya
la tienes en tus manos. Recuerda, su devoción tendrá que reforzarse
una y otra vez. Cuéntale el bien que te ha hecho el Templo. Háblale
de la bondad de los Profetas del Fin del Universo. Prométele una
felicidad sin límites. Explícale cómo viviríamos en un mundo mejor
si más personas obtuvieran los beneficios de unirse al Templo. Hazlo
todo con una sonrisa, así esa sonrisa se hará contagiosa.
Paso 6.
Ya casi has llegado a donde querías. Ya has pasado por el aperitivo
y todas las entradas ligeras. Es hora de un plato fuerte. Aquí es
cuando vas a enseñarle a tu posible pareja la parte fea del mundo en
el que vive, las razones por las que el Templo es la única
alternativa. Todo cuanto hay de malo en la humanidad, como bien
sabemos, se lleva a cabo por personas que no pertenecen al Templo,
por lo cual es muy sencillo deducir que todo lo bueno se le debe al
Templo. Esto es lo que tu pareja tiene que entender. Háblale de
cosas que podrían quitarle el sueño, del hambre, de las guerras, de
la maldad humana. Adviértele que todas las personas son vulnerables
y pueden terminar formando parte del mal, excepto aquellos que se
unen al Templo. ¿Qué podría preferir esa persona: la maldad y la
desdicha que reinan en el mundo o la felicidad del Templo de los
Profetas del Fin del Universo?
Paso 7.
¡Felicidades! ¡Lo has logrado! Con los pasos anteriores has
conseguido que esa persona especial quiera ingresar al Templo. Ya
luego podrás enseñarle a torturar, pinchar teléfonos, construir
explosivos, y eventualmente: ¡lo has adivinado!... ¡volarse en
pedazos!
Ahora, después de esas conversaciones profundas, podría buen momento
para preguntarle su color favorito o su signo del zodiaco. Es hora,
querido adepto, de que te comas un merecido postre y disfrutes del
resto de tu cita.La boda de Joaquina la Asesina
III. Tres encuentros en un hotel
RETO 21. Viernes de excesos.
Exceso de miel. Relatar una escena amorosa / sensual / erótica
empalagosa como de una telenovela.
LA BODA DE JOAQUINA LA ASESINA
III. TRES ENCUENTROS EN UN HOTEL
Jaime Inarraza, el hermano de Joaquina que estaba secretamente
enamorado de Ana Belén Cuervo, también conocida como la
reencarnación de Consuelo Cerdeño, se hallaba escondido detrás de
una cortina. Escuchaba una conversación.
—Tengo que hablarte sobre asuntos que se revelaron durante la cena
de anoche —dijo Joaquina—. He reservado una habitación en el Hotel
La Miel, te espero en la recepción esta tarde a las dos en punto.
Al finalizar la llamada, Joaquina salió de la casa. Jaime esperó a
oír el motor del automóvil para salir de su escondite, pero antes de
hacerlo, vio aparecer a su hermana Dulcina, la amante de Ana Belén
Cuervo. Ella también había estado escondida, escuchando la
conversación.
—Hotel La Miel, ¿eh? —dijo Dulcina mientras se sobaba las manos como
quien maquina fechorías— Pues allí estaré.
Cuando la segunda hermana hizo su salida, Jaime pensó que por fin
sería seguro abandonar su escondite detrás de las cortinas. Al salir
venía entrando Dorotea, la cocinera.
—Muchacho, ¿qué hacías metido allí dentro?
—Ni una palabra a nadie, porque si no... —Jaime se pasó el dedo por
el cuello, imitando la manera de amenazar de su hermano Alejandro.
Lejos de asustarse, Dorotea empezó a reír.
—Muchacho, ¡tú sí inventas!
Algunas horas más tarde, Joaquina, que había estado sentada en la
recepción del hotel, se puso de pie cuando vio llegar a Ana Belén,
su prometida. La recibió con un frío beso en la mejilla.
—Tenemos que hablar —dijo—, vayamos a la habitación.
Cuando las mujeres entraron al elevador, Dulcina, que las había
estado espiando, fue a preguntar en qué habitación se había
hospedado su hermana. Tras persuadir al empleado del hotel de
revelar la información confidencial, haciéndole saber con qué
familia estaba tratando, Dulcina pidió una habitación contigua a la
de su hermana. Tomó su llave y desapareció tras las puertas del
elevador.
En aquel momento, Jaime, que había estado espiando a sus dos
hermanas, se quitó el sombrero, la peluca y las gafas con las que
iba disfrazado y fue a hablar con el mismo empleado, repitió las
mismas amenazas, haciéndole saber que pertenecía a la misma familia
que Dulcina, y otra habitación adyacente a la de Joaquina. Jaime
volvió a cubrir su cabeza con la peluca, sombrero y gafas, por si
acaso, y subió al doceavo piso. Una vez en su habitación tomó su
estetoscopio (iba disfrazado de médico y llevaba el instrumento al
cuello), lo colocó contra la pared y empezó a escuchar.
Dulcina, que no había ideado su plan tan minuciosamente como su
hermano, no sabía qué hacer ahora. Salió a la terraza y descubrió
que era posible trepar hasta la de Joaquina. Así hizo. Allí,
escondida, podía observar todo lo que ocurría en la habitación.
—Dulcina lo ha contado todo —dijo Joaquina.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Ana Belén, fingiendo estar
sorprendida.
—Que me engañas con ella. Ahora toda la familia lo sabe.
Ana Belén estaba al tanto: habiendo estado escondida en un baúl
cerca de la mesa durante la cena, había escuchado toda la
conversación de la familia.
—Es verdad, pero no ha sido mi culpa.
—¿Ah sí? ¿Y cómo es que no ha sido tu culpa, miserable infeliz?
—No he sido yo, Consuelo Cerdeño reencarnada, la que ha tenido el
romance, ha sido el residuo de quien yo era antes, Ana Belén, la
culpable de todo. Nunca te he sido infiel, fue Ana Belén la que se
enamoró de tu hermana.
Ana Belén jugaba con fuego. No era ninguna Consuelo reencarnada, era
una oportunista que buscaba contraer matrimonio con una psicópata
cuya fortuna era imposible de calcular. Había cometido el error de
enamorarse de la hermana de su víctima; de haber conocido a Dulcina
primero todo se habría evitado, se habría casado con ella en lugar
de Joaquina. Pero ya el daño estaba hecho, ahora tenía que tener
cuidado con sus movidas, dar un paso en falso podría terminar
costándole la vida.
Joaquina estuvo pensativa por unos minutos.
—Ven aquí —dijo.
—¿Me perdonas?
—Ven.
Joaquina atrajo a su prometida tomándola de las manos. Comenzó a
darle pequeños besos por su cuello, con una dulzura poco
característica en ella.
—Tomaré eso como un sí —dijo Ana Belén.
Joaquina le daba la espalda a la terraza, circunstancia que
aprovechó Dulcina para llamar la atención de Ana Belén. Cuando la
supuesta reencarnación de Consuelo descubrió a su amante haciéndole
señas desde la terraza, su corazón se aceleró. Devolvió a Joaquina
sus besos pensando en Dulcina, dedicándole a su amante miradas
furtivas que le hacían saber que cada beso era para ella y para
nadie más.
Joaquina, que nunca había sido besada de aquella manera, se sintió
especial y envolvió a Ana Belén en caricias y besos a lo largo de su
cuello y su rostro que fueron acercándose cada vez más a los labios,
jugueteando, sin llegar a tocarlos todavía. Entonces un suave y
corto beso en la boca. Joaquina tomó las manos de Ana Belén y quiso
llevarla a la cama, pero ésta no quería alejarse de la terraza,
donde se hallaba el verdadero centro de su atención.
—Vamos, ven conmigo —dijo Joaquina.
—Ve tú y ponte cómoda, déjame tomar aire unos segundos en la
terraza.
—Te acompaño.
—No, ten paciencia.
Cuando logró desembarazarse de Joaquina, Ana Belén se fue a la
terraza a encontrarse con su amada. Se besaron apasionadamente, sin
caricias, sin dulzura.
—Así es que me gusta que me besen —dijo Ana Belén.
—Escápate conmigo —dijo Dulcina, deja que la bruja de mi hermana se
quede esperando para nada.
Más besos, junto a manos que recorrían los lugares más íntimos.
—No puedo. Mira. Escúchame. Tenemos que separarnos por un tiempo.
Después de la boda buscaremos la manera de deshacernos de Joaquina
de forma definitiva.
—Yo no puedo esperar, la idea de imaginarte junto a Joaquina me
vuelve loca.
—Tendrás que esperar, si hacemos una movida en este momento tu
familia no nos perdonará. El momento llegará.
Jaime no podía escuchar la conversación de la terraza con su
estetoscopio. Tampoco se imaginaba que Dulcina había tenido la
osadía de meterse en la terraza de la habitación de Joaquina. Se
rascó la cabeza preguntándose qué estaría ocurriendo. Se tomó de un
solo trago todo el contenido de una botella diminuta de ron que sacó
del mini bar. Se secó la boca con la manga de su bata de médico y
colocó el estetoscopio contra la pared para seguir intentando
escuchar.
—¿Me extrañaste? —preguntó Ana Belén, que volvía de la terraza tras
besar violentamente a su amante una vez más.
—Mucho, ven aquí.
Joaquina recibió a su prometida con caricias y la hizo acostarse
boca abajo en la cama. Se colocó sobre ella y le hizo masajes en la
espalda.
—¿Te gusta?
—Sí —respondió Ana Belén con sinceridad, le caía bien el masaje.
Joaquina siguió masajeando con una mano y buscó con la otra entre
las sábanas; sacó su puñal.
Se agachó para susurrarle al oído.
—Te he perdonado, Consuelo, pero no perdono a Ana Belén.
Clavó el puñal en la espalda de su prometida y tapó su cabeza con la
almohada, para ahogar sus gritos.
En la habitación contigua, Jaime, por los sonidos que le llegaron
antes de que Joaquina los silenciara con la almohada, supo lo que
había pasado. Cayó de rodillas y lloró en silencio.
Joaquina se separó del cadáver y lo contempló mientras recuperaba la
calma interior.
—Ya te reencarnarás de nuevo, Consuelo, la boda sigue. En cuanto a
ti, Ana Belén... como te reencarnes en otro cuerpo, te volveré a
hacer lo mismo que ahorita, cuantas veces sea necesario.
Cuando Joaquina se hubo marchado. Jaime recobró las fuerzas y se
asomó a la terraza, contemplando ponerle fin a su vida para reunirse
con la mujer que amaba. Allí vio que sería sencillo saltar a la
habitación de Joaquina. Lo consiguió, con enorme torpeza. Buscó el
cuerpo sin vida de Ana Belén y se acostó a su lado, le sacó el puñal
del cuerpo y lo arrojó a un lado. Besó sus ojos apagados, besó su
frente, besó su boca fría, le acarició el rostro, y al rato se quedó
dormido, entre sollozos. Así fue encontrado, lleno de sangre,
abrazado a Ana Belén. Fue arrestado y acusado por el asesinato, no
hizo ningún intento por aclarar los hechos y culpar a Joaquina, ya
no le importaba nada.
(Continuará en el relato del reto 28)El fabricante de quesos que un día descubrió que
uno de sus quesos había matado a una diva de la ópera
RETO 22. Sábado de personajes improbables.
Escribir un relato basado en el título: «El fabricante de quesos que
un día descubrió que uno de sus quesos había matado a una diva de la
ópera».
EL FABRICANTE DE QUESOS QUE UN DÍA DESCUBRIÓ QUE UNO DE SUS QUESOS
HABÍA MATADO A UNA DIVA DE LA ÓPERA
Don Arsenio Gondorillas, el dueño de la Panadería Gondorillas,
además de hacer pan, hacía unos quesos muy finos. Don Arsenio era un
amante de la ópera. A lo largo de los años había entablado buenas
relaciones con la directiva de la orquesta. Para cada función le
encargaban un número de bandejas (que dependía de los requerimientos
instrumentales de cada obra) de quesos variados que se le ofrecían a
los músicos durante los intermedios. El coro y los cantantes
solistas no comían nada ni inmediatamente antes ni durante una
presentación; y las raras veces que alguno lo hacía, se aseguraba de
evitar los quesos, así que Don Arsenio no tenía que preocuparse por
ellos. Había una sola excepción a esta peculiaridad: la cantante
Alegra Andreina Folgueira.
Alegra era una extraordinaria soprano dramática de coloratura,
admirable rareza entre las sopranos, que había alcanzado renombre
con mucha rapidez tras su primera presentación pública en el rol de
Norma. La diva Folgueira tenía una debilidad: su amor por los
quesos. Cuando se presentaba en el teatro, siempre se le podía ver
en los intermedios junto a las bandejas de Don Arsenio, con quien
había trabado estrecha amistad. El director de la orquesta, el
maestro Horacio Fuentes, quien tenía un gran sentido del humor, se
refería a ella en broma (y a sus espaldas) como la gallina
Gondorillas, porque siempre andaba tras Arsenio buscando qué picar
de su mano.
—¿Qué me tienes? —preguntaba Alegra cada vez que veía a su amigo, y
don Arsenio siempre le entregaba una caja con algún queso exquisito
para disfrutarlo en casa.
Don Arsenio Gondorillas estaba secretamente enamorado de Alegra, a
pesar de que ella era una mujer casada. Pensaba que el camino al
corazón de su amada se abría por el paladar. Cuando le entregaba
aquellas decoradas cajas de cartón conteniendo sus mejores quesos,
era como entregarle flores o una caja de bombones. Ello no obstante,
todas sus intenciones pasaban desapercibidas; Alegra no captaba los
mensajes ocultos, no leía nada romántico en los obsequios ni en el
lenguaje corporal de Arsenio. Esta inocencia no hacía más que
ensanchar el afecto que él le tenía.
El sábado 22 de octubre, durante el primer acto de La Flauta Mágica,
Alegra Folgueira, en su papel de La Reina de la Noche, había estado
en un principio conmovedora y luego extraordinaria y brillante en su
ejecución de la primera de sus arias: O Zittre Nicht. El público,
entre los que se encontraba don Arsenio Gondorillas, había aplaudido
durante varios minutos. Concluido el acto, la diva fue directo hacia
la bandeja de quesos, allí se encontró con don Arsenio.
—¿Qué me tienes hoy?
—Señora, ha estado usted espectacular esta noche. No puedo esperar a
oírla cantar Der Hölle Rache en el próximo acto.
—Gracias, pero, a ver, ¿qué me has traído hoy?
—Es algo especial, algo nuevo, todavía no sé cómo llamarlo. Pero si
es de su gusto, ¿sería un atrevimiento bautizarlo como «queso
Folgueira», en honor suyo?
—¡Qué ocurrencias! ¡Pues claro que le puedes poner mi nombre! Pero
esto no puede esperar hasta llegar a mi casa, ¡tengo que probarlo en
este instante!
Minutos más tarde, antes de empezar el segundo acto, la cantante
estaba siendo atendida por el médico del teatro. La mujer sudaba
copiosamente, temblaba y se retorcía del dolor. Se había llamado una
ambulancia.
El maestro Fuentes había decidido reemplazar a Alegra con una
talentosa cantante del coro que se sabía el papel y cortar por
completo el aria Der Hölle Rache kocht in meinem Herzen, para el que
la cantante no estaba preparada.
—¿Qué le has hecho a mi gallina, Gondorillas? —preguntó el director.
Luego prosiguió en broma— ¿no me dirás que de ahora en adelante
tendremos que llamarte don Arsénico?
Después de la función, el director se enteró de que la cantante
había llegado sin vida a la sala de emergencias. Ya no se sentía con
ganas de bromear.
Devastado, don Arsenio, no podía soportar el sentimiento de culpa.
¿Qué había salido mal con el queso nuevo que había creado? ¿Cómo
pudo haberle causado la muerte a la cantante? ¿Se habría contaminado
de alguna manera? No lo sabía. De todas formas averiguarlo no
cambiaría nada, el daño estaba hecho. Decidió acompañar a su amada
sufriendo el mismo destino. Tomó un trozo de queso y pasó por todo
el mismo sufrimiento que le había provocado a Alegra. Luego todo se
puso negro, pensó que la muerte llegaba.
Arsenio se despertó en una cama del hospital. Su hermana lo visitaba
en aquel momento.
—Dicen que estuviste muerto por unos segundos —dijo la mujer—. Lo
mismito que le pasó a la cantante esa que te gusta a ti de la ópera.
—¿Qué quieres decir?
Su hermana le explicó que la mujer había sido declarada muerta,
había llegado sin signos vitales, y cuando iban a preparar su cuerpo
se había levantado.
—Así mismo —dijo su hermana—, ¡se paró pegando gritos como una loca!
Arsenio averiguó que la cantante se hallaba hospitalizada allí, así
que se dirigió a su habitación para disculparse. Nunca había estado
tan avergonzado. La cantante aceptó las disculpas.
—El tarado de mi marido todavía no ha venido a visitarme —dijo
Alegra—. Los que sí vinieron fueron unos señores de la prensa y me
tomaron una foto, salgo mostrando mi certificado de defunción.
Alegra rió. Arsenio se sentía muy mal por lo ocurrido como para
poder reír.
—Ya, don Arsenio, deje el drama para nosotras las cantantes. Le diré
una cosa, el dolor y el susto que me hizo pasar fue una cosa del
infierno, pero ese queso... ¡estaba divino! Le voy a ordenar dos
kilos en lo que salga de aquí.El grito de Julio César
RETO 23. Domingo de estados de ánimo
específicos.
Escribir un relato que transmita el siguiente estado de ánimo:
Risita nerviosa de «oh, Dios mío, no puedo creer que dijo eso en voz
alta y ahora cómo reacciono ante toda esta gente».
EL GRITO DE JULIO CÉSAR
—¡Maldito ladrón! —le gritó Julio César a Pata Blanca, el gato, a
pesar de que éste no le había robado nada.
—¡Julio César! —gritó Judith, la madre del niño— ¡¿Qué te dije yo?!
—Que no dijera maldito ladrón.
—Y tú sigues diciéndolo a cada rato. Como te vuelva a escuchar
diciendo eso, muchachito, te voy a castigar, ya vas a ver —amenazó
la mujer mientras señalaba con su dedo índice.
—¿Dijo maldito ladrón? —preguntó Roberto, el padre del niño, con la
boca llena mientras entraba desde la cocina con un sándwich en la
mano.
—Este niño me va a volver loca.
Roberto tragó. Pata Blanca empezó a frotarse contra sus piernas y le
obsequió alguno que otro maullido lastimero.
—Es una etapa, ya se le pasará.
Judith le dedicó una mirada malhumorada a su esposo.
—Ya escuchaste a tu mamá, Julio, así que pórtate bien.
—Sí, papá —dijo el niño, extendiendo las vocales.
Pata Blanca, tras haberse convencido de que Roberto no tenía
intenciones de compartir su comida, salió del comedor en busca de
algún lugar tranquilo donde poder echarse una siesta. Julio César se
fue atrás del gato para no dejarlo dormir.
—¿Quieres probar? —dijo Roberto, ofreciéndole un mordisco a su
esposa.
Judith ignoró la pregunta y dijo:
—Claudio viene esta tarde.
—¿Te va a pagar, por fin?
—No, viene a llevarse otra camisa. Dice que me pagará las dos lo más
pronto posible.
—¡Maldito Ladrón! —escucharon al niño gritarle desde la habitación a
quién sabe qué cosa o ser vivo.
—Ya no puedo con este niño. ¿No te lo quieres llevar esta tarde
contigo?
—Imposible, Juan y yo vamos a estar ocupados trabajando y Mariana no
estará allí antes de las cinco. Sería un peligro dejar al niño
suelto entre las herramientas de carpintería sin nadie que lo
supervise.
Ni Roberto ni Juan eran carpinteros. Se habían comprado las
herramientas sin saber cómo usarlas y andaban de lo más
entusiasmados construyendo los módulos para la cocina del nuevo
apartamento de Juan. Todo lo hacían siguiendo vídeos con tutoriales.
El apartamento era un desastre: había tablas y herramientas por
todas partes, el suelo y el aire estaban llenos de aserrín, y los
módulos terminados permanecían sin ser instalados. Judith bromeaba
diciéndoles que estaba sorprendida de que todavía ninguno de ellos
hubiera perdido un dedo o un ojo. Roberto decía que al terminar con
el apartamento podían renovar la cocina de su casa, cosa que Judith
no pensaba permitir.
—Está bien —dijo ella—. Bueno, diviértanse jugando con sus juguetes
nuevos.
Judith se quedó pensativa. Otro día de la semana hubiera podido
dejar a Julio César con la abuela, pero la mamá de Judith se reunía
los domingos para echar unas partidas de póker con sus viejas
amigas. No quedaba más remedio que recibir a Claudio con el niño en
casa.
Claudio era el hermano menor de Judith y siempre había sido el
consentido de la familia. Estaba acostumbrado a salirse con la suya
y nada le preocupaba. ¿Que se había quedado otra vez sin empleo?
¡Pues mientras su esposa Anita cubriera los gastos, ya encontraría
tiempo para buscar uno nuevo! ¿Que no había comida en la casa? ¡Pues
se iría con su esposa a comerse la comida de su madre! ¿Que no le
había pagado la camisa a Judith desde hacía un mes? ¡Pues ahora le
debería dos! Su esposa, su madre y su hermana se lo perdonaban todo.
Alguna vez Roberto le dijo a Judith que desaprobaba la conducta de
su hermano, Judith no sólo le hizo tragarse sus palabras sino que lo
hizo sentirse como el villano de la historia; desde entonces no
volvió a tocar el tema, ni siquiera ahora que Claudio les debía
dinero.
—Escúchame bien Julio César —el niño dejó de molestar al gato, que
golpeaba sin cesar el mueble con la cola para mostrar su enfado—. Va
a venir tu tío Claudio. ¡Cuidadito como se te escapen esas palabras
que te la pasas repitiendo todo el tiempo! Porque si te escucho una
sola vez mientras tu tío nos visita, te voy a dar por esa boca.
¿Entendido?
—Sí mamá, no diré maldito ladrón.
—¡Te dije que no dijeras esas palabras!
—Pero es que mi tío no ha llegado.
Temprano en la tarde Roberto partió para seguir ayudando a Juan con
su cocina. Claudio llegó media hora después, acompañado de su esposa
Anita y de su hijo Enrique.
—¡Ay Judith! Por favor encierra a ese gato, que me da de todo.
Anita le tenía miedo a los gatos... y a los perros... y a todos los
demás animales, pequeños y grandes por igual.
Judith encerró al gato en su habitación.
—No te vayas a subir a la cama, Pata Blanca —le dijo al amargado
animal, aunque sabía que después lo encontraría durmiendo sobre su
almohada. Luego se dirigió al armario del pasillo y se puso a buscar
entre la mercancía varias camisas de la talla de Anita. Judith
vendía ropa femenina por Internet, aunque no le había ido muy bien
con el negocio.
—Mira que bello ese búho —dijo Anita señalando un adorno de cristal,
mientras su cuñada buscaba las camisas—. ¿No se te parece a
Enriquito?
—Ay, mamá, no empieces... —dijo Enrique.
El hijo de Claudio y Anita era un joven de diecinueve años; odiaba
que lo llamaran Enriquito. Su mamá se la pasaba comparándolo con
búhos, porque tenía los ojos grandes y saltones.
—¿Te gusta el pájaro ése? —dijo Claudio indiferente— Si quieres le
pregunto a Judith a ver si me lo regala.
—¿Y dónde voy a poner yo eso? Está muy bonito pero yo no lo quiero.
—¿No quieres qué cosa? —preguntó Judith, que había vuelto con las
camisas.
—Nada, cuñi. ¡Pero qué belleza esas camisas! —dijo sin haber visto
las camisas.
—Ven, vamos para que las veas bien aquí en la mesa.
Judith esparció las camisas en un orden impecable. Anita las fue
agarrando, estirando, arrugando y soltando en completo desorden. No
terminaba Judith de doblar una cuando su cuñada había desordenado
dos más. Cuando Anita terminó de verlas todas, empezó otra vez por
la primera; esta vez Judith no se molestó en ordenarlas, lo haría
después.
—Hermana, ¿no nos ofreces ni un café?
—Disúlpame, Claudio, enseguida te traigo uno. ¿Tú quieres uno
también Enriquito?
—Sí, tía, pero no me digas Enriquito.
—Al bobo éste le da pena —dijo Claudio—, cualquiera cree que ahora
es todo un señor.
—No llames bobo a Enriquito, mi amor —dijo Anita.
—¡No me llames Enriquito, mamá!
—¿Tú quieres café, Anita?
—No, cuñi, gracias.
Enrique se cruzó de brazos, malhumorado. Claudio cogió el búho de
cristal y se puso a compararlo con su hijo, a ver si de verdad se le
parecía. Anita siguió mirando las camisas, sin decidirse cuál quería
comprar, o mejor dicho: llevarse sin pagar.
Julio César, que había estado distraído con la televisión, se
decidió ir a ver qué eran todas esas voces en el comedor. Estuvo a
punto de gritar «¡maldito ladrón!», cuando vio a sus familiares,
pero su mamá, que volvía con dos olorosas tazas de café recién
colado, interrumpió sus pensamientos.
—¡Julio César! Muchachito, ¿tú no saludas?
—Hola tío Claudio. Hola tía Ana. Hola Enriquito.
—No me digas Enriquito.
—Guau —dijo Claudio—, ¡pero qué grande estás tú, chico!
Anita saludó con una mano sin decir nada; así como no le gustaban
los animales, tampoco le gustaban los niños. Julio César no vio el
saludo porque su tío había salido corriendo para cargarlo, tirarlo
por los aires y atraparlo sin dejarlo caer al suelo. Julio César se
divertía mucho con esos juegos.
—Tío Claudio —dijo, cuando por fin se vio libre— te voy a decir una
cosa...
Judith le lanzó a su hijo una mirada que le atravesó el alma.
—¿Qué cosa?
—No, nada, tío. No te iba a decir nada.
Judith asintió repetidas veces, mirando a Julio César con una
expresión que quería decir «más te vale». Entregó a su hermano y a
su sobrino las respectivas tazas de café y fue a ver si Anita había
tomado alguna decisión.
—¿Qué estás viendo, tía Ana?
—Cosas de adultos —dijo Anita—. Anda a jugar con tu tío, anda ve.
Julio César sintió unas ganas enormes de gritarle «¡maldito ladrón!»
a su tía, pero sabía que se metería en problemas.
Anita seguía mirando las camisas sin llegar a decidirse.
—¿Estás segura que no tienes más?
—Completamente. Estas son todas las que tengo de tu talla.
—¿No puedes mostrarme unas diferentes aunque sean más grandes?
Julio César se había quedado mirando a su primo, al cabo de un
minuto le dijo:
—Enriquito, mi ma...
—No me llames así —interrumpió el joven.
—Mi mamá me dio unos juguetes que eran tuyos.
—¿Ah, sí? ¿Qué juguetes?
—Un robot que no tiene pilas, un monopolio que no tiene fichas y un
yoyo que sí está completo.
—¿Un yoyo? —Enrique se puso de pie y se dirigió a Anita— Mamá, ¿tú
regalaste mi yoyo? ¿Con qué permiso?
—Ay, pero si tú nunca juegas con eso.
—Eso no importa, ese yoyo no era tuyo como para que lo estés
regalando.
—No era mío, pero yo lo compré con mi dinero, así que se lo regalo a
quien yo quiera.
—Yo no sé, yo quiero mi yoyo.
Judith obligó a Julio César a buscar el yoyo y retornárselo a su
primo. El niño lo devolvió con los ojos aguados. Sentía las palabras
«¡maldito ladrón!» atascadas en su garganta, queriendo escapar a
toda costa. Pero guardó silencio. En su lugar dejó salir algunas
lágrimas y luego fue a encerrarse junto al gato en la habitación de
su mamá.
Cerca de las cuatro de la tarde Roberto y Juan terminaron de
ensamblar el último módulo. Pensaban ahora pasar a la instalación.
Primero limpiaron la cocina y echaron toda la suciedad a la sala,
luego buscaron las herramientas y se percataron de que les faltaba
el nivel, sin el cual no podrían colocar los módulos de forma
correcta. Buscaron la herramienta por todo el apartamento, sin
conseguirla.
—El nivel debe estar en mi casa —dijo Roberto—. Si quieres vamos a
buscarlo y nos tomamos unas cervezas.
Los dos pseudocarpinteros fueron a comprar unas cervezas en el
abasto que estaba frente al edificio. Mientras esperaban en línea
para pagar, Roberto llamó a su esposa para avisarle que estarían
allí en unos minutos.
—¿Algo malo? —preguntó Juan al ver la expresión de su amigo.
—No, es sólo que mi cuñado y su familia están en la casa y hubiera
preferido evitarlos. La cosa es que si esperamos a que se vayan
puede que se nos haga de noche, no sé hasta qué hora se piensan
quedar allí, y si no terminamos de instalar los módulos hoy habrá
que esperar hasta el próximo fin de semana.
—Bueno, entramos y salimos, todo rápido, si quieres te espero
afuera.
Cuando estaban saliendo en la minivan, vieron que Mariana, la esposa
de Juan, se estaba bajando de un autobús en la parada de la esquina.
Aparcaron junto a ella.
—Pero qué belleza la suya, señorita —dijo Juan, fingiendo no conocer
a su esposa—, ¿no necesita usted a un hombre que la comprenda y le
lleve flores?
—¡Ja! Cualquiera diría que eres todo un caballero de esos que llevan
flores. Quien no te conozca que te compre. ¿A dónde van?
—A buscar una cosa en la casa de Roberto, volvemos rápido.
—Los acompaño.
—¿Y eso?
—Claro —dijo Mariana bromeando—, tú quieres que yo entre al
apartamento, vea el desastre y para cuando vuelvas a se me haya
pasado el mal rato. No. Entraremos juntos y así te echo un buen
regaño con la mala impresión fresca.
Roberto entró solo a su casa mientras que Juan y Mariana se quedaron
en la minivan. En lo que Judith se enteró de que estaban todos
afuera, salió y los invitó a tomarse un café.
—Gracias, pero eso sí, un cafecito rápido y nos vamos —dijo Juan—,
porque si no se nos van a calentar las cervezas y ahora es que nos
queda trabajo por hacer en el apartamento.
Después de introducir a los nuevos invitados y repartir café para
todos, Judith se puso a hacerle recomendaciones a Anita, a ver si se
decidía de una buena vez por una de las camisas.
Cuando escuchó que llegó Juan, Julio César salió de su encierro,
dejando libre al gato sin darse cuenta, para saludar. El niño le
tenía mucha simpatía a Juan y quería decirle en secreto «¡maldito
ladrón!» para que viera la nueva frase que había aprendido. Pensaba
que a Juan seguro le gustaría oír eso, él no era como Judith, que se
enojaba por cualquier cosa.
Cuando el gato Pata Blanca hizo su entrada en el comedor, Anita
entró en pánico.
—¡El gato! ¡El gato! —gritó y se subió a una silla, con las manos
puestas sobre Judith para no perder el equilibrio.
—¡Roberto, encierra a Pata Blanca! —gritó Judith, a quien su cuñada
le causaba dolor tirándole del pelo.
Cuando Roberto volvió de encerrar al gato, Juan y su esposa se
pusieron de pie.
—Bueno, creo que nosotros ya tenemos que irnos. Gracias por el café,
Judith, estaba muy bueno.
A Julio César le temblaban las manos, necesitaba gritar sus adoradas
palabras y hacía mucho que no lo hacía. No sabía cuánto más podía
resistir. Judith se dio cuenta y lo amenazó en silencio, agitando el
dedo índice.
—Nosotros también deberíamos irnos yendo —dijo Claudio, poniéndose
de pie—. ¿Ya te decidiste por una camisa, cariño?
—Bueno —dijo Anita y agarró aire— me gustan ésta, ésta y ésta. ¿No
te molesta si me llevo las tres, verdad cuñi?
Roberto suspiró malhumorado, pero fingió indiferencia, se despidió y
salió con el nivel en la mano.
Anita cogió sus tres camisas y salieron. En el jardín de la casa
estaban todos reunidos. Juan y Mariana esperaban por Roberto,
recostados contra la minivan cerca de la entrada. Anita, Enrique y
Claudio cruzaron la angosta calle hacia el lugar en donde habían
aparcado.
—Se lleva tres camisas y todavía no ha pagado la anterior —le
susurró Roberto a su amigo.
—Qué sinvergüenza —respondió Juan.
Mientras Julio César miraba a sus tíos y primo cruzar la calle, le
temblaba el cuerpo entero, había llegado al límite. Miró a su madre,
que se despedía, miró a su padre que hablaba con Juan. Nadie
reparaba en él. No pudo aguantarlo más y gritó con todas sus
fuerzas:
—Tío Claudio: ¡Maldito ladrón!
Roberto y Juan estallaron en carcajadas. Mariana disimuló la risa
tapándose la boca. Judith quedó en estado de shock. Claudio arrancó
los vestidos de la mano de su esposa y cruzó furioso la calle.
—Aquí están tus camisas —le dijo a su hermana y se las puso en los
brazos. Se metió la mano en el bolsillo y sacó unos billetes
arrugados—. A ver, siete, nueve, ¡diez! Aquí está lo que te debía.
No me vuelvas a vender nada.
—Pero, pero... —dijo Judith sin saber qué más decir.
—¡Mi mamá se va enterar de cómo estás educando a tu hijo y de las
cosas que dicen en tu casa a espaldas de uno! Adiós.
Claudio cruzó nuevamente la calle, su hijo se había quedado afuera
del automóvil por si acaso su padre y su tío Roberto se iban a los
puños. Su madre, avergonzada, había entrado y se tapaba la cara con
unos papeles que sacó de la guantera.
—¡Súbete, Enriquito, nos vamos!
—¡No me llames Enriquito!
Juan y su esposa se miraron incómodos.
—Entonces... ¿El próximo fin de semana? —dijo Juan.
—El próximo fin —dijo Roberto.
—Mamá —dijo Julio César—, mamá... ¿estás molesta?
Judith estaba que no hallaba qué hacer o qué decir, su cara de
vergüenza pasó a una sonriente expresión de locura. Su esposo la
miró y le dijo:
—Al menos ya nos pagó.Los hermanos y la lluvia
RETO 24. Lunes de géneros locos.
Escribir un relato que encaje en el género «Religioso floral con
toques de samuráis».
LOS HERMANOS Y LA LLUVIA
Los hermanos Sato eran los nietos de inmigrantes japoneses que
habían llegado a la isla durante la segunda guerra mundial. La
familia empezó su nueva vida en el Caribe con muchas dificultades,
habiendo trabajado en un principio como vendedores de cocos en un
cálido kiosco en la playa. Ahora los nietos de esos inmigrantes eran
dueños de la Constructora Sato, empresa que se había dedicado a
levantar numerosos condominios residenciales y que era mejor
conocida por haber edificado y administrado los principales centros
comerciales de la isla. Desde muy jóvenes, los hermanos se ganaron
una sólida reputación como filántropos, habiendo conseguido grandes
logros en el desarrollo de los sectores más empobrecidos del país.
Los medios de comunicación habían apodado a los hermanos Sato como
los hermanos Samurái, nombre que a ellos no le hacía gracia, y de
esta manera eran conocidos popularmente.
Para la inauguración del Centro Hospitalario Doctor Mateo Peña, la
más reciente obra de la Constructora Sato, se realizaba un enorme
arreglo floral en el salón donde se daría una conferencia de prensa.
Julián Sato, el menor de los hermanos, y el de mayor inclinación
artística, había diseñado y supervisaba el trabajo. Una infinidad de
hilos caían del techo a todo lo largo y ancho del salón, de estos
hilos colgarían cientos de pequeñas flores moradas y amarillas.
Rebeca Sato fue la primera de la familia que nació en la isla, sus
padres le pusieron el nombre de una isleña que los ayudó a
integrarse durante los primeros años. Rebeca también le puso nombres
locales a sus hijos, continuando con lo que se convertiría en una
tradición familiar. La dulce anciana estaba en la fase final de una
larga enfermedad, ya no podía caminar y tenía que usar oxígeno por
las noches para su apnea. Una tarde sus hijos fueron a buscarla y se
la llevaron al Centro Hospitalario que aún no había sido inaugurado.
La instalación de las flores había concluido. Julián abrió las
puertas del salón y su hermano, Ernesto, entró empujando la silla de
ruedas con Rebeca. Habían entrado a un mundo nuevo, se sentían como
si entraran a una lluvia de flores paralizada en el tiempo. Los
colores complementarios de violetas y amarillos de diversa tonalidad
y saturación formaban una pintoresca y muy grata visión. La anciana
se creía transportada a alguna vieja fábula, donde todo estaba
perfumado y recargado de colores. El salón ofrecía una fragancia
fresca y espectacular. La anciana lloró conmovida y agradeció a sus
hijos. Ernesto, que era un hombre de mucha fe, también se hallaba
emocionado, aquella instalación era para él toda una experiencia
espiritual. Julián sonreía complacido.
—¿Cómo puedes ver esto y no creer en nada?
A diferencia de Ernesto, devoto cristiano, Julián era un humanista
secular: no creía en dioses ni nada sobrenatural y veía la
espiritualidad como una experiencia humana que podía observarse y
ser explicada con el método científico. También él se hallaba
afectado por la belleza que había creado, pero no veía nada mágico
en ello, para él sus emociones no venían del alma sino de la
interpretación cerebral de estímulos sensoriales.
—Lo importante —le dijo a su hermano— es que podemos experimentar y
compartir este momento. Cada uno de nosotros lo interpretará a su
manera, y eso está bien. No estaremos juntos para siempre, y yo no
creo que la vida continúe después de nuestro paso por la tierra, así
que debemos aprovechar los días que nos tengamos unos a otros. Días
que, no importa cuántos sean, siempre serán muy pocos.
Los hermanos Samurái, uno creyente y otro no, se abrazaron
fraternalmente junto a su madre bajo una lluvia como ninguna otra.Fábula de la luna perezosa
RETO 25. Martes de géneros aledaños.
Escribir una fábula perversa, que deje un mal mensaje.
FÁBULA DE LA LUNA PEREZOSA
El sol estaba cansado de que la luna fuera tan perezosa.
—Despiértate, Luna —le decía—, ¿qué haces durmiendo a estas horas?
La luna siempre prometía que no volvería a dormirse cuando no debía,
pero nunca cumplía su palabra.
—Luna —le dijo cierta noche una nube que pasaba lenta y llenita de
agua—, si te sigues durmiendo cuando no debes, el sol te va a
castigar.
Pero la luna no le hizo caso y siguió durmiéndose cuando no le
correspondía.
—Luna —le dijo una vez el viento, que siempre cantaba triste el
dolor de haberse alejado del mar—, no deberías estar durmiendo a
estas horas, si el sol te descubre se va a enfurecer.
Pero la luna no quiso oír consejos y siguió durmiendo hasta que se
le quitó el sueño.
—Luna —le dijeron las estrellas mientras titilaban, unas con mayor
fuerza que otras, al ritmo de una música que solo ellas podían
percibir—, no puedes seguir siendo tan perezosa, debes ser razonable
y cumplir los horarios que te han dado.
Pero así como no podía escuchar la música de las estrellas, la luna
tampoco escuchó sus recomendaciones.
Cierta mañana en que el sol la encontró dormida, ya cansado de la
actitud de la luna, la despertó y le dijo:
—Luna, te he dado muchas oportunidades y tú sigues sin hacer caso.
De ahora en adelante te quitaré tu brillo como castigo y nunca más
tendrás luz propia.
Y así hizo. Pero la luna, que era astuta y siempre se salía con la
suya, aprendió a reflejar la luz del sol para que todos creyeran que
todavía podía brillar como antes. El sol, impresionado por la
artimaña, decidió dejarla tranquila y no volver a castigarla.
Todavía la luna sigue siendo perezosa y se queda dormida a deshoras,
por eso podemos verla algunas mañanas cuando ya debería haberse
ocultado.
MORALEJA
Si sigues tu corazón, aunque lo hagas con maldad, obtendrás dulces
resultados.El cuerpo
RETO 26. Miércoles de estructuras
novedosas.
Escribir un relato cuya estructura sea la observación de cada parte
del cuerpo humano.
EL CUERPO
Venían por ella, cargados de antorchas, armas, y funestas
intenciones. La vieja Begoña cerró con dificultad la enorme puerta
del calabozo, empujándola con el hombro. La habían acusado de bruja;
los días de andar a sus anchas por el envejecido y descuidado
palacio habían llegado a su fin. Ya no atraería más víctimas para
torturarlas o experimentar con ellas. Su vida corría grave peligro.
Arrojó de la mesa todos sus libros, papeles y frascos de vidrio
llenos de viscosas sustancias que al esparcirse por el suelo
arrojaron repugnantes aromas. Se levantó una polvareda, la
habitación no se había limpiado en siglos, todo estaba cubierto de
polvo y cenizas, de telarañas y bichos muertos. La mujer se acostó
en la mesa, cruzó las piernas, se cruzó de brazos, y empezó a
recitar palabras en una lengua que en esta Tierra sólo ella y sus
iguales conocían.
Escuchó cómo la turba enfurecida rompía la puerta de entrada, se
hallaban en el oscuro palacio, ya no tardarían en encontrarla. La
bruja Begoña siguió recitando, con los ojos cerrados, las mismas
frases misteriosas una y otra vez. Al cabo de algunos segundos
calló, su mente ya no estaba presente.
Abrió los ojos, vio un campo sembrado de trigo al claro moribundo de
una luna menguante. No podía sentir su cuerpo, sólo sus ojos
respondían, también experimentaba un cosquilleo en las mejillas. Y
luego... por fin... la boca comenzó a obedecerle. Sin perder tiempo
comenzó a pronunciar nuevas palabras infernales para proseguir con
la segunda parte del conjuro.
—¡Abajo! ¡Vengan todos! ¡Aquí hay una puerta cerrada!
Habían descubierto la entrada del calabozo. Una gran puerta de cedro
los separaba de su víctima; comenzaron a destrozarla con sus hachas.
El resto de la cabeza de la bruja había despertado, ya podía
escuchar y olfatear: le llegaron sonidos lejanos de la multitud que
se había quedado vigilante afuera del palacio. Le llegó también un
olor a tierra mojada y al montón de paja que formaba su nuevo
cuerpo. Despertó su cuello, lo movió para experimentar y luego se
quedó quieta, concentrada en recitar el conjuro; debía darse prisa
con eso.
Sus pies no tenían dedos, pero pudo sentir las briznas de paja
amontonadas dentro de unos zapatos rotos. La sensación se fue
extendiendo por las extremidades inferiores, pantorrillas, rodillas,
muslos, entrepierna. No tenía sexo, extrañaría los placeres
carnales, pero ¡qué importaba! No viviría dentro del espantapájaros
para siempre. Ya tendría tiempo de buscarse una campesina estúpida a
la que pudiera robarle el cuerpo.
—¡Esperen! —gritó uno de los hombres cuando hubieron logrado hacer
un pequeño orificio en la puerta. Se asomó, mientras los demás
aguardaban— ¡La veo! ¡Está allí! ¡Rápido! ¡Quitemos esta puerta del
medio!
Los dedos de la bruja, dentro de un viejo guante deshilachado,
fueron cobrando sensación y movilidad. No tenía huesos, no tenía
falanges ni carpo ni metacarpo, no tenía músculos ni tendones, sin
embargo sus manos podían abrirse y cerrarse por arte de hechicería
con fuerza sobrenatural. Despertaron sus antebrazos, codos, brazos y
hombros.
La puerta fue derribada y la multitud se abalanzó dentro del
calabozo. Rodearon la mesa donde reposaba la vieja Begoña. Uno de
los hombres levantó su hacha, dispuesto a cortarle la cabeza a la
anciana. Antes de dar el golpe fatal, el cuerpo de la bruja se
hinchó y estalló en una nube de polvo. Todos quedaron atemorizados
cuando vieron lo ocurrido. De la bruja no quedaron más que un cúmulo
de cenizas.
El conjuro había sido completado a tiempo. El torso del
espantapájaros despertó y Begoña tuvo posesión completa del cuerpo.
Saltó de la armazón de madera que la sostenía. Se estiró cuanto se
lo permitieron sus nuevas extremidades y partió, libre, pensando en
mil maneras de vengarse.La cinta de Moebius
RETO 27. Jueves de versiones de los
grandes.
Escribir un relato al estilo de Teoría del Cangrejo, de
Julio Cortázar, o reescribir el relato en el estilo propio.
LA CINTA DE MOEBIUS
A mis Escritubristas favoritos con mucho
Kenya Akronn agitó la pluma porque ya no salía bien la tinta, pero
en lugar de corregir el defecto dejó un manchón en el
El estrábico de Bella Vista tachó la palabra manchón, no le parecía
suficientemente poética. Mientras pensaba qué palabra usar, sonó la
alarma de su reloj. Era la hora de
El problema para Itzel Briseño era empezar una frase diciendo Era la
hora de, aquello no le convencía. Salvó el documento y apagó la
computadora. Ya lo cambiaría luego, en aquel momento tenía que
ocuparse del fantasma que había atrapado la noche anterior en el
armario, esta vez no se le escaparía, no le gustaba cuando se le
escapaban los
María José Rodriguez no quería usar la palabra escapaban tan cerca
de escaparía, ¡eso había que cambiarlo! Antes de que se le ocurriera
qué sinónimo emplear, sus dos gatos tumbaron el tintero manchando
todo el
¿No había dicho ya que se había manchado el... y ahora que los gatos
mancharon todo el...? Con esas redundancias no podía terminar el
reto del Escritubre, por lo que E.b. Barahas borró el texto que
había escrito en la aplicación del teléfono móvil. Cuando lo iba a
corregir recibió un llamada, era ella, la chica misteriosa del otro
día; le había dado su número pensando que jamás llamaría, pero
—¿Y ahora qué puedo decir de esa chica misteriosa? —se preguntó
Sebastián Luque, llevándose los dedos a la frente. El problema con
ese personaje era que no había sido planeado desde un principio, ni
siquiera tenía un nombre. Para ponerle un nombre, primero había que
Lorena no pudo continuar la frase, aquello no iba a ningún lugar,
era mejor empezarlo todo de nuevo, pero primero quería ir a la
montaña y después preparar el reto del Escritubre del día siguente,
así que sacó el papel de la máquina de escribir, lo arrojó a la
papelera convertido en una esfera arrugada, y dejó un mensaje para
sus Escritubristas en la
Krugos no pudo continuar, Escritubristas ni siquiera era una palabra
de verdad. Bueno, ¡qué diablos!, igual la usaría. Escribió:
A mis Escritubristas favoritos con muchoLa boda de Joaquina la Asesina
IV. La masacre
RETO 28. Viernes de excesos.
Exceso de salsa cátsup y acción. Algo salió mal en la boda de
Joaquina la Asesina. Hacer un reportaje amarillista sobre la boda.
LA BODA DE JOAQUINA LA ASESINA
IV. LA MASACRE
Artículo tomado del periódico El Curioso Ciudadano, con fecha 31 de
octubre de 2022.
Una familia destruida. Una comunidad de luto. Pistolas humeantes. Un
puñal ensangrentado. Una mujer llamada Joaquina. Ella era la hija
del jefe de la mafia. Ella creía que se casaría con la segunda
reencarnación de su prometida, pero terminó casándose... ¡con un
destino implacable!
Damas y caballeros, nuestro ilustre periódico, ha investigado a
fondo los hechos ocurridos el pasado viernes 28 de este sangriento
octubre, y ahora se enorgullece de dar a conocer todo cuanto hemos
descubierto, con lujo de detalles.
Todo comenzó hace unos cuatro años, cuando Consuelo Cerdeño, quien
era nada menos que la hija de nuestro anterior Procurador General,
apareció asesinada de la forma más brutal imaginable (torturada,
desfigurada y con los órganos internos hechos todo un revoltillo).
Sólo por haber aceptado tomar en matrimonio la mano de Joaquina la
Asesina.
Tres años y siete meses más tarde, otra víctima: Ana Belén Cuervo,
también conocida como la primera reencarnación de Consuelo Cerdeño,
fue hallada sin vida en un hotel junto a su asesino, el infame Jaime
Gregorio Inarraza, hijo del despreciable Gregorio (padre) Inarraza,
y hermano de la pandilla de presuntos psicópatas que eran Joaquina
alias La Asesina, Dulcina alias La Loca, Gregorio (hijo) alias El
Goyo, Raúl Gregorio alias El Refinado y Alejandro Gregorio alias El
Menor.
28 de octubre del presente año. Joaquina la Asesina, no contenta con
haber enterrado a sus dos prometidas anteriores, prosiguió con sus
funestos planes de boda, reemplazando a la difunta Ana Belén Cuervo
por una nueva reencarnación de Consuelo Cerdeño (en lo sucesivo,
dado que esta mujer sigue sin ser identificada, nos referiremos a
ella como Consuelo III). La boda, organizada por la conocida
planificadora iraní Aridai Ahmadi, se llevaba a cabo en un salón que
había sido decorado para parecer una iglesia. Dicen algunos testigos
que la endemoniada familia de mafiosos estaba tan cargada de pecados
que sus miembros se negaban a entrar en una iglesia de verdad. La
falsa iglesia recibió a varias de las más importantes familias de la
isla, incluyendo fiscales, jueces, banqueros, empresarios, políticos
y otros jefes de la mafia. Pocos saldrían con vida de esa boda.
Todo iba bien hasta que Dulcina, junto a sus hermanos Raúl y
Alejandro Inarraza, quienes no habían sido invitados, hicieron acto
de presencia. Aconteció que Dulcina tenía un romance con Consuelo
III (se dice que también lo tuvo con las otras Consuelos) y quería
evitar la boda de Joaquina.
No está claro quién disparó primero, lo cierto es que se armó una
balacera entre Dulcina, Raúl y Alejandro, por un lado y Joaquina y
Goyo por el otro. A estos se unieron otros soldados de la familia,
algunos por un bando y otros por el contrario. Un grupo de soldados
y guardaespaldas del padre de Joaquina en principio no sabían qué
hacer, pero cuando don Gregorio se puso a dispararle a sus hijos sin
importar de qué bando estaban, los criminales siguieron el ejemplo.
Las balas quebraban cristales, mesas, sillas, cráneos y otros huesos
por igual. La sangre salpicaba en todas las direcciones. La abuela
de Joaquina la Asesina, la canalla Doménica Andrade, que había
tenido el mal gusto de presentarse a la boda con un vestido blanco,
salió con un vestido rojo y llena de agujeros. Sin distinción
alguna, poco a poco fueron cayendo los invitados inocentes y los
miembros de la mafia.
Alejandro acribilló a su hermano Goyo con una metralleta, abriéndole
un agujero en la panza a través del cual se podía mirar lo que había
atrás. Satisfecho de sus actos inhumanos, murió con una sonrisa
cuando su propio padre le voló la tapa de los sesos.
Raúl le arrojó una granada a su padre, pero como lo tenía tan cerca,
ocasionó también su propia muerte. Trozos de Raúl, de Gregorio
(padre) y de otros invitados saltaron por todos lados y cayeron como
una lluvia asquerosa de jamón endiablado.
Joaquina la Asesina, tras haber asesinado a todo el que tenía a la
vista, se quedó sin balas y sacó su puñal. Lo primero que hizo fue
rebanarle el cuello a Consuelo III, sabiendo que igual podría
buscarse a una Consuelo IV en otra oportunidad. Desconsolada, es
decir, sin más reencarnaciones de Consuelo, Joaquina corrió hacia su
planificadora de bodas y le dijo que después de aquel desastre jamás
la volvería a contratar. Aridai empezó a disculparse, diciendo que
no era culpa suya que la familia de la novia adoptara esas
conductas, pero no pudo terminar de decir lo que tenía planeado
porque Joaquina le atravesó el corazón con su puñal.
Dulcina, que también se había quedado sin balas, al ver que Joaquina
había matado a Consuelo III, sacó sus dagas y corrió a enfrentar a
su hermana, quien ya había terminado con la planificadora iraní. Las
hermanas lucharon y se hicieron muchos cortes hasta que empezaron a
fatigarse por la pérdida de sangre. El piso estaba todo rojo y
resbaloso. Las hermanas cayeron sobre el charco, moribundas. Dulcina
le tomó la pálida mano a su hermana y dijo:
—¿Me perdonas?
Joaquina se soltó la mano y respondió, justo antes de morir:
—¡Ni de coña!
Al final de la velada, solamente quedó en pie una persona: Dorotea,
la cocinera de la familia Inarraza; cuando nuestro corresponsal
habló con ella, estaba bañada en sangre ajena y se quejaba de que la
comida que habían servido (con la excepción de la ensalada de
repollo) no era tan buena como la suya. Al pedirle su opinión sobre
lo ocurrido, se limitó a decir:
—Eso de Consuelo no era ninguna reencarnación, nadie reencarna en
alguien que ya nació hace tiempo. Debió haber sido más bien una
posesión, quizás Consuelo era como los demonios, que se le meten a
la gente. ¿Ya probó la ensalada? La hice yo.El loro parlante que un día dejó de hablar para siempre
RETO 29. Sábado de personajes improbables.
Escribir un relato basado en el título: «El loro parlante que un día
dejó de hablar para siempre».
EL LORO PARLANTE QUE UN DÍA DEJÓ DE HABLAR PARA SIEMPRE.
Como todos saben, los loros no hablan. Algunas especies pueden
repetir ciertas palabras que escuchan, pero eso es todo. Chicho era
distinto, él sí podía hablar. Chicho era tan parlanchín que a veces
no me dejaba dormir, de tantas preguntas que hacía. El loro quería
saberlo todo, no había un tema por el que no sintiera gran interés.
Como el pobre no podía leer, se pasaba el día poniéndome a
investigar por Internet. Un día preguntaba sobre Ruanda, al
siguiente quería saber sobre la revolución francesa, otro día
requería algunos párrafos sobre la construcción de una catedral y
muchas veces me ponía a leerle a Esopo (tenía cierta fijación por
las fábulas, quizás porque le interesaba conocer sobre otros
animales que también podían hablar).
—Hola, Pedro —decía con su voz aguda y rasposa cada vez que quería
algo.
—¿Qué quieres ahora, Chicho?
—¿Qué es un flujo piroclástico?
—¡Qué sé yo! ¿Para qué quieres saber eso?
—Lo escuché en las noticias sobre el volcán.
En la isla había un volcán, el Monte Perroquet, que había presentado
signos de una posible erupción; un pueblo entero había sido
evacuado. Nosotros vivíamos lejos de la zona de peligro, pero Chicho
tenía mucho interés en el asunto desde que se había enterado que el
nombre del volcán significaba loro en francés.
—¿Hay loros en el Monte Perroquet? —preguntó.
—No lo sé, puede que sí y puede que no.
—Búscalo en Internet y busca también lo del flujo piroclástico.
—Chicho, son las once de la noche, estas no son horas para esas
cosas,
yo debería estar durmiendo, mañana tengo que trabajar.
—Mañana es domingo.
—¿Lo ves? ¡Ya no sé ni qué día es! Déjame dormir.
Todas las noches era lo mismo. Uno pensaría que tener una mascota
con algún raro talento sería algo maravilloso, pero era todo lo
contrario.
Habiendo pensado que quizás el ave necesitaba alguna experiencia
nueva para tranquilizarse un poco, decidí llevarlo a un concurso de
mascotas inusuales. La edición actual era perfecta para Chicho: era
un concurso de preguntas y respuestas.
El día del concurso nos dieron una habitación para prepararnos, en
las paredes había fotos de animales ganadores de las ediciones
anteriores; a Chicho los que más le llamaron la atención fueron un
pulpo llamado Ron que había ganado un concurso de armar
rompecabezas, y una perrita llamada Dulce que había ganado la
edición de operaciones matemáticas.
Luego Chicho fue conducido al escenario y a los representantes de
las mascotas nos hicieron pasar a nuestros asientos en primera fila.
Los otros competidores eran un cuervo y un chimpancé.
—Les recuerdo —dijo Mary, la presentadora— que para contestar tienen
que pulsar el botón que tienen al frente; el primero en responder
correctamente ganará un punto; el primero en obtener tres puntos
será el ganador del concurso. La primera pregunta es: ¿Cuáles son
los planetas de nuestro sistema solar.
—Nunca más —dijo el cuervo, que fue el primero en pulsar el botón.
—Mercurio, Venus, Tierra, Marte, Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno
—dijo Chicho, ganando su primer punto.
Había empezado bien, yo estaba seguro de que Chicho sería el
triunfador.
—Segunda pregunta —dijo Mary—: ¿Cómo se llama el cráter dejado en la
península de Yucatán por el meteorito que causó la extinción de los
dinosaurios?
—Nunca más —dijo el cuervo.
—Cráter de Chicxulub —dijo el chimpancé, que se comunicaba por medio
de un lenguaje de señas.
—Tercera pregunta: ¿cuáles son los cuatro eones de la Tierra?
—Nunca más —dijo el cuervo.
—Paleozoico, Mesozoico... —empezó a decir el chimpancé.
—Respuestas incorrectas —interrumpió la presentadora.
—Hadeico, arcaico, proterozoico y fanerozoico —respondió Chicho
correctamente; ahora se hallaba a un punto de obtener la victoria.
—Pregunta número cuatro: ¿En qué año se hundió el Titanic?
—Nunca más —dijo el cuervo.
—Mil novecientos doce —respondió el chimpancé, que fue más rápido
que Chicho en pulsar el botón.
Ahora Chicho y el chimpancé estaban empatados con dos puntos cada
uno; era la hora del desenlace. Chicho se veía intranquilo y yo me
estaba mordiendo las uñas para calmar los nervios.
—Quinta pregunta: ¿Qué es un flujo piroclástico?
—Nunca más —dijo el cuervo.
El chimpancé parecía estar pensando su respuesta. Chicho me dirigió
una intensa mirada de odio. Yo me había negado a investigar cuando
él me había preguntado justamente qué era eso. Hubiera ganado el
concurso. En cambio, el chimpancé terminó respondiendo
correctamente.
Chicho llegó a casa sin decir una palabra. Traté de animarlo
leyéndole artículos sobre volcanes, pero fue en vano. Jamás
superaría su derrota. Desde ese día en adelante, Chicho no volvería
a hablar (como diría el cuervo del concurso) nunca más.Silvana y los cocodrilos
RETO 30. Domingo de estados de ánimo
específicos.
Escribir un relato que transmita el siguiente estado de ánimo: ¿Soy
una persona enferma si después de ver eso tengo un poquito de
hambre?
SILVANA Y LOS COCODRILOS.
El Parque Nacional Osmundo Beckmann era una de las más hermosas
atracciones turísticas de la isla. Ubicado en el litoral
centro-oeste, comprendía una extensión de tierra boscosa de unos
novecientos veinte kilómetros cuadrados, cortadas a todo lo largo
por la cordillera. Desde lo alto de las montañas podía contemplarse
la costa, cuya tupida vegetación contrastaba pintorescamente con la
infecunda playa que le seguía.
Silvana Ferro y sus primas, las mellizas Iris y Laura, habían
acampado en lo profundo del parque junto con sus padres, tíos y
abuelo. Tenían la tradición de pasar cada año un fin de semana en la
naturaleza, justo antes de empezar la estación lluviosa. Las madres
de las adolescentes no habían asistido esta vez porque una de ellas
se hallaba enferma y la otra se había quedado a cuidarla.
El tío Stefano, el menor de los hermanos y favorito de las jóvenes,
se las había llevado de paseo a visitar y explorar el lago. Después
de caminar un rato, quiso echarse una siesta.
—¡Ya saben! —les dijo— No se acerquen mucho al agua y cualquier cosa
me pegan un grito.
Se suponía que había cocodrilos que habitaban el lago, aunque
Stefano, en todos los años que había visitado el lago, nunca había
visto uno, así que no le preocupaban mucho estos animales. «Si de
veras los hay, han de ser criaturas muy tímidas», pensaba.
Hacía un tiempo agradable, luminoso, pero fresco. Con tantos árboles
alrededor, había mucha sombra y los rayos de sol no se hacían
pesados. Las niñas caminaron entretenidas con discusiones sobre
temas sin importancia, disfrutando del paisaje.
—¡Silvana, Iris, miren allí! —dijo Laura, señalando con emoción un
punto entre unos matorrales.
Era un armadillo.
—¡Ay! ¡Pero qué bello! —dijo Iris.
—¿Crees que se deje hacer cariños? —preguntó Silvana.
—No lo sé —dijo Laura, tomando la mano de su prima—, quizás muerde.
—Mejor no averiguarlo —concluyó Iris.
Las tres jóvenes sacaron sus teléfonos y tomaron varias fotos del
animal y de los alrededores. Satisfechas, siguieron su camino. Más
adelante, se detuvieron junto a una enorme roca que sobresalía de la
vegetación; las gemelas se sentaron sobre ella, mientras que Silvana
recogió varias piedrecillas que arrojó al lago una por una.
—Primas —dijo Laura— ¿ven la mariposa allí sobre el tronco?
Le tomaron varias fotos con los teléfonos y pensaban dejarla en paz,
cuando una rana se la tragó de un brinco.
—¡Asco! —dijo Iris— ¿Vieron eso?
—¡Pobre mariposita! —dijo Laura.
—Rana malévola —dijo Silvana imitando una vocecilla infantil.
Sin perder tiempo, una serpiente atrapó a la rana y se la empezó a
tragar con muchísima lentitud. La presión hizo brotar los ojos del
anfibio, que no oponía resistencia al cruel destino. Las mellizas
estaban horrorizadas. Silvana, en cambio sacó el teléfono y comenzó
a capturarlo todo en video.
—¿Pueden creer eso? —dijo Iris.
—¡Pobre ranita! —dijo Laura.
—Lo estoy grabando todo —dijo Silvana.
Antes de que la serpiente se tragara por completo a la rana, salió
un cocodrilo del lago y capturó a la serpiente con su fuerte
mandíbula. Las mellizas corrieron asqueadas y muertas de miedo,
Silvana se quedó atrás y lo capturó todo en video.
—¡Silvana! —gritó Laura, pálida y temblorosa— ¿qué estás esperando?
¡Corre!
Silvana dejó de filmar y corrió atrás de sus prima. Por su parte,
Iris comenzó a llamar a gritos al tío Stefano.
Cuando pasaron junto al armadillo, otro cocodrilo salió del lago y
se lo llevó clavado en los dientes. Todo sucedió tan rápido que
Silvana no tuvo tiempo para inmortalizar el momento con la cámara de
su teléfono.
—¿Vieron cómo lo atravesó con los dientes? —dijo Silvana, molesta
por no haberlo podido filmar.
—¡Qué asco! —gritó Iris.
—Pobre... —dijo Laura— pobre... como quiera que se llamen esos
animalitos.
Llegaron al campamento sudando a chorros. El tío y las mellizas
temblaban con los nervios de punta. Silvana, tranquila, revisaba lo
que había podido capturar con su teléfono. Iris tenía el estómago
revuelto, todas esas muertes la habían afectado sobremanera. Laura
no lograba tranquilizarse, pensaba en los inocentes animales que
habían perdido la vida momentos atrás. Silvana sonreía mirando su
teléfono.
Iris no aguantó más y terminó vomitando junto a la fogata. Esto
cause que Laura también vomitara. El abuelo, que era débil de
estómago, vomito al ver el vómito de sus nietas. Al tío Stefano se
le llenó la boca de vómito, pero se lo tragó todo de vuelta. Los
padres de Silvana y las mellizas se pusieron verdes, pero no
vomitaron.
Silvana capturó todo con la cámara del teléfono, hecho esto sonrió
complacida y preguntó:
—A todas estas, ¿a qué hora comemos?La despedida
RETO 31. La despedida.
Hacer un relato con el tema: La despedida.
LA DESPEDIDA
Ya no tenía nombre, se había desprendido de él junto con todas sus
demás posesiones, con la única excepción de la ropa que llevaba
puesta y su anillo de matrimonio. No llevaba documentación, pero eso
ya no tenía importancia. Pasó junto a unos oficiales de la policía y
se detuvo a hablar con ellos un rato, les dio un abrazo, «te
deseamos lo mejor», le dijeron antes de volver a sus funciones con
una sonrisa en el rostro.
En su trabajo le tenían una torta de despedida, comió gustosamente
su porción. Brindaron con jugo de naranja. Cantaron canciones
alegres. Se despidieron. Todos sus compañeros lloraron de alegría y
él lloró con ellos. Los dejó con una agradable paz en el corazón.
Acompañó a su madre hasta el cementerio. Escuchó todos sus consejos
y buenos deseos, besó su cabeza, luego besó los dedos de su propia
mano y sobó cariñosamente con ellos la lápida de su padre.
Volvió a la que había sido su casa. Le dio un abrazo a quien había
sido su esposa. Besó su frente y la volvió a abrazar. Se separó de
ella lentamente. Ella no quería soltarle las manos, aunque sabía que
debía dejarlo ir. Ella experimentó un sensación de tranquilidad, se
dio cuenta de que todo estaría bien, por fin lo había aceptado. Él
le devolvió el anillo de bodas con una sonrisa que quería decir
«gracias».
—Que seas feliz —dijo ella.
Era feliz. Seguiría siéndolo. Se marchó y entró al bosque, donde
nadie podía verlo. Allí, a solas, se quitó toda la ropa. El hombre
sin nombre, sin identidad, sin nacionalidad, sin casa, sin esposa,
sin familia, sin amigos y sin posesiones materiales, comenzó a
flotar. Se elevó más y más, dejando atrás su cuerpo, y se alejó de
su planeta. Sin nada más que una profunda alegría, dando inicio a un
gran viaje por el cosmos. Se marchó en busca de nada, ya tenía todo
lo que quería.
- POEMAS -
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De la vida que no es vida
I.
Despertar.
Oh ambición vagabunda: escabullirse
de un sueño que descubre que agoniza.
Decir al fin adiós y dar la espalda
a las larvas de tinta desabrida
y al mar de sus promesas incumplidas.
Declarar subyugados los latidos.
Engañar con excusas ingeniosas
a todas esas dudas que nos cercan.
Sentar la inanición a nuestra mesa,
ganarnos su confianza y, de improviso,
arrebatarle el alma a dentelladas.
Echar a la esperanza astrosas sobras,
dejarla amordazada en el desuso
y remediar el daño recibido.
Lisiar las facultades que imaginan,
las que evocan, las que urden, las que expresan,
y extirpar a zarpazos la destreza.
No volver a cantarle a la belleza,
ni obtener por respuesta las señales
que acusan su presencia en cada forma.
Librarnos de implorar validaciones,
de tener que volver a preguntarnos:
«¿en qué maldito punto se es poeta?»
Expulsar del recuerdo los rechazos,
las vergüenzas, derrotas, cobardías,
la necia vanidad de la ignorancia.
Forzar a vegetar a los sentidos:
negarle a nuestro mundo sus hedores,
amarguras, bullicios y asperezas.
Exhortar con enfático desprecio:
«¡Versos: desaparezcan! ¡Artes: cesen!»
Renunciar a sentirnos vulnerables.
Desintegrar los lazos que nos atan
a la sonámbula estampida humana,
y en solitud cabal abrir los ojos.
El vacío infecundo...
la rotunda nada...
ni eso quedaría al despertar.
II.
De cálida envoltura y frío núcleo,
los días se escabullen sin que pueda
saberse a dónde van ni qué los mueve.
Y así, ni de buen grado ni de malo,
se otorgan a la estrella más cercana
dos decenas de órbitas baldías.
La invariabilidad, sin pretenderlo,
extrae del artista dos bostezos,
y su desvelo yermo le quebranta.
Cabecea el poeta, se estremece,
cuando encalla la noche y ve que viven
apetitos que antaño sepultara.
«¿Podría —se pregunta— ser posible
soñar de nuevo, izar la enferma vela,
enmascarar de tinta nuestros dedos?»
Los ruidos de la noche le responden,
y vuelve...
... a ser vulnerable.
Prestas a devorar la intransigencia,
retornan las astrosas esperanzas,
seguidas de feroz incertidumbre.
Retornan los temores y las dudas,
cascada de luceros tenebrosos
que dictan villanías al oído.
Retornan viejas larvas desabridas,
a transmutarse en aves unas pocas
y marchitarse el resto en el olvido.
Por último, retorna azul la luna
de bribona sonrisa, con su corte
de borrachos, lunáticos y artistas.
En el tibio regazo de la noche
encallada, el poeta, vuelto humo,
se desploma, dispersa y desvanece.
Esquiva comprender que ya no alcanzan
las breves horas de su vida para
borrar de sus cuadernos tanta ausencia.
Y se aferra a las páginas vacías
con sus manos de humo, sosegado,
y sueña cobijado por las sombras.Soneto (La Vela)
Un soplo y se conjura, sin tardanza,
la dama de estadía sempiterna;
nocturna oscuridad que, por lo eterna,
suprime toda pena y esperanza.
Un soplo: ya un chasquido, ya una lanza
que trunca cuanta furia nos gobierna
y cuanta simpatía se hace externa.
Oh vida enrevesada: breve andanza.
Un soplo y nada importa si la vela
de lento fue o de rápido consumo,
si escueta o aromática su estela.
Y menos cuán brillante si, a lo sumo,
podrá reflexionarse en grave esquela:
«Un leve soplo al fuego lo hizo humo».Soneto (Frutas)
Verde: pequeña, orgullosa, inexperta,
límpida fruta de amargura ingrata,
vanidosa, imprudente, la insensata,
rebelde feliz de brújula incierta.
Roja: madura, distante, despierta,
siniestra dama, tentadora innata,
de peligrosa sonrisa escarlata,
encanto sin par en toda la huerta.
Parda: blanda anciana de frágil pinta,
le entona el cuco su postrera nota,
sin vista vislumbra el fin de la ruta.
Plomiza: caída, pluma sin tinta,
séptica, ajada, motor que no rota,
sombra olvidada, más momia que fruta.
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