Esta es una página temporal para compartir mis escritos mientras trabajo en el diseño final de mi página web.

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Relatos del foro - Escritubre 2021 - Escritubre 2022

- RELATOS DEL FORO -

Sobre estos relatos

El foro de mi página web se creó al finalizar el Escritubre 2022 como un espacio para compartir y seguir realizando retos literarios. Los retos del foro se realizan una vez a la semana, de allí salen los siguientes relatos.

La bruja y los gatos (Nov. 03, 2022)


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LA BRUJA Y LOS GATOS

—¿Qué se hace con las brujas cuando las pescas? —preguntó Maximiliano al tiempo que se rascaba la cabeza.

Ninguno de los presentes lo sabía. Habían enviado a un mensajero en busca de algún representante de la iglesia del pueblo vecino (las prisioneras habían asesinado a los párrocos locales), sin embargo, temían tener que esperarse con los brazos cruzados hasta que arribara la comitiva. La cuestión con la brujería era que involucraba al diablo, a diferencia de otras formas de hechicería, y esto ponía a todos nerviosos.

—Yo creo que las queman —dijo Francisco, el herrero.

—Y yo creo que las echan al río a ver si flotan —dijo Roberto, mostrando luego una sonrisa a la que le faltaban varios dientes.

A Maximiliano le parecía peligroso intentar acabar con la vida de las brujas mediante el uso de cualquiera de los cuatro elementos, creía que éstos poseían algo de magia negra, y le atemorizaba pensar que el diablo podía terminar por volver el fuego y el agua en contra de él y sus conciudadanos.

—¡Mejor las ahorcamos! —dijo, sintiéndose más seguro con su propuesta.

—¿Y si eso no las mata? —preguntó Roberto.

—Pues que se queden colgando en el calabozo hasta que vuelva nuestro mensajero con alguien que sepa qué hacer con ellas.

Corría el desafortunado año de 1666, el mismo que viera morir a la reina de Francia, caer el campanario de la iglesia de San Pedro en Riga y arder la ciudad de Londres. Entre en las colonias del Nuevo Mundo había una isla remota que tenía un pequeño poblado donde estos eventos se desconocían, y donde la moda de cazar brujas había llegado con décadas de retraso. Ahora que tenían cuatro brujas en sus manos, no estaba claro cuál era el correcto proceder; nunca antes habían encontrado un problema parecido.

Tras torturar a las mujeres, cosa que en el pueblo sabían hacer muy bien, consiguieron que tres de ellas confesaran haber cometido el crimen siguiendo las instrucciones de la vieja Úrsula; ésta última no dijo nada ni para incriminarse ni para defenderse.

—¿Cómo iba yo a saber que esa vieja era una bruja? —dijo Ana.

—No sé nada de ningún diablo. Si ayudé en algo, fue por el dinero —dijo Rosamunda.

—Yo sólo iba de paso, ni siquiera conozco a las otras acusadas —dijo Concepción.

Era difícil creerles. Lo más sensato era deducir que las cuatro eran brujas y que Úrsula era la cabecilla del grupo. Las colgarían a todas, por si acaso. A fin de cuentas, nada valioso se perdería con sus muertes: Úrsula era una anciana antipática que no tenía familia. Ana era una buscapleitos que reñía con todo el mundo. Rosamunda era una mujerzuela de mala reputación. Y nadie sabía de dónde había salido Concepción, ni qué pecados traía consigo.

En poco tiempo, lograron construir el cadalso adentro de una celda. Si las brujas sobrevivían el castigo, quedarían atrapadas tras los barrotes. Por precaución, pensaban dejarlas allí hasta que volviera el mensajero, indiferentemente de la presencia o ausencia de signos vitales después de la ejecución.

Condujeron a las mujeres a la celda y las obligaron a pararse en fila, allí les leyeron sus cargos y le pusieron la soga al cuello. El herrero, que también hacía de verdugo en sus ratos libres, accionó el mecanismo y las mujeres quedaron colgadas. Todas se retorcieron por un minuto o dos, con la excepción de Ana, la única a la que se le rompió el cuello en seco y tuvo un final rápido. Al quedarse todas quietas, parecían estar muertas.

Los hombres creían que ya todo había acabado, pero fueron sorprendidos cuando el cuerpo de Úrsula comenzó a burbujear y a quebrarse en trozos humeantes que al precipitarse fueron adoptando la forma de gatos negros: ¡dos docenas en total! Los animales, maullando y bufando, corrieron y saltaron en todas las direcciones, y escaparon por entre los barrotes. Se procedió a perseguirles por toda la prisión y fue posible juntar veintitrés gatos. Uno faltaba.

Los captores se preguntaron si sería buena idea ahorcar a los gatos, pero como eso no había funcionado con Úrsula, era muy probable que tampoco funcionaría con los animales en los que se había transformado ella. Tras discutirlo, optaron por decapitarlos.

Mientras tanto habían dejado los cuerpos de las otras mujeres muy bien vigilados. Ninguno se transformó en gato ni en ningún otro animal. Quizás sí eran inocentes de brujería después de todo, pero como seguían siendo culpables de asesinato, todos pensaron que estaba bien haberlas colgado.

Uno por uno le fueron pasando los gatos al herrero, quien los decapitó con un hacha bien afilada y los fue arrojando en un montón en la esquina. Cuando terminó con el último, a todos les pareció que había movimiento entre el tropel de cuerpecillos decapitados. ¡Estaban en lo cierto! No sólo se movían los cadáveres, sino que se estaban transformando en millares de pulgas, como si se desboronasen en migajas saltarinas. Los hombres trataron de pisarlas, pero era imposible detenerlas a todas de esta manera. Las pulgas brincaron por todas partes, mordiendo e infectando a todos los presentes. La picadura de las pulgas los fue dejando uno por uno hipnotizados, primero a los captores y luego a los demás habitantes del pueblo. Hombres, mujeres, ancianos y niños permanecían de pie, en un trance, habiendo perdido la capacidad de pensar por cuenta propia.

El gato que faltaba salió de las sombras y todas las pulgas volvieron a él. Cubrieron por completo al animal y juntaron un montículo informe que fue irguiéndose en arranques espasmódicos, adoptando una silueta humana hasta quedar convertido en un cuerpo hecho de pulgas con cabeza de gato. Luego todos los animales se fundieron y de esta mezcla humeante brotó el cuerpo desnudo de la vieja Úrsula. Con una mirada perspicaz, y las pupilas de sus ojos verticalmente alargadas, como las de los gatos, la bruja miró a su alrededor y empezó a reír con profunda maldad.

El mensajero regresó al pueblo pocos días después junto a un comité enviado para hacerse cargo del asunto de las brujas. Encontraron las calles y casas vacías. Al cabo de una extensa búsqueda, hallaron a todas las personas desaparecidas: estaban ahorcadas en las ramas de un gran número de árboles en un bosquecillo a orillas del río.

Bosones y fermiones (Nov. 11, 2022)

Edgardo no quería estar allí, deseaba haberse podido quedar en casa para dormir durante toda la mañana; los fines de semana no eran días para estar escuchando lecturas aburridas sobre temas incomprensibles. Se había acostado muy tarde, entretenido con El Rebelde del Espacio, el nuevo videojuego que había instalado en su teléfono inteligente. Julia, su madre, había comprado boletos para una lectura titulada «Introducción a la Física de Partículas», para gente que no sabía nada de física; creía que si lo llevaba a esta clase de eventos, haría de su hijo un mejor estudiante.

Edgardo tomó su asiento y empezó a bostezar incluso antes de iniciada la lectura. Su madre parecía emocionada, estaba bien arreglada y olía a perfume. El joven adolescente se cruzó de brazos, resignado a pasar momentos de intenso aburrimiento.

El profesor entró al auditorio y fue recibido con aplausos. Encendió la laptop que le aguardaba en el estrado, y la pantalla, en la que se leía el título de la presentación, se proyectó sobre una lona a sus espaldas.

—Buenos días, mi nombre es Andrés Senderos, soy profesor de física teórica, nuclear y de partículas de la Universidad Estatal. ¡Bienvenidos! Nuestro mundo está lleno de objetos, podemos ver que algunos son muy pequeños, como un grano de arroz; otros son muy grandes, como las estrellas en el cielo; algunos son suaves, como un malvavisco; otros duros, como una roca; y otros son apenas perceptibles, como el aire que nos rodea. También podemos experimentar diversos fenómenos: el sonido de un instrumento musical, el calor del sol, o la luz que emiten las pantallas de nuestros teléfonos. Todo esto lo estudia la física y hoy vamos a conocer los bloques elementales con los que están construidos esos objetos y fenómenos, y aún más: nuestro universo entero.

Edgardo no aguantaba el sueño, sus párpados se cerraban solos y costaba volverlos a abrir. Apenas podía prestar atención, entre tantos bostezos, las palabras se confundían unas con otras.

—La física de partículas —continuó el profesor— puede describirse en cinco palabras: fuerza, energía, materia, espacio y tiempo. La fuerza y energía se refieren a cómo y por qué las cosas interactúan. La materia nos dice qué son esas cosas, de qué está hecho el mundo. El espacio y tiempo son el escenario en el que ocurren todas esas cosas. La humanidad, desde tiempos remotos, se ha preguntado de qué estamos hechos, por qué las cosas se comportan del modo en que lo hacen. Antes de que se desarrollara la ciencia como la conocemos, estas preguntas caían en el campo de la filosofía. Hablemos de un filósofo en particular, un contemporáneo de Sócrates que suele asociarse a los filósofos presocráticos, su nombre era Demócrito y lo recordamos especialmente por...

Edgardo escuchó un escándalo en la parte posterior del teatro. Se sorprendió al ver que varios filósofos griegos entraban al teatro armados con espadas. Los sabios tomaron la tarima y rodearon al público, obligando a todos a quedarse en sus asientos.

—Damas y caballeros —tomó el micrófono uno que de alguna manera Edgardo sabía que era Sócrates—, ¡ya basta de injusticias! Nuestro movimiento filosófico lucha para evitar que se hagan lecturas los fines de semana. Todos sabemos que estos son días para quedarse en casa, dormir toda la mañana y tener gratos sueños.

Todos aplaudieron, Edgardo más que nadie.

—¿Lo ves, mamá? ¡Te lo dije!

—Edgardo —dijo Sócrates— ¿por qué no subes al escenario y nos cuentas cómo te obligaron a asistir a esta lectura ridícula?

Edgardo se levantó y corrió entusiasmado para decirle a todos lo que pensaba, pero al tomar el micrófono no supo cómo empezar. En ese momento se dio cuenta de que iba vestido con una toga, al igual que los filósofos, a pesar de que las togas eran vestimentas de la antigua Roma y no de la antigua Grecia. El joven se ajustó la toga y ésta se desprendió, dejándolo desnudo frente a la audiencia. Todos estallaron en carcajadas.

Edgardo despertó. La lectura continuaba. No había rastro de ningún filósofo. El adolescente suspiró aliviado porque todo había sido un sueño, aunque se hallaba algo decepcionado de que nadie hubiera interrumpido ese discurso tan aburrido.

El profesor Senderos explicaba de la forma más simplificada posible lo que era el modelo estándar de la física de partículas. Sin prestar atención, Edgardo bostezó tan fuerte que se le asomaron unas lágrimas. Se restregó los ojos y miró por la ventana, sin detenerse a pensar que momentos atrás el teatro no tenía ninguna ventana, y vio que afuera había alguien que trataba de llamar su atención. Fijándose bien, se dio cuenta de que se trataba del Rebelde del Espacio, el héroe de su videojuego. El Rebelde le hizo señas para que revisara su teléfono. Cuando Edgardo encendió el aparato se vio teletransportado en cuestión de segundos al exterior.

—Valiente joven —dijo el Rebelde del Espacio—, en la Tierra está por librarse una terrible batalla entre los Bosones y los Fermiones, avanzadas civilizaciones rivales de la galaxia de Andrómeda. Tu planeta te necesita, eres el único que puede detenerlos.

¿No había dicho el profesor Senderos algo sobre Bosones y Fermiones? ¿Había estado hablando el hombre sobre la invasión alienígena? Al adolescente le pareció que debía ser así, ¿de qué otra cosa podría haber estado hablando? Edgardo se encogió de hombros y se marchó con el Rebelde del Espacio en su nave espacial. Desde la base lunar esperaron la llegada de las fuerzas aéreas extraterrestres. Vieron primero llegar la flota de los Fermiones. Edgardo tomó su rayo láser, se puso su casco y se teletransportó hasta la nave insignia. Allí, con la ayuda del Rebelde del Espacio, luchó contra los malvados mutantes anaranjados hasta aniquilarlos a todos. Tomaron el puente y se hicieron con los controles de mando.

—Fuego —dijo Edgardo.

El Rebelde del Espacio disparó varios misiles y acabó con todas las naves que componían la flota. Entonces aparecieron los temibles y tentaculosos Bosones. Abrieron fuego contra la nave secuestrada por Edgardo y la hicieron estallar. El joven salió disparado en una bola de fuego. Su traje espacial se desintegró con las llamas, dejándolo desnudo en el frío del vacío. Cuando creía que la muerte era inescapable, Edgardo miró que su teléfono flotaba cerca de él. Lo recuperó como pudo y lo encendió, haciendo que el aparato lo devolviera instantáneamente al teatro, donde apareció sin ropa en medio de la tarima.

—¡No de nuevo! —dijo el joven avergonzado, y despertó.

La lectura había terminado. Edgardo se desperezó estirando los brazos y salió con su mamá. Afuera, Julia compró helados para ambos y le preguntó a su hijo:

—¿Qué te pareció la lectura?

Edgardo adoptó una postura pensativa, llevándose una mano a la barbilla.

—Bueno, tuvo momentos emocionantes y momentos vergonzosos. Nada mal, diría yo, considerando que creí que me esperaba una mañana aburrida.

Prioridades (Nov. 26, 2022)

Estefanía ignoró las escandalosas cornetas de los conductores que tenía detrás; el semáforo había cambiado a verde, pero ella se encontraba concentrada en decidir cuáles de las fotos eran adecuadas para subir a las redes sociales.

—Mejor arranca —dijo Erik, que iba de copiloto—, tenemos unos policías en la otra calle y están mirando para acá.

—Que me multen si quieren —dijo Estefanía sin apartar la mirada del teléfono móvil—, no me importa.

Nubia y Alexandra rieron desde el asiento trasero, admiraban la personalidad indomable de su amiga. Nubia, que a sus diecisiete años era la más joven del grupo, sacó su teléfono y empezó a grabar en vídeo a los irritados conductores.

—¡Muévete, mujer! —gritó un hombre mayor que estaba justo en el vehículo detrás del grupo.

Alexandra le respondió entre risas con un gesto obsceno de la mano. El hombre, ofendido y furioso, se bajó del vehículo sin pensar lo que hacía.

—¡Ahí viene el viejo! ¡Ahí viene el viejo! —gritó Alexandra.

Estefanía lo miró por el retrovisor y decidió que lo mejor era evitar problemas. Puso el teléfono entre las piernas y pisó el acelerador. Mientras se alejaban, Alexandra se despidió del hombre abanicando la mano sin dejar de reír. Nubia casi no podía respirar de la risa; seguía grabando todo lo que ocurría.

—Si se siguen riendo así, se van a orinar ustedes dos allá atrás —dijo Erik, que fingía estar malhumorado.

Las risas se intensificaron. Estefanía comenzó a reír, sus movimientos hicieron que el teléfono cayera de sus muslos y quedara entre los pedales. La conductora se inclinó para tratar de recogerlo y perdió el control del vehículo. Cuando reaccionó ya era demasiado tarde para evitar una colisión. Las risas cesaron por un segundo, luego todo se volvió un desorden: el interior del automóvil se llenó de vidrios rotos que volaron por todas partes y la gravedad pareció cambiar de dirección una y otra vez, conforme rotaba el vehículo, y arrojó a los pasajeros en una y otra dirección. Erik, que no llevaba puesto el cinturón de seguridad, salió disparado por la ventanilla. Estefanía se clavó contra el volante y luego fue expulsada violentamente hacia atrás por el airbag que se activó con retraso. Alexandra fue despedida hacia el asiento delantero, donde se estrelló contra su amiga. Nubia se golpeó la cabeza contra la ventanilla lateral, que se hizo añicos, y perdió el conocimiento.

Aquella mañana Nubia y Alexandra se habían encontrado en la plaza. Aquél era el lugar de reunión acostumbrado; las jóvenes vivían en la misma calle y tenían la pequeña plaza cerca. Nubia estrenaba un conjunto compuesto por una blusa blanca estampada con flores anaranjadas y hojas verdes, y unos shorts unicolor de un brillante y saturado naranja. Le pidió a su amiga que le tomara algunas fotos para mostrar la ropa nueva en las redes sociales. Se hallaba posando en los bancos de madera cuando vio aproximarse el automóvil de Estefanía.

—Amiguis —les dijo la conductora—, ¿les gustaría ir a comer gratis a un restaurante de sushi?

Estefanía, con su más de medio millón de seguidores, era una macro influencer que, con frecuencia, conseguía obtener comida gratis a cambio de mostrar y hablar bien de los restaurantes en sus redes sociales. A Nubia le encantaba salir con ella, soñaba con convertirse en una influencer de su mismo nivel.

Antes de empezar a comer, Estefanía se aseguró de fotografiar toda la comida, luego se tomó varias selfies en las que se mostraba a punto de dar un bocado. Tras tomarse las fotos, le ofreció su comida a Erik, y se limitó a beber agua.

—Hay que cuidar la figura —dijo.

Mucha de la comida que le obsequiaban a Estefanía no era consumida, sino que iba a parar a la basura después de la obligatoria sesión de fotografías. Lo mismo ocurría con otros objetos que recibía de pequeñas y grandes empresas, como ropa y aparatos electrónicos. Vivía en un mundo donde las apariencias eran lo único que importaba.

Al salir del restaurante, Estefanía invitó al grupo a comer helados en un negocio vecino.

—Ya van a ver cómo comemos gratis aquí también. Tomen asiento y espérenme mientras yo me encargo de todo.

Estefanía le propuso el trato a la cajera, pero ésta le explicó que el supervisor había salido y que ella no tenía la autoridad para aceptar algo así. También le explicó que, de todas maneras, al jefe no le gustaba darle nada a los influencers a cambio de publicidad y que siempre les decía que tenían que pagar lo que consumían al igual que cualquier otro cliente.

El grupo se había sentado en una mesa al aire libre, donde aguardaban por su amiga. Nubia se levantó y se dirigió al interior del local para usar el baño. Allí vio que Estefanía le estaba pagando a la cajera, no había conseguido los helados gratis después de todo. Al volver del baño, Nubia encontró a su amiga sentada en la mesa, tomándole fotos a los helados.

Estefanía presumió sobre su habilidad para conseguir los helados gratis, cosa que fue una lección para Nubia, que sabía que su amiga mentía. Estefanía no comió, después de tomar las fotos dejó su helado abandonado en la mesa, donde se derritió lentamente. Allí lo dejó cuando se fueron, esta vez Erik no quiso comer doble ración.

De vuelta a casa, al parar en el semáforo, Estefanía comenzó a revisar las fotos: seleccionó sus preferidas del restaurante de sushi para editarlas luego (jamás subía fotos que no hubieran pasado primero por filtros), borró las que no quería junto con todas las de los helados, que solamente había tomado para aparentar. Luego vino el accidente.

Nubia recobró el sentido, estaba aturdida y no experimentaba dolor, a pesar de tener varias costillas fracturadas. Le costaba respirar con normalidad. Miró alrededor y encontró su teléfono entre un montón de pequeños trozos de vidrio; todavía estaba grabando. Nubia detuvo la grabación. Como pudo reptó hasta salir del arruinado automóvil. Vio que se había formado un pequeño grupo de curiosos y que algunas personas trataban de ayudar. A la distancia vio el cuerpo inmóvil de Erik, alguien le tomaba de la muñeca en busca de su pulso. Sin pensar en él ni en sus amigas, Nubia comenzó a fotografiarlo todo. Luego se tomó una selfie y vio que su rostro y su ropa se hallaban ensangrentadas. Empezaba a sentir dolor en el costado, sus adormecidos sentidos se recobraban. Se colocó de forma que pudiera fotografiarse con el vehículo al fondo.

—Perfecto —pensó al capturar la patética imagen—, con esto seguro que consigo miles de seguidores.

Los ahogados (Nov. 29, 2022)

Cuando la costa terminó de perderse de vista, Arístides mordió su barra de chocolate y apagó el motor. Le gustaba hallarse en medio de la nada, apartado de los ruidos de la ciudad y de las preocupaciones habituales. Era un día soleado y el mar estaba en calma, se respiraba un ambiente salino que le recordaba la infancia al navegante; éste suspiró, sus pensamientos regresaron del breve paseo por aquellas épocas inocentes. Dio el último mordisco y arrojó el envoltorio en la papelera, luego cogió otra barra de una caja que estaba llena de estas golosinas: el hombre era un adicto a ellas.

Hacía una brisa suave y agradable, no era en lo absoluto un día caluroso, a pesar de la intensa luminosidad del sol. Arístides miró hacia el horizonte, hallaba relajante la contemplación. Su esposa, en cambio, se ponía nerviosa cuando se encontraban tan lejos de cualquier otro ser humano. Sus pensamientos siempre volvían a ella, incluso cuando deseaba evitarlo. Se preguntó si todavía estaría molesta; habían reñido. Fue por una tontería, como les pasaba a menudo, una chispa insignificante que detonó emociones que se habían ido acumulando por algún tiempo. Era saludable dejar salir el vapor de vez en cuando. Volvería a casa por la noche, para entonces todo estaría bien: le pediría disculpas a su esposa, ella, por su parte, haría lo mismo, y seguirían con sus vidas como si nada. Lo usual.

Arístides estaba perdido en sus pensamientos cuando sonó la alarma de su teléfono. El sobresalto le hizo dar un brinco y dejó caer al mar la barra de chocolate. Tras soltar una palabrota, apagó la alarma, ya no importaba, la había puesto para recordarle a su esposa que debía tomarse la pastilla antes del almuerzo.

—Espero que se acuerde —pensó—, con lo despistada que es ella.

La barra de chocolate se hundió con premura. En su precipitación, lejos de la vista del que la dejara caer, espantó a varios peces y llamó la atención de otras criaturas más siniestras. No llegó hasta el fondo, tras haber alcanzado unos cien metros de profundidad fue recogida por una mano humana: una mano hinchada, llagosa y en estado de descomposición.

Arístides entró en el camarote, cogió dos barras de la caja, y se acostó en la cama para ver un concierto de Pink Floyd mientras se comía su achocolatado almuerzo. Una vez satisfecho, se levantó a buscar una cerveza y volvió a acostarse para seguir mirando la grabación. Los suaves e hipnóticos pasajes musicales consiguieron adormecerlo y, sin quererlo, se quedó dormido.

Fue despertado por un trueno, llovía y el yate se agitaba sobre un mar intranquilo. Era de noche. El camarote estaba tenuemente iluminado por la pantalla del televisor, en la que se veía el menú del DVD. Arístides cogió el teléfono y miró la hora, eran las nueve y doce.

—¡Maldición! —dijo el navegante, todavía somnoliento.

Al encender la luz, miró hacia el exterior por la puerta abierta y le pareció ver figuras humanas. Su corazón arrancó a correr. Su cuerpo se llenó de adrenalina. Se precipitó y cerró la puerta. Se asomó por el ojo de buey y pudo confirmar que, en efecto, habían tres personas desconocidas sobre la embarcación.

Pasó el seguro de la puerta y cogió el teléfono con la intención de pedir ayuda. No había caso, allí no tenía señal. Arístides no tenía armas y pensó que estaba perdido. Se le ocurrió que quizás los hombres no tenían malas intenciones sino que habían hallado su yate a la deriva y, no pudiendo comunicarse por radio, lo habían abordado para investigar. Si no era eso, eran ladrones.

De ser ladrones, Arístides no tenía como defenderse. Pensó en usar la botella de cerveza como arma, pero con eso no podría someter a tres individuos. Cuando tuviera que enfrentarlos no le quedaba más remedio que rendirse.

—Por favor, que no me maten —pensó, lleno de miedo.

Conforme pasaban los minutos, a Arístides le pareció extraño que los hombres no se habían acercado todavía al camarote. Le parecía inútil retrasar el encuentro, tarde o temprano llamarían a la puerta, pensó que lo mejor era salir de aquella situación lo más pronto posible. Pensó en su esposa, a esa hora debía estar preocupada.

—Si no la vuelvo a ver... —pensó, pero no pudo continuar la frase.

Abrió la puerta, no podía seguir esperando. Los hombres estaban frente a él y voltearon a verlo. Sus rostros recibieron suficiente luz como para que Arístides se diera cuenta de que no se trataba de personas ordinarias. Horrorizado ante la monstruosidad que le revelaban sus ojos, el navegante cerró la puerta nuevamente y retrocedió temblando con gran agitación.

Los ahogados vivientes comenzaron a golpear la puerta al no conseguir abrirla. Los golpes eran violentos y hacían crujir la madera; los hombres poseían una fuerza sobrenatural. Al tiempo que golpeaban, lanzaban sonidos ininteligibles que casi parecían un esfuerzo por formar palabras.

Arístides estaba petrificado, agachado en un rincón, sin formar pensamientos, pero sabiéndose perdido. La muerte parecía inevitable.

Finalmente la puerta cedió al maltrato y se hizo pedazos. Los hombres entraron sin darse prisa y se detuvieron frente al atemorizado navegante. Le dijeron algo, pero sus gargantas descompuestas eran incapaces de formar palabras que pudieran ser comprendidas. Uno de ellos tomó a Arístides por la camisa y lo obligó a levantarse. Le soltó otro puñado de sonidos temibles.

—¿Qué quieres de mí? —preguntó Arístides— ¡No te entiendo nada!

El ahogado soltó al pobre hombre y le mostró el envoltorio de la barra de chocolate que se había caído por la borda.

—¿Chocolate? ¿Eso es lo que quieren? ¡Allí! ¡Allí los tienen!

Arístides señaló la caja de golosinas. Los ahogados cogieron la caja y se marcharon bajo la lluvia con escalofriante lentitud. Arístides los vio saltar al mar y de inmediato corrió a los controles para navegar a toda prisa de vuelta a la costa.

No le dijo ni una palabra de lo ocurrido a su esposa. Años después Arístides ya no estaba seguro de que el incidente hubiera ocurrido de verdad, creía que quizás había sido un sueño. Su mente se negaba a aceptar los hechos, a pesar de que no tenía manera de explicar el daño de la puerta del camarote.


- ESCRITUBRE -

¿Qué es el Escritubre?

El Escritubre es un evento creado por la escritora y YouTuber Lorena Amkie en el que ella, durante cada día del mes de octubre, publica en su canal de YouTube un video con un reto literario. Los participantes pueden participar en privado o compartir sus trabajos en la caja de comentarios, además de leer y discutir los trabajos de los demás.

Sobre estos relatos

Casi todos los relatos que hice para el Escritubre fueron ideados y redactados el mismo día del reto correspondiente. Por lo general fueron redactados a toda prisa y, dado que son borradores sin corregir, pueden estar llenos de incoherencias, errores de continuidad, errores gramaticales y otros problemas menores de redacción.

Algunos de estos relatos serán eventualmente corregidos y presentados en una forma final. Por ahora se pueden considerar trabajos inacabados.

Escritube 2021 - Escritubre 2022




ESCRITUBRE 2021
(primeros borradores, sin corregir)
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La Inspiración

Escritubre, día 1.

Para el primer reto había que crear una metáfora sobre la forma en que funciona la inspiración.

Aunque empecé a escribir el relato a tiempo, no logré terminarlo el día del reto y lo puse de lado para cumplir los siguientes. Terminé de redactarlo después del sexto reto.

*    *    *

LA INSPIRACIÓN.

El viejo poeta había pasado toda la semana buscando el tema perfecto para su próxima composición, nada le convencía. Cuando el puro ejercicio intelectual no rindió frutos, intentó escribir algunos versos de manera automática, sin pensar, dando permiso a su subconsciente para tomar las riendas; no le gustaba la técnica, pero así había escrito alguno que otro poema en sus momentos menos creativos. Siempre lo escribía todo a lápiz, luego hacía correcciones y finalmente repasaba las palabras en tinta. Leyó los versos proporcionados por los fantasmas de su mente y los encontró mediocres. La mesa quedó llena de virutas de goma.

Además del cuaderno, abierto en las últimas páginas en blanco, y de las virutas de goma, que estaban regadas por doquier, otros objetos cubrían casi la superficie entera de la mesa. Frustrado por el bloqueo creativo, el poeta trató de serenarse paseando la mirada, de derecha a izquierda, por cada uno de esos objetos: Libros y cuadernos apilados en dos torres; una fotografía en blanco y negro, bien entrada en años, maltrecha en las esquinas, inclinada (sin portarretratos) contra una de las torres; tres píldoras blancas y una azul celeste, para ser consumidas antes del almuerzo; una cajita cilíndrica de porcelana, sin adornos ni tapa; un frasco de jarabe para la tos; tres frasquitos de tinta casi vacíos y uno casi lleno; un vaso de plástico con lápices, plumillas y pinceles; un vaso de vidrio para limpiar los pinceles, con un residuo arcilloso al fondo y lleno de agua turbia; un plato con las sobras del desayuno sobre un plato con las sobras de la cena; y por último, una taza de café humeante, recién colado, que despedía un olor maravilloso. Al mirar los objetos de su escritorio, a veces el poeta extraía de ellos alguna palabra, idea, metáfora, o cualquier cosa que sirviera de ayuda para la composición en la que trabajaba. Aquella mañana, no obstante, ninguno de sus objetos parecía dispuesto a colaborar con él.

El poeta se levantó y fue a tomarse el café asomado a la ventana; si las cosas inanimadas no querían hablar, quizás la naturaleza tuviera algo que decir. Y así fue, la naturaleza le habló: hacía una fuerte brisa decembrina que ponía a danzar a los arbustos, que ejecutaban su propia música de percusión. Una polvareda avanzaba veloz sobre el sendero empedrado, como si tuviera que ir a encontrarse con alguien muy especial y se le hubiera hecho tarde. El viento silbaba melodías gratas que los pájaros, estratégicamente ocultos tras el bamboleante follaje de los árboles, acompañaban con gran habilidad y buen gusto musical. El sol, alto en la bóveda celeste, pero todavía lejos de acercarse al cenit, arrojaba oblicuamente sus rayos desde el este, es decir, desde atrás de la cabaña, y proyectaba frente a la ventana las sombras de ramas y hojas, claramente delineadas, que embellecían con su danza el paisaje. Cerca de la agreste cabaña, a pesar de que no era visible desde la ventana, cantaba con claridad un riachuelo al feliz encuentro de raíces y de piedras enormes y chicas que estaban suavizadas por la erosión y pintadas de liquen. Así, pues, aquella mañana la naturaleza tenía muchas cosas que decir, pero ninguna que el poeta pudiera usar en la composición que tenía en mente.


El viejo se terminó de beber el café, fue hasta el escritorio y cogió la fotografía a ver si le podía sacar algo. Quizás un viaje a tiempos más dulces pudiera ser de ayuda. La fotografía mostraba a sus dos hijas el día en que Mariana, que era la mayor, cumplía siete años; la niña, con los cachetes bien inflados y los ojos bien abiertos, soplaba una velita. Rosa María, que era la menor (apenas había cumplido tres años), aplaudía henchida de felicidad. El poeta guardaba en su corazón muchos recuerdos de aquel día, pensó en uno al azar: esa mañana le había compuesto un soneto a Mariana, mientras las niñas pintaban junto a él, acostadas en el suelo del estudio; estrenaban una caja de pinturas que había sido un obsequio de cumpleaños. En la fotografía era imposible apreciarlo, no por estar en blanco y negro sino por la postura de las niñas, pero el poeta sabía que, cuando había tomado la foto, las palmas de las manos de sus hijas habían estado manchadas de colores. Añoraba aquellos días que, curiosamente, no se sentían tan lejanos, a pesar de estarlo. Habían transcurrido más de cuarenta años. ¡Cuán rápido se había materializado el presente! Era como si meses y años enteros nunca hubieran ocurrido, como si alguien se los hubiera robado. Mariana y Rosa María, ahora dos señoras hechas y derechas, tenían poco tiempo para compartir con el anciano; las llamadas eran raras y las visitas casi inexistentes. A falta de iniciativa, el poeta tenía también su parte de culpa en la incómoda distancia que se había formado entre él y sus hijas. Y lo mismo le pasaba con sus nietos, adolescentes que en un abrir y cerrar de ojos se harían adultos, y de quienes no tenía ni una foto. Volvió a mirar la fotografía gris y se le escapó un suspiro. Lejos de encontrar los dulces recuerdos que esperaba, terminó por pensar en cómo había cambiado todo. Se le hizo un nudo amargo en la garganta y tuvo que dejar la fotografía boca abajo sobre su escritorio, en aquel momento no podía seguir mirándola. Pensó en su divorcio, en la lejanía de sus hijas, la indiferencia de sus nietos, los años solitarios, el decaimiento de su salud, las personas que habían desaparecido de su vida, y las que ya no estaban en el libro de los vivos. Su vida se había llenado de vacíos que las acuarelas, aguadas y composiciones poéticas no conseguían cubrir. Mientras reflexionaba de esa manera, su espíritu se entristeció, pero esa tristeza tampoco le servía para la clase de poema que quería escribir en las últimas páginas del cuaderno.


Abrió la gaveta del escritorio. Sobre un montón de papeles amarillentos, se hallaban unos trozos rotos porcelana, virutas de lápiz, dos sacapuntas, una navaja, un peine que nunca había sido usado, una cajetilla de cigarrillos y un encendedor. Con la primera bocanada de humo que llegó a sus admirables pero maltrechos pulmones, el poeta estalló en un ataque de tos. Destapó el frasco de jarabe y bebió de él directamente, calculando una cantidad equivalente a una cucharada. Eso no redujo la tos, pero el viejo sintió que había cumplido con su deber. Se asomó a la ventana, no para evitar que la habitación se impregnara de humo, sino para poder echar las cenizas al exterior; no había ni un cenicero en la cabaña, el viejo los había echado todos a la basura (y llenaron una bolsa entera), durante alguna de las tantas veces en las que se había propuesto dejar de fumar.


—Eso no le hace ningún bien, señor poeta —dijo alzando la voz una joven, no mayor de unos doce años de edad, que se aproximaba descalza por el camino de piedras, llevando en brazos una caja pentagonal de caoba, no más grande que una calabaza, finamente pulida y barnizada, con relieves geométricos hábilmente esculpidos a los cinco costados y con motivos florales de piedras coloridas incrustadas en la cubierta superior.


—¿Y a ti qué? —tosió el viejo— Ándate a recoger los zapatos que se te han caído por el camino.


La niña estalló en una carcajada genuina y contagiosa, haciendo reír y toser al viejo.


—No empecemos mal. Mire, mi nombre es Aedea, estoy haciendo de mensajera para alguien especial que le envía un obsequio —dijo sin dejar de caminar hacia la cabaña, enseñando la caja de madera con los brazos extendidos.


El viejo apagó el cigarrillo en el residuo de café; la taza había quedado olvidada momentos atrás en el alféizar. El cigarrillo hizo, al apagarse, un sonido tan desagradable como el olor que produjo.


Las cenizas y colillas de cigarrillos dejadas en tazas, vasos y platos habían originado un gran número de riñas entre el poeta y su exesposa; ella siempre le decía que «ni los cerdos», sin llegar a terminar la frase, y luego se negaba por meses a comer o beber de estos platos y vasos.

Aedea, que se había detenido frente a la ventana, también parecía abrigar una fuerte opinión al respecto, a juzgar por la forma en que arrugó involuntariamente la nariz al mirar el hilillo de humo que huía de la taza.

El viento seguía soplando con alegría desatada, dando vida propia a los largos cabellos de la niña, e inflando su amplio suéter como a las velas de un navío. La niña quería apartarse el cabello de los ojos, pero no se atrevía a sostener la caja con una sola mano, así que soplaba una y otra vez en dirección a los mechones, sin conseguir efecto alguno.


A pesar de hallar cómica la escena, el viejo evitó sonreír y miró a la joven adoptando un expresión de exagerada desconfianza, con un ojo entrecerrado y la ceja opuesta arqueada.


—Hum... eso sí que es raro: que venga una desconocida a darle obsequios a la gente sin motivo. Eso lo hacen solamente los delincuentes y los políticos, si me disculpas la redundancia.


—Señor poeta, créalo o no, con sus obras se ha ganado la admiración de muchas personas en el pueblo. ¡Y más allá también! Una dama le ha enviado a usted esta caja (y no me venga a decir que no es una belleza de caja), como muestra del respeto —aquí se interrumpió cuando un mechón de cabello se introdujo en su boca sin permiso. La niña se lo apartó como pudo, ayudándose con el hombro, y prosiguió como si nada—, ejem, del respeto que le profesa. Acéptela, pues, y deje las necedades para las cabras.


El poeta reflexionó durante algunos segundos, con la mano sujetando el mentón.


—A ver, pues, ¿qué tienes allí?


Recibió la caja y fue a colocarla sobre su escritorio; no habiendo suficiente espacio, estuvo a punto de ponerla sobre los platos, pero se arrepintió a tiempo y la puso sobre el cuaderno.


—Es muy bella, ¿no cree usted? —Aedea había trepado sin esfuerzo hasta el interior— Me pregunto qué contiene.


—¿Y tú cómo entraste? —dijo el viejo, que ya había dado por terminada la conversación— ¿Quién te dio permiso?


—Pero si solamente quería verle abrir la caja, no se ponga otra vez con cosas, que no es para tanto.


—Ya, ya, si con eso consigo que te marches, está bien, veamos que hay dentro.


La tapa parecía estar trabada, por lo que el viejo poeta giró la caja en busca de algún mecanismo para abrirla.


—Ay, chiquilla, como sea una bomba... —dijo, sin dejar de revisar.


—Pues explotamos y ya —dijo Aedea, poniendo los ojos en blanco.


—Y después yo te mato.


—¡Primero nos mata la bomba a los dos!


—¡Ajá! —el poeta encontró una pequeña ranura en lo alto de uno de los paneles laterales. Abrió la gaveta y sacó la navaja.


—¿Y eso qué es? —preguntó Aedea, señalando los fragmentos de porcelana en la gaveta.


—¿Y a ti qué te importa? ¿Es que tu curiosidad no tiene fin?


—Pues me parece raro que alguien tenga guardadas unas cosas rotas y quiero saber la razón.


—¿Qué es lo raro? Si uno guarda algo que está roto es porque lo piensa reparar, ¿no te parece?


—Bueno, bueno, ya no le pregunto nada —dijo, y señalando teatralmente la caja, agregó:— Continúe usted.


La hoja de la navaja apareció de golpe con el accionar de un botón en el mango, estaba rayada de grafito porque el viejo la utilizaba para sacarle punta a sus lápices de dibujo.


El viejo poeta se inclinó para introducir la navaja en la ranura de la caja, pero se detuvo, soltó un suspiro, y cerró la navaja empujando la hoja contra la mesa al mismo tiempo que apretaba el botón del mango (el mecanismo automático funcionaba en un solo sentido, pero también desbloqueaba la hoja para cerrarla manualmente). Cogió la cajita cilíndrica de porcelana que estaba sobre la mesa y se la mostró a Aedea.


—Esto fue un regalo que le hice a mi hija menor cuando todavía era pequeña, ¿cuán pequeña?, no lo sé, todavía no era tan grande ni preguntona como tú. Los pedazos rotos que viste en la gaveta, formaban la tapa. Si hubieras visto cómo lloraba esa criatura cuando se le rompió, con esa habilidad que tienen los niños para convertir algo trivial en una tragedia desconsoladora. Le prometí que le repararía su cajita, pero ahora ella es una mujer más vieja de lo que yo era cuando le hice esa promesa, y como puedes ver, no cumplí mi palabra.


—Pero todavía estás a tiempo de hacerlo. —Aedea empezó a tutearlo sin darse cuenta— ¿Qué te cuesta?


—No, no, ya no importa. Es demasiado tarde. Hay cosas que tienen su momento: el momento en que esa promesa tenía importancia, ya pasó.


—Y sin embargo, la cajita sigue sobre la mesa y los pedazos rotos en la gaveta. ¿Eso no te dice nada?


El viejo bajó la mirada y calló.


—Señor poeta, abra usted la caja que le traje.


El viejo siguió callado y cabizbajo algunos segundos.


—¿Quién me envía esta caja? —dijo a media voz, la conversación parecía haber drenado sus fuerzas.


—Ya se lo dije, una dama que admira su trabajo.


—¿Es alguien que conozco? ¿Cómo se llama?


—La señora Inspiración, no sé cuál es su apellido. Ella le conoce a usted, pero dice que usted seguramente ya no la recuerda.


—No, no me suena el nombre. Bueno, terminemos con esto.


La hoja de la navaja volvió a aparecer con un clic, y el poeta la introdujo en la ranura de la caja ornamentada; no calzaba del todo bien, pero logró accionar la traba que impedía que se abriera. En el interior había un papel enrollado en forma tubular, atado con una cinta de tela color violeta.


El viejo poeta lo desplegó y vio que se trataba de un retrato en acuarelas de sus padres, él lo había pintado un par de años antes de que fallecieran (cosa que hicieron con pocos meses de diferencia). Eventualmente vendió el retrato, junto a otras obras menos personales. El poeta nunca tuvo la oportunidad de mostrárselo a sus padres, a pesar de que lo había pintado para ellos. Su relación con ellos había sido tan fría como la que tenía ahora con sus hijas y nietos, si acaso se veían en los funerales de alguno que otro familiar era ya mucho decir. Después de haberlos perdido, lamentó no haber intentado acercarse a ellos en vida. Y ahora que tenía en sus manos el retrato, pensó que quizás sus hijas también lamentarían no haberse acercado a él, y que él tendría buena parte de la culpa.

—Somos todos unos tontos —dijo, pero no se dirigía a Aedea, hablaba consigo mismo—, esperando que sean los demás los que den el primer paso. Deseamos lo mismo, acortar las distancias, y nos negamos a ser los primeros en tratar de conseguirlo, el orgullo nos mantiene alejados a unos de otros.


—Para necias, las cabras —dijo Aedea mientras salía por la ventana—. Que tenga buen día, señor poeta, me marcho a acortar distancias.


El viejo supo al fin de qué iría el último poema del cuaderno que le aguardaba abierto sobre la mesa. No era el último cuaderno que pensaba llenar, muy pronto empezaría uno nuevo, pero le gustaba concluirlos todos con algo especial.


El poeta sacó los trozos de cerámica rota de la gaveta y los colocó sobre la mesa; se prometió ir en la tarde al pueblo a comprar un adhesivo apropiado. Llevó los platos sucios a la cocina y, tras echar las sobras a la basura, los lavó. Se sirvió agua y regresó a su estudio, donde se tragó, de dos en dos, las cuatro pastillas que tenía sobre el escritorio.


Había sido una mañana curiosa, cierta señora Inspiración le había enviado la clave para salir del bloqueo y empezar a componer su nuevo poema, y resulta que esa clave provenía originalmente del él mismo: él la había creado, y la había vendido sin sospechar que, el día menos pensado, hallaría el camino de vuelta a sus manos. A su avanzada edad, la experiencia humana no dejaba de sorprenderle. Animado, se sentó y empezó a escribir.

Tres inicios de una obra conocida

Escritubre, día 2.

El reto consistía en elegir una historia muy conocida y escribirle tres inicios diferentes.

La historia que elegí fue La Metamorfosis de Kafka, pero en lugar de escribirle tres inicios, decidí tomarme cierta licencia con las reglas y escribir el inicio a tres reinterpretaciones del relato.


El primero es un cuento infantil, con un lenguaje muy simple. El segundo es el proemio de un poema épico, escrito en endecasílabos blancos. El tercero es una parodia de horror gótico con una prosa exagerada.

*    *    *

LA METAMORFOSIS
(Si fuera un cuento infantil.)

Después de una noche tranquila, llena de dulces sueños, Gregorio Samsa despertó convertido en un curioso escarabajito.

—¡Oh no! —dijo de una forma muy rara, pero pronto se acostumbró a hablar con su nueva boca de insecto— ¿qué me ha ocurrido?

Estaba acostado sobre su duro caparazón. Movió las patitas (ahora tenía seis), sin lograr darse la vuelta para levantarse.

—¡Qué horror! —dijo entristecido— ¿Ahora cómo podré ir a lavarme la cara y cepillarme los dientes? ¡Pero qué digo! ¡Ni siquiera tengo dientes!

Entonces entró Grete, su hermanita, y como vio que Gregorio estaba tan triste, fue a buscar su violín para levantarle los ánimos con su melodía favorita.

Cuando la niña volvió, se sorprendió al encontrar a su hermanito flotando por los aires, gracias a unas alas que había tenido ocultas debajo del grueso caparazón y que ahora zumbaban muy duro.

—Mírame, Grete, ¡puedo volar!

Los problemas de Gregorio parecían resueltos, pero en ese momento se escuchó una risa maligna en el piso de abajo. Grete y Gregorio se precipitaron por las escaleras, ella corriendo y él volando, a investigar lo que había ocurrido.

¡Sus padres habían sido transformados en pájaros y ahora querían comerse a Gregorio! Grete lo impidió encerrándolos en la jaula del canario, que parecía estar contento de recibir visitas.

—Seguro que el malvado Regente está detrás de todo esto —dijo Gregorio.

—Y tú sabes lo que eso significa —dijo Grete.

Sus problemas apenas empezaban...

*    *    *

LA METAMORFOSIS
(Si fuera un poema épico.)

Cuenta, oh musa Calíope, del asco
que a todos engendraba el desdichado
que se hacía llamar Gregorio Samsa,
y cómo por olímpicos designios,
tras un sueño agitado, despertara
transfigurado en un monstruoso insecto.
Háblanos de esa gran metamorfosis
que en su obra ilustre Ovidio no incluyera.

*    *    *

LA METAMORFOSIS
(Si fuera un rebuscado cuento victoriano de vampiros.)

El conde Samsa despertó presa de una agitación incontenible; la noche, oscura y tormentosa, había estado plagada de convulsiones espasmódicas y dolores inconmensurables que atormentaron al conde, consiguiendo retorcer y hacer crujir su cuerpo enfermizo. Sus últimos recuerdos se le presentaban como un desfile de imágenes inconexas que parecían, infructuosamente, querer mostrarle algo. ¿Pero qué?

Sus inquietantes cavilaciones se vieron interrumpidas cuando la condesa Grete, su hermana, entró a la habitación, que, a pesar de hallarse bien entrada la mañana, se encontraba sumida en una oscuridad profunda al estar los altos, estrechos y puntiagudos ventanales góticos cubiertos por negras cortinas de un grosor impenetrable. Al acercar la joven el candelabro al lecho en el que incómodamente reposaba su hermano, y darse cuenta de la monstruosidad que lo había reemplazado, no pudo sino lanzar un espeluznante alarido e inmediatamente huir toda prisa, soltando el candelabro que, como guiado por designios malignos, empezó a esparcir su fuego por la alfombra y los tapetes.

Entonces, Gregorio Samsa, conde de K., iluminado por las llamas ondulantes que se abrían paso, como espíritus atormentados, por toda la recámara, y que amenazaban su misma existencia, miró las patas delgadas y velludas en que se habían transformado sus extremidades, y se dio cuenta de la clase de maldición de la que era víctima. ¡Sí, ahora lo recordaba! A la media noche, cuando los lobos producían una música endemoniada, que acompañaba el doblar de las campanas, y el cielo sin luna relampagueaba funestos presagios, el cuello del conde había recibido la sensual mordedura de un escarabajo, pero no de un escarabajo cualquiera: ¡Un escarabajo vampiro!

La Envidia

Escritubre, día 6.

El reto consistía en utilizar uno de los siete pecados capitales como inspiración.

*    *    *

LA ENVIDIA

Alicia estaba muy entusiasmada con la novela en la que trabajaba, se veía reflejada en Kami, la protagonista, y sentía como si viviera a través de ella las aventuras que le escribía. Kami lo tenía todo, residía en una enorme mansión y tenía todo el dinero necesario para financiar sus viajes extraordinarios. Kami era una guerrera elfa, que portaba dos hachas ligeras que disparaban dardos. El universo que habitaba era, sin duda alguna, de corte steampunk, pero con elementos mágicos. Kami llevaba aretes en forma de tuercas entrelazadas en una oreja, y de caracteres místicos en la otra. Llevaba en la espalda un bolso metálico en forma de caldero, que humeaba y tenía un fuego violáceo eterno en el interior, que podía verse a través de rendijas, pero el bolso no era caliente y no quemaba a Kami, claro está, porque era mágico, y también era ligero, y estaba lleno de engranajes y símbolos místicos, y de ese bolso colgaban las hachas.

Un día Alicia decidió crear un novio para Kami, y escribió sobre una batalla en la que Kami rescató a un apuesto guerrero humano que tenía un lado oscuro y misterioso pero un gran corazón, que era incomprendido y tenía pocos amigos (y ninguna amiga que pudiera competir con Kami), y que se parecía a una mezcla de varios chicos que le gustaban a Alicia, y que se llamaba Omega, y que también sabía magia pero nunca la usaba por culpa de alguna tragedia en su pasado de la que no quería hablar.

Kami y Omega se enamoraron, aunque Kami sabía que él envejecería y ella no, porque él era un humano y ella una elfa, y sabía que algún día tendría que verlo morir de viejo, pero aceptaba su destino y sabía que nunca lo olvidaría.

Kami y Omega vivieron muchas aventuras y su amor crecía, pero lo que también crecía era el amor que Alicia, la escritora, empezaba a sentir por Omega. Y mientras Alicia se enamoraba, empezaba a sentir que la conexión que tenía con Kami se disolvía. Ya no la veía como su avatar en el planeta Humo de Horno, sino más bien como una amiga, y luego más bien como una conocida en la que ya no confiaba mucho, y finalmente como una malagradecida que se interponía en el camino del amor.

Así, pues, Alicia empezó a cambiar su manera de escribir. De pronto Kami sufría más accidentes de lo normal; su rostro recibió la peor parte, en una semana perdió un ojo, se le quemó toda la cabellera, y quedó llena de cicatrices. Pero Omega parecía seguir amándola pese a estas continuas desfiguraciones.

Alicia no podía soportar aquel romance y se decidió a ponerle fin, de una vez por todas. Omega fue capturado por orcos que llevaban lanzallamas al vapor, y Kami luchó valientemente hasta el final, pero los orcos la incendiaron de los pies a la cabeza (que ya tenía quemada de antes). Y ese fue el fin del primer tomo.

En la segunda novela, Omega conocería a una Alicia de la que se enamoraría y con la que tendría dos hijos: uno científico y otro hechicero. Y Alicia, que era la más bella de todas las humanas, comenzaría una campaña para destruir a todos los malvados elfos, hasta que no quedara ninguno en todo Humo de Horno. ¡Sería épico y digno de ser contado!

La Visita

Escritubre, día 7.

El reto consistía en escribir una escena incómoda o que causara pena ajena. El tema del video del día era salir de nuestra zona de confort, por lo que escribí el relato en primera persona, cosa que no me gusta hacer.

*    *    *

LA VISITA

Vi que el señor William miraba otra vez su reloj, creo que todavía faltaba media hora, o algo así, para que dieran las 6:00, y me daba la impresión de que él ya quería cerrar la tienda. No se veía mucha gente en la calle, así que me acerqué al jefe.

—¿Qué dice, señor William, nos vamos temprano hoy?

Margarita, que era la otra empleada en la pequeña zapatería, salió de su aburrimiento y se acercó tan pronto escuchó mi pregunta, seguramente para darme una mano en caso de que el jefe necesitara ser persuadido.

El señor William miró otra vez su reloj, pensó por un momento, y dijo:

—Sí, vámonos. Tengo hambre.

Estaba de malas con su esposa. La señora William (que no se llamaba así, pero así la llamábamos Margarita y yo), le llevaba el almuerzo todos los días a su marido. Aquel día no había sido la excepción, pero cuando el señor William abrió el recipiente plástico, descubrió que contenía un pescado crudo y una nota que ni Margarita ni yo pudimos alcanzar a leer. El señor William salió a comprarse alguna cosa para llenar el estómago, pero volvió al rato hecho una fiera, diciendo que su esposa le había sacado todo el efectivo y las tarjetas de su billetera. Ofrecimos ir a comprarle un almuerzo, pero ya había perdido el apetito.

Mientras poníamos todo en orden para cerrar la tienda, el jefe vació la caja registradora, como hacía siempre, y nos invitó a comernos algo. Sabíamos que el jefe le tenía echado el ojo a Margarita, y a veces nos aprovechábamos de eso para sacarle favores. Pero Margarita se excusó y dijo que tenía una cena con su familia y que no podía arruinar su apetito. El jefe le dijo que igual nos podía acompañar (pensaría que es divertido ver comer a los demás), pero no había caso. Yo sí acepté acompañarlo, probablemente para su disgusto, porque está claro que no era conmigo con quien quería ir a comer y que sólo me había invitado por pura cortesía.

En nuestra calle, es decir, la calle de la zapatería, había una combinación arbitraria de locales comerciales y edificios residenciales, y casi todos los edificios tenían algún comercio en la entrada. Uno de estos edificios tenía un pequeño café donde vendían buena comida italiana, en ese edificio vivía mi primo Leandro, así que yo solía comer en el café casi siempre que visitaba a mi primo. Le dije al jefe que podíamos ir allí, que estaba cerca y era un buen sitio.

Nos despedimos de Margarita y fuimos al café. El jefe pidió una pasta a la carbonara y yo una pizza con piña. El señor William se pasó todo el rato hablando pestes de mi pizza y de mi mal gusto, pero yo pude reír de último (por dentro, claro está) cuando su pasta terminó revolviéndole el estómago. Comenzó a sudar como un cerdo y se excusó para ir al baño, pero el inodoro del café estaba en tal estado de suciedad que no se atrevió a usarlo. Volvió a la mesa y se sentó; traía mala cara.

—¡Necesito un baño urgente! —dijo.

En nuestra zapatería teníamos un baño pequeño que Margarita y yo manteníamos muy limpio. Pero subir las pesadas rejas de la tienda era algo que había que hacer entre dos, y el jefe no estaba en estado de hacer fuerza, a riesgo de explotar su indigestión. Allí fue cuando tomé la peor decisión de toda mi vida. Queriendo quedar bien con el jefe, le dije que mi primo vivía en el edificio y que seguramente podría usar su baño.

Llamé a mi primo al teléfono móvil; dijo que estaba saliendo del trabajo, pero que nos recibiría con gusto, y que llamaría a Clara (su esposa), para que bajara a abrirnos la puerta.

Mientras esperábamos, el jefe parecía estar a punto de explotar. Se secaba el sudor con un pañuelo, una y otra vez, y cambiaba de postura constantemente, como si tuviera carbones ardientes en su silla. Yo me aguantaba la risa como podía, porque no quería acabar despedido.

—Al menos Margarita no está viendo esto —fue lo único que llegó a decir el jefe hasta que Clara se asomó al café y nos llamó.

En el ascensor, Clara le preguntó al señor William si se sentía bien, de tanto que sudaba.

—No es nada, gracias —dijo él, pero ella me miró preocupada.

Llegados al apartamento nos sentamos en el sofá y Clara fue a servirnos una taza de café. El jefe me dio con el codo, para que yo pidiera permiso por él para usar el baño. Nunca me había imaginado que el jefe pudiera ser un penoso, pero quizás había que ponerse en su lugar para comprenderlo.

Antes de que Clara volviera, llegó mi primo. Nos saludamos y le presenté al señor William, a quien mi primo recordaba de cierta ocasión en la que fue a comprar zapatos a la tienda. Le pregunté si el jefe podía usar el cuarto de baño. Mi primo asintió y se fue con él para decirle dónde era y explicarle dónde estaba todo, como si fuera muy difícil encontrar las cosas que hay en un baño.

Clara volvió de la cocina y de inmediato se sobresaltó, al punto de que casi se le cayó la bandeja con las tazas, el termo y la azucarera. Me lanzó lo que yo llamaría un grito en voz baja y señaló con la cabeza hacia el sofá.

Habíamos llegado demasiado tarde, ¡el jefe había explotado! Había una pequeña mancha marrón en donde había estado sentado.

Clara era rápida de mente y, tan solo ver la mancha, ya sabía qué cosa era, de dónde había salido y a qué se debía nuestra visita.

—¡Yo no sé cómo vas a hacer, pero ese cojín lo vas a lavar tú! —dijo, y pensé que, a no ser porque ella tenía las manos ocupadas con la bandeja, seguramente me hubiera echado las garras al cuello para estrangularme— ¡Si Leandro encuentra esa mancha, se acaba el mundo!

Mi primo Leandro era una especie de germófobo, y Clara no exageraba, si su marido llegaba a enterarse de que su sofá estaba decorado con heces humanas, o hubiera sufrido un infarto o nos hubiera matado a mí y al jefe.

Por otro lado, era imperativo evitarle una vergüenza al señor William, no podía enterarse del regalito que había dejado su explosión en el sofá. De ello dependía conservar mi trabajo; con toda seguridad, el jefe no hubiera podido tener de empleado a alguien que conociera un secreto suyo tan embarazoso.

—Ni una palabra al jefe, Clara, por favor —dije entrelazando los dedos en un gesto suplicante, poniendo mi futuro en sus manos.

Clara colocó la bandeja sobre la mesa y se puso a mirar la mancha, pensando qué hacer. Escuchamos a Leandro volver por el pasillo, y, sin saber qué hacer, tomé un almohadón y lo arrojé sobre el cojín manchado. Clara se llevó una mano a la frente, como diciendo «pero qué ha hecho este imbécil con mi almohadón», yo le sonreí forzadamente con los hombros encogidos, como si con eso hubiera podido calmarla.

Leandro cogió una taza de la mesa y se sentó junto al almohadón que ocultaba la escena del crimen. Clara me dirigió una mirada llena de pánico, y supongo que se la devolví sumándole todos mis miedos.

—Qué bueno tenerte por aquí, primo —dijo Leandro—. ¿Y eso que andas con tu jefe?

—Eh, pues, me invitó a comer al café de abajo y decidí pasar a decir hola, pero ya nos vamos.

—¿Ya se van? Tonterías. Acaban de llegar. Vamos, sírvete un café —dijo señalando la bandeja con las tazas.

Mientras yo me vi forzado a conversar, ya no sé ni de qué cosas, con mi mente fija en el almohadón y lo que se ocultaba debajo, el señor William se estaba tardando más de la cuenta en el baño. Mi primo empezó a preocuparse, pero yo lo tranquilicé diciéndole que así era el jefe, que cuando entraba en un baño se hospedaba una eternidad. Pensé que el señor William se había encontrado con las ruinosas consecuencias de su explosión y estaría limpiando el desastre, quizás había tenido que hacer un funeral para su ropa interior, y estaba buscando la forma de darle sepultura.

Eventualmente salió el jefe, pálido como una nube, y (también como una nube) muy ligero; se había quitado un gran peso de encima. Yo quería largarme cuanto antes, así que me levanté.

—Se nos hace tarde, señor William —dije.

El señor William dio unos pasos, como ebrio. Seguía sudando, a pesar de haber explotado ya.

—Si me disculpan, necesito sentarme un momento.

Mi primo y su esposa se levantaron también, para ayudar al jefe a caminar hasta el sofá. Lo encontraron frío y concluyeron que se trataba de una bajada de tensión. Leandro estuvo a punto de conducirlo hasta otro asiento, y teniendo el jefe los pantalones manchados, era por seguro que la mancha terminaría duplicada dondequiera que se sentara. Clara pensó con rapidez y mandó al marido a buscar algo dulce para el jefe. Así, entre ella y yo lo llevamos hasta el asiento que ya había sido manchado en un principio. Yo quité el almohadón, que también estaba arruinado, y lo puse en el piso, junto al sofá, inclinado contra la pared, de modo que no pudiera causar más daño.

Mi primo volvió y le dio al señor William un chocolate de barra y un vaso de agua. Todavía mareado, el jefe dejó caer la mano del apoyabrazos y se encontró con el almohadón, que cogió y se lo puso detrás de la cabeza, para estar más cómodo. Sin darse cuenta, se había embarrado el cabello con sus propios excrementos.

Clara me miró con los ojos muy abiertos y sin saber qué hacer. En aquel momento yo ya no pude más y estallé en una carcajada incontrolable. Me reí como nunca en mi vida, al punto que me costaba respirar. Finalmente pude tomar suficiente aire como para soltarle esta joya a mi jefe:

—¡Señor William, se ha llenado la cabeza de mierda!

Incluso después de haber sido echado a la calle, seguí riendo hasta llegar a mi casa. De más está decir que estoy buscando empleo y que mi primo no contesta mis llamadas.

La Joven que Deseaba Leer

Escritubre, día 9.

El reto consistía en hacer que el lector se metiera en la historia. Yo interpreté mal las reglas y terminé por escribir sobre personajes que podían meterse en las historias que leían.

Para las últimas líneas, me robé la forma en que termina el libro Ilusiones de Richard Bach: con una cita incompleta que culmina en una coma.

*    *    *

LA JOVEN QUE DESEABA LEER

Cristel, a muy temprana edad, había aprendido a leer con una facilidad sorprendente. Su madre, que había trabajado como maestra de escuela hasta que se casó y quedó encinta, se sentaba con ella todas las tardes para practicar. Los libros de los que aprendía Cristel, eran minuciosamente revisados por su padre, y algunos tenían páginas arrancadas. En la casa estaban prohibidos cierto tipo de libros: todos los cuentos (incluso los infantiles), todas las novelas, todas las obras de teatro y todos los poemas que contaran historias o describieran lugares.


Cristel fue educada en casa, vivía en una cabaña en la playa, lejos de la civilización. Las cabañas vecinas estaban desocupadas casi todo el año, y en las temporadas vacacionales a Cristel no se le permitía interactuar con los turistas. Su infancia transcurrió solitaria y llena de reglamentos muy estrictos. En su casa no había televisión, ni computadoras, ni teléfonos inteligentes, ni consolas de videojuegos. Además de bañarse en la playa, la diversión principal de Cristel era su guitarra, que había aprendido a tocar por cuenta propia y que, con el tiempo, llegó a ejecutar con buen gusto y sentimiento, aunque con poca técnica. Ella y sus padres se entretenían jugando ciertos juegos de mesa: sólo aquellos suficientemente abstractos, como damas, ludo o backgammon , que no estimulaban la imaginación con narrativas. Además jugaban juegos de azar: naipes, dados, bingo, e incluso tenían una pequeña ruleta. También leían libros de manualidades, cocina y divulgación científica, pero todos estos libros debían ser revisados y aprobados por el padre antes de ser introducidos al hogar. Cristel nunca se quejaba; al no haber conocido otras experiencias, propias o ajenas, creía que así era la vida para todos los niños.

Un día, cuando Cristel tenía quince años, escuchó a su madre hablar con la abuela sobre una novela que estaba de moda. Cristel no sabía lo que era una novela, así que su mamá se lo explicó, y luego le advirtió que ella no debía leer esa clase de libros.

—¿Y por qué no podemos leer novelas?

—Porque son peligrosas.

Cristel no logró sacarle más información a su madre. Cuando llegó su padre, se sentaron para tener una conversación seria.

—¿Recuerdas lo joven que eras cuando aprendiste a leer? Yo también aprendí cuando tenía tres años, tú y yo tenemos un don especial —dijo con una sonrisa llena de orgullo paternal, pero de inmediato su semblante se tornó sombrío—. También tenemos un mal que nadie sabe cuándo comenzó, pero que ha estado en la familia por generaciones.

—¿Qué clase de mal es ése, papá?

—Hubo un tiempo, hace muchos, muchos años, en el que ciertos miembros de nuestra familia empezaron a desaparecer. Bastaba con dejarlos solos unos segundos para que se esfumaran sin explicación posible, incluso de habitaciones de las que no hubieran podido salir sin ser vistos. Una tarde, la abuela de mi abuela paterna, estaba hablando con su hermano, que se había sentado a leer en una mecedora, le dio la espalda unos segundos para bajar al gato de un mueble, y al volverse se encontró con que estaba sola en la habitación; lo único que quedaba de su hermano era el libro que había abierto.

Cristel escuchaba sin interrumpir, pero le parecía que la historia se estaba poniendo muy rara, se preguntaba si su padre le estaría mintiendo. Cuando él le dijo que su familia había sufrido un mal por generaciones, se figuraba que hablaba de alguna enfermedad, no de una maldición; ella no creía en supersticiones.

—Desde entonces la familia empezó a darse cuenta de que los siguientes desaparecidos, o bien habían sido vistos leyendo o bien se había encontrado un libro en el suelo, en una silla, en una mesa, algunos abiertos, otros mal puestos, como si los hubieran dejado caer. Se pensó que los libros estaban malditos y todos fueron quemados. Algunos no se atrevían a leer. Otros experimentaron y fueron descubriendo que ciertos libros eran seguros y otros no, y que el problema no venía de los libros, sino de nuestra propia sangre. Y así fue que nuestra familia aprendió a sobrellevar el mal, y las desapariciones cesaron.

—Pero eso fue en años en los que la gente se creía cualquier cosa —dijo Cristel—, seguro que hay una explicación para todas esas desapariciones, ¿no es así? Quizás la familia tenía enemigos, o eran puras exageraciones, qué sé yo.

—Eso pensaban mis padres; cuando yo aprendí a leer, me obsequiaron un libro de cuentos. Aquella misma tarde, mi madre entró a llevarme una merienda y descubrió que yo había desaparecido. Me buscaron por toda la casa y todo el vecindario, llamaron a la policía. Todo fue en vano. Entonces, una noche, mi madre abrió el libro de cuentos y descubrió que el cuento hablaba de mí, que narraba cómo yo andaba perdido en aquél lugar ficticio; parecía como si yo hubiera reemplazado al personaje del cuento. Mis padres nunca quisieron contarme cómo lograron sacarme de allí, quizás para evitar que, sabiendo la forma de escapar, pudiera ocurrírseme volver a leer otro cuento.

—Te estás burlando de mí, papá, no me creo ni una palabra de todo lo que has dicho.

Durante los días siguientes, sus padres volvieron a intentar hablar del tema; les preocupaba que Cristel no se lo hubiera tomado en serio. Ella, sin embargo, mantenía su escepticismo y se tomaba a broma la superstición familiar. Si veía a sus padres leyendo alguno de los libros que estaban permitidos en el hogar, les decía:

—¡Cuidado con eso, no vayan a desaparecer!

Una tarde, Cristel caminaba por la playa cuando se encontró un libro viejo enterrado a medias en la arena, el libro tenía las hojas amarillas, estaba remendado con cinta adhesiva y le faltaba la cubierta; por portada tenía la primera página de la obra. Recién acababa de concluir la temporada vacacional y los últimos turistas se habían marchado la noche anterior; seguramente —pensó Cristel—, alguno de ellos habría dejado el libro, quizás a propósito, considerando el estado de deterioro en el que se encontraba.

Ignorando las advertencias de sus padres y los cuentos fantásticos familiares, Cristel empezó a leer con mucha curiosidad. De inmediato sintió un raro cosquilleo por todo su cuerpo y su visión se nubló momentáneamente, para luego mostrarle un lugar en el que nunca antes había estado. Jamás volvió a ser vista en este mundo. El viejo libro tirado en la arena, la única pista sobre el paradero de la desafortunada joven, comenzó a ser arrastrado mar adentro por el oleaje de una marea que crecía. Antes de desaparecer bajo las aguas, todavía podían leerse las siguientes líneas en la página expuesta:

          En medio del camino de la vida,
          errante me encontré por selva oscura,

El Monstruo

Escritubre, día 11.

El reto era escribir sobre un personaje que se ve bloqueado físicamente, su cuerpo deja de responder.

*    *    *

EL MONSTRUO

Cubierto por completo de sangre seca, Mauro se hallaba de rodillas frente a una cámara que estaba atornillada a un trípode y conectada a una laptop. La cámara no era suya, pertenecía a uno de los inquilinos del apartamento. Luego de hacer unos ajustes, su rostro apareció en la pantalla de la laptop. Mauro se sobresaltó ante su propio rostro, estaba irreconocible. Buscó por la habitación algo con lo que pudiera limpiarse la sangre. Evitó mirar la cama, allí estaba uno de los cuerpos. Tratando de no hacer ruido, se puso de pie y se acercó a la ventana con mucho cuidado. La abrió suavemente y fue un alivio respirar aire fresco; la habitación apestaba. Se pasó la cortina por toda la cara, pero al volver a mirarse en la pantalla se dio cuenta de que el esfuerzo había sido en vano. Escupió en su mano y se la pasó por la frente, pero esto tampoco fue de mucha ayuda. No se atrevía a abrir la puerta para ir a lavarse al cuarto de baño, el ruido podía despertar al monstruo.

Mauro había pensado llamar a la policía, pero el único teléfono a la vista era el del cadáver sobre la cama, y el monstruo lo había destruido junto a su dueño. Luego había pensado comunicarse con alguien por medio de la laptop, pero no logró conseguir una conexión de red disponible que no pidiera contraseña. No sabiendo qué otra cosa hacer, se había decidido por grabar un video.

—Mi nombre es Mauro Ernesto Mansilla. Me encuentro en el apartamento doce-tres del edificio Las Alondras de la calle L., donde, para el momento en que vean esta grabación, seguramente habrán hallado los cuerpos de tres víctimas de un crimen violento.

Mauro inclinó la cámara por unos segundos para grabar el cuerpo ensangrentado sobre la cama. Luego se aclaró la garganta y continuó:

—Autoridades: ¡soy el responsable! También soy responsable de veintinueve asesinatos que, durante las últimas semanas, han esparcido el miedo a lo largo de nuestra ciudad. Estoy seguro de que ustedes saben a cuáles me refiero, no ha de haber sido difícil concluir que fueron perpetrados por una misma persona. Búsquenme y enciérrenme, les ruego que no me permitan hacer más daño. Quisiera entregarme por mi propia voluntad, pero, salvo por intervalos muy cortos, no tengo dominio sobre mis acciones. También he pensado en quitarme la vida y hacerle así un favor a la humanidad, pero no he tenido el valor. Queda en sus manos detenerme, acabar con esta locura.

Mauro detuvo la grabación. No sabía si tenía sentido contar el resto de la historia, de todas formas no cambiaría nada con eso y nadie le creería.

Una mañana, hacía cosa de un mes y medio, mientras se cepillaba los dientes, Mauro sufrió una violenta serie de contorsiones en la mano derecha, tras lo cual sus dedos quedaron congelados en una postura retorcida y dolorosa. No sabiendo qué hacer, llenó el lavamanos de agua tibia y sumergió la mano, pero no consiguió aliviar ni el dolor ni la rigidez.

Se dirigió a la cocina, donde había dejado el teléfono móvil. Había agua hirviendo en una tetera; Mauro apagó la hornilla y decidió atender primero el problema de su mano y después ocuparse de hacer el café. Se proponía llamar a su tía, que era licenciada en enfermería, para pedirle consejo, pero antes de poder hacerlo, su mano izquierda sufrió la misma serie de contorsiones y parálisis, dejándolo con ambas manos inutilizables. Lo que en un principio había dado por una situación que, aunque incómoda, no representaba motivo de alarma, ahora le aceleró el corazón. Quizás era hora de largarse y buscar la forma de llegar al hospital y ser admitido en emergencias. Tendría que salir en pijamas, con sus manos en el estado en que se encontraban no iba a ser posible mudarse de ropa.

Ahora tenía otro problema, la puerta del apartamento tenía la llave pasada. Las llaves colgaban de un portallaves junto a la puerta; Mauro logró, con algo de esfuerzo y dolor, coger la llave adecuada apretándola entre los pulgares de ambas manos. Insertarla en la ranura resultó más difícil de lo que se esperaba, pero eventualmente la perseverancia rindió frutos. El esfuerzo, no obstante, fue en vano: antes de intentar hacer girar la llave, los pies de Mauro sufrieron el mismo destino de las manos, haciéndole perder el equilibrio.

Apenas hubo caído al suelo, Mauro se dio cuenta de que su brazo derecho estaba completamente bloqueado, la parálisis se extendía rápidamente por todo su cuerpo. Trató de gritar, pero no tenía control sobre su mandíbula; los músculos del rostro se tensaron, causando un doloroso tormento. En pocos segundos ya no quedaba parte alguna de su cuerpo que le obedeciera. Sus párpados se cerraron solos y Mauro quedó en la oscuridad, completamente consciente, con el único pensamiento de que la vida probablemente llegaba a su fin. Pero las horas pasaron, y no fue la muerte lo que llegó, sino algo peor.

Los ojos de Mauro se abrieron, pero no obedecían a sus comandos. Miró cómo sus retorcidos dedos volvían a adoptar posturas más naturales. Sintió que la tensión cedía y el dolor desaparecía. El movimiento regresaba a sus extremidades, pero no bajo su control. Se levantó y caminó hacia el baño, donde se miró en el espejo. Mauro era consiente de todo, pero no podía hacer otra cosa que observar en silencio. El monstruo se miró al espejo con una expresión vacía, sin decir palabras, sin hacer guiños ni mostrar sonrisas que pudieran indicar una inteligencia maligna. Pero no era un animal, había allí una inteligencia inhumana que no se veía en la necesidad de comunicar mensaje alguno a su huésped. Sus acciones terribles ya hablarían por él.

Hay Algo con el Final

Escritubre, día 18.

El reto consistía en practicar los diálogos, y el tema era una conversación entre un escritor y su editor, que intenta convencerlo de cambiar el final de su novela.

*    *    *

HAY ALGO CON EL FINAL

Tan pronto miró la odiada media de algodón, el gato bufó y escapó de la mesa de un salto.

—Sí, sí, claro que me gustó —dijo Ana María, la editora, al tiempo que se levantaba y dejaba la media (que tenía recortada la punta) sobre el escritorio—. Me gustó mucho... pero no me convence del todo. Hay algo con el final.

Octavio y Francesca se miraron con seriedad. La editora, por su parte, cogió al gato como a un bebé para regresarlo a la mesa.

—¿Qué hay con el final? —dijo Octavio, contrariado, mientas se rascaba la cabeza.

—El final está bien como está. —dijo Francesca, y tomó la mano de su esposo para impedir que se siguiera rascando.

—Sí, sí, por supuesto —dijo Ana María—. Está bien, está muy bien... pero no está en su punto, ¿ustedes me entienden?

Octavio se restregó la nariz por unos segundos, hasta que su esposa lo detuvo; no tenía ningún síntoma, pero estaba convencido de que los gatos le causaban alergia.

—A mí gustó el final —dijo, con la mirada fija en el gato.

—Claro, claro, a mí también me gustó, me gustó mucho, pero es que todavía como que le falta algo por un lado y como que le sobra algo por el otro; con algunos pequeños cambios ya quedaría listo.

Francesca no iba a tolerar que una empleada de la editorial de su papá le dijera cómo escribir el final de su novela, y mucho menos una mujer que tenía un gato sobre la mesa y fotos de gatos en los portarretratos de la oficina.

—Mi papá lo leyó y quedó encantado.

—Claro, claro, yo también quedé encantada. Excepto al final. Vamos, vamos, Tronquito —ahora se dirigía al gato—, quédate tranquilito, ¿sí?

La editora sobaba al gato para tranquilizarlo, el consentido animal mantenía un duelo de miradas con Octavio.

—El final se queda como está. Lo único que estoy dispuesta a corregir son errores gramaticales: si no hay ninguno, no hay más que discutir.

Ana María comenzó a meter a Tronquito en la media, para sorpresa de Octavio (cuya nariz tapó rápidamente con un pañuelo y cuyos ojos parecían querer al mismo tiempo mirar y no mirar).

—Sí, sí, el final podría quedarse como está —dijo la editora mientras tiraba de la media hasta cubrir el cuerpo entero de Tronquito—, pero tu papá, quiero decir, el señor Reyes Torres, dijo que no debía publicarse así.

Octavio bajó el pañuelo de la nariz a la boca para ocultar una sonrisa; cada vez que llamaban Reyes Torres a su suegro se imaginaba un tablero de ajedrez donde sólo quedaban esas piezas. Por alguna razón (que su esposa no sólo no comprendía sino que hallaba de lo más irritante), aquello le causaba muchísima gracia. Mientras pensaba en piezas y tableros de madera, la cabeza de Tronquito asomó al extremo opuesto de la media, quedando convertido en una mezcla de gato con gusano. El pañuelo pasó nuevamente de la boca a la nariz, ya no había sonrisa que cubrir.

—¿Pero es que tú eres sorda? ¿No te acabo de decir que a mi papá le encantó la novela?

—La novela: sí. El final: no tanto. Al menos eso dijo el señor Reyes Torres.

Ana María, teniendo el cuerpo vermiforme del gato inmovilizado sobre el escritorio, abrió la gaveta y sacó una jeringa y un frasco sin etiqueta.

—Pues no fue lo que me dijo a mí, ya tú vas a ver —Francesca llamó por el teléfono móvil, pero su padre no respondió.

—Eh, por casualidad, ¿mi suegro dijo algo sobre mi novela?

Octavio no tenía ningún interés por convertirse en escritor; aunque en general le gustaban los libros y disfrutaba las novelas que Francesca le obligaba a leer, no le atraía la idea de convertirse en colega de aquellos autores. Era un hombre práctico y le parecía que el trabajo de escribir una novela excedía los beneficios. Su esposa, no obstante, veía algo “literario” en él, y trataba de cultivarlo. Él siempre aportaba buenas ideas y soluciones a los problemas de argumento y de personajes en los escritos de Francesca, por lo que ella comenzó a pedirle que escribiera aunque fuera un solo libro por su cuenta. Así, pues, se vio obligado a complacer a su esposa y durante cinco meses escribió una pequeña novela. Lo hizo lo mejor que pudo, pero estaba convencido de que nadie la iba a querer publicar. Le interesaba que lo rechazaran lo más pronto posible, para convencer a su esposa de su falta de talento y lograr que lo dejara en paz con el tema de la escritura; la idea de verse obligado a trabajar en otro libro le ponía de mal humor.

—No, no —dijo la editora mientras daba golpecitos a la jeringa para sacarle las burbujas a la mezcla—, la verdad es que no sé nada de tu novela.

—¿Podemos dejar la novela de mi marido para otro momento y concentrarnos en la que quieres arruinar? ¡Que es la mía!

Francesca seguía llamando a su padre, y el señor Ajedrez seguía sin responder.

—Claro, claro. Hablemos de ese final, pero no para arruinar tu novela, ¿cómo crees? Lo que queremos es hacerla publicable.

—¡Ahora es impublicable!

—No, no, sólo el final lo es —un chorrito de medicina saltó de la jeringa, que ya quedaba sin aire. Tronquito, paralizado por la media de algodón, soltó un maullido lastimoso, como adivinando lo que le esperaba.

—Mira, Ana: quiero que pongas esa jeringa a un lado, que llames a mi papá, ya que el muy cobarde no quiere atender mis llamadas, y que lo pongas en altavoz.

A Ana María no le gustaba que la llamaran Ana a secas, y mucho menos le gustaba el tono que Francesca estaba adoptando. Pero no atreviéndose a discutir con la hija de su jefe, descargó su frustración con el ser vivo que tenía más cerca: clavó la jeringa en el muslo de Tronquito con una rudeza inusual y lo inyectó sin compasión. El gato, del susto y del dolor, chilló como si lo hubieran herido de muerte, cosa que hizo chillar a Octavio y que además le hizo perder el equilibrio y caer de espaldas junto con la silla.

Francesca miró a su marido en el suelo y su ira se multiplicó. Se levantó y salió de la oficina sin decir una palabra.

—Ya, ya, Tronquito —dijo Ana María, malhumorada, sobando al paciente y liberándolo de la media de algodón—, no fue nada, mi amorcito, no fue nada.

Octavio se levantó, se cubrió la nariz con el pañuelo, se encogió de hombros y salió, para regresar casi de inmediato.

—Si hablas con mi suegro, pregúntale sobre mi novela, porfa.

Ana María asintió y luego, cuando estuvo sola, puso los ojos en blanco. Pocos segundos más tarde, Francesca entró dándole un puntapié a la puerta.

—El final se queda como está. ¡Punto! —dijo, y salió dando un portazo.

Condolencias

Escritubre, día 19.

El reto era inventar una historia en la que algo terrible o algo maravilloso sucedía a causa de que un texto era revelado.

*    *    *


La señora Antonia continuó arrojando migajas de pan duro a las palomas del parque, a pesar de que ya veía venir a un vigilante. La sociedad podía transformarse, podía inventarse cuantas regulaciones le viniera en gana y justificarlas con argumentos coherentes, pero nada de eso le importaba un rábano a la anciana: mientras el parque tuviera animalitos, ella seguiría alimentándolos.

—Siempre que la salud me lo permita —dijo, pensando en voz alta.

—¡Fuera! ¡A volar! —gritó Andrés, el vigilante, y apuró el paso con los brazos extendidos, forzando a huir a los pájaros en un completo desorden. Luego miró a la anciana, moviendo la cabeza en gesto de desaprobación mientras algunas plumas caían suavemente aquí y allá.

—Buenos días, Andrés. ¿Alguna razón por la que andas espantando a mis amigas?

—Señora, ¿cuántas veces tengo que repetirle que está prohibido alimentar a las palomas?

—¿Prohibido? ¿Pero por qué? ¿Desde cuándo? ¿Y dices que me lo has repetido varias veces? Es que a mi edad la memoria ya no es como era antes.

—A mí no me engaña. En toda mi vida no he conocido una memoria más peligrosa que la suya, si usted se sabe hasta la fecha de nacimiento de todas las almas que frecuentan el parque, todos los secretos, todos los chismes, eso sí que no se le olvida.

—Ay, Andrés, qué exagerado eres. Y pues sí, mi memoria es selectiva con los mandatos de los necios. ¡Prohibir alimentar a las criaturas de la naturaleza! Son sólo migajas de pan, ¿qué daño pueden hacerle a nadie?

—Yo sólo cumplo con mi deber, si usted anda arrojando pan, y yo me hago el que no ha visto nada, después viene el supervisor y soy yo el que termina escuchando el sermón: que si las palomas contagian enfermedades, que si el pan atrae ratas y cucarachas, que si esto y que si lo otro. Bah.

El teléfono de Antonia hizo un breve zumbido y ella lo sacó de su cartera para revisarlo.

—Dame un segundo, me ha llegado un mensaje.

La anciana siempre explicaba el significado de cada sonido que hacía su teléfono, como si nadie más pudiera ser capaz de adivinarlo. Vio que el mensaje venía de su vecina, la veterinaria Flora; se lo hizo saber a Andrés como si él y Flora se conocieran. Luego leyó:

«Mi muy sentido pésame, doña Antonia, lamento muchísimo su pérdida. La acompaño en su dolor en tan difícil momento.» El mensaje concluía con tres emojis repetidos de una carita con lágrimas.

Antonia reaccionó fijando la mirada en el mensaje, que se le hizo borroso; sus manos afectadas de artritis buscaron, como de forma automática, el botón de encendido y lo presionaron hasta que en la pantalla aparecieron las opciones para apagar y reiniciar. Apagó el teléfono sin leer las palabras del menú.

—¿Malas noticias? —preguntó Andrés.

—La vecina dándome el pésame —Antonia tenía la mirada fija en la pantalla negra.

—Oh, lo siento mucho, señora. No sabía que había fallecido un familiar suyo.

La anciana pareció salir de un trance, miró al vigilante a los ojos y dijo en voz baja.

—Yo tampoco.

Hacía unos treinta años, el parque había sido dividido en dos mitades iguales. Las protestas, que contaron con el apoyo de algunas celebridades locales, no lograron evitar que en una de estas mitades se edificara un enorme centro comercial. El monumento al consumismo y el santuario de la naturaleza convivían desde entonces como hermanos muy dispares. Quienes frecuentaban el parque detestaban a los consumidores que venían del centro comercial cargados de bolsas, y que ocupaban los bancos y dejaban basura por todos lados. Quienes frecuentaban el centro comercial detestaban a los deportistas del parque, que llegaban todos sudorosos y malolientes a refrescarse en el potente aire acondicionado. Los ancianos estaban a gusto en ambos ecosistemas y pasaban de uno a otro sin ser percibidos, también tenían la capacidad de pasarse el día entero criticando tanto a los consumidores como a los deportistas.

La señora Antonia caminaba pensativa, mirando las vitrinas. El vigilante Andrés había ofrecido buscarle un taxi al enterarse de las malas noticias, pero la anciana prefirió despejar la mente con un paseo por el centro comercial, tras lo cual planeaba irse caminando hasta su casa, que estaba cerca de allí.

Antonia mantenía el teléfono apagado, no estaba preparada emocionalmente para recibir otros mensajes o, peor aún, para tener que atender una llamada; pensaba que mientras no supiera quién había muerto, era como si esa persona todavía viviera, y deseaba extender ese lapso de piadosa ignorancia el mayor tiempo posible. Debía tratarse de alguien muy cercano. Como inmigrantes, ni Antonia ni su marido, el señor Lorenzo, tenían familiares en el continente. Las dos hermanas de Lorenzo habían muerto años atrás, y él no había visto a sus sobrinos y sobrinas más que un par de veces en toda su vida. En el caso improbable de que Flora, la veterinaria, se hubiera enterado de la muerte de alguno de esos familiares lejanos, dudosamente le habría escrito a Antonia un mensaje tan emotivo como el que le envió. Antonia, por su parte, no tenía familiares vivos en el viejo mundo; su único hermano había muerto muy joven, sin dejar descendencia; en cuanto a sus padres, tíos y tías, primos y primas, hacía tiempo que todos criaban malvas.

Doña Antonia y don Lorenzo tenían un hijo, Georgio, y una hija, Paula. Georgio estaba divorciado y tenía dos hijas adolescentes. Paula tenía una novia con la que deseaba casarse y adoptar un bebé, pero se lo impedía la penosa circunstancia de que en el país no se reconocían tales derechos. Perder a cualquiera de estos seres queridos iba a ser un golpe demasiado duro para Antonia, eso lo sabía bien.

Su marido era su principal punto de apoyo emocional, la vida sin él sería muy difícil, y sin embargo, en el fondo, esperaba que si le había llegado la hora a alguien en su familia, hubiera sido a él; al menos Lorenzo había tenido una larga vida, llena de toda clase de experiencias; no dejaría muchos sueños incumplidos ni asuntos pendientes de mayor importancia.

Antonia entró en la sección de puestos de comida rápida. Los establecimientos estaban alineados en un perímetro que enmarcaba un área circular con mesas y sillas coloridas. Aunque se vendía todo tipo de comida, un tentador aroma a papas fritas dominaba el ambiente. La zona central de mesas y sillas estaba delimitada por un muro de poca altura coronado por una valla de tubos amarillos y verdes. La zona contaba con cuatro entradas amplias, una en cada punto cardinal. Junto a una de estas entradas, había una carreta rústica donde vendían postres y una variada selección de café gourmet; era el puesto favorito de Lorenzo. Antonia ordenó un cappuccino. Tomó el primer sorbo con los ojos cerrados, imaginando que su marido estaba a su lado. ¡Cómo hubiera querido oír su voz en ese instante! Pensó que quizás él ya no vivía y experimentó una presión desagradable en el pecho.

Una o dos semanas después de la inauguración del centro comercial, hacía treinta años, Antonia fue a explorar las tiendas junto a sus hijos. Georgio y Paula tenían gustos similares: ambos querían conocer los arcades, de los que todos los niños habían estado hablando en el colegio, y también querían ver si había alguna tienda de deportes. En su recorrido pasaron junto a una tienda de instrumentos musicales y quisieron entrar a ver las guitarras. La empleada los atendió con dulzura y, con la aprobación de Antonia, le obsequió dulces a los niños.

—¿Y cómo se llaman ustedes? —les dijo.

—Yo me llamo Georgio.

—Y yo Paula.

—Harrison y McCartney —agregó Antonia sonriendo y poniendo orgullosamente las manos en los hombros de sus pequeños Beatles.

—¿Quiénes? —la empleada no entendió la referencia, para decepción de la entusiasta madre.

Antonia volvió al presente, con la mano puesta sobre la vitrina de lo que había sido la tienda de instrumentos; pocas tiendas habían perdurado desde aquellos días. Pensó en Georgio y Paula, sus pequeños escarabajitos. ¿Podría haber tenido un accidente fatal alguno de ellos? Antonia había escuchado decir que perder un hijo es uno de los dolores más profundos, y ahora que se enfrentaba a semejante posibilidad estaba convencida de que así era. Nuevamente dejó escapar sus pensamientos en voz alta:

—Por favor, no mis escarabajitos.

Y luego estaban sus nietas, Antonia apartó el pensamiento de inmediato. No se permitiría considerar una perspectiva tan cruel. Consideró que lo mejor sería volver a casa a ver con qué se encontraba. Si no había nadie, sería allí, y en ningún otro lugar, donde podría reunir el valor suficiente como para encender el teléfono y afrontar los hechos.

Anochecía, y los faros de la calle ya alumbraban las aceras de la ciudad, atrayendo a cientos de polillas. Todo lucía sombrío y gris, todo sonaba aletargado, la atmósfera pesaba más de lo habitual. La señora Antonia andaba abatida, alargando los pasos, retrasando el desenlace tan temido.

Cuando estuvo a pocos metros de la entrada de su edificio, escuchó que la llamaban, había estado tan concentrada en sus reflexiones que tardó en caer en cuenta de lo que ocurría.

—¡Tonina!

Era su marido. Antonia corrió a abrazarlo y luego ya no quiso soltarlo.

—Tonina, me estás asfixiando. ¿Dónde te habías metido? ¡Te llamé cientos de veces y no caían las llamadas! Ya iba saliendo hacia el parque a preguntar si te habían visto.

Antonia lo explicó todo.

—¡Tonina! ¡Era el juego! —dijo el anciano y sacó su teléfono.

Flora, la vecina, le había enviado el mismo mensaje a Lorenzo, pero con una diferencia, decía así:

«¡Tres a cero! ¿Vio el partido? ¡No entiendo cómo puede seguir a un equipo tan malo! Jajaja.

«Mi muy sentido pésame, don Lorenzo, lamento muchísimo su pérdida. Lo acompaño en su dolor en tan difícil momento.»

Concluyeron que tras enviarle el mensaje a Lorenzo, la vecina lo había copiado para mandárselo a Antonia, pero tras cambiar algunos detalles, debía haber borrado el primer párrafo por error. O quizás lo había copiado incompleto. Y eso no era todo: lo que Antonia había creído que era un emoji con lágrimas de tristeza, no era sino el infame «cara con lágrimas de alegría».

—Entonces era el juego —dijo Antonia aliviada y sin poder creerlo.

—¡Era el juego!

—¡Y perdimos!

—¡Sí, perdimos!

Y los felices ancianos gritaron y bailaron de alegría en medio de la calle, celebrando la derrota de su equipo.

Yago y los Microbios

Escritubre, día 20

El reto consistía en pensar en los cinco sentidos y crear uno nuevo.

*    *    *

YAGO Y LOS MICROBIOS

Desde la adolescencia, Yago sospechaba que no era como otras personas, y al cumplir los veinte años ya estaba completamente convencido de ello. El cuerpo humano contiene miles de millones de microorganismos, algo cercano a 10 por cada célula humana. Yago podía sentir a cada una de las bacterias, arqueas y hongos que convivían con él. Pero eso no era todo; con los años había aprendido a manipular a estas simples formas de vida para el beneficio de su salud. Jamás enfermaba. Cualquier intento de infección viral era descubierto al instante, y los virus, esos invasores autómatas que no están del todo vivos, eran destruidos muy rápidamente.

Conforme se fue haciendo más consciente de su capacidad de manipulación biológica, Yago comenzó a experimentar; quería llevar sus habilidades hasta los límites de lo posible. Se dio cuenta de que no sólo podía comandar a los microorganismos, sino que podía establecer conexiones más profundas, permitirles utilizar su propio cerebro para comunicarse de una forma muy humana. Así, aparecían pensamientos que no eran suyos, que respondían a sus preguntas y que a su vez tenían curiosidad por él. Las criaturas aprendían y cambiaban, comenzaban a tener sentimientos, anhelos, propósitos de vida.

Conforme pasaban los meses, Yago encontraba más difícil controlar a estas criaturas, ya no podía mantenerlas a voluntad fuera de su cerebro y, por lo tanto, fuera de sus pensamientos. Los microorganismos comenzaban a descuidar las funciones protectoras para las que Yago las había entrenado, y así el joven terminó enfermándose por primera vez desde su infancia más temprana. Yago no tenía privacidad, las criaturas conocían todos sus pensamientos, todas sus intenciones. No podía hacer nada para evitar ser dominado, y era justo lo que le estaba ocurriendo.

El joven comenzó la universidad poco antes de cumplir los veintiún años de edad. Le apasionaban las ciencias biológicas y no podía esperar para aprenderlo todo. Conoció a su profesor y discutieron sobre temas muy interesantes. Se había presentado como Yago, pero la verdad es que esa forma de vida ya había dejado de existir.

Astérix y El Reino de los Sueños

Escritubre, día 21.

Para este reto había que elegir dos personajes favoritos de cómics y crear con ellos una escena de acción con un tema de amor.

*    *    *

ASTÉRIX Y EL REINO DE LOS SUEÑOS

Fue al claro de luna que el druida Panoramix esparció los últimos ingredientes en la marmita, causando una explosión seguida de una nube violácea en forma de hongo que, antes de esfumarse por completo, se transformó en una calavera. El druida y Astérix se miraron muy seriamente.


—¿Estás seguro de que quieres seguir adelante? —preguntó Panoramix.

—No seré yo quien hará esperar a la Muerte —dijo Astérix, y acto seguido llenó la cantimplora con la poción de la mermita y bebió.

Morfeo, uno de los Siete Eternos, observaba desde la ventana en lo alto de su castillo; sentía que algo no andaba bien en su reino. Morfeo era conocido con muchos nombres, uno de ellos era Sueño, y su reino era justamente una manifestación onírica. Vio venir a Mathew, el cuervo, y le abrió espacio para que se posara sobre el alféizar.

—¿Qué averiguaste?

—Es algo que tendrás que ver por ti mismo, jefe, me hicieron prometer no abrir el pico.

Morfeo no tenía paciencia para una insubordinación semejante, se limitó a mirar al cuervo, transmitiéndole sin palabras su mal humor.

—Fue alguien de tu familia —dijo Mathew.

—¿Deseo? —el cuervo negó moviendo la cabeza, y lo mismo hizo cuando le preguntaron por Desespero, Delirio, Destrucción y Destino. Morfeo continuó incrédulo:— ¿Muerte?

El cuervo bajó la cabeza, sin asentir y sin negar. Muerte no tenía por costumbre causar problemas ni andar con secreteos, aquello era muy extraño.

—No puedo decir nada —dijo el cuervo—, pero tú te ves un poco cansado, quizás podrías tomarte un paseo por Fiddler’s Green.

Fiddler’s Green era un lugar (cuando no le daba por tomar forma humana y salir del reino de los sueños; cosa rarísima, dicho sea en su defensa) con el que todos los viajeros soñaban encontrar alguna vez en la vida. Era un lugar muy agradable para echarte en la grama con tu pareja y hablar de toda clase de cosas, como hacían Muerte y Astérix, tomados de la mano.

Astérix encontraba muy atractiva a Muerte: no era una muchacha como las de la aldea, siempre estaba de buen humor, era muy pálida y vestía al estilo gótico (es decir, como esos godos majaretas que una vez habían raptado al druida Panoramix). También llevaba un collar con un anj plateado, lo que a Astérix le hacía recordar su viaje a Egipto.

—Te digo —le dijo— que he conocido a Cleopatra y su belleza no le llega ni a las suelas de esas botas godas que llevas.

Se abrazaron con mucho afecto y se iban a besar cuando fueron interrumpidos por Morfeo.

—Galo —dijo Sueño de los Eternos con una voz intimidante que parecía provenir de todos lados y de ningún lugar al mismo tiempo—, creo que es hora de que te marches. Despierta.

Pero Astérix no despertó.

—Por Tutatis, oh Sueño, que vas a necesitar más que una vocecita como esa para decirle a un galo de mi aldea que se vaya y deje sola a la mujer que ama.

Morfeo estaba harto de las parejas que entraban a escondidas a su reino para realizar las más alocadas fantasías; en el sueño todo se podía, lo que lo hacía un lugar muy popular. Y que ahora viniera su propia hermana con estas conductas de adolescentes, como si no fuera ya bastante mayorcita la Muerte; eso sí que no iba a tolerarlo. Ya les mostraría lo que era una verdadera pesadilla.

La tierra se abrió y se tragó a Astérix. Muerte no le tenía miedo a su hermano, ni a nadie fuera o dentro del universo o en cualquiera de los demás planos de existencia. Así que lo enfrentó con entera serenidad.

—¿Puedes dejar a mi novio en paz, por favor?

—Ciertamente —dijo Sueño— cuando se larguen de mi reino.

Una mano salió de la tierra y agarró a Morfeo por un pie, se lo llevó consigo de un tirón y después, tras escucharse un bofetón estruendoso, lo expulsó del agujero como una bola de cañón volando por los aires. Astérix salió después de un brinco, con los puños alzados, listo para lo que fuera.

Morfeo se transformó en un millar de halcones que volaron contra el galo, pero éste los rechazó a todos haciendo girar los puños a toda velocidad. Luego el cielo se enrojeció y la bóveda celeste se precipitó hacia la tierra.

Muerte se sentó en la grama, indiferente, a esperar que terminara la lucha. Estas muestras de bravura se le hacían infantiles.

El pequeño galo tomó su cantimplora y bebió la poción mágica. Cuando la bóveda celeste estuvo lo suficientemente cerca, Astérix le dio un tortazo que la devolvió a su lugar de origen. Entonces el día se volvió noche y las constelaciones adoptaron las formas que representaban, bajaron del cielo como guerreros gigantes y toda clase de fieras. Astérix no tuvo problemas para librarse de ellos, sólo lamentó que los guerreros no llevaran cascos para quedárselos de recuerdo (como hacía con los legionarios romanos).

Morfeo supo que por la fuerza no había caso. Pensó por unos momentos y finalmente tuvo una idea. Mientras Muerte estuviera en su reino, tendría la apariencia del gordo Obélix, el mejor amigo de Astérix.

El joven galo comprendió de inmediato que había sido derrotado.

—Es un golpe bajo. Está bien, nos vamos.

Astérix despertó en su aldea, pero no estaba solo. Muerte estaba allí.

—¿Sabes qué, mi Asterisquito? He escuchado que en el palacio de Deseo suceden cosas muy interesantes.

Y así, Astérix partió junto a su amada Muerte a explorar nuevos placeres.

El Permutador Celular

Escritubre, día 22

El reto era utilizar la novela Frankenstein como inspiración: formar una persona (o personalidad) con partes de muchas otras, la separación del cuerpo y el alma, el miedo a las nuevas tecnologías, los engendros que creamos y que nos persiguen, etc.

En este relato hay un claro ejemplo de las inconsistencias que pueden colarse en un primer borrador, porque tenemos un personaje que ha estado pasando por un período de inanición y, hacia el final, termina inexplicablemente exhibiendo una fuerza sobrehumana.

*    *    *

EL PERMUTADOR CELULAR

La Doctora Mary Dicasti hizo pasar a sus dos pacientes y se disculpó por haber llegado con algunos minutos de retraso.

—Señoras —dijo, señalando un aparato que tenía la apariencia de un tomógrafo—, ¡he aquí el futuro!

La doctora Dicasti había sido la directora del proyecto que hizo posible la revolucionaria tecnología del permutador celular. El aparato estaba todavía en período de prueba. A pesar de haber concluido exitosamente cada una de las operaciones que había realizado, todavía no conseguía ser aprobada para su uso en seres humanos, y mucho menos para comercializarse. Las llamadas llegaban a diario: eran representantes de los hospitales más prestigiosos del mundo, y todos mostraban gran interés en adquirir el permutador. Lo único que hacía falta era una firma del ministerio para que las arcas de la fundación Wollstonecraft, y por ende, los bolsillos de la doctora Mary, se llenaran de dinero en cantidades inconmensurables. La situación lucía prometedora desde afuera y, salvo por algunos grupos religiones que desaprobaban las implicaciones de semejante tecnología en materia moral, toda la atención mediática que recibía la fundación había sido favorable.

La realidad, sin embargo, era que los costos de desarrollar y manufacturar este primer prototipo habían dejado a la fundación llena de deudas y al borde de la bancarrota. Mientras no pudieran empezar a comercializar el aparato, no contaban con los fondos para fabricarlo en masa, avanzar en los proyectos de investigación, y, lo más importante, cumplir con los pagos de deuda y de nómina. La doctora Mary necesitaba dinero para tranquilizar no sólo a sus empleados, sino a sus acreedores principales: empresarios mordaces que estaban al tanto de la mina de oro que representaba la fundación, de la cual podían tratar de adueñarse si se incumplían los pagos pautados.

La señora Monroy era una de esas ejecutivas a las que la fundación Wollstonecraft adeudaba unos cuantos millones de dólares. A sus sesenta y dos años, parecía gozar de excelente salud, era robusta y estaba llena de energía. No obstante, desde hacía algunos días, su tos crónica de fumadora empedernida había empeorado y le faltaba el aire. Una tarde, tras un ataque de tos, encontró sangre en el pañuelo. Fue entonces cuando se decidió por hacerse un examen médico. El diagnóstico era desalentador: cáncer de pulmón en estadio IV. Los días de Melisa Monroy parecían estar contados, aunque ella no lo creía así.

Yanina se miró al espejo y se halló demacrada. Había estado omitiendo los desayunos y las cenas durante la última semana. Para rendir los escasos víveres que le quedaban, sólo se permitía comer una vez al día. Pronto no le quedaría nada. Repasó varias veces la lista de contactos en su teléfono, preguntándose a quién podría pedirle prestado; detestaba verse en la necesidad de hacerlo, pero esperaba poder conseguir pronto un nuevo empleo y regresar a la normalidad. Mientras leía los nombres en la pantalla, su teléfono repicó. Era un número desconocido.

—¿Señora Galán? ¿Yanini Galán?

—Sí, pero es Yanina, no Yanini.

—Señora Galán, le habla la licenciada Melisa Monroy, ¿sabe quién soy?

Yanina lo sabía muy bien, había sido despedida de una tienda Monroy’s & Company, prestigiosa cadena internacional de ropa femenina, al ser descubierta hurtando mercancía.

La señora Monroy había hecho una llamada a un gerente, y poco después había recibido una lista de personas que habían sido despedidas de su cadena en los últimos meses. De todas ellas, debido a la razón del despido, Yanina parecía ser la mejor candidata para sus propósitos. No fue fácil convencerla de participar en un experimento tan peligroso como el que planeaba Melisa Monroy, pero terminó accediendo; la cantidad de dinero que le habían ofrecido era suficiente como para no tener que volver a trabajar en el resto de su vida. Yanina tuvo primero que hacerse un examen de sangre, y tras obtener Melisa los resultados y dar su visto bueno, la joven fue trasladada desde su ciudad. El viaje en primera clase no hizo sino tranquilizarla, sabía que su estadía estaría llena de lujos y no podía esperar a ser recibida en la mansión de los Monroy.

El señor Monroy quedó encantado con Yanina, cuando estuvo a solas con su esposa le dijo:

—Es perfecta, ya quiero ver cuando tu cerebro esté dentro de ese cuerpo.

—Y después tenemos que encontrar uno para ti, querido.

—¿Un cuerpo o un cerebro? —bromeó el señor Monroy.

—Empecemos por el cuerpo, después ya veremos —Melisa estaba de buen humor—. No creas que cuando esté gozando de mi cuerpo nuevo voy a querer pasarme el tiempo junto a uno tan arrugado como el tuyo.

El día de la cirugía, Yanina había estado muy nerviosa.

—Tranquilízate —le había dicho la señora Monroy—, mira que yo también voy a entrar en esa máquina y te aseguro que no lo haría si no estuviera cien por ciento segura de que funciona.

Cuando entraron al módulo donde estaba el permutador celular, Yanina le preguntó a la doctora Dicasti qué era exactamente lo que hacía el aparato.

El permutador podía intercambiar células de un cuerpo a otro a altísima velocidad, unas 500.000 células por segundo aproximadamente. Para intercambiar un corazón entero, podía llevarse unas cinco o seis horas, pero lo ingenioso era que lo hacía de forma tal que el corazón nunca dejaba de funcionar. El propósito del permutador no era intercambiar órganos enteros de un cuerpo a otro, sino tomar sólo las partes necesarias de los órganos de un donante y reemplazar las partes dañadas del órgano receptor. Esto se había probado en cerdos con un resultado exitoso en el cien por ciento de los casos.

Las mismas reglas de compatibilidad de un trasplante de órganos convencional aplicaban, y había sido allí donde Melisa Monroy había tenido suerte con su conejillo de indias. Teniendo Melisa sangre tipo O, su cuerpo podía recibir solamente órganos de alguien con sangre tipo O. Yanina tenía sangre tipo B. Esta incompatibilidad tenía la peculiaridad de que el cuerpo de Yanina, podía recibir órganos de alguien tanto con sangre tipo B como con tipo O. Y como planeaban intercambiar cerebros, el cuerpo de Melisa rechazaría el cerebro de Yanina, mientras que el cerebro de Melisa Monroy estaría perfectamente bien en el joven cuerpo de su víctima.

Nadie sabía que Melisa padecía de un cáncer en estado avanzado, cuya metástasis afortunadamente no había afectado el cerebro. Melisa había convencido tanto a la doctora Dicasti como a Yanina de que el intercambio sería temporal. La doctora estaba segura de que su permutador funcionaría y aceptó de buena gana el dinero que le ofrecían, cosa que salvaría a su fundación de la ruina. Yanina también estaba conforme, pensando que el experimento era de carácter temporal y estaba muy contenta con la cantidad de dinero que le caía del cielo.

Las mujeres se acostaron en las camillas, fueron anestesiadas por la doctora Dicasti, y luego introducidas al enorme cilindro del permutador. La operación comenzó y todo estuvo en orden durante las primeras horas.

Debido a la naturaleza clandestina de lo que se estaba llevando a cabo, la doctora había decidido prescindir del personal y operar el aparato sin ayuda. Fue un grave error. Normalmente uno de los operarios llevaría control de la temperatura de la máquina y ajustaría la refrigeración interna conforme fuera necesario. Sin nadie que cumpliera esta función, nadie se dio cuenta de que la máquina se había recalentado, hasta que fue demasiado tarde. Algún componente interno terminó por fundirse y el permutador se apagó.

La doctora no logró reiniciar la máquina, que olía a plástico quemado y dejaba escapar humo. Tuvo que tomar una decisión desesperada y sacó a las mujeres de la máquina como le fue posible, antes de que se asfixiaran con el humo. De la máquina empezaron a salir llamas. La doctora activó la alarma de incendio y corrió a buscar a la recepcionista, entre ambas mujeres colocaron a las pacientes, que se hallaban inconscientes, en sillas de rueda, para evacuar el recinto.

El cuerpo de Yanina despertó, pero nadie en el mundo hubiera sido capaz de decir qué conciencia habitaba ese cuerpo. Su cavidad craneana contenía una mezcla arbitraria, aunque funcional, de dos cerebros humanos. Esta rara combinación, que violaba toda clase de leyes naturales, no tardó en manifestarse como una inteligencia destruida, una conciencia arruinada, donde sólo algo inhumano, primitivo, y excesivamente violento parecía sobrevivir.

El cuerpo de Yanina, que ya no era ni una ni otra mujer, se levantó de la silla de ruedas y arrojó a la recepcionista contra la pared, que quedó manchada de sangre y una mescolanza de hueso, cerebro y cabellos. Acto seguido, la fiera estranguló a la doctora Mary Dicasti, que había tratado en vano de defenderse con un escalpelo.

En el estacionamiento del laboratorio, el señor Monroy comía una hamburguesa, recostado contra su automóvil deportivo, escuchando con audífonos música a todo volumen. No escuchó la alarma de incendio, ni vio salir del edificio a la bestia que había sido Yanina, sólo llegó a ver una sombra junto a él, antes de ser derribado de un manotazo en la cabeza y luego devorado lentamente.

El Juego de Naipes de Mantequilla

Escritubre, día 23.

Este reto estaba relacionado al miedo más ridículo con el personaje más solemne.

*    *    *

EL JUEGO DE NAIPES DE MANTEQUILLA

Roberto reveló sus cartas, tenía un par de reyes que, gracias a los otros dos que había en la mesa, le daban la mano ganadora. Sus primos perdieron lo que les quedaba del dinero que habían llevado para el juego de esa noche; en total no había sido una suma muy grande, sólo lo suficiente como para pasar un rato ameno. Roberto cogió el dinero y guardó los naipes con mucha tranquilidad, sin mostrar alegría ni celebrar el haber ganado una vez más. Destapó dos cervezas, para sus primos, y las puso sobre la mesa.

—Son las últimas que quedan —dijo, y se sirvió una taza de café.

—Para el camino —dijo el primo Antonio, levantándose.

—Igual ya nos dejaste limpios, señor Mantequilla —dijo el primo Juancho, y también se levantó, aunque con algo de esfuerzo.

Antonio se dirigió al sofá, donde estaba su novia acostada.

—¿Estás despierta, Roci? —al ver que sí lo estaba, le ofreció la botella de cerveza y agregó—: Ya nos vamos.

Rocío, que no estaba familiarizada con el juego, había sido la primera en quedarse sin dinero. Como no encontraba divertido ver jugar a los demás y la conversación iba de temes que le aburrían, se había ido al sofá a ver la televisión. Llevaba dos meses saliendo con Antonio, aquella noche él le había presentado al primo Juancho y al primo Roberto. El primero le había causado una buena impresión, era un hombre con un buen humor incurable, era redondo y de baja estatura, de abultados cachetes y agradable sonrisa. Roberto, en cambio, se le hacía un poco tenebroso, parecía no tener emociones, todo se lo tomaba con demasiada seriedad. La inexpresividad de Roberto le daba ventaja en el juego, mientras que Juancho se delataba con una risita pícara cada vez que le tocaba una buena mano.

La pequeña casa estaba rodeada de lápidas y esculturas muy antiguas. Roberto era el conserje de un pequeño y viejo cementerio en las afueras de la ciudad. El cementerio originalmente había estado junto a una pequeña iglesia, hasta que la derribó un terremoto hacía casi cien años. Los cimientos y algunas paredes todavía resistían el paso del tiempo, aunque la naturaleza había reclamado los bloques de piedra y ladrillos, cubriéndolos de musgo, trepadoras y hongos. Ya en años anteriores al terremoto, el cementerio había entrado en desuso y no se enterraba allí a nadie. A principios de la década de 1970, se decidió limpiar el cementerio y mantenerlo como una curiosidad histórica. Se construyó una casa para instalar a un conserje, tarea que el padre de Roberto asumió y cumplió hasta el fin de sus días, y se instaló una cerca que rodeaba tanto al cementerio como a las ruinas de la iglesia.

Roberto acompañó a sus invitados hasta el portón del enrejado, se despidió y luego, cuando el grupo estuvo ya un poco lejos, cerró el portón con un candado y se fue a cumplir con sus labores.

Mientras recorrían por el camino de tierra la corta distancia hasta los vehículos, dijo Antonio:

—Ya van tres sábados que no tenemos suerte, primo, la próxima vez tenemos que dar batalla.

—Mantequilla se da aires de ser muy serio —dijo Juancho, entre risas—, pero es un tramposo. Eso es todo.

Rocío había pasado toda la noche preguntándose por qué llamaban Mantequilla al primo Roberto, pero, para evitar ofenderlo, no se había atrevido a preguntar. Ahora le pareció que sería un buen momento.

—Verás —respondió Juancho—, nuestro primo, allí como tú lo ves, dándoselas de mayordomo inglés, con esa cara más rígida que las estatuas del cementerio, es un miedoso.

—Pero no un miedoso cualquiera —agregó Antonio—, es un miedoso de un solo miedo.

—Sí, uno bien ridículo. Dile que los fantasmas del cementerio lo visitarán, y el primo Mantequilla se encogerá de hombros. Dile que vivir en medio de la nada es un peligro por los ladrones y asesinos, se limitará a señalar su rifle. Háblale de arañas, de serpientes, de osos y de todas las bestias que asustan a los hombres, él no les teme. Pero dile que va a salir el sol, y ahí lo verás correr despavorido para encerrarse en su casa y cerrar todas las cortinas.

—¿Le tiene miedo al sol? —Preguntó Rocío tras echarse un trago y arrojar al monte la botella vacía de cerveza.

—No exactamente al sol —respondió Antonio, mientras su primo Juancho corría torpemente hacia el monte para buscar la botella—, le tiene miedo a derretirse. Por eso su casa es tan fría y por eso trabaja limpiando en el cementerio solamente por las noches; teme que el calor solar pueda derretirlo.

Rocío entendió de dónde venía el sobrenombre.

—Qué loco —dijo lentamente, pensando en voz alta.

—Supongo que crecer entre esas ruinas lo volvió un poco excéntrico.

Juancho regresó con la botella, sudado y sin aliento.

—¿No saben que arrojar basura trae siete años de mala suerte?

—Los siete años son por romper un espejo —corrigió Rocío.

—¿En serio? ¡Pues vuelve al monte, señorita cerveza! —dijo Juancho y arrojó la botella hacia el sitio en el que la había hallado.

La escucharon romperse contra alguna roca.

—Y por romper una botella... ¿cuántos años?

Todos rieron.

—¡Un momento! Se me acaba de ocurrir algo —dijo Juancho, mostrando una sonrisa más grande de lo normal.

Minutos más tarde, Juancho, Rocío y Antonio se hallaban frente al portón. Juancho llevaba un saco de dormir enrollado bajo el brazo y una cinta adhesiva de embalaje en la mano, cosas que había encontrado en la maletera de su automóvil.

—Alguien tendrá que trepar las rejas y buscar la llave —dijo, ajustándose el saco de dormir mientras miraba el candado.

Roberto, por su lado, había estado podando los arbustos al extremo opuesto del cementerio. En una carretilla llevaba una bolsa negra de plástico que había ido llenando con hojas y ramas, algunas herramientas y una linterna encendida de luz led para acampar. Cuando terminó de podar, dejó las tijeras de jardinería en la carretilla. Se proponía comenzar a barrer las hojas cuando sus primos lo capturaron con el saco de dormir. Las risas delataron a los autores y Roberto les pidió, sin perder la compostura, que lo dejaran salir. La seriedad del primo Mantequilla no hizo sino incrementar las risas, y mientras Antonio lo sujetaba, Juancho sellaba la abertura del saco con la cinta adhesiva, logrando así inmovilizarle los pies a su primo.

—Esto te enseñará a hacernos trampa, primo —dijo Juancho, sin poder aguantarse la risa.

Rocío había capturado la jugarreta en video con su teléfono móvil, los bromistas lo vieron y estallaron en nuevas carcajadas. Luego se llevaron cargado al primo entre los tres y lo subieron al asiento trasero del automóvil de Juancho.

—No lo dejes muy lejos —dijo Antonio.

—Tranquilo —Juancho se secó el sudor con un pañuelo—, no lo haré caminar mucho.

Allí se separaron. Antonio y Rocío se marcharon en un vehículo y Juancho e llevó a Roberto en el otro.
A cosa de un kilómetro, Juancho se detuvo y arrastro a Roberto hasta la zanja a un lado de carretera. Sacó una navaja del bolsillo y cortó la cinta adhesiva, tras lo cual echó a correr sin perder tiempo.

—¡Hasta la vista, señor Mantequilla! —gritó mientras corría.

Roberto, al sentir libres las piernas, luchó algunos segundos con el saco de dormir para tratar de sacárselo de encima, pero, en lugar de conseguirlo, resbaló y se golpeó la cabeza, perdiendo el sentido. Juancho se marchó sin enterarse del accidente.

Cuando Roberto volvió en sí, se desembarazó del saco de dormir, se levantó y se sacudió el polvo. Miró el reloj en su muñeca y se alarmó porque estaba por amanecer. Sabía que estaba en la carretera, en algún lugar entre su pueblo y la ciudad, pero no sabía exactamente dónde, la oscuridad no permitía reconocer el escenario. Caminó con paso apurado por la carretera, sin saber en qué dirección iba. Necesitaba hallar un refugio sombreado y fresco donde pasar el día, el problema era que la carretera era en buena parte una zona árida y deshabitada, sin árboles ni estructura alguna que pudiera protegerle de los rayos del sol.

—Quizás pase algún vehículo —pensó.

Empezaba a aclararse el paisaje, a lo lejos vio a un hombre y un niño junto a un automóvil detenido a un lado de la carretera con la capota abierta. Roberto les gritó y el hombre saludó alzando la mano. El pobre Roberto no se había atrevido a correr, para evitar acalorarse, pero pronto vio al sol asomarse y ya no pudo contenerse. Corrió y gritó desesperadamente pidiendo ayuda. El hombre y el niño le gritaron que tuviera cuidado, pero Roberto no los escuchaba entre sus propios gritos. No vio que le advertían sobre una brecha que se cruzaba en su camino. Tampoco vio el orificio y cayó dentro. Al caer, se hizo el silencio.

El hombre y el niño corrieron para ver si se había lastimado, pero al asomarse no encontraron a Roberto, sólo sus ropas flotando en un charco ambarino. ¿A dónde había ido a parar el desconocido? Era un misterio. El líquido pastoso y hediondo que encontraron no parecía provenir de un ser humano. Tampoco era mantequilla.

El Perro y la Cita

Escritubre, día 25.

El reto era escribir en tiempo presente. El tema era la traición.

*    *    *

EL PERRO Y LA CITA

Ella se estira en medio de un largo y adorable bostezo, me despierta con sus movimientos y me hace bostezar a mí. La luz mañanera se filtra por las cortinas, pintada de gris azulado, e ilumina la cama tímidamente, como intentando no importunarnos. Me envuelvo entre las sábanas, son suaves y tienen una penetrante fragancia de limón y lavanda. Pero mis sentidos no se interesan por estas cosas; se interesan por ella y nada más que ella. Desde el baño de anoche, toda su piel sigue oliendo a manzanas y su cabellera a almendras. Clavo mi nariz en sus cabellos y ella ríe y me aparta. Beso y muerdo juguetonamente sus manos, que tratan de defenderse con caricias.


—Buenos días —dice, y todo en su rostro sonríe.

Se levanta. Yo la sigo, y ya siento como mi estómago se despereza y comienza a mendigar. Me desayuno mientras ella se toma una taza de café con leche, que acompaña con galletas de soda.

Las primeras horas de la mañana se nos van en menudencias. Salimos a dar un paseo. Me enorgullece ser visto en su compañía. A pesar de mi vista limitada, el exterior está lleno de estímulos (en especial de olores). Todo es bello e interesante cuando se tiene el corazón colmado. Excepto por la presencia de algunas personas, claro está. No me confío de nadie. Daría mi vida por defenderla a ella de cualquier peligro. Si alguien me parece sospechoso, con mostrarle los dientes y lanzar unos ladridos basta para que se lo piense dos veces antes de cruzarse en mi camino. A ella no le gusta cuando me pongo agresivo, y a veces me lo hace entender tirando de la correa con más fuerza de lo normal. Pero, en el fondo, sabe que lo hago porque la amo.

Por las tardes me quedo solo, excepto (no sé por qué) algunas veces en las que ella no sale. Hoy parece estar nerviosa por algo. Aunque está encerrada en la habitación, escucho todos sus movimientos, se ha mudado la ropa varias veces. Huelo su perfume, es uno que utiliza muy pocas veces; se ha echado más de la cuenta, cosa que me resulta un poco desagradable. Finalmente sale de la habitación, se le ve muy elegante. Se mira en el espejo del baño. Se cambia el peinado. Se mira en el espejo de la sala. Se ajusta el vestido de mil maneras sin lograr ninguna diferencia. Se cambia los zapatos. No comprendo tanta indecisión, pero qué puedo saber yo, ella siempre sabe lo que hace. Suena su teléfono y ella corre a atenderlo a toda prisa. No sé de qué cosas habla, pero es aparente que está emocionada.

Terminada su conversación, viene hacia mí y me coloca la correa, llenándome de alegría. No me imaginaba que saldríamos de nuevo. Vamos al patio y amarra la correa al tronco. Es algo muy raro, nunca antes lo había hecho. Imagino que me espera una bella sorpresa, pero ella se agacha y, mientras me soba la espalda, dice:

—Pórtate bien, ¿eh?

Se marcha, dejándome afuera. Me pregunto si habré hecho algo malo. No me gusta estar afuera, a solas, sin saber qué está pasando. Mordisqueo la correa, sin conseguir liberarme. El tiempo pasa y pasa, sin novedades. El aburrimiento termina por vencerme y me echo a dormir.

Despierto al escuchar su automóvil. ¡Ella ha vuelto! Eso es un alivio. Me levanto emocionado a esperar que vuelva por mí. Está oscuro. No sé cuánto tiempo me habrá dejado amarrado a este tronco. Escucho la puerta de la casa. Ella está con alguien, los escucho, los huelo. El olor de la otra persona me irrita, no me gusta que ella esté con alguien si no estoy yo allí para protegerla.

No logro soportarlo. Me pongo a andar con todas las fuerza que tengo y también con las que no tengo. El tronco se mueve, lo arrastro hasta la pared de la casa y subo sobre él para asomarme a la ventana. Allí está ella, sentada junto al extraño apestoso. Se toman de la mano. Se ríen. Se miran. Se besan.

¡Qué clase de traición! Comienzo a ladrar desesperado. Ella trata de ignorarme, pero como con eso no logra hacer que me calle la boca, sale y me regaña y me amenaza con dejarme afuera toda la noche. Obedezco, ¿qué otra cosa puedo hacer? No quiero causarle sufrimiento. Sigo asomado por la ventana. No le quito los ojos de encima al extraño. La seguiré protegiendo aunque haya dejado de amarme. No importa si me amarra para siempre a la intemperie, nunca dejaré de amarla y de velar por ella.

Pasan los minutos. Todo lo que ven mis ojos me araña el corazón, pero sigo mirando, en silencio, por ella.

Siguen pasando los minutos. Ella se levanta y deja solo al extraño para ir al baño. Ya me olía que algo no andaba bien con ese sujeto. El muy engañoso revela sus verdaderas intenciones, aprovecha que ella no está, para registrar la sala, saca algunas cosas de la gaveta de la mesita y se lo guarda en los bolsillos. Ahora se dirige a la habitación. Yo comienzo a ladrar, pero ignora mis advertencias. Ella me grita desde el baño, pidiendo que me calle.

Desde la ventana no puedo ver lo que ocurre, pero puedo oírlo todo. Ella sale del baño y lo encuentra con las manos en la masa. Discuten. Él la golpea. Yo no puedo tolerarlo. Muerdo y tiro de la correa hasta romperla, y de un salto penetro en la casa junto con los cristales de la ventana que estallan y llueven por doquier. Corro a toda prisa hacia la habitación, para defender al amor de mi vida. Pero me encuentro con que el ladrón corre hacia mí cubriéndose los ojos con ambas manos. Me llega el olor de pimienta. Ella viene persiguiendo al ladrón y lo rocía con más líquido. Yo me aparto, el olor es demasiado fuerte y me irrita. El hombre se retuerce en el piso, llorando, ciego. Ella le ha dado su merecido y ahora llama por teléfono, sin dejar de patear al pobre desgraciado. Ahora es mi turno.

La policía se lo lleva todo lleno de moretones y mordiscos, con los ojos rojos, despeinado. Dudo que vuelva por aquí.

De vuelta en la casa veo los vidrios rotos por todo el salón. Yo bajo la cabeza, esperando mi regaño, pero ella me abraza y me besa, no sé por qué, quizás no le gustaba esa ventana. Bostezo, y le contagio el bostezo al amor de mi vida. Es hora de dormir, estoy agotado. Este ha sido un día muy raro, pero, mientras ella se encuentre a mi lado, todo está bien.

El Monstruo Bajo la Cama

Escritubre, día 26

El reto consistía en describir el lugar perfecto para alguna clase de monstruo.

*    *    *

EL MONSTRUO BAJO LA CAMA

Sombra Pavorosa se levantó tras mirar la suciedad y el desorden que había debajo de la cama.

—¿Tú me estás tomando el pelo?

—Yo sé que no es ninguna maravilla —dijo Pus Tuberculoso, el monstruo del armario—, pero es lo único que tengo disponible. Mira el lado bueno, allí vas a estar tú sola, vas a tener privacidad. Si lo prefieres, puedo mostrarte el ático, pero tendrás que compartirlo con tres inquilinos ruidosos, desordenados, y que además se la pasan riñendo.

Sombra miró otra vez bajo la cama y lo pensó por un minuto.

—Está bien, Pus, me has convencido.

—¡Excelente! Déjame preparar el contrato de arrendamiento para que lo firmes.

Sombra Pavorosa, ahora oficialmente convertida en «El Monstruo Bajo la Cama», comenzó por sacar de su nuevo hogar todo lo que estorbaba: dos trozos de madera que alguna vez formaron un bate de béisbol, un plato con huesos de pollo que parecía haber sido olvidado por meses, dos pares de medias sucias, un par de zapatos rotos, una caja que contenía una botella llena de colillas de cigarrillos y una revista de videojuegos que, al ser levantada, dejó caer una revista pornográfica. Sombra entregó todos estos objetos a su arrendador, el cual, malhumorado, se los llevó a su armario.

Ya despejado el espacio, Sombra invocó a La Brisa Mortecina, que sopló gélida, levantando misteriosamente las cortinas, a pesar de estar cerrada la ventana. Sombra saludó a su invitada, que aulló cortésmente, y contrató sus servicios. La Brisa sopló bajo la cama, sacando todo el polvo, luego se condensó en un charco de agua babosa, se restregó por el suelo y, para concluir, se evaporó, llevando consigo los últimos restos de suciedad. Sombra sacó tres almas de la billetera, para pagarle a La Brisa Mortecina, pero ésta, por los siglos de amistad, sólo aceptó dos.

—Ahora, a amoblar —pensó Sombra Pavorosa, complacida por el nuevo aspecto que había conseguido darle a su hogar.

De la manta purpúrea y raída que la cubría, extrajo algunas viejas pertenencias: sombras que, vistas bajo cierta luz, cobraban formas reconocibles. Así, pues, colocó bajo la cama una maleta de humo con mudas de ropa, un maletín de piel de buitre con sus herramientas de tortura, una almohada de plumas de pájaro dodo, un reloj hecho de huesos de cabras y cerdos diabólicos, una alfombra tejida con fibras de vendas de momias, y una pecera con fantasmitas de trilobites. Como sólo la cabecera de la cama estaba en contacto con la pared, y además el espacio de abajo ofrecía pocos centímetros de altura, Sombra no tenía dónde poner todos sus cuadros; tuvo que contentarse con colgar un retrato familiar y un pequeño afiche de los Rolling Stones.

La transformación era maravillosa, pero parecía faltar algo.

Como muchas otras apariciones incorpóreas, Sombra sentía una gran fascinación por los adornos colgantes, en particular por las campanas de viento. A pesar de que no tenía suficiente espacio para instalar una decoración muy elaborada, se le ocurrió que ella misma podía confeccionar una campana de viento con las proporciones adecuadas; sólo tenía que hallar las partes necesarias. Tras siglos de práctica, Sombra había adquirido talento para las manualidades. El proyecto la entusiasmaba. Comenzó por explorar la casa.

Por contrato, al convertirse en el monstruo bajo la cama, Sombra quedaba confinada a los límites de su residencia (esto incluía el patio frontal y el garaje). No sólo tenía la obligación de permanecer dentro de la propiedad, sino que era físicamente imposible incumplir dicha obligación, era como estar atada con cadenas invisibles.

En el comedor encontró algo que llamó su atención. La pared que dividía a la cocina del comedor, tenía una abertura circular de aproximadamente un metro y medio de diámetro. Esta abertura estaba adornada con un vitral esmerilado que representaba una rosa blanca con su tallo verde, sobre un fondo en varios tonos de rosados y violetas. Era justo lo que necesitaba Sombra.

Antes que nada, tenía que buscar al gato. Ser una aparición incorpórea presentaba el inconveniente de hacer sumamente agotador el interactuar con objetos físicos. Allí los gatos podían ser de mucha ayuda, esos pequeños mercenarios siempre estaban dispuestos a colaborar con los espectros a cambio de comida o de almas para recargar sus siete vidas, en caso de haber perdido alguna.

Sombra encontró al gato en el salón, durmiendo encima del perro. Sombra odiaba a los perros; esos animales raras veces se llevaban bien con los seres de ultratumba.

—Psst, gato, ¡despierta! —dijo con una voz sobrenatural, en una frecuencia lo suficientemente alta como para no ser percibida por el perro.

Conseguida la atención del felino, le hizo señas para que la siguiera hasta la cocina, donde discutieron los términos de un servicio que el gato aceptó de buen grado. Sombra le adelantó media alma como parte de pago, cosa que desagradó sobremanera al alma cuando se vio cortada en dos.

Sobre el mostrador había una decena de naranjas dentro de una pequeña cesta, el gato las extrajo y de un mordisco tomó la cesta por el asa.

—Espérame aquí, no te vayas —dijo sombra.

El gato, malhumorado soltó la canasta y, no pudiendo resistir la tentación, se acostó adentro. Pero no tuvo tiempo de echarse una siesta. A los pocos segundos escuchó al perro, que se aproximaba a toda prisa y ladraba enfurecido.

La mesa del comedor estaba dispuesta con uno de los extremos contra la pared, justo frente al vitral. Tenía dos sillas a cada lado y una más en el puesto principal, frente al vitral. Desde la cocina, el gato escuchó las uñas del perro correr sobre la mesa. Comprendió lo que estaba a punto de pasar y se encogió dentro de la cesta. Vio a Sombra atravesar el vitral con la misma facilidad que tienen los fantasmas para atravesar las paredes sin chocar con ellas. El perro no tenía esas habilidades. Los vidrios rotos saltaron por todas partes. El perro escapó corriendo y chillando con el rabo entre las piernas. El gato saltó por los aires lanzando un alarido histérico y al aterrizar se lamió las patas como si nada, para disimular.

Sombra se puso a mirar los vidrios rotos, luego le indicó al gato cuáles quería. El animal recogió los vidrios de colores, los puso en la cesta y los llevó al hogar de Sombra Pavorosa.

Minutos más tarde, Pus Tuberculoso aceptó ayudar con su taladro, y abrió un agujerito a cada trozo de vidrio. Sombra los trenzó con retazos de su túnica y los colgó de una esquina, bajo la cama. Los sopló y se deleitó con la música que producían los vidrios al chocar unos con otros.

La familia volvió a la casa tarde en la noche. Encontraron los vidrios rotos en la cocina y, por su comportamiento nervioso, supieron que el perro había estado involucrado; le propinaron el regaño de su vida. El gato miró complacido la escena.

Pasada la media noche, cuando el adolescente apagó su teléfono para tratar de dormir, sonó un suave tintineo de cristales bajo la cama. El adolescente brincó sobresaltado y de inmediato intentó coger el teléfono, que había dejado sobre la mesa de noche, pero los nervios hicieron que se le cayera. No se atrevió a levantarse para recogerlo. La luz de la luna, que a duras penas se colaba en la habitación, llenaba las oscuras paredes de sombras multiformes; una de ellas crecía, como si se irguiera una amenazadora forma humanoide, extendiendo los brazos y sus garras enormes. El joven trató de gritar, sin lograr hacer salir su voz, y se acurrucó bajo las sábanas, donde permaneció en silencio y temblando.

Sombra Pavorosa, satisfecha, volvió a su hogar y sopló una vez más sus campanas. ¡Qué divertidas eran! Se recostó, con una enorme sonrisa, sobre su almohada de plumas de pájaro dodo, pensando en lo mucho que se divertiría asustando una y otra vez al chico de la cama. Parecía haber hallado el lugar perfecto, después de todo.




ESCRITUBRE 2022
(primeros borradores, sin corregir)
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La niña de nueve años que heredó la funeraria de sus padres y decidió administrarla. (Oct. 01, 2022) Corregido

RETO 1. Sábado de personajes improbables.

Escribir un relato basado en el título: «La niña de nueve años que heredó la funeraria de sus padres y decidió administrarla».


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LA NIÑA DE NUEVE AÑOS QUE HEREDÓ LA FUNERARIA DE SUS PADRES Y DECIDIÓ ADMINISTRARLA

Cada día, antes de entregarse a sus deberes, Leopoldina se asomaba a la ventana para ver pasar los carruajes que circulaban, calle arriba y calle abajo, tirados por caballos en variados estados de descomposición; a pesar de que los animales tenían un aspecto siniestro, la niña los hallaba encantadores. Aquella mañana hacía frío y llovía con fuerza. Los cascos, calzados con herraduras de hierro, ejecutaban un moderado y placentero compás musical al estrellarse uno tras otro contra los charcos del empedrado, levantando grises y densas salpicaduras.

La niña de nueve años había saltado a la calle para recoger su mandíbula, que se le caía con vergonzosa facilidad cuando sonreía al ver los carruajes. De vuelta en su habitación, limpió con cuidado el barro de su dentadura y secó bien la mandíbula antes de colocársela en su lugar correspondiente. Se proponía cambiarse el humedecido vestido y los zapatos por unos que estuviesen limpios, pero fue interrumpida por sus padres, que entraron con un paso tímido.

—Hija —dijo Dolores Guillermina, haciendo lo posible por evitar la mirada de la niña—, es hora de irnos.

No teniendo ya ojos, Don Ildefonso, el padre de Leopoldina, jamás se veía en la necesidad de evitar miradas incómodas. El hombre asintió en silencio y apretó con cariño la mano que llevaba entrelazada con la de su esposa.

—Vamos —continuó Dolores Guillermina—, busca el paraguas.

Don Ildefonso y su esposa salieron de la casa sabiendo que aquélla sería la última vez. No voltearon para mirarla, ni le dijeron adiós. Dolores Guillermina temía perder la compostura si le dedicaba una última mirada a su tenebroso y amado hogar; su esposo, en cambio, no tenía ese problema: él no tenía ojos. Ambos emprendieron la marcha tomados de la mano, al amparo de un enorme paraguas gris oscuro.

Por alguna razón, los muertos sabían cuándo estaba por llegarles la hora. Los animales, al ver cercana la segunda muerte, se alejaban de las personas y se marchaban a algún lugar remoto donde se convertían en polvo. Los seres humanos iban a las funerarias, donde podían tomarse un coctel que los pusiera a dormir, para hacer su inminente desintegración menos traumática. Los muertos no tenían otra forma de morir que no fuera la transformación instantánea en polvo. Cuando se sufría un accidente que hubiera sido fatal para un ser vivo, los muertos seguían adelante con los daños recibidos; algunos quedaban tan estropeados que ya no podían hablar ni moverse, en estos casos eran llevados a asilos donde se les leía y se les proporcionaban cuidados hasta que su tiempo de vida se viera cumplido, cosa que a veces llevaba décadas.

Las funerarias tenían la doble función de ayudar a los clientes que morían por segunda vez y recibir a los que lo hacían por vez primera. Así como cada cuál conocía el día de su propia partida, las familias también sabían cuando uno de sus vivos estaba a punto de ponerse a criar malvas; con algunos días de antelación ordenaban el servicio de la funeraria para recibir al futuro muerto viviente. Estas almas primerizas se materializaban de la nada convertidas en bebés saludables que al crecer se iban descomponiendo. A veces aparecían en la funeraria bebés que nadie había reclamado como familiares suyos. Los bebés abandonados iban a parar al orfanato, donde crecían con pocos recursos y nada de afecto. Era una segunda existencia nada envidiable.

Leopoldina caminaba atrás de sus padres, les separaban algunos pasos de distancia, le gustaba la lluvia, le encantaba escuchar cómo sonaba y oler la tierra mojada. Llevaba su propio paraguas (uno que era negro y más pequeño que el de sus padres), con el que pretendía evitar mojar su vestido y sus zapatos, a pesar de que ya estaban mojados. Temblaba de frío. Miraba distraída los sobrios carruajes cuando alguno pasaba junto a ella. Sujetando su mandíbula para que no se le cayera, le sonreía a todos los encantadores caballos tenebrosos.

Cuando estaban por llegar a la funeraria, Leopoldina apuró el paso y acortó la distancia que le separaba de sus padres. Cerró su paraguas negro y pequeño y se refugió abrazando a su madre, bajo el paraguas grande y gris. Hacía varios meses que un viejo ebrio había decidido instalarse a mendigar en la esquina. La niña le tenía miedo. También le causaba curiosidad.

—¡Te has mojado toda la ropa! —dijo Dolores Guillermina, como si su hija no lo supiera ya— ¿Le ocurrió algo a tu paraguas?

—No.

—¿Y qué pasó entonces?

—Que no te fijaste en mi ropa antes de salir.

Cuando llegaron a la esquina, como temía la niña, pasaron junto al viejo mendigo. Su estado era deplorable, incluso para los habitantes de La Isla, quienes eran propensos a sufrir graves deterioros físicos. Para los muertos la vida no era fácil, había que andar con cuidado para no estropearse. Ninguna herida sanaba. Todo daño era permanente. El viejo mendigo no tenía casi piel, sus músculos, órganos internos, huesos y otros tejidos estaban expuestos donde quiera que se pusiera la mirada. Sus ropas, sucias, malolientes y andrajosas, no eran de mucha ayuda para ocultar el desgaste del cuerpo que las vestía. Leopoldina no quería mirarlo, pero le fue imposible desviar su mirada mientras pasaba a su lado. El viejo la saludó mostrando una mano en la que pocos tejidos quedaban para sostener los huesos. La falta de piel y de músculos hacían que los huesos del metacarpo parecieran formar parte de las falanges, creando la ilusión de unos dedos inusualmente largos. La niña devolvió el saludo con timidez, sin soltar a su mamá. Era evidente que el fin de aquel pobre hombre estaba cerca. Leopoldina consideró injusto que el fin de sus padres, que estaban en tan buen estado, al menos en comparación con el viejo mendigo, tuviera que estar tan cerca. Pero así de incomprensible es la muerte, así de arbitraria la vida de los muertos.

—Mamá... —dijo Leopoldina sin quitar la mirada del mendigo.

—Dime.

La niña alzó los ojos para encontrar los de su madre.

—¿A dónde van los muertos cuando mueren?

Nadie en La Isla sabía la respuesta a esa pregunta, a pesar de que muchos juraban conocerla y se organizaban en escuelas de pensamiento de acuerdo a sus bienintencionados autoengaños.

—A un lugar muy bonito, donde nos esperan todos los que partieron antes —dijo Dolores Guillermina, creyéndose cada palabra.

En la funeraria de sus padres, Leopoldina puso en orden el espacio de trabajo y todas las herramientas y materiales como se lo habían enseñado. Dolores Guillermina le fue contando al ciego don Ildefonso cada acción que ejecutaba su hija, éste sonreía y asentía sabiendo que le habían enseñado bien el oficio a la niña. Finalmente todo estuvo a punto y se sentaron a esperar y a recordar algunos buenos momentos. Poco antes de cumplirse una hora, llegaron el tío Nicomedes y la tía Marquelda, hermanos de don Ildefonso. Leopoldina viviría con ellos en lo sucesivo. Don Ildefonso se aclaró la garganta y dijo:

—Hija, estás a tiempo de cambiar de opinión. Tus tíos pueden encargarse de la funeraria hasta que tengas una edad más apropiada.

—No, papá, si voy a heredar la funeraria, he decidido administrarla yo desde este momento. Tengo el entrenamiento y sé bien todos los deberes que me esperan a mí y a todos los empleados.

—Entonces no hay nada más que decir. Tu mamá y yo seremos tus primeros clientes.

Don Ildefonso y Dolores Guillermina se acostaron en las mesas de preparación, bebieron el coctel para esperar el fin durmiendo y aguardaron nerviosos mientras la visión se nublaba y todo se volvía negro... excepto para Don Ildefonso, que no tenía ojos. Al cabo de unos minutos los cuerpos de la pareja se convirtieron en polvo.

La mandíbula de Leopoldina rompió el silencio al caer sobre las baldosas. La niña sonreía de lo más contenta porque sus padres finalmente estaban en un lugar muy bonito, reunidos con todos los seres queridos que partieron antes que ellos. La niña recogió amorosamente los restos de sus padres y los colocó en un recipiente donde descansarían juntos hasta el fin de los tiempos.

La tormenta de Esteban Augusto
RETO 2. Domingo de estados de ánimo específicos.

Escribir un relato inspirado en: Domingo soleado que quisieras que fuera lluvioso y gris para tener algún pretexto para meterte en la cama.

LA TORMENTA DE ESTEBAN AUGUSTO.

Esteban Augusto despertó de un sueño en el que una tormenta tropical cruzaba el país y las clases se habían suspendido, su hermano había ido al colegio sin saber y tenían que rescatarlo, pero Esteban había preferido quedarse calentito, arropado en la cama, y jugando con el teléfono. Una vez desperezado, se dirigió a la ventana y quedó decepcionado al encontrarse con un día brillante en el que no se veía más que una nube esquelética surcando patéticamente la bóveda celeste.

—Debe tener calor, la pobre —pensó.

Mientras comían los cereales con fruta del desayuno, le contó su sueño a Ezequías José, su hermano gemelo.

—¿Y me dejaste abandonado en la tormenta? Eso no se le hace a tu hermano mayor —dijo Ezequías y le dio un puñetazo en el hombro. Aunque eran gemelos, Ezequías había nacido momentos antes que su hermano, y esa minúscula diferencia de edad le confería cierta autoridad.

—¡Yo no te obligué a ir al colegio un domingo y en pleno aguacero! —respondió Esteban y a cambio del golpe recibido, devolvió un pellizco en el brazo que fue acogido con un grito.

—¡Niños, ¿qué pasa?! No empiecen —Andrea, la madre, se comía un yogurt casero sin azúcar que no había quedado muy firme; se le derramó lo que tenía en la cucharita al dirigirse a los niños—. ¡Ya ven lo que me hacen hacer!

Los gemelos se miraron y rieron con picardía, llevándose las manos a las bocas como si con eso pudieran ocultar de su madre las risas. Habiendo su hermano bajado la guardia, creyéndose en paz, Ezequías lo traicionó con un puntapié en la pantorrilla, aprovechándose de que la mesa ocultaba el crimen de la malhumorada mirada de Andrea.

Camino al colegio, Esteban Augusto pasó todo el viaje asomado por la ventanilla de la minivan de Andrea, maldiciendo la ausencia de nubes e ignorando a su hermano. Tenía un plan y pensaba en todas las maneras en que podía salir mal su ejecución. También albergaba la vana esperanza de que se materializara de la nada y de forma instantánea una tormenta tropical que hiciera innecesario todo lo que estaba por ocurrir. Deseaba quedarse en cama hasta tarde, como hacía todos los domingos; deseaba que empezara a llover y poder dormir arrullado con el sonido del agua precipitándose sobre el tejado; deseaba volver al sueño que había tenido y que la tormenta le diera una lección a su hermano, y después de dormir un rato ir a rescatarlo y quedar como un héroe. Pero no. Le irritaba tener que ir al colegio un día domingo, como si no bastara ya con tener que ir de lunes a viernes. Además lo llamaban un evento extracurricular; era una trampa, una burla, un agravio. ¿Qué interés podía tener un niño como él en eventos extracurriculares? Además, ¿qué rayos significaba esa palabra “extracurricular”? Seguro que ni los adultos lo sabían y no hacían más que pretender saberlo.

Los pasillos del colegio se hallaban en buena medida desiertos, no todos los grados participaban el domingo en el evento, la mitad del colegio había participado el día anterior. Y de los alumnos que tenían que participar, un buen número no pudo o no quiso asistir.

Los gemelos entraron seguidos por una maestra, Esteban se detuvo y fingió tener los cordones desamarrados; él mismo los desamarró con rapidez y comenzó a atarlos con lentitud, dejando que la maestra los adelantara y desapareciera de vista al cruzar.

—A ver si te apuras —le dijo su hermano.

—A ver si te esperas —respondió éste, ralentizando aún más sus movimientos hasta que Ezequías José comenzó a golpearse repetidas veces y en forma amenazante la palma de la mano con el puño.

Esteban no le tenía miedo a una pelea con su hermano, tales peleas no eran más que asuntos sin importancia a los que, para el disgusto de Andrea, se entregaban con bastante frecuencia. Pero en aquel momento necesitaba evitar un conflicto, de lo contrario podía verse comprometido su plan.

—Vamos, sígueme —dijo Esteban, incorporándose con agilidad.

Condujo a su hermano hacia la entrada de un salón que se usaba como depósito para materiales escolares y utensilios de limpieza. La puerta estaba cerrada con llave, pero, como sabían todos los alumnos, las puertas de todos los salones tenían cerraduras baratas que se podían abrir fácilmente con la ayuda de una tijera o un destornillador. Esto se hacía con frecuencia, en especial por los profesores, dado que nunca faltaba algún niño gracioso que le pasara el seguro a la puerta del salón al salir al receso, causando luego un breve retraso y muchas risas.

Esteban Augusto abrió un bolsillo lateral de su bolso y sacó unas viejas tijeras de aprendizaje. Intentó abrir la puerta, pero, al girar las tijeras, éstas resultaron ser de peor calidad que la cerradura y se partió el tornillo axial, quedando una de las cuchillas insertada en la cerradura y la otra sujeta en la mano del niño.

—Quítate —dijo Ezequías—, mira y aprende cómo se hace.

El gemelo mayor giró la cuchilla clavada en el picaporte, pero en lugar de abrir la puerta, lo único que consiguió fue romper la agarradera de plástico de la tijera.

—¡Estúpida cosa!

—Cálmate, tú eres muy tosco. Mira cómo lo hace el amo y señor de todas las puertas.

—¡Ja!

Esteban sacó la cuchilla estropeada, procurando no cortarse con los fragmentos filosos del plástico roto, e introdujo la otra cuchilla en la cerradura; la hizo girar con extremo cuidado y consiguió abrir la puerta.

—Nos vamos a meter en problemas —dijo Ezequías, frustrado por no haber sido él quien lograra abrir la puerta.

—Nadie sabe que estamos aquí, el profesor pensará que no vinimos.

—¿Y si nos descubren?

—¿Quién va a entrar aquí un domingo? Tranquilo, no nos van a ver. Vamos, ayúdame a recoger los pedazos de la tijera.

—Recógelos tú, esas no son cosas para hermanos mayores —concluyó Ezequías con autoridad y entró en el depósito.

Tras recogerlos todos, Esteban arrojó los pedazos de tijera en una papelera del pasillo, luego corrió al depósito y cerró la puerta tras de sí. Todo lo ancho de las paredes laterales y parte de la del fondo estaban cubiertos por robustas repisas flotantes hechas en madera rústica. Los materiales escolares y de limpieza se hallaban dispuestos de forma indiscriminada sobre los estantes, haciendo mal uso del espacio. La habitación estaba limpia y olía a desinfectante con fragancia de limón. Centrado y al fondo había un escritorio que no tenía sillas, sobre el que se encontraban apiladas varias resmas de papel de impresora. Esteban comenzó a remover las resmas e instó a Ezequías a echarle una mano con eso. Habiendo aligerado el peso, los niños arrimaron la mesa hacia el centro de la habitación.

—¿Qué estamos haciendo? —preguntó el mayor de los gemelos, secándose el sudor de la frente.

—Ya lo verás. Espérame aquí.

Esteban abrió la puerta con cuidado y se asomó. Una vez que estuvo seguro de que no habían moros en la costa, salió a toda prisa. La papelera donde había arrojado los pedazos de tijera era un recipiente cilíndrico de acero inoxidable de unos sesenta centímetros de altura y unos 30 centímetros de diámetro. Era perfecta para lo que el niño necesitaba. Esteban la cogió y la llevó a rastras hasta el salón, chirriando, pero no muy ruidosamente, todo el trayecto.

Los gemelos retiraron la tapa semiesférica de la papelera y sacaron la bolsa de basura, luego pusieron la papelera boca abajo sobre la mesa. Esteban miró bien el techo y arrimó la papelera hasta dejarla cerca de una de las esquinas, luego vació la bolsa de basura en el suelo y se la entregó a su hermano.

—Ten allí —dijo.

Se subió a la mesa y le pidió a su hermano que sostuviera la papelera para mantenerla estable. Con mucho cuidado se subió a la papelera y pidió a su hermano que le pasara la bolsa de basura. Ató la bolsa al rociador de incendios y sacó una caja de cerillas del bolsillo de su pantalón, la había cogido en la cocina de su casa, se usaba para encender el horno.

—Tú estás loco de remate —dijo Ezequías José sin poder ocultar una sonrisa llena de emoción.

Esteban encendió la cerilla y la acercó al rociador, a los pocos segundos se activaron los rociadores de todo el colegio y la alarma de incendios. La bolsa de basura que estaba atada al rociador no cumplió su función y salió disparada al instante. Esteban perdió el equilibrio y cayó de espaldas sobre la mesa, bajo una lluvia helada. Ezequías corrió a refugiarse bajo la mesa, muerto de la risa. Cuando se recuperó del golpe, Esteban Augusto corrió a reunirse con su hermano, también riendo.

—Te presento mi tormenta tropical —dijo—. Y como puedes ver, esta vez no te dejé abandonado.

Así pasaron un rato bajo la lluvia artificial un domingo soleado. Era una lástima no tener sus camas a mano para echar una siesta arropados bajo el relajante sonido del agua y los gritos de los estudiantes y maestros que corrían desesperados en busca de la salida.
La batalla de Saxofonia.
RETO 3. Lunes de géneros locos.

Escribir un relato que encaje en el género «bélico gastronómico musical».

LA BATALLA DE SAXOFONIA

Pocos son los que conocen el detalle curiosísimo de que en la batalla de Saxofonia, durante aquella inolvidable invasión a la isla de Violonchelandia, no participó ningún saxofón. Pero no dejen que me adelante a los hechos, empecemos por el principio.

Todo comenzó en la isla caribeña de Santa Tortilla, en el año de 1939, cuando el embajador violonchelandés, el excelentísimo don Antonio Castrovillari, quien además de ser un verdadero violinista virtuoso era un competente crítico culinario, se atrevió a publicar en El Diario La Sartén, hoy periodiquillo de tercera pero en aquellos días un prestigioso diario santortillense, una crítica no tanto negativa sino más bien ofensiva sobre el restaurante de Madame Claudine Vinot, quien no solo era la chef ejecutiva, sino que también era la primera dama de Santa Tortilla. Desde un principio, los pobladores de esta isla, antigua colonia francesa afamada por sus bellas playas repletas de palmeras y sus inigualables restaurantes repletos de turistas, no se habían llevado muy bien con los melodiosos hijos de italianos de la isla vecina. Que uno de estos extranjeros viniera a herir su orgullo donde más dolía, en las habilidades culinarias de la que consideraban la mujer más importante, si no del mundo entero, al menos de todo el Caribe, era una bofetada que exigía reparación. ¡Y reparación buscaron los santortillenses con una declaración de guerra! A veces los eventos cardinales de la historia de la humanidad (y no digo que éste sea uno de ellos, ni de cerca) empiezan de esa forma: con un crítico hiriendo la sensibilidad de la persona criticada. Nosotros los historiadores estamos acostumbrados a encontrarnos con esta clase de comportamientos humanos que, con harta frecuencia, culminan en la pérdida de muchísimas vidas de poca monta y una que otra de la que vale la pena acordarse; para bien o para mal, nuestro trabajo es contar los hechos, no emitir juicios.

Así aconteció que, mientras en Europa comenzaba una guerra que sería mejor conocida y más ampliamente documentada que la que nos ocupa en la presente crónica, en el Caribe se cocinaba un conflicto que, si bien de humilde escala y relevancia, no se parece a ninguno otro que este servidor haya alguna vez escuchado, leído o narrado.

Lorenzo Barbieri, primer ministro de la República Filarmónica de Violonchelandia; su amante, Filippo Fiore; su esposa, Alessia Porcaroli; y el amante de ella, que también era Filippo Fiore, disfrutaban del inicio del segundo acto de la opera Turandot, esa obra magnífica que la parca obligara a Puccini a dejar inacabada y que con gran arte concluyera Franco Alfano, cuando dos soldados violonchelandistas subieron a la tarima, interrumpiendo a los ministros Ping, Pang y Pong, personajes de la mencionada ópera, y con poco tacto, a la usanza castrense, anunciaron no solo la imprudencia periodística del embajador Castrovillari, sino también su fusilamiento, la declaración de guerra y el hecho inconcebible de que un número indeterminado de flotas santortillenses se avecinaban. Se procedió a la evacuación desordenada del teatro, curiosamente sin heridos ni víctimas fatales que lamentar. El primer ministro y su esposa, abandonando a Filippo Fiore a su suerte, fueron escoltados al búnker de la plaza Stradivarius, donde se reunieron con el alto mando militar. Allí el Jefe del Estado Mayor les explicó que esperaban a los invasores en la costa de Saxofonia, ciudad de pescadores y flautistas (¿por qué flautistas y no saxofonistas? Nadie lo sabe), la defensa se llevaría a cabo con una orquesta beethoveniana, razón por la que (como afirmamos en un principio) no participaron saxofones, y se utilizaría la forma sonata, es decir, con una exposición, un desarrollo, una recapitulación y una coda opcional.

Con sus utensilios de cocina ceñidos al cinturón, una cacerola por casco (exótico requisito reglamentario de las Fuerzas Armadas Santortillenses) y su baguette al hombro, Jean-Pol Vinot se despidió de sus padres, el presidente y la primera dama de Santa Tortilla. Fue imposible convencerlo de quedarse en casa y evitar la guerra, él sentía que estaba en la obligación moral de ir a matar y quizás también de morir por defender la magullada dignidad de su madre y el honor gastronómico de su isla. Monsieur Gérald Vinot se sintió envejecido al ver partir a su hijo; indiferentemente de cómo se desarrollara la invasión, desde ese momento M. Vinot era un hombre derrotado. Por su parte Mme Vinot se tomaba las cosas de mejor grado: por un instante, cuando Jean-Pol se despedía, había dudado de la necesidad de la guerra, pero luego se convenció de que valía la pena perder un hijo por preservar su orgullo.

Enzo Leone era uno de esos músicos de pacotilla que llegan arrastrando su estuche de viola lleno de telarañas y nadie se explica cómo es que consiguen un puesto en la orquesta. También pertenecía a esa clase de personas cuyos propios medios no las impulsa más que a ser olvidadas y que terminan entrando en los libros de historia por pura casualidad. Cuando la enorme orquesta se estaba preparando en la playa para repeler a los invasores, a dos personas no se les permitió unirse a la defensa de la isla. La primera era un percusionista que el director de orquesta odiaba con toda su alma, era el amante de su esposa, era Filippo Fiore. La segunda era Enzo Leone, que se había traído un estuche de viola vacío y había dejado por error el instrumento en casa, pero como su casa estaba lejos de Saxofonia, no tenía manera de ir a buscarlo.

Caminaba Enzo por la playa, con la vana esperanza de que las olas le llevaran una viola (también le hubiera servido un violín) salida de algún naufragio. Los naufragios de navíos violonchelandeses solían dejar a la deriva un gran número de instrumentos musicales, aunque casi todos se hundían de inmediato junto con los músicos, cierto tipo de instrumentos podían ser arrastrados por la corriente hasta la costa. Así que, después de todo, la esperanza de Enzo no era tan descabellada como lo hubiera sido en otro país.

Las olas no le llevaron una viola, pero el destino le llevó a toparse con Filippo Fiore, circunstancia que no le traería nada bueno. Los hombres trabaron rápido una amistad: amistad que al violista le parecía profunda y sincera, mientras que para el percusionista, hay que decirlo, era superficial y sin importancia. Filippo Fiore tenía el don de ganarse con facilidad a las personas. Cuando no lo conocían bien, todos lo querían, todos reían cuando él reía, todos imitaban sus gestos sin darse cuenta, todos deseaban estar a su lado y ganarse su amistad. Luego venían los problemas. Al final, algunos terminaban odiándolo, otros lo amaban aún más.

Al atardecer, la isla entera de Violonchelandia esperaba con ansiedad la llegada del enemigo. Chiara Leone mandó temprano a sus hijas a dormir, tras haber bajado los colchones al sótano, donde corrían menor peligro. Luego se instaló a escuchar las noticias por la radio hasta que sonaron las sirenas, entonces se unió a sus hijas y juntas se prepararon para lo peor. Antes del anochecer comenzó el bombardeo, la fuerza aérea santortillense arrojó toda clase de postres, sopas, cremas y otros platos sobre las ciudades principales sin encontrar mayor resistencia. La costa de Saxofonia fue el único lugar donde se vieron repelidos dada la gran concentración de baterías antiaéreas que defendía a la orquesta sinfónica. Los cazas y bombarderos fueron acogidos con una lluvia de instrumentos al compás de la obertura de El Barbero de Sevilla. Pasado el bombardeo, que dejó numerosos edificios en ruina cubiertos de mousse y vichyssoise, Chiara se sintió aliviada de haber tomado refugio en el sótano. Era una mujer perspicaz y precavida, todo lo veía venir y nada la agarraba con la guardia baja. Era un misterio cómo una mujer así había terminado casada con un inútil como lo era Enzo Leone. Cuando salió a ver el daño que había recibido su vivienda descubrió que su marido había dejado la viola. Se preguntaba cómo podría estar luchando sin el instrumento. Jamás se hubiera imaginado que en lugar de defender la patria, su marido la engañaba con Filippo Fiore.

Durante el desembarco, los primeros en salir fueron los aprendices de cocina comandados por jefes de partida. Cada navío contaba con especialistas como el Saucier para las cremas o el Poissonnier para los pescados, éstos se ocupaban en cocinar continuamente, sin desembarcar, para mantener comida lista para usar en todo momento. Nunca se vio una guerra de comida más brutal que en esa playa. Las arenas se teñían de salsas, cremas y sangre por iguales proporciones. Por su parte, la orquesta recibía a los cocineros con notas musicales que reventaban sus entrañas y con una lluvia de instrumentos. Aquí quedó un Rotisseur aplanado bajo un piano, allá un aprendiz atravesado por un clarinete. Ningún bando sentía compasión por el otro. Perdida su humanidad, aquellos salvajes se entregaban a todas las crueldades posibles.

Un joven aprendiz de cocina entró en pánico y corrió en dirección contraria al epicentro de la escaramuza, era Jean-Pol Vinot, cuyos padres habían provocado toda aquella carnicería. Aún estaba lo suficientemente cerca de la orquesta como para escuchar algunas notas de las oberturas de Rossini cuando descubrió a Filippo Fiore acostado en la arena.

—¡Muere! —gritó sin pensarlo y se lanzó al ataque.

Enzo Leone, que volvía de tomar un breve baño en el mar, se interpuso y resultó apuñalado con el cuchillo mondador con el que Jean-Pol pelaba las frutas. Su asesino quedó paralizado y se horrorizó al verlo sufrir y eventualmente expirar como un jamón viejo. Filippo, que se había puesto en pie, se encogió de hombros.

—Mucho gusto, es un placer —le dijo a su atacante, y ya con eso lo tenía en el bolsillo.

A pesar de su superioridad aérea, la batalla iba de mal en peor para los cocineros. La orquesta sonaba más apasionada que nunca, los instrumentos no dejaban de caer del cielo, la noche le pertenecía a los músicos y los cocineros comenzaron a desmoralizarse. Al salir el sol, se dio la orden a los pocos sobrevivientes santortillenses para retirarse. Violonchelandia se erguía victoriosa.

En Santa Tortilla, las fuerzas armadas ya discutían para planear un segundo ataque cuando arribaron a casa los sobrevivientes. En medio de la mañana, todos quedaron sorprendidos cuando el alto mando recibió la orden de negociar la paz y poner fin a la guerra.

—¡Cueste lo que cueste! —dijo el presidente al otro lado de la línea telefónica.

M. Gérald Vinot, el presidente; Mme Claudine Vinot, la primera dama; Jean-Pol Vinot, su hijo; y el amante de los tres, Filippo Fiore, salieron a dar un paseo por la playa, a la sombra de una hilera de enormes palmeras, pensando los unos en comida, silbando el otro una canción napolitana, como si los muertos y moribundos en la isla vecina no existieran. Los escándalos de este cuadrado amoroso desembocarían, tres años más tarde, en la segunda guerra de Santa Tortilla y Violonchelandia. Allí sí participaron saxofones, pero no seré yo quien cuente esa historia.
Haiku

RETO 4. Martes de géneros aledaños.

Escribir un haiku con un tema deportivo.

HAIKU

El cuerpo cae
con destreza evidente.
Salpica poco.

Una noche en el Porcupine

RETO 5. Miércoles de estructuras novedosas.

Escribir un relato con una narración de referee.

UNA NOCHE EN EL PORCUPINE

Astrid recogió las partituras y las guardó dentro de la banqueta del piano, me dirigió una sonrisa amistosa y saludó agitando la mano. Todos los miércoles por la noche, yo tenía por costumbre ocupar una mesa del Bar Restaurante The Jolly Porcupine, donde primero cenaba y luego me dedicaba a investigar y escribir mis artículos sobre el cine mudo. Yo conocía a Astrid desde antes de adoptar mi rutina de los miércoles: ella tocaba el piano en el teatro Blazquez-Ocampo cuando se proyectaban películas mudas, y era contratada por la misma revista para la que yo trabajaba. Astrid se preparaba para tomarse un descanso, pero volvió a sentarse al piano cuando vio entrar al señor Aurelio y tocó para él un arreglo de la Serenata a la luz de la luna de Glenn Miller.

Aurelio José Moreda era el dueño del Porcupine, pero hacía años que no se ocupaba del negocio, eso lo dejaba en las manos de su hija, la señora Chechi. Siempre se la pasaba en el establecimiento, socializando con los clientes regulares y entablando conversaciones con quien quiera que llegara, fuera conocido o no.

—¿No es la música más bella que has escuchado? —me preguntó, mientras meneaba el dedo índice en dirección al piano, como si dirigiera una orquesta imaginaria.

Era la canción favorita del anciano. El señor Aurelio amaba la música de las grandes bandas, era la música de su infancia, la música de sus padres. Desde el primer día en que pensó abrir un restaurante frente a la playa, había decidido que estaría ambientado con música en vivo: jazz, exclusivamente, cosa que no encajaba mucho con el ambiente tropical que le rodeaba. «Al que no le guste, que se vaya al diablo», solía decir cuando le tocaban el tema.

Viendo la laptop cerrada sobre la mesa, la señaló y preguntó:

—¿Ya trabajaste?

—No, todavía estoy esperando la cena.

—¡Benjamín! —gritó alzando los brazos, dirigiéndose a uno de los camareros— ¿Qué pasa que no le han traído la comida a nuestro escritor? ¡Cuando se haga famoso no se va a acordar de ti de lo mal que lo estás atendiendo!

—¡En camino! —gritó Benjamín entrando a la cocina.

El señor Aurelio me sonrió y guiñó el ojo, como diciendo «está resuelto». Luego se dirigió a la pianista, que acababa de terminar su interpretación.

—¡Bravo! ¡Bravo!

—¿Le gustó? —preguntó Astrid, mientras se levantaba, ahora sí se iba a tomar el descanso.

—¡Bellísima! Gracias, mi niña, gracias —cuando ella salió, el señor Aurelio se dirigió a mí— ¿Sobre quién vas a escribir hoy?

-Buster Keaton.

-¡Keaton! —exclamó, y luego añadió haciendo un gesto teatral— Ah, magnífico.

—¿Lo conoce?

—No, no tengo ni idea de quién es —el viejo rió dándome algunas palmadas amistosas en el hombro —. Lo mío es la música, allí sí que podemos sentarnos a hablar todo lo que tú quieras. De cine, no sé mucho, y de esas películas viejas que te gustan a ti: ¡menos todavía!

En ese momento vio entrar a alguien y se despidió deseándome buen apetito.

—¡Eh, Marcelo! —gritó antes de alejarse— ¡Nos tenías abandonados! ¿Por qué no habías venido?

Benjamín apareció con varios platos que fue dejando en otras mesas antes de servirme la ensalada.

—Hola, ¿cómo te ha ido? Disculpa la demora. ¿Te dijo Astrid lo del Corolla negro?

—Hola, gracias, y no, hoy no he hablado con ella. ¿Cuál Corolla negro?

—Desde el domingo, todas estas noches ha estado viniendo y se estaciona frente al Porcupine y se queda allí por horas, bajo el farol roto, donde no pega mucha luz. Nadie se baja, no sabemos cuántas personas hay dentro. No encienden las luces del interior. Nos están espiando, ¿qué otra cosa van a estar haciendo allí? Si andan cazando a alguien sólo espero que no se pongan a echar tiros a lo loco, no le vaya a pegar una bala al que no es.

—¿Y nadie se ha acercado a ver qué es lo que quieren?

—¿Estás loco? A ver si lo matan a uno. La señora Chechi llamó a la policía anoche, porque el señor Aurelio dice que no es nada y que no nos preocupemos. Vino una patrulla, los oficiales hablaron con la gente del Corolla y se fueron sin dar explicaciones, como si nada. ¡Esos policías corruptos! Seguro les pagaron para que no vieran ni dijeran nada. Cerdos.

—¿Ya le estás contando lo del Corolla? —dijo Astrid, que volvía de haberse fumado un cigarrillo afuera.

—¡Claro! La gente tiene que saber, no ves que pueden estar corriendo peligro aquí.

—Anda a trabajar antes de que te regañen.

Benjamín se fue a atender otra mesa, no sin antes hacer un gesto incomprensible señalando primero sus ojos, luego la entrada, luego a mí, luego mi laptop, otra vez la entrada y otra vez sus ojos.

—No le hagas caso —dijo la pianista y se fue a preparar sus partituras para continuar ambientando el restaurante.

Me dio un escalofrío al imaginar que alguien pudiera comenzar a disparar contra el restaurante desde el dichoso Corolla, pero luego descarté la idea como absurda y me terminé la ensalada. Me puse a pensar qué podría decir sobre Buster Keaton que no hubiera escrito antes. El día anterior, el martes 4 de octubre, se habían celebrado ciento veintisiete años de su nacimiento. Con la laptop preparada frente a mí, cerré los ojos un momento. Hay algo mágico en el ambiente del Porcupine cuando se presta atención, además de todos los olores, a comidas, bebidas y playa, son los sonidos: las suaves notas de un piano al que el salitre del ambiente marino ha restado sonoridad, son las ininteligibles conversaciones a sotto voce de los comensales, el delicado canturreo percusivo de los cubiertos colisionando entre ellos y contra los platos, los vasos que chocan cuando los recoge un mesonero, botellas de licor y de bebidas carbonizadas que se destapan, llamadas, silbidos, risas, y además las olas de la playa que se estrellan a pocos metros del restaurante. Ese concierto de tantos elementos mundanos que se hacen gloriosos cuando se juntan, es la razón por la que cada miércoles me siento a escribir en aquel lugar. Jamás he tenido una noche en la que las palabras no fluyeran libremente tras cerrar los ojos y prestar atención; tan solo unos instantes basta, la magia no te hace esperar.

Germán Villamayor era el mejor amigo del esposo de la señora Chechi. Él y su esposa, Ana Luisa, solían cenar con frecuencia en el Porcupine, alguna vez me invitaron a unirme a su mesa y conversamos, si bien de forma amena, sobre temas sin importancia. Hacía meses que yo no lo había visto por allí. No lo vi entrar, me encontraba concentrado en mi trabajo cuando me tocó el hombro para saludar, sin decir nada ni detenerse, parecía llevar prisa. Entró a la cocina como si fuera el dueño del local. Se escuchó su voz y la de Chechi, parecían disgustados pero era imposible entender qué era lo que estaban diciendo.

Me puse a leer los últimos párrafos que había escrito, con la intención de retomar el hilo, cuando de repente Astrid improvisó un final abrupto para la pieza que tocaba, dejó el piano y vino a sentarse a mi mesa.

—Desde que Germán y su esposa dejaron de venir hace un tiempo —me dijo en voz baja, sonriendo—, él siempre busca a la señora Chechi a la hora de cerrar. Seguro que hay algo entre ellos. Todos lo saben, menos el señor Aurelio. Te apuesto que por eso no vinieron más, seguro que Germán no quería que su esposa y su querida estuvieran en contacto.

—Astrid, no te vayas a molestar, pero de verdad quisiera terminar esto y no puedo estar distrayéndome con asuntos privados que no me conciernen.

Benjamín, que se había asomado por unos segundos a la ventana, se aproximó nervioso.

—Ya el Corolla negro está afuera. ¡Tenemos que hacer algo!

El señor Aurelio, que había estado sentado en las mesas del exterior, también se acercó.

—Allí está el Corolla otra vez —dijo.

Sabiendo que no me iban a dejar trabajar si me quedaba allí, me excusé, pedí una cerveza en la barra y fui a sentarme al exterior. La brisa soplaba con vigor y olor marino, el oleaje nocturno se me hacía melancólico. Desde allí miré el Corolla negro, aparcado en las sombras. Germán salió, se quedó de pie junto a la puerta y encendió un cigarrillo. Traté de ignorarlo y enfocarme en tratar de terminar mi artículo. Leía las últimas líneas cuando me distrajo un ruido proveniente del Corolla, el conductor había bajado la ventanilla y tomaba fotos en dirección al restaurante con su teléfono inteligente; la primera foto había disparado un efecto de sonido que imitaba una cámara vieja, luego no sonó más, pero los movimientos que hacía el conductor daban a entender que seguía tomando fotos.

Germán aplastó la colilla del cigarrillo y de inmediato buscó otro en su bolsillo, cuando lo iba a encender reparó en mi presencia.

—Eh, no te había visto —dijo y me ofreció un cigarrillo.

—No gracias —no sabiendo qué otra cosa hacer, le ofrecí mi botella de cerveza. Tomó un trago y se sentó junto a mí sin decir nada—. Oye, ¿te has fijado que nos están fotografiando?

—¿Qué? ¿Quién?

Le señalé el Corolla negro con un gesto, moviendo la cabeza. Germán Villamayor era una persona que nadie querría tener de enemigo, era uno de esos sujetos que jamás hacen ejercicio pero que de alguna forma son atléticos. Tenía un rostro severo que parecía malhumorado inclusos en sus mejores días, esa expresividad agresiva natural unida a su gran tamaño corporal intimidaba a cualquiera.

Germán se levantó arrojando a un lado su silla y se encaminó hacia el automóvil.

—Eh, tú —dijo— ¿qué es lo que te crees que estás haciendo?

Yo, al recordar lo que había dicho Benjamín sobre las balas perdidas, me acobardé y me di prisa en volver al interior del restaurante. Mientras entraba, escuché que el Corolla encendía el motor y arrancaba haciendo rechinar los cauchos. Germán le gritó todos los insultos que conocía, a pesar de que el automóvil ya estaba demasiado lejos como para escucharlo.

Adentro, la señora Chechi discutía acaloradamente con su padre. Yo instalé mi laptop en una mesa y me senté sin saber qué hacer. Germán entró y se dirigió a la barra.

—¿No te dije que te fueras? —dijo Chechi— ¿Por qué sigues aquí? ¡Lárgate!

—Me voy a tomar una cerveza y me voy, así que te esperas.

Cuando Germán iba por la tercera cerveza se escucharon dos automóviles aparcar bruscamente. Benjamín corrió a la ventana y anuncio que se trataba del Corolla negro y la camioneta pickup del marido de la señora Chechi. La mujer se puso nerviosa y salió para tratar de impedir que su esposo entrara al Porcupine. El señor Aurelio le dijo a Germán que ya era hora de que se fuera.

—Mire señor, cuando me termine la cerveza me voy. Se va a tener que esperar un momento, ¿entiende?

Astrid recogió sus partituras y, en lugar de guardarlas en la banqueta, se metió en la cocina llevándoselas consigo. Benjamín seguía clavado en la ventana, narrando todo lo que ocurría: La señora Chechi reñía con Wilfredo, su marido, y del carro negro había salido María Luisa, la esposa de Germán, junto con un hombre desconocido.

—¡Ya vienen! —dijo Benjamín y se apartó de la ventana, buscando plantarse en un lugar donde no le estorbara a nadie.

Germán saltó del taburete, botella en mano, y permaneció de pie frente a la puerta.

Yo cerré mi laptop y me quedé sentado, pensando que lo que debía hacer era levantarme y marcharme directo para mi casa. Por unos segundos todo estuvo en silencio. La magia del Porcupine había sido reemplazada por una ansiedad intolerable. Mientras esperaba que la puerta se abriera en cualquier momento y se produjera una escena que hubiera preferido no tener que presenciar, empecé a sentir un pitido en los oídos mientras se me nublaba la visión. Todos los sonidos se apagaron, todo se puso negro.

Volví a la realidad en medio de una gritería cuando Wilfredo cayó sobre mi mesa con el rostro ensangrentado. No sabía cómo había empezado la pelea, pero me hallaba de pronto en medio de ella. Germán se lanzó contra el hombre y procedió a golpearlo repetidas veces. Yo traté de sacar mi laptop de abajo del cuerpo de Wilfredo, pero no lo logré y, ya un poco más despierto, me levanté y me fui trastabillando para refugiarme detrás de la barra.

Benjamín intentaba mantener al señor Aurelio fuera de peligro, pero éste dificultaba la labor; el anciano creía que estaba en condiciones de meterse en la pelea y hacía todo lo posible por conseguirlo.

—Ayúdame aquí —dijo Benjamín cuando me vio.

—No te metas en esto —dijo el señor Aurelio amenazando con un puño. Decidí hacerle caso.

Benjamín se encogió de hombros.

—Al menos no se pusieron a echar tiros —dijo.

Astrid abrió la puerta de la cocina, donde se había refugiado junto con la cocinera, su ayudante, la esposa de Germán y el hombre desconocido que había llegado con ella.

—¡Ven, rápido! —me indicó, diciendo lo mismo con las manos.

En la cocina me sentí como un cobarde, desde afuera llegaban gritos y ruidos de cosas que se rompían. La cocinera le ponía una bolsa de hielo en la cara al desconocido, que resultó ser el abogado de María Luisa. Éste tenía la cara hinchada y había estado sangrando mucho por la ceja derecha, pero ya había cesado de sangrar.

No pasó mucho tiempo antes de que la pelea concluyera. Astrid había llamado a la policía y, por fortuna, había una patrulla cerca. Los oficiales esposaron a Germán y a Wilfredo.

—Mi mejor amigo —dijo Wilfredo—, ¡bah! ¿Quién necesita amigos como tú?

—Yo había venido a terminar la relación con Chechi —dijo Germán.

—¿Y crees que eso cambia algo? ¿Es que tú no piensas o qué?

La señora Chechi trató de abrazar a su marido y de darle explicaciones, pero este rechazaba sus abrazos contorsionando el cuerpo, con las manos esposadas en la espalda. Esto hacía reír a uno de los oficiales.

—Aléjate de mí, Cecila —él la llamaba así cuando estaba disgustado. Ella reaccionó ofreciéndole una lluvia de insultos y golpes. Eventualmente se reconciliarían, ambos se habían engañado mutuamente hasta el cansancio, era algo habitual en ese matrimonio.

Yo recogí mi laptop, que afortunadamente había sobrevivido sin daño alguno, y me despedí.

—¿Pudiste terminar tu artículo? —preguntó el señor Aurelio, como si nada hubiera pasado.

—No, lo haré en casa.

—¿Sobre quién es que era? ¿Michael Keaton?

—Buster. Buster Keaton.

—Bueh, da lo mismo —dijo, con su sonrisa habitual.

La boda de Joaquina la Asesina
I. Los preparativos de boda

RETO 7. Viernes de excesos.

Exceso de detalles. Relatar minuciosamente cómo va a ser la boda de Joaquina «La Asesina», registrados por su planificadora de bodas.

LA BODA DE JOAQUINA LA ASESINA
I. LOS PREPARATIVOS DE BODA

Consuelo Cerdeño, para el enorme disgusto y eventual desconsuelo de su padre, el Procurador General, había sucumbido al peligroso capricho de venir a enamorarse de Joaquina Inarraza, a quien mucho después la prensa bautizaría como Joaquina «La Asesina». Su amor fue correspondido y las mujeres se hicieron inseparables. Consuelo aprendió de Joaquina el pasatiempo de apagar una vida con una bala o un puñal, le tomó el gusto a la crueldad y la tortura, selló su amor con sangre; por donde quiera que pasaban las enamoradas, desaparecían personas. Una noche de fiesta en la que se habían pasado de tragos, las jóvenes tomaron la decisión impulsiva de dejar la gran ciudad en la isla caribeña y contraer matrimonio en algún remoto pueblito europeo. A Joaquina no le faltaban los medios económicos para cumplir sus objetivos, hija nada menos que del hombre que dominaba en la isla el lucrativo negocio del tráfico ilícito de drogas, lo único que Joaquina no tenía ni podría conseguir jamás era que su familia aprobara su pareja. Gregorio Inarraza, su padre, no soportaba la idea de que Joaquina estuviera enamorada de la hija del Procurador General, para él una boda era inconcebible.

Joaquina planeaba casarse en secreto, en Europa, donde su familia no pudiera interferir. Compró los boletos de avión, informó a su prometida y pasaron la noche pensando en cómo sería la boda y proponiendo toda clase de ideas. Tres días más tarde, el día del vuelo, Consuelo no apareció. Joaquina la llamó por teléfono una y otra vez, sin conseguir comunicarse. Cuando se aproximó la hora del vuelo, se marchó al aeropuerto a esperarla allá. Fue en vano. Joaquina, furiosa, rompió el boleto y se largó a un bar donde estuvo bebiendo desde la tarde hasta altas horas de la noche. Al día siguiente, el Procurador General salía en las noticias pidiendo información sobre el paradero de su hija. Dos semanas después apareció el cuerpo de Consuelo Cerdeño. El padre de Consuelo sospechaba de Joaquina, pero la inocencia de ella era incuestionable: el día de la desaparición había sido vista y grabada por las cámaras de seguridad del aeropuerto y luego también en el bar. Siendo ella inocente, la sospecha recayó sobre su familia, pero no se logró establecer una conexión. El caso quedó sin resolver.

Pasados tres años y siete meses, sonó el teléfono de una planificadora de bodas en una ostentosa oficina frente al mar. Aridai Ahmadi atendió la llamada, Joaquina estaba al otro lado de la línea. La planificadora anotó el nombre de la pareja y concertó una cita para discutir los detalles. Al colgar se quedó pensativa, haciendo sonar la mesa con el suave y rítmico golpeteo de sus uñas postizas. Uno de los nombres que había anotado le resultaba algo familiar, le impacientaba no poder ubicarlo en sus recuerdos. No era el de Joaquina Inarraza, cuyos crímenes todavía no salían a la luz pública. El nombre era Consuelo Cerdeño.

Aridai Ahmadi, hija de inmigrantes iraníes, se había abierto paso en la vida con cierta facilidad. Sus padres eran personas progresistas y pudientes que habían escapado de la revolución cultural, en busca de un lugar donde pudieran desarrollar y ejercer sus intereses intelectuales y políticos con plena libertad. A Aridai no le faltaba nada en la vida, si deseaba algo que no podía adquirir por sus propios medios, la chequera de su padre estaba disponible las veinticuatro horas del día. Levantar su negocio no le costó nada, pero mantenerlo y adquirir la buena reputación de la que gozaba fue del todo obra suya. Trabajaba con dedicación, le apasionaba lo que hacía. Había hecho hasta lo imposible por complacer a las más difíciles «bridezillas», término inglés con el que se refería a las novias más obsesivas y exigentes. Le iba bien. Tenía un radar interno que le indicaba cuando un trabajo iba a ser difícil y se preparaba emocionalmente de antemano. La llamada de Joaquina había disparado su radar de una forma como nunca antes lo había experimentado, estuvo a tiempo de excusarse diciendo que tenía su agenda colmada, pero decidió tomar el trabajo. Después de todo, ¿qué era lo peor que podía pasar?

—Joaquina Andreina Inarraza Martinez y Consuelo Margarita Cerdeño Bravo —dijo en voz alta mientras anotaba los nombres en un formulario que luego entregó a la pareja—, ¿pueden confirmar que sus nombres están correctamente escritos?

Se habían reunido en el Bar Restaurante The Jolly Porcupine, establecimiento vecino de la oficina de Aridai. A esas horas de la mañana el establecimiento estaba casi completamente vacío, por las noches tenían música en vivo y un ambiente por lo general muy agradable, aunque dos noches atrás se había formado una pelea y todavía se podían apreciar algunos daños.

—Están correctos, sí —dijo Joaquina.

La otra mujer pareció dudar y preguntó:

—¿No importa que yo haya nacido con otro nombre?

—No, no —respondió Aridai, siempre sonriendo, como hacía con sus clientes—, esto es para la organización de la boda, y luego para mis archivos.

—Ah, ok. Es que no nací con ese nombre. No importa, ¿no?

—Ya te dijo que no importa, deja el tema —Joaquina parecía propensa a perder la calma con facilidad.

—Bueno —dijo la planificadora—, veamos, la pregunta principal es: ¿cuál es nuestro presupuesto?

Ahora que no se iba a casar en una ceremonia pequeña y a escondidas de su familia, Joaquina quería hacerle pagar bien caro a su padre su oposición anterior.

—El presupuesto es ilimitado, lo que sea que cueste es lo que puedo pagar... y mucho más.

Aridai escribió «Sin límites» en su formulario.

—Mi nombre original era Ana Belén Cuervo, por si acaso hace falta ponerlo por allí.

Joaquina suspiró frustrada.

—Verás —dijo—, mi prometida, Consuelo, falleció hace tres años y siete meses, pero su alma reencarnó en Ana Belén. Y ahora que nos encontramos de nuevo, nos vamos a casar como teníamos planeado. De ahora en adelante, Ana Belén va a llevar por nombre Consuelo Cerdeño, con ese nombre, y ningún otro, nos vamos a referir a ella. Punto. Ya no se hable más del asunto. ¿De acuerdo? ¡De acuerdo!

Aunque ella no creía en esas cosas, estaba convencida de que la reencarnación no funcionaba de esa manera. Pero ya había tenido clientes que salían con excentricidades parecidas, así que no prestó atención. Ahora recordaba por qué le había resultado familiar el nombre de Consuelo, era la hija de un fiscal, de un juez, o de un político, o alguien así, alguien conocido, que había sido asesinada hacía unos años. Aunque esto le había causado cierta incomodidad, prosiguió:

—Hablemos de lo principal, ¿ya tienen una fecha concreta o algún mes en específico para la ceremonia? ¿Cuándo se quieren casar?

—¡Pues ya!

—¿Ya? ¿Cuándo es ya?

—Lo más pronto posible.

—Entiendo. Si, como me dieron a entender por teléfono, desean un evento majestuoso e inolvidable, yo les recomendaría tomarse las cosas con calma, planificar por lo seguro, y fijar la fecha para dentro de un año.

—¿Qué? ¡No! Máximo un mes o dos.

—Siento decepcionarlas, amigas, pero para el tipo de servicio que yo ofrezco esa fecha es imposible. Hay parejas que hacen reservaciones con más de un año de anticipación, los mejores lugares y servicios pueden no tener disponibilidad antes de tres meses, algunos pueden tener una lista de espera superior a los nueve meses. En especial los meses comprendidos entre abril y octubre, siendo julio el peor de ellos, son los más solicitados. Si se quieren casar a toda prisa, pueden hacerlo, pero difícilmente será la boda de sus sueños, y para algo así no puedo ofrecerles mi ayuda.

Las mujeres lo pensaron, mientras se tomaban sus tragos, y al final optaron por otorgarle a Aridai todo el tiempo que fuera necesario, haciéndoles prometerles que buscaría la fecha más cercana que le fuera posible.

—Lo siguiente que necesitamos saber es el número de invitados que esperan tener. El número final no tendrán que decidirlo todavía y, aunque ya lo tuvieran, es muy posible que termine cambiando en los meses que vienen. ¿Han pensado en esto? ¿Tienen un aproximado?

—Toda la familia de ambas, queríamos invitar la familia de la Consuelo original, pero mi padre se negó, así que solamente será mi familia y la familia de la nueva Consuelo.

—Yo lo prefiero así —dijo Ana Belén—, sería muy raro tener allí a la familia de mi vida anterior y no recordar a nadie. Podrían pensar que soy una malagradecida.

—Ya... —dijo Aridai extendiendo la «a», tratando de disimular sus pensamientos sobre estas mujeres— ¿De cuantas personas estamos hablando?

—A ver. Mi papá, mi mamá y los de Consuelo Dos. Van cuatro. Mi hermano y las hermanas de Consuelo Dos. Van siete.

—¿Podrías —preguntó Ana Belén—, por favor, llamarme Consuelo en lugar de Consuelo Dos? Es como si hablaras de personas distintas.

—¡Son! ¡Personas! ¡Distintas! —respondió Joaquina alzando la voz—, lo que pasa es que el alma de una reencarnó en la otra. Pero está bien, no te agites, te llamaré como tú quieras: «Consuelo» —al pronunciar el nombre, hizo con los dedos el signo de entre comillas.

—Gracias —dijo Ana Belén, ¿te costaba mucho? En fin. También están los tíos y tías, cuatro del lado del papá de Joaquina y tres del lado de la mamá, más sus esposos y esposas, son catorce. Más... ¿cuánto era que llevábamos?

—Después pueden darme los números exactos, ahorita lo que necesito es un estimado. En total, entre familiares, amistades y posibles invitados de estos. ¿Más de cien personas?, ¿más de trescientas?, ¿quinientas? Algo así, para saber qué lugares puedo ofrecerles. También quisiera saber si vienen muchas personas de lejos como para ser necesario conseguirles hospedaje.

—Yo diría que como dos mil personas en total —dijo Ana Belén.

—Estás loca —dijo Joaquina—, no son tantos. Creo que en total podrían ser unas quinientas personas, porque seguro mi papá se pone a invitar políticos y otra gente conveniente.

—¿La boda será civil o religiosa?

Las jóvenes se miraron como si la pregunta las hubiera tomado por sorpresa.

—Ninguna de las dos —dijo Joaquina—, yo quiero que sea en una iglesia al estilo religioso, pero sin la parte religiosa y que no hayan curas pedófilos ni nada así muy raro.

Aridai se ajustó las gafas.

—A ver si entiendo. Quieren una iglesia, pero sin que oficie un cura.

—¿Se puede? —preguntó Ana Belén.

—No lo sé, no lo creo, ¿les serviría otro lugar si lo decoramos como una iglesia?

—Podría ser, no veo por qué no —dijo Joaquina.

Aridai tomó notas y se excusó para ir al baño.

—¿Qué te parece ella? —preguntó Joaquina.

—A mí me gusta.

—Yo lo que no quisiera es tener que esperar tanto tiempo.

—Pero ya oíste las razones, si queremos algo bonito no debemos apurarnos tanto.

—Será, si no hay más remedio. Pero como salga mal la boda —aquí Joaquina bajó la voz—, la matamos entre las dos, ¿ok?

Cuando volvió, Aridai les preguntó:

—¿Han pensado un tema para la boda?

—¿Cómo es eso?

—Si quieren algo tradicional o algo diferente. Podría ser un tema de playa, podría ser algo tipo moderno, algo estilo cierta época. Lo que queremos es una temática que las represente, ya sea un estilo de decoración, una paleta de colores o un ambiente en particular, algo que refleje su esencia, su personalidad, sus gustos. ¿Qué les gustaría?

—Yo no quiero una fiesta de disfraces, ni colores locos, ni muebles raros, ni nada así.

—Tradicional, entonces —lo anotó en su cuestionario—. Hablemos de comida. ¿Han pensado qué les gustaría para el banquete?

—¡Sería genial servir pizza y hamburguesas! Algo así informal —dijo Ana Belén. Aridai, incapaz de evitar sonreír, se tapó el rostro con el cuestionario.

—¿Tú quieres casarte comiendo hamburguesas? ¿En serio?

—¿Qué tiene de malo?

—Que es una boda de lujo, no un partido de béisbol. Allí va a haber gente importante a la que no se le puede estar sirviendo algo que no sea refinado y elegante. Sería de mala educación. Nos convertiría en el hazmerreír de toda la isla.

—Bueno, pues yo no digo más nada. Decide tú cómo quieres tu boda.

—Ahora es «mi» boda. Por favor, no empieces con el drama. Siguiente pregunta.

Aridai anotó «por determinarse» en la sección de comida del cuestionario. Y prosiguió.

—Fotógrafos y camarógrafos.

—¿Qué con ellos?

—Tienen alguno que quieran contratar o prefieren que yo les haga recomendaciones.

—Mi papá no va a dejar entrar a ningún fotógrafo que no conozca. La familia tiene su propia gente para ocasiones como esta, gente que sabe a quién fotografiar y a quién no, gente que sabe borrar de las fotos y cortar del video a cualquiera que aparezca por accidente donde no deba.

Aridai se echó un trago, mientras escuchaba, para pasar el desagrado. Hizo sus apuntes y continuó.

—Música. ¿Tienen alguna banda en mente o algunas piezas musicales?

—Supongo que para la entrada y el vals y esas cosas un conjunto de música clásica, y para la fiesta quizás algún cantante famoso de la Isla, mi papá conoce varios.

—Perfecto, tendrían que ponerme en contacto con el músico de su preferencia para acordar los detalles. Para lo demás, yo conozco varias agrupaciones de música de cámara. ¿Les gustaría un conjunto de cuerdas solamente o cuerdas con otros instrumentos?

—Yo no quiero instrumentos de cuerdas, quiero violines y cosas así clásicas.

—Los violines son instrumentos de cuerda.

—Ah. Bueno. Esos instrumentos entonces y todos los otros que se pueda, mientras más costoso mejor.

—Podría llevarles una pequeña orquesta de cámara y un coro.

—Perfecto —Joaquina sonrió y aplaudió—, no sé qué es eso pero me gusta.

—¿Tienen alguna preferencia para la entrada de las novias? Aquí es donde se suelen tocar las marchas nupciales famosas, pero cualquier música solemne o inspiradora sirve.

—Yo quiero la tradicional, la que dice: tan, tan, talán, tan, tan, talán. Ésa.

—Perfecto —lo anotó en el cuestionario—, ésa es la de Wagner. ¿Sabían que las dos marchas nupciales más famosas son de un judío y un antisemita?

—¿Y eso qué?

—Bueno que... nada, sigamos. ¿Ya tienen pensados los vestidos de novia?

—Yo quiero uno nuevo, pero no lo he decidido todavía. Consuelo Dos, perdón, «Consuelo a secas», va a usar el vestido de bodas de su mamá.

Ana Belén le dedicó una mirada malhumorada, sabía que Joaquina había dicho el nombre mal a propósito.

—Muy bien. A ver, ¿qué otra cosa? —pasó la hoja del cuestionario y leyó las primeras líneas— Ah, sí. Esto no es para hacerlo en este momento, pero unos cinco o seis meses antes de la boda, deberíamos tener las invitaciones listas y empezar a enviarlas. Para entonces ya debemos tener la lista exacta de invitados, el lugar de la ceremonia y del banquete, los detalles de transporte y hospedaje para quienes vengan de lejos. Para la decoración y las flores les voy a enseñar en los próximos días un catálogo para que puedan elegir las que más les guste. Si no tienen su propio estilista para el peinado y maquillaje, les puedo recomendar los salones de belleza con los que trabaja mi agencia, para esto no hay tanta prisa, pero, si ya tienen alguien, deberían ponerle en contacto conmigo.

—¿Eso es todo? —preguntó Joaquina.

—Algunas semanas antes de la boda, solemos organizar una cena o un almuerzo con las familias de la pareja, para que se conozcan todos un poco mejor. Esto no lo tienen que decidir por ahora. También, si todavía no han planeado la luna de miel, yo trabajo con agencias de viaje que las pueden ayudar a decidir un bello lugar y los demás detalles del viaje. Espero que podamos reunirnos la próxima semana para empezar a mostrarles fotos de las posibles locaciones y hacer una pequeña lista con las que más les gusten para ir a verlas en persona. Por ahora no puedo sino felicitarlas en su decisión de unirse en matrimonio, desearles toda la felicidad del mundo y asegurarles que con mi ayuda organizaremos la boda más espectacular que puedan soñar por el menor esfuerzo de su parte.

Aridai les estrechó la mano a amabas mujeres, cosa que le ocasionó un escalofrío, sin saber por qué. Al salir venía llegando el dueño del restaurante, un anciano sonriente y elegante.

—Señora Aridai, ¿cómo se encuentra? ¿Cómo va el negocio?

—Todo bien, señor Aurelio, todo bien.

La pareja se despidió de la planificadora de bodas y del anciano, que siguieron conversando. Ya estando algo lejos, Ana Belén preguntó a su prometida si quería esperarse en el automóvil y le hacían cacería al viejo o a la camarera que las habían atendido.

—El viejo sería más fácil —dijo ella, y se pasó emocionada la lengua por los labios.

—No inventes, Consuelo —dijo Joaquina—. No es buena idea ir de cacería cerca de un lugar al que vamos a estar visitando con frecuencia. Mejor nos vamos a otra playa, a ver qué pescamos.

(continuará en el relato del Reto 14)

El cerrajero gruñón que soñaba con saltamontes bailarines

RETO 8. Sábado de personajes improbables.

Escribir un relato basado en el título: «El cerrajero gruñón que soñaba con saltamontes bailarines».

EL CERRRAJERO GRUÑÓN QUE SOÑABA CON SALTAMONTES BAILARINES.

Érase una vez que en todo el medio del mar del Japón había una islita muy pequeña, que nunca figuró en mapa alguno y que hace mucho fue tragada por el mar. Antaño, cuando la isla andaba en sus más radiantes días, mucho antes de desaparecer para siempre, vivían en ella unos escorpiones muy raros, llamados «charrascos». Dichos animales trabajaban los metales con gran arte y disciplina; los había que eran herreros y orfebres, los había que fabricaban herramientas para la medicina y para la guerra, y los había que inventaban artefactos fantásticos que nadie sabía para qué servían.

Retirado en lo profundo de un bosque, vivía un charrasco de mal carácter cuya destreza lo había llevado a convertirse en el más grande cerrajero de todos los tiempos: sabía hacer cerraduras que ninguna llave pudiera abrir, sabía hacer llaves que no abrían ninguna cerradura, sabía hacer cerraduras que se abrieran con cualquier llave, incluso podía hacer cerraduras que se abrieran sin necesidad de usar llaves. Era todo un maestro.

Muy cerca de la cabaña del charrasco cerrajero había una granja en la que vivía una familia de saltamontes. Cada noche, después de haber trabajado durante todo el día, todos los miembros se ponían a beber, cantar y danzar alegremente alrededor de una fogata. El cerrajero detestaba a los saltamontes bailarines, la felicidad de ellos alimentaba su propia desdicha. Los escuchaba desde su cabaña, refunfuñando, así de sonoras eran sus risas y sus canciones. Pensaba en ellos todo el día y sus pensamientos iban acompañados de aquella música execrable. También soñaba con ellos, esta era la peor parte. Soñaba que lo obligaban a verlos bailar. Soñaba que lo forzaban a cantar con ellos, y a beber con ellos, y a reír con ellos. Tanta alegría era insoportable.

Además de llaves y cerraduras, el cerrajero dominaba el arte de fabricar toda clase de artilugios. Una mañana se presentó en la granja de los saltamontes, llevando obsequios para toda la familia. Les había fabricado unas botas de hierro que sorprendentemente no pesaban nada.

—Son botas mágicas —les dijo—, con ellas podrán bailar toda la noche y trabajar todo el día sin verse afectados por el cansancio.

Todos los saltamontes bailarines estaban muy agradecidos, con la excepción de la vieja bisabuela.

—No confíen en los escorpiones ni en sus inventos. Ellos dominan los metales, pero no saben nada de magia.

Nadie le hizo caso, todos se pusieron sus botas y trabajaron con más energía que nunca, y en la noche bailaron más airosamente. Pero al día siguiente se activó un mecanismo en las botas que les rompió a todos los pies. Ya no volverían a bailar.

Los saltamontes buscaron en la isla alguien que pudiera quitarles las botas y curarles de aquel sufrimiento, pero ningún charrasco los quiso ayudar, todos preferían la amistad del cerrajero. Entonces los saltamontes regresaron con la vieja bisabuela y le pidieron disculpas. Entonces ella, que se conocía todos los viejos hechizos, les quitó las botas con un encantamiento, pero no pudo curar sus heridas.

—Nunca más podrán bailar —les dijo—, pero les haré un obsequio mejor que el del cerrajero gruñón. Les daré el don de la música.

Y el don de la música era un conjuro tan potente que se esparció más allá de la isla, por lo que todos los saltamontes, bailarines o no, empezaron a cantar por las noches, como lo siguen haciendo hasta nuestros días.

Y en cuanto a los escorpiones gruñones de la isla, la vieja bisabuela también les dio su merecido, convirtiéndolos en peces y obligándolos a vivir bajo el agua, donde nunca más podrían encender el fuego para sus forjas. Y a estos peces ahora se les conoce como «charrascos gruñones».

El último piso

RETO 9. Domingo de estados de ánimo específicos.

Escribir un relato que transmita el siguiente estado de ánimo: Decepcionado, pero con la satisfacción de poder decir «te lo dije».

EL ÚLTIMO PISO.

Julio y Rafael, dos borrachitos de profesión, se detuvieron aquella noche cuando pasaron junto al esqueleto del Edificio Dulcevista, una armazón de vigas y columnas de concreto que contaba con veinte pisos parcialmente edificados. La obra estaba cercada y la entrada carecía de puerta, simplemente presentaba, a medio metro de altura, una cadena de un extremo al otro de la abertura para indicar que estaba prohibido el paso. En el interior había un vigilante sentado en una silla, recostado contra la base de un anuncio publicitario que mostraba una ilustración de cómo sería el edificio terminado y números telefónicos para informarse sobre los apartamentos que estaban en preventa.

—¡Despiértate, a trabajar! —le gritó Julio al vigilante.

—Anda a que te lleve el diablo —respondió aquél, tras lo cual bostezó y estiró los brazos.

Era su compañero de tragos, aunque no sabían su nombre ni él los suyos. Julio y Rafael sacaron las botellas que llevaban, esa noche les tocaba a ellos poner la bebida. Julio se sentó sobre unos ladrillos y Rafael sobre un tobo y, junto al vigilante, comenzaron a beber.

Antes de la media noche, el vigilante se había quedado dormido con la borrachera. Después que Rafael se había empinado las últimas gotas de la botella, preguntó:

—¿Qué? ¿Nos vamos o compramos otra?

—¿Tienes dinero? A mí no me queda nada. Y éste —dijo Julio dándole una palmada en la panza al vigilante— ya está muerto por hoy.

—Nos vamos entonces.

Julio se levantó y estiró las piernas, que tenía adormecidas. Rafael se quedó mirando por unos momentos al vigilante.

—Ya va —dijo. ¿Y si, jiji, y si agarramos al gordo este y lo subimos hasta el último piso, jijiji, y así se despierta allá arriba todo confundido?

—Nah, si lo movemos mucho se despierta.

—¿No será que te da miedo subir? Jijiji.

—¡Qué miedo ni qué nada!

—Vamos a hacer una apuesta, pues, si subes hasta lo más alto, la próxima vez yo pago las botellas. Si no, las pagas tú.

A Julio todo le daba vueltas y se iba de lado al andar, pero estaba convencido de que podría subir las escaleras del edificio sin ninguna dificultad.

—Vamos, pues. Ya me veo bebiendo gratis.

Dando tropezones, los dos borrachitos comenzaron su ascenso. Aunque la construcción no tenía iluminación propia, exceptuando el área de la entrada, la visibilidad era tolerable. La calle estaba iluminada y también llegaba luz de los edificios que tenía la construcción a cada lado y al fondo. Se veía mal, pero, salvo ciertas partes envueltas en sombras, se veía todo.

Las escaleras estaban descubiertas y todavía no presentaban ninguna clase de protección, no había pasamanos ni paredes. Cada piso tenía su plataforma, que ocupaba todo el plano, salvo por el agujero para los elevadores, por lo que no podía caerse alguien de las escaleras al vacío, pero sí podía llevarse un buen golpe si no tenía cuidado.

Llegados al quinto piso comenzó a soplar una brisa muy fría. Rafael llevaba una vieja pero robusta chaqueta de jean que le mantenía abrigado. Julio sólo llevaba una franela, por lo que subía cruzado de brazos, tiritando y sobándose los hombros para darse calor.

—Rafael —dijo Julio, que marchaba adelante—, oye Rafael, ¿tienes frío?

—No mucho.

—Préstame tu chaqueta, yo me estoy congelando.

—¿Y tú quieres que me congele yo? ¿Con este viento que hace? Jiji, no inventes.

Siguieron subiendo con cierta torpeza y lentitud hasta el séptimo piso. Allí se detuvieron a descansar.

—Jijiji. ¿Te das por vencido? —preguntó Rafael.

—¡Nunca! ¡Todo sea por el alcohol!

Rafael encendió un cigarrillo y le ofreció uno a su amigo.

—Toma, para que te calientes.

La noche estaba serena. El andar de los carros en la avenida producían un murmullo permanente, a pesar de la hora. El viento no cesaba de soplar, silbando a su paso por entre las numerosas columnas. Olía a comida, quién podría estar cocinando en medio de la noche era imposible saberlo.

—Mmm, ¿lo hueles? —preguntó Julio, mientras su compañero soltaba pequeños aros de humo.

—¿Qué? ¿El cigarrillo?

—¡No! Ven aquí, de este lado seguro te llega el olor. Alguien está cocinando. Y huele muy bien. Ya se me despertó el estómago.

—Jiji. Sí, ahora sí me llegó, huele como a pollo. Grítale algo, dile que nos invite, jiji.

—Estás loco.

—¿No te atreves? Te apuesto otra botella más a que no le gritas algo.

—Puedes ir poniéndole mi nombre a esa botella —dijo Julio y respiró profundo para gritar—. ¡Camarero! ¡Tráiganos nuestro pollo!

Los borrachitos rieron con ganas. Vieron algunas personas asomadas a la ventana en el edificio vecino, por lo que se ocultaron tras una columna, sin dejar de reír. Cuando se terminaron de fumar sus cigarrillos, recobradas las fuerzas, continuaron subiendo.

Seis pisos más arriba ya no sentían tanto el frío, andaban jadeantes, llenos de sudor, cansados. A Julio le dolían las piernas, no estaba acostumbrado a esta clase de ejercicios. Rafael se había quitado la chaqueta y se la había echado al hombro, sujetándola con dos dedos.

—¿Por cuál piso vamos?

—No lo sé, no llevo la cuenta.

—¿No sabes cuántos son en total?

—Creo que veinte.

—Julio...

—¿Qué?

—¿Te acuerdas cuando, jiji, cuando salías con esa mujer que se llamaba Abril No Sé Qué, jijiji, y que le decían a todo el mundo que tu apellido era Calendario, jiji, y que cuando se casaran serían Julio y Abril Calendario?

—Sí.

—¡Buenos tiempos, jiji! ¿Qué fue de ella? ¿Lo sabes?

—No tengo idea.

Durante el segundo descanso no hablaron mucho hasta que Rafael se dio cuenta de que un niño del edificio vecino los estaba mirando.

—Oye, Julio, mira allí, hay un niño.

—¿Y qué?

—¿Crees que pueda meternos en problemas?

—¿Cómo nos va a meter en problemas?

—Y si le dice a alguien que estamos aquí.

—Pues que le diga, no me importa.

Rafael se quedó pensativo, maquinando. Al cabo de un minuto se le iluminó el rostro.

—Oye, Julio, jiji.

—¿Ahora qué?

—Te apuesto otra botella más a que no le tiras una piedra al niño.

Julio se puso en pie de un salto.

—A ver, dame una piedra —dijo.

No consiguieron una, pero consiguieron un ladrillo. Julio, lo pensó por unos segundos, buscó la ventana del niño y fingió arrojar el ladrillo. El niño se fue corriendo. Antes de que volviera, Julio decidió que después de todo sí quería arrojarle el ladrillo.

—¡Ahí te va, gata loca! —gritó y lanzó el ladrillo con todas sus fuerzas, reventando la ventana con gran estruendo.

Los borrachitos corrieron a esconderse en las ventanas. Alguien se puso a insultarlos y amenazarlos durante varios minutos.

—¡Cobarde! Da la cara —gritaba la voz—. ¡Voy a llamar a la policía!

Pasados los gritos y pasado el susto, Julio y Rafael siguieron su camino muertos de la risa. Hallándose algunos pisos más arriba, vieron proyectados sobre el techo y ciertas columnas, muy tenuemente, el rojo y azul de la coctelera estroboscópica de una patrulla policial.

—Vamos a ver —dijo Rafael.

Se asomaron por el borde del edificio y vieron la patrulla aparcada junto a la entrada, uno de los oficiales observaba el edificio y apuntaba con una linterna que no llegaba a iluminar mucho a la altura en la que se encontraba el par de borrachitos. El otro oficial conversaba con el vigilante. No queriendo, seguramente, subir a investigar, al rato se largaron.

—Ya está, no pasa nada —dijo Julio—. Sigamos, pues.

—¡Maldición! Jijiji.

—¿Qué ocurre?

—¡Que se han ido los polis, y justo ahora es que se me viene a ocurrir! Te hubiera apostado otra botella a que no le tirabas un ladrillo a la patrulla, jiji.

El tercer descanso fue el más largo. Ya se encontraban cerca del final de su ascenso. Se les había pasado un poco la embriaguez, tenían sed, y no se sentían con ganas de conversar.

Rafael, sin decir una palabra, señaló las montañas distantes que cercaban el valle; a esa altura y bajo la luz de una luna casi llena presentaban una apariencia misteriosa, apacible. Los hombres se sintieron sobrecogidos por aquella belleza que todavía la mano humana, con todas sus pancartas, bombillos, antenas y elevados edificios, no eran capaces de ocultar. Rafael Suspiró, con una grata paz interior. Se puso en pie y le ofreció la mano a su amigo.

Cuando llegaron al último piso, Julio ya podía saborear las botellas que le esperaban, habiendo ganado tres apuestas seguidas.

—Pan comido —dijo, recuperando el aliento, encorvado con las manos en los muslos.

—Una última apuesta, jiji.

—Ya basta de apuestas, siempre me pones a mí a hacer cosas.

—Está bien, esta vez apostamos algo que tenga que hacer yo. ¡Doble o nada! Si ganas, te debo el doble de botellas, de lo contrario no te debo nada.

—Como quieras, pero primero dime cuál es el reto, porque si es algo fácil no apuesto nada.

Rafael caminó de un lugar a otro, buscando alguna buena idea con la que ambos pudieran estar de acuerdo.

—¡Lo tengo! —dijo.

—A ver.

—¿Ves el agujero de los ascensores? Bueno, si lo salto de un extremo a otro, gano.

—¿Estás loco? ¡Te vas a matar!

—Yo no me caigo, ya lo verás.

Se acercaron al borde. Julio calculó la clase de salto que haría falta para lograrlo, le pareció que sería peligroso, pero no imposible. Si algo salía mal, era una caída de veinte pisos.

—¿Trato? —insistió Rafael.

Julio no se decidía.

—¡Vamos! ¿Trato?

—Está bien —todavía Julio no tenía la claridad mental como para darse cuenta de que aquello que se jugaban no eran ya unas botellas, sino la vida de su amigo—. Si te acobardas y no saltas, yo gano, si saltas tú ganas.

—Trato hecho.

Los amigos se dieron la mano y Julio no pudo evitar pensar que podría ser la última vez.

Rafael se colocó a cierta distancia del hoyo, listo para intentar saltarlo.

—Mejor no lo hagas, Rafael —dijo Julio, nervioso—, te puede pasar algo. Tengo un mal presentimiento.

—¡Tonterías! Jijiji.

Rafael tomó impulso y comenzó a correr hacia el agujero. Cuando estuvo cerca del borde se acobardó y aminoró el paso, pero la velocidad que llevaba no le permitiría detenerse a tiempo, así no le quedó más remedio que saltar torpemente y con menor impulso del que necesitaba. En lugar de caer en el otro extremo, desapareció por el hueco.

Julio, sorprendido y asustado, se llevó las manos a la cabeza. No sabía qué hacer, no quería asomarse.

—¡Muerto! —dijo— ¡Se ha matado!

Sus pensamientos fueron interrumpidos. Era Rafael que le gritaba.

—¡Julio, Julio ayúdame!

El impulso había sido suficiente para caer en el otro extremo, pero del piso inferior, en lugar de precipitarse verticalmente veinte pisos hacia una muerte segura. En la caída se había torcido el tobillo y gritaba adolorido.

Julio se apresuró en bajar las escaleras. Agradeció aliviado de poder ver a su amigo todavía con vida. Lo ayudó a levantarse, aunque el pobre hombre no podía apoyar el pie lastimado.

—¡He ganado, jijiji! —dijo Rafael.

—No has ganado, no lo lograste.

—La apuesta era saltar, y he saltado —Rafael tenía razón.

Julio se quedó decepcionado de haber perdido todas las botellas que se había ganado durante el ascenso.

—¿Y ahora cómo bajamos?

Iba a ser muy difícil para Rafael bajar en aquel estado.

—¡Te lo dije! ¡Te dije que no saltaras!

¿Temes por tu gato? ¡No hay problema!

RETO 11. Martes de géneros aledaños.

Escribir un ensayo sobre uno de los siguientes temas:
1.- La nueva ley que se acaba de aprobar para la pena de muerte para las personas que consumen salsa cátsup.
2.- Un mundo alienígena ha contactado a las autoridades de la Tierra y se ha ofrecido a conquistar el planeta y hacerse cargo de nosotros.

¿TEMES POR TU GATO? ¡NO HAY PROBLEMA!

Mientras los representantes de los Estados Miembros de las Naciones Unidas debaten la propuesta de un grupo de melmacianos, no solo de venir a vivir entre nosotros, sino también de hacerse cargo de la Tierra, muchos nos preguntamos ¿qué será de nuestros gatos?

En los meses transcurridos desde que se hiciera pública la existencia de vida extraterrestre, más concretamente, de los sobrevivientes del desafortunado planeta Melmac, destruido en 1985, se ha dado a conocer la perturbadora fascinación culinaria que tienen estos alienígenas por los gatos.

Antes de especular sobre un posible holocausto felino, debemos reparar en cuál ha sido la experiencia de un melmaciano que ha estado oculto entre nosotros desde mediados de los años 80. Gordon Shumway se estrelló en la casa de la familia Tanner, con quienes convivió durante cuatro años. Durante todo ese tiempo, Gordon no solo respetó la vida del gato de la familia, sino que llegó a tomarle cariño. Si bien podría decirse que un individuo no es una muestra representativa, en este caso, donde los sobrevivientes de Melmac son un grupo muy pequeño, un individuo abarca un porcentaje significativo. Además, dadas las décadas de convivencia con la humanidad, durante las que Gordon no ha consumido ni causado daño a ningún gato, podemos afirmar que su presencia sería una influencia positiva entre los demás melmacianos, instruyéndolos sobre nuestra cultura y el rol de los gatos en nuestra sociedad.

Mayor debería ser nuestra preocupación por lo propensos que son los melmacianos para el desastre. Estamos hablando de una civilización que destruyó su propio planeta cuando todos sus habitantes encendieron sus secadoras de pelo al mismo tiempo. Y esto sin hablar de todas las explosiones, incendios, inundaciones, y demás daños a la propiedad privada que ha ocasionado Gordon Shumway desde su llegada a la Tierra.

¿Cómo será nuestra vida si permitimos a los melmacianos hacerse cargo de nosotros? No lo sabemos. Pero estoy convencido de que nuestros gatos estarán a salvo.

La combustión de Maritza

RETO 12. Miércoles de estructuras novedosas.

Escribir un relato con una estructura de lista de reproducción.

LA COMBUSTIÓN DE MARITZA

01. Frédéric Chopin – Nocturne Op. 9, No. 1 en Si bemol mayor

Antes de bajar de su Volkswagen New Beetle 2015, Maritza escuchó los compases que daban inicio al nocturno que más amaba de su compositor favorito. Eso bastaba para relajar su semblante, y hacerle olvidar las preocupaciones acumuladas. Frente a ella se encontraba aparcado un Escarabajo blanco, de los viejos. Esto le llenaba el corazón de alegría, pues sabía que encontraría a Oswaldo en la plaza.

02. The Beatles – Good Day Sunshine

Oswaldo se colocó los audífonos y puso a sonar una lista de reproducción de su banda favorita. Era una soleada mañana de octubre, había pensado que sería un día frío, pero ocurría justo lo contrario. Vio llegar a Maritza y su corazón latió con renovado entusiasmo. La saludó desde lejos alzando la mano, y empezó a trotar, ya luego cambiaría algunas palabras con su amiga, quizás hoy reuniría el valor para invitarla a salir.

03. Frédéric Chopin – Polonaise Op. 53 en La bemol mayor

Maritza devolvió el saludo y vio a su amigo empezar con sus ejercicios. En sus audífonos sonaron las notas de un tempo Maestoso que anunciaban la Polonesa Heroica. Con esta música inspiradora y animada, comenzó también a trotar.

04. The Beatles – Here Comes The Sun

Abbey Road era el disco favorito de Oswaldo, no solo de los Beatles, sino en general. Cuando compró su Volkswagen Escarabajo, lo primero que hizo fue pintarlo de blanco para que fuera como el de la portada del álbum.

Mientras trotaba, Oswaldo sintió que estaba haciendo más calor de lo normal. El sol brillaba con una intensidad que no se había visto en los últimos días. Pensó que se fatigaría pronto, pero siguió adelante, con la intención de aprovechar para ejercitar todo cuanto su cuerpo se lo permitiera.

05. Frédéric Chopin - Fantaisie-Impromptu Op. 66 en Do sostenido menor

El calor se incrementaba con cada minuto que pasaba. Maritza sudaba a toda marcha, mientras trotaba y escuchaba esa pieza maravillosa que su compositor favorito no quisiera publicar en vida. Chopin había dejado instrucciones de que la pieza fuera destruida tras su muerte, Maritza se alegraba de que hubieran ignorado tales deseos. El compositor había muerto demasiado joven, pensaba ella y se preguntaba qué podría lograr con su vida si tuviera que morir a los treinta y nueve años.

06. The Beatles – Happiness is a Warm Gun

Oswaldo se vio forzado a aminorar la marcha y contentarse con caminar, mientras recuperaba el aliento. Hacía demasiado calor. Pensó en Maritza, le parecía que era una chica increíble, la había conocido en el parque, ella había estado leyendo un libro sobre la historia del rock y él le había preguntado si salía algo de los Beatles. La canción actual le hizo volver al presente, John Lennon le recordaba que: «No es una chica que se pierde de mucho». Así era Maritza, alguien a quien nada se le escapaba. ¿Estaría al tanto de los sentimientos que él le profesaba? ¿Qué podría pensar ella de él? Sudaba intensamente y el sol brillaba como una pistola caliente.

07. Frédéric Chopin – Valse Op. 64, No. 2 en Do sostenido menor

Maritza se detuvo cerca de un banco bajo un árbol de mangos y se sentó en él, no podía más, la luz estaba tan intensa que le afectaba la visión. Se dio cuenta de que ya no sudaba, sin embargo su enrojecida piel se sentía muy caliente, demasiado quizás. Notó que sus zapatos despedían un hilillo de humo, circunstancia bastante curiosa que jamás le había ocurrido antes.

Tenía mucha sed, pero nunca llevaba la botella de agua consigo, tenía por costumbre dejarla en el automóvil y tomársela entera antes de empezar a manejar camino a casa. Se imaginó que en aquel momento el interior del Volkswagen debía ser un horno, y el agua debía estar desagradable por la temperatura; igual se la hubiera tomado así. Oswaldo, en cambio, siempre llevaba agua con él, si lo hubiera tenido cerca le hubiera pedido un trago o dos.

08. The Beatles – Help!

Oswaldo nunca había sudado tanto como aquella mañana. Le costaba ver de tantas gotas que caían sobre sus ojos, que se restregaba una y otra vez en vano. Miró con cierta dificultad sus manos y le pareció que eran completamente líquidas. Todo parecía estar lleno de sudor.

Algo extraño parecía estar ocurriendo, las personas que andaban en sentido contrario a Oswaldo se habían detenido y señalaban algo a la distancia. Oswaldo no podía ver con claridad, así que le preguntó a alguien qué ocurría.

—Una persona parece haberse prendido en llamas.

En efecto, a lo lejos una mujer se revolcaba en la arena, desesperada, en un intento infructuoso por apagar el fuego. Oswaldo no lograba verlo. Pero de alguna manera su corazón el advirtió que aquella persona era Maritza.

—¿Se encuentra usted bien? —escuchó que le preguntaron.

No pudo responder. Su garganta estaba llena de líquido, sentía como si se estuviera ahogando en sudor. Quiso pedir ayuda, pero resultaba imposible. Empezó a correr en dirección a Maritza, preocupado tanto por ella como por sí mismo.

09. Frédéric Chopin - Étude Op. 10, No. 12 en Do menor

Maritza, lejos de ser consumida por las llamas, se había convertido en esas llamas. Todo su cuerpo era fuego, de alguna manera quebrantando las leyes de la física; era imposible señalar cuál podía ser exactamente el agente combustible que alimentaba la lumbre.

Su cuerpo no era lo único que se había convertido en fuego, la música seguía sonando no se sabe de qué manera en donde otrora estaban sus oídos. Los agitados pasajes del Estudio Revolucionario de Chopin revoloteaban en el interior de Maritza mientras ella se revolvía asustada por el suelo. No se daba cuenta de que apagar el fuego era apagarse ella misma y dejar de ser, así, pues, lo seguía intentando.

10. The Beatles - A day in the life.

Oswaldo, cuya humanidad se había convertido en una masa líquida que mantenía su antigua forma corporal por una proeza de la tensión superficial, tras recorrer el más difícil trayecto de su vida, se detuvo frente a Maritza. La música que había venido escuchando también se había hecho parte de su cuerpo y la lista de reproducción seguía avanzando como si nada. Cuando estuvo frente a la mujer que tanto le gustaba, y la vio arder, la canción llegó, tras el dramático crescendo orquestal, a ese increíble acorde final en el piano.

—Levántate —dijo, aclarado el problema de su garganta, que ahora era enteramente líquida. En el silencio entre una pista y la siguiente, le tendió la mano a Maritza.

11. Frédéric Chopin – Prelude Op. 28, No. 15 en Re bemol mayor

Maritza alzó la vista al tiempo que cambiaba la pista en su ardiente lista de reproducción por una música más apacible. Como gotas de lluvia, los dedos de Oswaldo, entrelazándose con la candela que eran los suyos propios, la ayudaron a ponerse en pie.

12. The Beatles – All you need is love

Oswaldo y Maritza se miraron durante algunos segundos. Sus corazones de agua y fuego sincronizaron sus latidos, revelando sentimientos aún por confesarse. Se unieron en un abrazo que soltó un agudo silbido, mientras sus cuerpos y almas se fundían en un solo ser hecho de humo que se elevó, sin dispersarse, hasta perderse de vista, a lo lejos, entre las nubes, donde se amarían para siempre.

Las tejas rotas

RETO 13. Jueves de versiones de los grandes.

Escribir un relato al estilo de Macario de Juan Rulfo, o reescribir Macario con el estilo propio.

* * *

Mi abuela vivía en la ciudad venezolana de Maracay, en una casa larga y angosta (como eran las casas viejas de mi país), de un vecindario humilde. Yo vivía en una ciudad vecina, Valencia, donde todavía me encuentro al momento de escribir estas líneas. Durante mi infancia visitábamos mucho a mi abuela y conservo gratos recuerdos de aquellos días. Todo lo mencionado en el siguiente relato ocurrió en verdad, aunque probablemente no el orden narrado ni tampoco en un mismo día. A finales de 2019 la entrada de la casa de mi abuela, que había fallecido muchos años antes, se derrumbó, sepultando a uno de mis tíos, quien afortunadamente salió golpeado pero sin mayores heridas. Todavía la casa permanece en ruinas.

El siguiente relato está hecho de recuerdos de mi infancia. Está redactado imitando dentro de lo posible el estilo de Macario, de Juan Rulfo, pero sin pretensiones de alcanzar la profundidad de su narración ni la belleza de sus palabras.

* * *

LAS TEJAS ROTAS

Doña Aura no quería que camináramos sobre las tejas. Decía que podíamos partirlas. Tampoco quería que volviéramos a encaramarnos al techo. Luisito y yo subíamos de todas maneras. No siempre nos descubrían. Doña Aura era mi abuela y la tía abuela de Luisito. Yo la llamaba Lela. Él la llamaba Cucuná. Por las mañanas mi Lela hacía las arepas y colaba el café. Luego colaba el guarapo y lo endulzaba con papelón. El guarapo en nuestra región es un café muy aguado. Los niños no tomábamos café, pero sí guarapo.

La casa estaba llena de animales. Había un perro viejo y gruñón llamado el Chato. Había una perrita amistosa llamada Manchita. Manchita era blanca y tenía manchas negras. Sus manchas formaban una eme en su frente. Manchita tuvo muchos hijos. Todos esos perros murieron jóvenes. Y a todos los enterraron en el corral. También había una gata blanca que tenía un solo ojo. Donde le faltaba el otro ojo tenía un hoyo rosado. A la gata no le gustaban los niños. Todos le teníamos miedo. Había un loro llamado Papi. El loro podía hablar. Pero sólo sabía decir: «Hola Papi». Había algunos morrocoyes y varias gallinas.

Mi Lela tuvo cinco hijos y tres hijas. Una de las hijas era mi mamá. Uno de los hijos se había quitado la vida muchos años antes de que yo naciera. Se había ahorcado con una hamaca. Nunca se hablaba de él. Sólo lo conocía por un retrato colgado en la pared. El esposo de mi tía era militar. Su nombre era Monche. Una Navidad celebró disparando al aire su pistola. Yo también quería disparar, pero no me dejaron. Una vez mi tío Víctor se puso a quemar una bala. Yo no estaba, pero me contaron. La bala estalló y le atravesó el pulgar. Mi tía Ingrid era deportista. Ella era la esposa de Monche. Practicaba esgrima. A veces nos llevaba al polideportivo y nos dejaba correr en las pistas. Cuando llovía se hacían grandes charcos en el polideportivo. En los charcos siempre habían renacuajos. Dos de mis tíos eran gemelos. Uno era militar y el otro practicaba judo. Mi tía Mariela era una diseñadora. Mariela tenía una enorme mesa para calcar que tenía los bombillos quemados. Mariela tenía una pecera. Se me había olvidado nombrar esos animales. Tenía varios peces naranjas y otros marrones. En la pecera también había caracoles.

A veces mi Lela me dejaba darles de comer a las gallinas. Me daba una bolsa llena de granos de maíz. Las gallinas corrían hacía mí al verme llegar. En la casa no habían gallos. A los morrocoyes se les daba lechuga y tomates. Me fascinaba verlos comer. Aunque no me gustaba darles comida. Una vez uno me mordió el dedo. Me hizo sangrar. Cuando mi Lela regaba las matas las revisaba bien. A veces encontraba orugas y me las daba. Eran unos gusanitos verdes y mansos. Me gustaba verlos caminar por mis manos. Hacían cosquillas.

Luisito vivía en la casa de al frente. Tenía muchos juegos de mesa y un Atari 2600. Mi hermana y yo jugábamos Monopolio con él, o nos turnábamos para jugar Estratego o con el Atari. En la casa de Luisito también habían gallinas. Allí no íbamos mucho al corral porque había un gallo. El gallo nos perseguía si nos veía entrar. En ese corral había un árbol al que nos gustaba trepar. En la casa de mi abuela había muchos árboles, pero ninguno que se pudiera trepar. Al fondo del corral de mi Lela había el tronco de un árbol quemado. El tronco tenía un agujero natural que parecía el caldero de una bruja. Allí mi hermana y yo arrojábamos hojas y tierra y nos inventábamos toda clase de encantamientos mágicos.

En el patio de la casa de mi Lela, antes de entrar al corral, había una barra transversal en una esquina con la que se podía hacer ejercicios. Luisito y yo nos subíamos a esa barra y de allí podíamos saltar al techo. El techo de la cocina era una plataforma plana sobre la que se podía caminar libremente. Allí arriba estaba el tanque de agua. La tapa tenía escrito el nombre de mi tío Víctor, dibujado con una teja rota. Más allá de la cocina empezaba un techo de tejas. Allí no podíamos caminar porque las tejas se rompían. A un lado de la casa podíamos ver otra casa de parecida arquitectura. Al otro lado había una alta pared que pertenecía a una fábrica de tequeños. Entre los bloques de la pared había uno que tenía un hueco. Uno podía asomarse y ver a las trabajadoras. Un día metimos un palo de escoba por el hueco. Al rato vinieron de la fábrica para quejarse. Doña Aura no quería que camináramos sobre las tejas. Pero lo del palo de escoba era mucho peor. ¡Nos ganamos el regaño de nuestras vidas!

La boda de Joaquina la Asesina
II. El secreto de Dulcina

RETO 14. Viernes de excesos.

Exceso de Diálogos. Continúa el relato de Joaquina «La Asesina». Esta vez, su hermana, la elegante y pequeña Dulcina, ha confesado en la cena familiar tener relaciones con la pareja de Joaquina. Hay una conversación en la que Joaquina, su hermana, sus cuatro hermanos y su abuela (que es la matriarca de la mafia) discuten qué hacer respecto a la boda y a la relación de Dulcina.

LA BODA DE JOAQUINA LA ASESINA
II. EL SECRETO DE DULCINA

Joaquina limpió la sangre de su puñal y se dirigió a su oficina. Allí encontró a su hermano Jaime, parecía nervioso, seguramente había estado hurgando entre sus cosas.

—¿Qué buscas aquí?

—Bueno, nada. Yo, bueno, te buscaba a ti.

—¿Ah sí? ¿Y con qué fin?

—Bueno, pues, sólo quería felicitarte por la boda.

—Gracias. Pero esto no cambia nada. Sigues sin ser invitado. Ya hablé con la planificadora de bodas y me pidió la lista de invitados. De todos ustedes, Goyo es el único que pienso invitar.

Además de su hermana Dulcina, Joaquina tenía cuatro hermanos: Gregorio hijo, mejor conocido como Goyo, Raúl Gregorio, Jaime Gregorio y Alejandro Gregorio. Todos los hermanos llevaban el nombre del padre en alguna parte, pero Goyo, siendo el hijo mayor, tenía el privilegio de llevarlo al frente. Joaquina acusaba a sus tres hermanos menores de haber asesinado a su prometida, Consuelo Cerdeño, hacía tres años y siete meses.

—¿Sigues molesta por tan poca cosa? Bueno, allá tú.

—Sí, allá yo. ¿Algo más?

—Bueno, no...

Antes de tener tiempo de echar a Jaime de la oficina, la abuela Doménica apareció tirando a Alejandro por la oreja.

—¡Ya doñita, ya! —gritó Alejandro adolorido.

No por ser el menor era Alejandro el más inocente de los hermanos Inarraza, todo lo contrario, era el más sanguinario de todos. Verlo humillado de esa manera hubiera puesto nervioso a más de uno. Podía darse por seguro de que luego se desquitaría con el primer pobre diablo que tuviera la desventura de cruzarse en su camino.

Jaime se tapó la boca para ocultar la risa. Joaquina miró a Alejandro de arriba abajo.

—¿Qué hizo ahora el niño?

—Ahora te cuento —respondió la abuela—. La comida está casi lista, bajen a comer en cinco minutos.

Cuando se marchó la abuela, sin soltar la oreja de Alejandro, Jaime se dio cuenta de que un zapato de Joaquina tenía una gota de sangre.

—Te has manchado un zapato, hermana. Bueno, quizás deberías limpiar eso antes de bajar a cenar.

Joaquina lanzó una palabrota y salió a toda prisa. Cuando estuvo solo, Jaime se aseguró de que no había nadie cerca y abrió un escaparate donde se hallaba oculta Ana Belén Cuervo, la prometida de Joaquina y, según decían ellas, la reencarnación de Consuelo Cerdeño.

—¡Esto es el colmo! Cualquiera diría que tú y yo tenemos algo.

—Ana Belén... —empezó a decir Jaime, pero fue interrumpido.

—¡Consuelo! Acuérdate, yo soy Consuelo reencarnada.

—Consuelo, tienes que salir de aquí. Si te ve Joaquina va a pensar lo peor.

—¿Por dónde salgo?

—Sígueme... y, Consuelo, bueno, yo, uh, siento haberte matado cuando eras la Consuelo original. Mis hermanos que me obligaron.

Cuando Joaquina bajó al comedor, con uno de sus zapatos empapados, rechinando a cada paso y dejando huellas de agua, Jaime cerró nervioso un enorme baúl y se sentó sobre él.

—¿Y ahora qué ocultas? ¿Tienes un cadáver allí dentro?

—No, bueno, yo, uh, pensé haber visto una araña meterse dentro.

Joaquina no se creyó el cuento, pero la imagen mental de una araña le causó escalofríos.

—Asco —dijo, sacudiéndose el pensamiento y fue a tomar su asiento.

Alejandro entró al comedor sobándose la enrojecida oreja.

—La doñita se salva porque no cargo mis pistolas.

—Como te oiga la abuela te va a meter las pistolas por donde no brilla el sol —dijo Joaquina—. ¿Qué hiciste ahora?

—Nada. Yo soy inocente.

Goyo llegó de la calle, saludó a sus dos hermanos y le dio a Joaquina un beso en la frente.

—¡Muchacho! Tienes la oreja como un tomate. —dijo dirigiéndose a Alejandro, quien se limitó a poner mala cara— ¿Aún no llegan papá, Dulcina y Raúl? —Preguntó.

—Bueno —dijo Jaime, sentado sobre el baúl—, Papá no cenará hoy con nosotros. Dulcina y Raúl no han llegado, salieron juntos no sé para dónde.

—¿Y tú qué? ¿Ya no te gustan las sillas? Ven a sentarte a la mesa.

Todos se sentaron. La abuela se asomó y, como vio que faltaban algunos, sacó su iPhone 14 Pro Max dorado y realizó una llamada. Había algo cómico en aquella mujer que parecía sacada de un libro de historia, por su ropa simple y pasada de moda, utilizando un teléfono cuyo modelo no llevaba todavía un mes en el mercado.

—¿Aló? Aló, Dulcina, ¿dónde están ustedes? ¡La cena está lista! ¿No vienen a comer?... Sí... Sí... Ah, ok... ok... está bien, hasta luego.

Como la abuela no dijera nada, Goyo preguntó:

—¿Y bien?

—Pues nada, ya están llegando.

Al rato se escuchó el deportivo aparcarse afuera. Raúl y Dulcina entraron, vestían muy elegantes, como era su costumbre. La colonia de él y el perfume de ella dominaron el ambiente sin llegar a recargarlo.

—Familia —dijo Raúl, asintiendo a modo de saludo.

Dulcina no saludó, cosa normal en ella, se sentó en diagonal a su hermana, a la derecha del puesto de su padre en la cabecera, y empezó a hablar como si nada.

—Vimos un vestido que te quedaría bellísimo, hermana. Es una pena que a ti no te guste vestir bien.

—¿Qué hay de malo con mi ropa?

—Querida, ¿por dónde empezar? ¿Es que no te has visto en un espejo?

Dorotea, la cocinera, salió con un carrito en el que llevaba una jarra de jugo y una fuente grande de la que escapaba un exquisito aroma a paella. La abuela se sentó a la cabeza de la mesa, en el puesto frente al que se sentaba su (entonces ausente) hijo.

—Nona —dijo Raúl— ¿qué nos has preparado?

—Yo nada, Raulito, fue Dorotea la que nos hizo una paella.

—¿Es que no te pega el olor? —dijo Goyo, malhumorado—, toda la casa huele a paella. Claro, con ese perfume qué vas a oler nada.

—Perfume no, Goyo, colonia.

—Lo que sea.

Dorotea empezó a servir por Doménica, en la cabecera. Normalmente hubiera servido a don Gregorio de segundo, pero como no estaba, sirvió a Joaquina, que estaba a la derecha de su abuela. Luego sirvió a Dulcina, a Goyo, a Raúl, a Jaime y de último a Alejandro.

—Antes de empezar —dijo Dulcina—, salgamos del elefante en la habitación. Sí, es cierto, he estado teniendo una relación con Ana Belén. ¿Contentos?

Todos hablaron al unísono, finalmente la abuela los mandó a callar, poniéndose de pie.

—¿Qué falta de respeto es esa? —dijo la anciana y golpeó la mesa con los puños— ¿Tú te volviste loca?

—A ella no le tiran de las orejas, ¿verdad? Está bien.

—Tú te callas, Alejandro, o te corto la otra. A ver, Dulcina, ¿es eso cierto?

—Yo nunca miento.

—Excepto cuando te juntas con mi futura esposa —dijo Joaquina, conteniendo su ira para no ofender a la abuela.

—¿Qué? ¿Y cuándo te mentí yo? ¡A ver! ¡Dímelo! No. Yo me pude haber enamorado de Ana Belén, pero a ti nunca te vine con mentiras... es sólo que omití decirte la verdad.

Jaime, que estaba secretamente enamorado de Ana Belén, también se sentía ofendido por aquella traición. Le dijo a su hermana:

—Una mentira por omisión sigue siendo una mentira.

—Tú no te metas —dijo ella.

—Tú no me digas dónde me meto y dónde no.

La abuela se sentó y mandó a callar a todos.

—Lo hecho, hecho está. Lo que tenemos que pensar es qué vamos a hacer ahora al respecto.

—Pues nada, cancelar la boda —dijo Raúl, que siempre tomaba partido por su hermana menor—, y dejar que Ana Belén decida con quién prefiere quedarse.

—Bueno, me parece bien —agregó Jaime, albergando vanas esperanzas.

—Nada de eso —objetó Goyo, que era el único de los hermanos que había sido invitado a la boda—. Nuestra hermanita, Dulcina, tendrá que disculparse y cortar toda relación con Ana Bel... perdón, con la reencarnación de Consuelo.

Joaquina puso la mano en el hombro de Goyo, para agradecerle su apoyo.

—Pienso lo mismo —dijo ella—. Que Consuelo y Dulcina se disculpen y seguimos con la boda como teníamos planeado.

—Un momentito, señorita —dijo la abuela—. Aquí se ha cometido una ofensa contra la familia. Es obvio que no podemos tomar medidas muy severas contra Dulcina, pero Ana Belén no es todavía parte de la familia y no puede salir impune. ¿Qué castigo, pues, debemos darle?

—Yo quiero ver sangre —dijo Alejandro—, alguien tiene que pagar, y si no es nuestra hermanita entonces que sea la reencarnada. Si le hacemos lo mismo que a la Consuelo anterior, de repente se reencarna de nuevo y ya está.

—Le pones un dedo encima a mi prometida y te rebano las dos orejas y otras partes que no quisieras perder, ¿me oyes?

—Bueno —dijo Jaime, que no quería que Ana Belén sufriera daño alguno—, ¿no podríamos exorcizar a Ana Belén y castigar el alma de Consuelo en otro cuerpo?

—¿Y por qué querríamos hacer eso?

—Bueno, pues, eh... no sé.

—Es evidente que Joaquina no quiere que se le haga daño a su prometida —dijo la abuela—, quizás su castigo tendrá que ser más bien psicológico. ¿Qué crees tú Dorotea?

La cocinera, que había permanecido de pie junto al carrito con la paella y la jarra de jugo, palideció cuando se dirigieron a ella todas las miradas. Doménica gozaba haciéndole pasar un mal rato.

—No sabría qué decir, señora.

—¿Cómo va a saber qué decir la servidumbre, nona? —intervino Raúl— Estos asuntos no le conciernen. De hecho, ni siquiera debería escuchar nuestras conversaciones.

—Ella sabe que si habla... —dijo Alejandro y se pasó el dedo por el cuello amenazando a la cocinera.

—¿Qué piensas tú, entonces, Raulito?

—Nona, mejor le preguntas a las que están involucradas. Los demás lo que podemos hacer es limitarnos a votar por lo que propongan ellas.

—Claro, si todos saben por quién vas a votar tú —dijo Goyo, malhumorado.

—Ah ¿y tú no? Todos sabemos que Joaquina no puede decir nada porque allí estás tú para darle la razón. Recuérdame, hermano, ¿por qué fuiste tú el único invitado a la boda?

—Porque yo no ando matando a las novias de los demás.

—Consuelo era la hija del Procurador General, Joaquina no podía casarse con ella.

Joaquina se puso de pie enfurecida.

—Así que sí fuiste tú el que la mató.

—No, yo no fui. Pero sí, estuve involucrado.

Alejandro vio que a la cocinera se le ponían grandes los ojos y le recordó la amenaza, volviendo a pasarse el dedo por el cuello.

—Yo tampoco fui —dijo él—, pero me hubiera encantado hundir mis manos en su cuello. Le hubiera dejado el alma en tal estado que no se hubiera podido reencarnar.

Goyo, que no había participado en el asesinato miró a Jaime. Joaquina cogió un cuchillo de la mesa y dijo:

—¡Así que fuiste tú!

—Bueno, es que, yo, eh, ellos me obligaron.

—Yo no te obligué —dijo Raúl.

—Yo sí —dijo Alejandro—, un poquito. Pero no porque quisiera. Yo la hubiera matado feliz de la vida, pero papá quería darle a Jaime una lección.

Joaquina le lanzó el cuchillo a Jaime, sin hacerle daño.

—Fue papá entonces —dijo, decepcionada.

—No, niña —dijo la abuela—, lo de Jaime fue tu papá, pero la orden contra Consuelo fue mía. Era necesario, no iba a dejar que te fueras a Europa a casarte y nos ofendieras a todos de esa manera.

Joaquina debió la mirada y no respondió nada.

—¿Qué, niña? ¿Ahora no me hablas? No me hables, pues. Ya se te pasará. Señores. Decidan, pues. Ana Belén, ¿vive o muere?

—Vive —dijo Dulcina.

—Vive, pues —dijo Raúl.

—¡Muere, muere! —dijo Alejandro apretando los puños como un niño peleón.

—Vive —dijo Jaime.

Goyo no quiso hablar antes que Joaquina.

—Vive —dijo Joaquina, drenadas todas sus fuerzas.

—Está decidido —dijo Goyo—, vivirá.

—Pero no quedará impune —dijo la abuela—, decidamos su castigo.

Terminada la cena y finalizados los detalles de lo que planeaban hacer con Ana Belén Cuervo, conocida como la reencarnación de Consuelo Cerdeño, todos se retiraron a sus habitaciones. Teodora se quedó limpiando y escuchó que alguien volvía del piso superior. Vio que era Jaime, no le hizo caso y volvió a la cocina para limpiar los platos.

Jaime abrió el baúl y dejó salir a Ana Belén, quien había escuchado toda la conversación y sabía lo que le esperaba.

—Jamás debí venir cuando me llamaste —dijo ella en voz baja.

—Lo siento, no quería meterte en problemas.

—Ahora que todos saben lo de mi relación con Dulcina, ya no me vas a poder seguir chantajeando. No vuelvas a llamarme nunca más.

—Baja la voz, te van a oír.

Ana Belén salió dando un portazo que luego Jaime tuvo que explicar, aunque nadie creyó sus explicaciones. Desde la ventana miró marcharse a Ana Belén y le dijo en sus pensamientos.

—Siento haberte chantajeado. Siento haberte metido en un baúl por horas. Siento haberte matado cuando eras Consuelo Cerdeño. Algún día me perdonarás... y serás mía.

(Continuará en el relato del Reto 21)

La profesora de natación que un día decidió no volver a salir de la piscina

RETO 15. Sábado de personajes improbables.

Escribir un relato basado en el título: «La profesora de natación que un día decidió no volver a salir de la piscina».

LA PROFESORA DE NATACIÓN QUE UN DÍA DECIDIÓ NO VOLVER A SALIR DE LA PISCINA

Cuando le dijeron que el club no seguiría ofreciendo clases de natación, Josefina, quien había sido la profesora durante tres décadas y ahora se quedaría efectivamente sin trabajo, pensó que su vida estaba acabada. ¿Dónde más podría conseguir un empleo a su edad? No quería ni siquiera intentarlo, aceptaba la derrota como ineludible.

Josefina no tenía a nadie en el mundo. No se había casado ni tenía pareja, toda su pasión era para su trabajo, y no había tenido hijos, sus alumnos eran los únicos niños que necesitaba en su vida. Ahora que le quitaban aquello que tanto amaba, se quedaba con un vacío inconmensurable. ¿Y luego qué? ¿Ser echada de su habitación al no poder pagar la renta? ¿Comer de la basura al no poder comprar alimentos? ¿A qué esperar estos desenlaces? ¿Qué sentido tenía seguir viviendo así?

Aquella mañana, muy temprano, cuando todavía no había nadie en la piscina, cerró los ojos y se arrojó al agua envuelta en una pesada cadena, dispuesta a no volver a salir de allí con vida. El peso la arrastró al fondo, allí abrió los ojos y miró lo que esperaba que fueran las últimas visiones de nuestro mundo cruel. Al cabo de un minuto la necesidad de respirar la hizo forcejear, pero no consiguió desembarazarse de las cadenas. El agua entró a sus pulmones de una manera desesperante y desesperanzada. El momento pasó rápido y luego vino la calma, pero no era la paz de la muerte que Josefina aguardaba, era la calma de alguien que puede respirar bajo el agua sin dificultad.

—¿Qué es esto? —se preguntó.

Al principio dudó de sus sentidos, su situación era absurda e inesperada. Se preguntó si estaba muerta, no lo parecía. Se preguntó si estaría alucinando, algún mecanismo de defensa de su organismo para hacer sus momentos finales menos traumáticos. Como el tiempo seguía pasando, esta hipótesis se iba haciendo insostenible. Eventualmente tuvo que aceptar la realidad, podía respirar bajo el agua. La pregunta ahora era ¿por qué?

Quizás tenía en sus venas sangre de sirena, pensó. Miró y palpó sus piernas, no se habían transformado en la cola de un pez, pero sí las notó endurecidas, ásperas al tacto. ¿Se estaría produciendo un cambio con mucha lentitud? En aquel momento cualquier cosa le parecía posible. Decidió esperar a ver qué pasaba.

Un empleado que pasaba junto a la piscina se dio cuenta de que había alguien en el fondo, sin pensarlo dos veces se quitó a toda prisa la franela, las llaves y la billetera, y saltó a socorrer a la posible víctima. Cuando llegó hasta ella y la trató de ayudar, Josefina opuso resistencia y le dio a entender por señas que todo estaba bien. El hombre salió de la piscina, pero se quedó aguardando a que ella saliera también. Le pareció que estaba tardando demasiado y podría ahogarse, así que volvió a saltar dentro y nuevamente fue rechazado. No sabiendo qué otra cosa hacer, corrió a buscar ayuda.

Algunos minutos más tarde se había formado una multitud alrededor de la piscina, por igual número empleados y socios del club. Varias personas entraron en la piscina y bajaron hasta Josefina, pero nadie pudo hacerla salir. Varias personas estaban cronometrando el tiempo en sus teléfonos, aunque nadie sabía con exactitud cuándo había entrado ella a la piscina.

—¿Cuánto tiempo lleva allí? —preguntó un adolescente que quería que todo terminara para poder bañarse en la piscina.

—Desde que yo estoy aquí, lleva treinta y seis minutos —respondió una señora que trabajaba en el departamento de limpieza.

—Guau, ya debe haber batido el record Guinness —dijo un señor mayor, genuinamente sorprendido.

—¿Y qué es lo que pasa? ¿No quiere salir de allí? —preguntó con un acento extranjero una mujer que estaba de vacaciones visitando la isla.

—Parece que la despidieron y ahora se piensa quedar en el fondo protestando —respondió el señor mayor, todavía pensando en los records Guinness.

Las piernas de Josefina sí habían estado cambiando. Nadie se dio cuenta hasta que la transformación se había consumado. Dado que la profesora de natación estaba en la parte más honda, era difícil verla bien. Cada tanto bajaba alguien a ver si seguía consciente y a tratar de convencerla de salir, pero ninguno se fijó en las piernas de la mujer durante la metamorfosis.

Josefina no se había convertido en una sirena, sino en algo muy raro: un ser que era mitad humano y mitad cangrejo. Sus piernas se habían convertido en un amplio caparazón del que emergían cuatro pares de patas y un par de quelas simétricas. La transformación había roto las cadenas, liberando a la profesora de sus propias ataduras. Ahora podía desplazarse en el fondo de la piscina, siempre de lado, con graciosa habilidad. Cuando se puso a experimentar a ver qué era capaz de lograr con sus nuevas patas, fue el momento en que la multitud se dio cuenta de que había ocurrido un cambio en ella. Algunos bajaron a ver bien lo que ocurría, y lo que vieron los llenó de terror, haciéndoles subir a toda prisa a la superficie.

Al cabo de media hora llegó el presidente del club, que hasta entonces había estado ocupado en diligencias lejos de allí. Mandó a un joven salvavidas a comunicarse con Josefina llevando una tabla con varias preguntas escritas en marcador resistente al agua y que pudieran responderse con un «sí» o un «no». Al volver a la superficie el joven explicó su conversación.

—A la pregunta ¿te encuentras bien?, respondió que sí. A la pregunta ¿necesitas un médico?, respondió que no. A la pregunta ¿puedes salir a la superficie y hablar con nosotros?, respondió que sí y después que no.

—¿Cómo es eso?

—Mostró el pulgar hacia arriba y luego hacia abajo. Tal vez la pregunta no es muy clara.

—Quizás puede pero no quiere —dijo la señora de la limpieza— o quizás quiere pero no puede.

El presidente del club miró cómo la multitud se había acrecentado desde su llegada hacía pocos minutos, entonces tuvo una idea y volvió a mandar al salvavidas a mostrarle un mensaje a Josefina. Así logró que la profesora de natación que un día decidió no volver a salir de la piscina, finalmente saliera.

En los próximos meses Josefina y el presidente del club hicieron fortuna; todos querían conocer el único club del mundo donde se exhibía una mujer cangrejo.

El Camino de los Holandeses

RETO 16. Domingo de estados de ánimo específicos.

Escribir un relato que transmita el siguiente estado de ánimo: Muriéndome de miedo pero un poco contento porque tendré una buena anécdota para contarle a los amigos.

EL CAMINO DE LOS HOLANDESES

En la isla hay un grupo de montañas de poca altura llamado Riscos de los Tulipanes. Allí no hay tulipanes, ni nunca los ha habido, el nombre se debe a una antigua tragedia que cobró la vida de un gran número de colonos holandeses. Los tulipanes representan sus almas. No está claro cuándo se bautizaron los Riscos con este nombre, pero no fue en épocas de la colonia; el registro más antiguo que se tiene pertenece a mediados del siglo XIX, cuando la isla ya había ganado su independencia. En los riscos hay un camino de piedra construido por los colonos que perdieron la vida en las montañas, se conoce popularmente como El Camino de los Holandeses, cruza los riscos de oriente a occidente y culmina abruptamente en la última de las montañas, en medio de la nada. El camino cruza dos ríos de poco caudal, en ambos casos los puentes de piedra colapsaron durante el terremoto de 1778. Gran parte del camino, con el paso de los años, había quedado sepultado bajo tierra; hoy en día se puede caminar sobre el empedrado original gracias a los trabajos de restauración que se llevaron a cabo durante la década de 1960 y el mantenimiento que se ha venido haciendo desde entonces.

En la isla hay una tradición conocida como «ir a ofrecer el tulipán», empezó en los años 60, tras la restauración del camino, y se ha ido popularizando con cada nueva década. Consiste en recorrer entero el Camino de los Holandeses y enterrar una flor, cualquier flor (dado que en la isla no se consiguen tulipanes), antes de llegar al final. La flor representa el alma de un ser querido, cuya memoria se honra. Se dice que hacer el recorrido sin enterrar una flor trae una desgracia personal, pero esto ya entra en las creencias populares, y son muchos los isleños y turistas extranjeros que hacen el recorrido sin enterrar flores.

Antonio Montero tenía planeado ir a ofrecer el tulipán junto con sus dos mejores amigos, pero uno de ellos enfermó a último momento y el otro decidió no ir si no iba el amigo enfermo. Antonio resolvió seguir adelante y hacer el recorrido por su cuenta. Los Riscos tenían varios puntos de acceso, pero para hacer el recorrido de los holandeses completo había que empezar en la ciudad de Nueva Leiden. No había una carretera asfaltada hasta el pie de la montaña, ni un lugar donde dejar los vehículos, por lo que Antonio se fue en autobús hasta la ciudad y allí contrató un viaje en jeep hasta el pueblito de Santa Ana, que era el lugar por donde empezaba el ascenso.

Los habitantes del pueblo siempre sentían curiosidad por los visitantes, que recibían a todo lo largo del año. Se pasaban el día sentados frente a sus casas, viendo quién iba y quién venía. En muchas de las casas vendían artesanías, en otras vendían alcohol. Las calles eran de tierra y olían a humedad, en ellas se veían perros y gallinas que andaban por ahí con entera libertad, pese a que seguramente tendrían dueños. La subida se iniciaba cruzando un gran arco rústico de madera, más bien simbólico, a cuyo lado había una cabina donde dos guardias forestales proporcionaban información e indicaban a los visitantes no hacer fogatas en la montaña.

Antonio esperó a que uno de los guardias revisara su bolso, llevaba comida, una muda de ropa, dos linternas y una carpa pequeña tipo iglú. Ceñido al cinturón llevaba una cantimplora con agua, no veía necesario llevar más porque casi todo el camino iba en paralelo al cauce del río; si bien beber del río no era una práctica recomendada, por presentar riesgos para la salud, era una práctica bastante extendida y resultaba fácil desviarse algunos minutos para recargar la cantimplora. Le preguntaron si llevaba un cuchillo o un arma de fuego, no tenía ni una cosa ni la otra. A pesar de ir desarmado le advirtieron que estaba prohibido cazar en la montaña.

El Camino de los Holandeses quedaba casi por completo a la sombra de toda clase de árboles, por lo que el ascenso no era particularmente agotador. Algunos minutos después de cruzado el umbral, Antonio encontró el nacimiento del camino empedrado. Las primeras horas del camino se hicieron eternas por la monotonía del paisaje. El empedrado iba en paralelo a la pendiente, con el río a la derecha, varios metros más abajo, y la montaña alzándose hacia la izquierda. El camino no era una actividad de alpinismo, no se aproximaba nunca a la cima de las montañas. Algunas personas subían hasta las cimas, pero éstas no ofrecían mucho atractivo, no eran muy altas ni muy difíciles de escalar, y la vista estaba obstruida casi siempre por el follaje. Aunque el sol iluminaba el camino, los rayos llegaban filtrados y débiles, lo que hacía que se acumulara mucha humedad. El olor a tierra mojada y a vegetación era agradable. Y el río acompañaba a los caminantes con su líquido cantar, incluso cuando se perdía de vista.

Antonio había empezado a subir cerca del mediodía y había estado caminando por unas cuatro horas cuando llegó a un claro que se utilizaba para acampar. A pesar de no estar permitido, había una fogata en medio del claro, y tres carpas con sus entradas apuntando a la fogata. Se trataba de dos familias, cuatro adultos y dos niños. Antonio saludó al grupo.

—Buenas tardes, ¿les molesta si me instalo por aquí?

—Adelante, amigo —dijo una señora señalando el terreno—, todo suyo.

Allí pasaría la primera noche. La comida que había llevado consistía en dos bolsas de pan de sándwich y varias latas de jamón y atún para untar, de eso consistió su almuerzo. Cuando oscureció, uno de los hombres se apiadó de Antonio y le ofreció un plato de pasta para la cena. La salsa era enlatada, pero de todas formas era mejor que lo que llevaba Antonio en su bolso. Uno de los hombres cocinó la pasta poniendo una parrilla entre cuatro piedras. Los niños buscaron varios palos de unos treinta a cuarenta centímetros de largo, los limpiaron y se los entregaron a una de las mujeres. Ella hizo una mezcla de harina de trigo y sal, y enrolló una tira de masa sobre cada uno de los palos. Uno a uno, los niños los sostuvieron sobre el fuego. Cuando se hubieron cocinado, la mujer cortó un limón y lo esparció sobre los panes.

—¿Has probado el pan del camino? —le preguntó a Antonio, ofreciéndole uno. Era mucho mejor que el pan comercial que él había traído consigo.

A la mañana siguiente, después de que le ofrecieran una deliciosa taza de café, Antonio recogió sus cosas, se despidió y siguió con su rumbo. La familia se quedaría una noche más allí, los hombres le habían dicho que no habían ido a recorrer el Camino de los Holandeses, sino a acampar junto al río.

Al cabo de andar por varias horas, haciendo alguna parada para descansar, Antonio llegó al primer puente. Desde arriba no parecía la gran cosa, simplemente el camino era interrumpido por un precipicio en cuyo fondo cruzaba el río. Bajó por unas escalinatas de tierra esculpidas de forma rudimentaria apoyándose en las raíces de un árbol. Desde abajo podía apreciarse la antigua estructura de piedras que quedaban de lo que otrora fuera un puente. Era una vista hermosa e impresionante. Las rocas pintadas de moho y fango eran invadidas por raíces y todo un ecosistema de insectos. Antonio sintió un escalofrío al contemplar las ruinas, se imaginó toda la gente que habría sido necesaria para construir aquello con sus herramientas y conocimientos preindustriales. Eran hombres que desafiaban la naturaleza, guerreros, dispuestos a jugarse la vida y perderse lejos del hogar en tierras inexploradas. Todos ellos habían perdido la vida, de forma misteriosa, en un camino que Antonio pretendía sortear sin ayuda de nadie. Los tiempos habían cambiado tanto desde entonces. Ahora, en pleno siglo XXI, expuesto a la misma naturaleza que se tragara a esos hombres mejor capacitados que él, Antonio no veía razón para preocuparse.

El río no le llegaba a las rodillas, por lo que pudo cruzarlo con facilidad. En lo sucesivo el río quedaría a mano izquierda del camino, porque el próximo puente no atravesaba exactamente al río sino a uno de sus afluentes. Retomado el rumbo, Antonio calculó cuánto tardaría en llegar al segundo campamento. Al paso que iba, arribaría ya entrada la noche. Quizás no debió perder tanto tiempo esperando por el café en la mañana. El camino era muy angosto, y la vertiente demasiado empinada como para acampar antes de llegar al claro. No se dio prisa, el esfuerzo hubiera sido en vano, igual se haría oscuro.

Bien entrada la tarde, Antonio se sentó a descansar. Ya empezaba a ponerse oscuro, en la montaña, donde el sol entraba con tanta dificultad, anochecía temprano. Dejó su bolso colgado de una rama y bajó hasta el río, en aquel lugar el río formaba un pozo profundo del que sobresalía una enorme piedra en el centro. Tomó un trago de agua y vació lo que quedaba en la cantimplora, para luego llenarla con agua fresca. Al volver se encontró a un armadillo junto al camino, hurgando un matorral. Sacó su teléfono y le tomó una foto. Miró cómo había quedado y quiso enviársela a su novia, pero en la montaña no había señal; tendría que esperar a volver al pueblo. Siguió su camino.

Algunos minutos más tarde, tuvo un pensamiento repentino, le parecía que en la foto el armadillo se estaba comiendo una flor.

—Qué raro —pensó—, a ver.

Sacó el teléfono y buscó la foto: no había ninguna flor. En aquel momento se acordó de que no había traído las flores con él. Su novia le había dado dos flores. Antonio podía ofrecer la suya a quien quisiera, la otra era para ofrecerla a la memoria de la abuela de su novia. Ambas flores se habían quedado en la casa de Ernesto, el amigo que no se había enfermado, donde se habían reunido la noche anterior los tres amigos y sus parejas.

—¿Y ahora de dónde saco yo otra flor?

Recordó la imagen que le había llegado a la mente del armadillo. ¿En verdad lo habría visto comiéndose una flor aunque no saliera en la foto? Por un momento no supo si seguir adelante o volver. No recordaba haber visto flores en todo el camino. No quería hacer el recorrido sin enterrar una flor, no se consideraba supersticioso pero todo ese asunto sobre sufrir una desgracia si no enterraba una flor le causaba intranquilidad. Oscurecía, pero igual decidió volver.

Al poco reconoció el árbol donde había colgado su bolso momentos atrás. Miró por todas partes y no halló ninguna flor. Todavía no era de noche, pero se hizo la oscuridad. Sacó su linterna y siguió buscando. Quizás había visto la flor cuando bajó al río.

—O quizás no viste nada y te lo estás imaginando todo —se dijo en voz baja.

Sabía que lo mejor era olvidarlo y seguir su camino, pero antes de tomar una decisión ya iba caminando cuesta abajo, hacia el río. Bajó con dificultad, tropezándose con las ramas que se le atravesaban, dado que la linterna no podía alumbrar al mismo tiempo allí donde pisaba y cuanto tenía al frente. Llegado a la orilla del río, se puso a buscar con la linterna. Luego alumbró la enorme piedra en medio del pozo y sobre ella le pareció ver una cosa pequeña y amarilla. ¿Podría ser una flor? Desde la orilla no podía saberlo. Le tomó una foto con su teléfono, que relampagueó, iluminándolo todo por un segundo.

Para llegar a la piedra tendría que nadar, el pozo era profundo y no había luz. Como tenía dos linternas, colocó una sobre unas ramas, apuntando hacia la roca; no iluminaba mucho, pero para un caso de emergencia cumpliría su función. Se quitó la ropa y entró al agua llevando la otra linterna, tratando de no mojarla. A medio camino se dio cuenta de que el objeto no solo era una flor, sino un tulipán amarillo. Como Antonio no sabía nada de flores, no se preguntó cómo podría haber llegado hasta allí el tulipán. Siguió nadando y alcanzó la piedra, era resbalosa y difícil de trepar. Subió a ella y no encontró el tulipán. Allí se dio cuenta que la linterna que dejara en la orilla se había caído de las ramas y se había apagado. Apuntó el agua con la otra linterna y le pareció ver al tulipán flotar a lo lejos, ¿lo habría tropezado? Apenas lo vio, resbaló y dejó caer la linterna que, por ser ligera y de plástico, se fue flotando con la corriente. Quedó sumergido en la oscuridad absoluta, sobre una roca en medio del río.

¿Qué hacer ahora? Nadar hacia la orilla parecía la mejor opción, pero, ¿y si no lo lograba? Si era arrastrado por la corriente en la oscuridad podría terminar ahogado. También podría lograrlo y no conseguir sus cosas, en cuyo caso tendría que pasar la noche a la intemperie. No sabía si habían animales peligrosos allí afuera. En la isla no habían osos, ni felinos grandes, pero podía picarlo una serpiente venenosa o ser atacado por una rata o algo así. Quizás se vería forzado a pasar la noche en la piedra. Tenía hambre y tenía frío, también sentía miedo. Se arrepintió de haber ido solo a los Riscos de los Tulipanes.

Se puso a cantar para pasar el rato. Los ruidos de la naturaleza, que en otras circunstancias le parecían tan agradables, ahora lo atormentaban.

—Maldito río —decía una y otra vez—. Malditos grillos. Malditos pajarracos, ¿a qué hora se piensan ir a dormir?

Los minutos se sucedían con angustiosa lentitud. Antonio tiritaba de frío, cosa que le había hecho olvidarse del hambre. Una y otra vez estuvo a punto de saltar al agua, estaba seguro que era justo lo que debía hacer, en la orilla estaría mejor que allí en la piedra.

—Todo por culpa de una estúpida flor.

Pensó que lo que estaba pasando podía tratarse de la maldición de los holandeses. Temía por su vida, porque corría verdadero peligro de ahogarse o sufrir algún otro accidente, y temía a las cosas que se ocultaban en la oscuridad, acechando, quizás desde otros planos de existencia. Le pareció escuchar un grito.

—Podría ser un mono —pensó.

No sabía si habían monos en la montaña. Podía haber sido algún otro animal. Allí estaba de nuevo el grito. El corazón de Antonio quería saltar de su pecho. Le parecía ver sombras entre las sombras, figuras humanas, los holandeses quizá. Se restregaba los ojos y veía las mismas cosas con los ojos cerrados que abiertos. Temblaba, y ya no sabía si era por el frío o el temor. ¿Qué hora sería? ¿Habría pasado ya la media noche? ¿Cuánto tiempo más podría soportar allí?

Persistían allí las negras siluetas contra la negrura de una noche de novilunio en la que la vegetación se había devorado a las estrellas, como también se había devorado a aquellos holandeses cientos de años atrás. ¿Eran ellos? ¿Los muertos? ¡Debían serlo! ¿A qué maldita cosa esperaban entonces allí tan tranquilos? ¿A verlo morirse de frío? ¿Morirse de miedo? ¿Caer y ahogarse? La mente de Antonio era un tornado en el que dominaba todo cuanto había de maldad allí afuera aguardando para robarle el alma. Sus pensamientos se hacían incoherentes, paranoicos. Trató de ponerse en pie, se resbaló y cayó al agua.

Se golpeó la espalda contra la roca y su frío se acrecentó al contacto con el agua helada. Se imaginó que los holandeses muertos tiraban de sus piernas para llevárselo hasta el fondo, salió a la superficie a toda prisa y nadó desesperado sin saber a dónde se dirigía. Al cabo de algunos minutos angustiosos sintió el contacto de las finas piedrecillas de la orilla. Salió del agua y cayó de rodillas. No quería volver la vista. Podía sentir la mirada de los holandeses furiosos de haberlo dejado escapar. Pero no había ningún holandés, no había ningún muerto, salvo en la mente de Antonio. Al cabo de un rato, hurgando por la orilla, encontró la linterna y con la ayuda de ésta el bolso. Miró su teléfono. Apenas eran las diez y media de la noche. Se secó y vistió apresuradamente. Comió. Y como pasara el tiempo, se fue tranquilizando y adormeciendo. Se quedó dormido en la orilla, al murmullo de la corriente del río que tanto pesar le había causado.

A la mañana siguiente decidió volver a casa, se detuvo en el primer campamento donde le invitaron el almuerzo y contó lo que le había sucedido la noche anterior. Luego bajó la montaña. En el autobús revisó las fotos y le envió a su novia la del armadillo. En la foto de la piedra en medio del pozo no logró ver ningún tulipán.

La perrita que un día dejó de contar

RETO 17. Lunes de géneros locos.

Escribir un relato que encaje en el género «romántico, matemático, canino».

LA PERRITA QUE UN DÍA DEJÓ DE CONTAR

Eloy y Gastón habían decidido que no querían adoptar hijos, pero sentían que el apartamento estaba muy solo y le hacía falta vida. Al principio lo llenaron de plantas: potos, con sus hojas manchadas de amarillo; lirios de la paz, en macetas blancas que hacían juego con las flores; sábila, con sus propiedades medicinales; costillas de Adán, de grandes hojas llenas de agujeros; y muchas otras más. Eloy terminó ocupándose de todas cuando Gastón resultó ser muy olvidadizo los días que le tocaba atender a las plantas.

A pesar de toda esta decoración, que brindó al hogar considerable belleza, el apartamento seguía sintiéndose frío y silencioso, solitario, necesitaba algo que le diera vida. Así optaron una mañana por ir al refugio de animales. Volvieron habiendo adoptado Eloy una perrita a la que puso como nombre Dulce y Gastón una gata que llamó Bombón. Los animales se llevaron bien desde un principio, aunque a la hora de las comidas se hizo necesario encerrar a Dulce para que no se comiera también el alimento de Bombón.

Gastón era un diseñador que trabajaba haciendo logotipos y páginas web. Eloy era un profesor de matemáticas de una escuela primaria. Durante los días en que la COVID-19 forzó a muchísimas personas a trabajar desde el hogar, mientras Gastón seguía con su vida laboral como si nada, dado que llevaba años trabajando en casa, Eloy terminó dando clases por internet. Fue una mañana, enseñando a sumar a sus alumnos más pequeños, que descubrió algo curiosísimo acerca de la perrita Dulce. Cada vez que hacía les hacía una pregunta a los estudiantes, la perrita ladraba.

—Disculpen —dijo, ya cansado de las interrupciones de Dulce—. Voy a llevar a la perrita a otra habitación.

—Pero señor Eloy —dijo una niñita que era muy inteligente—, la perrita está contando.

—¿Contando?

—Sí, cuando usted nos pregunta, ella responde.

Eloy no estaba convencido, quiso poner a prueba a Dulce.

—A ver... ¿cuánto es dos más dos?

La perrita ladró cuadro veces. Los niños en la pantalla se rieron divertidos.

—¿Cuánto es cinco más uno?

La perrita ladró seis veces. Más risas. ¡Era cierto! ¡La perrita sabía sumar! Y eso no era todo, también podía restar y multiplicar, aunque presentaba dificultad para dividir.

Cuando las restricciones de la pandemia se fueron suavizando y se hizo posible volver a socializar, Dulce se convirtió en la atracción principal de todas las reuniones en el apartamento de Eloy y Gastón. Todos querían ver a la perrita matemática hacer sus trucos, excepto Gastón, que no tenía mucho interés en las cosas que podían hacer los perros. Eloy fue invitado a un canal local de noticias donde demostró para el deleite de todos los televidentes las habilidades de Dulce. Esta modesta notoriedad consiguió que la perrita apareciera en un comercial para una marca de alimento para perros. La perrita tuvo su propia cuenta de Instagram y de YouTube, que manejaba Eloy, pero no atrajo muchos subscriptores. La fama terminó yéndose como había venido, de forma rápida e inesperada. Eventualmente las cosas volvieron a la normalidad. Eloy seguía divirtiéndose con la inusual inteligencia de Dulce, mientras que Gastón continuaba siendo tan indiferente a todo el asunto como lo era su gata Bombón.

Una mañana Dulce no respondió a las preguntas matemáticas de Eloy, parecía haber perdido de golpe sus habilidades. La perrita parecía entristecida y había perdido el apetito.

—¿Qué podrá estarle ocurriendo? —preguntó Eloy.

—Yo qué sé —dijo Gastón con su concentración puesta en la pantalla de su MacBook Pro de dieciséis pulgadas.

—¿Puedes prestar atención por un minuto?

Gastón hizo algunos clics, cerró la laptop, se quitó las gafas y se dispuso a escuchar.

—Dime.

—Algo le pasa a Dulce, no quiere comer y no quiere sumar y parece estar triste.

—Puede que esté enferma, llevémosla al veterinario.

—Sí, puede ser. Maneja tú, ¿sí?

El médico veterinario no encontró nada de qué preocuparse, tomó muestras de sangre y de orina, y mandó dejar descansar a la perrita, mantenerla bajo observación y asegurarse de que consumiera líquido.

—Si no toma agua, se la pueden dar con una jeringa —dijo.

En la tarde llamaron de la clínica para decir que la perrita había salido bien en los exámenes de laboratorio.

—¿Estará deprimida? —preguntó Eloy.

—Quizás está enamorada —dijo Gastón.

—¿Tú crees?

—¿Ha estado Dulce en contacto con otros perros?

—Sí, la contadora del piso siete adoptó un perrito y ayer Dulce y él se conocieron. ¿Será por eso que anda así?

—Aquí, tú eres el de la mente científica, Eloy, anda y pon a prueba la hipótesis.

La contadora del piso siete aceptó dejar jugar a los perros, Dulce se reanimó apenas entró, parecía muy contenta.

—Señora —dijo Eloy—, creo que mi Dulce se ha enamorado de su perrito.

Desde entonces los perritos fueron inseparables y cuando estuvieron más grandes tuvieron cachorros, y uno de ellos también fue un perro matemático.

—No sabía que los perros podían enamorarse —dijo Eloy una tarde, mientras regaba los lirios.

—Yo tampoco —dijo Gastón—, y me parece muy bien... pero todavía me gustan más los gatos.

Crónica de mi visita a la ferretería y cómo desaté el apocalipsis zombi

RETO 18. Martes de géneros aledaños.

Escribir una crónica sobre uno de los siguientes temas:
1.- Crónica de la batalla de los dentistas.
2.- Crónica de mi visita a la ferretería y cómo desaté el apocalipsis zombi.

CRÓNICA DE MI VISITA A LA FERRETERÍA Y CÓMO DESATÉ EL APOCALIPSIS ZOMBI.

En la mañana del lunes 17 de Octubre de 2022, tras una noche de incesante lluvia, quedó al descubierto un alambre en el patio de mi casa. Excavé con mis manos alrededor del alambre sin conseguir progresar mucho. Mi curiosidad por este objeto era muy grande, por lo que decidí ir a la ferretería y comprarme una pala.

Mi esposa me dijo que estaba loco, que dejara el bendito alambre en paz, que no podíamos estar gastando en herramientas que no necesitábamos y que más bien me vistiera y llevara los niños al colegio.

Dejé a los niños antes de las 7:00 AM, ellos se despidieron de forma grosera, haciéndome pasar una vergüenza frente al portero, como suelen hacerlo. Es porque yo no soy su padre. Cuando conocí a su madre, ella ya venía con los niños incluidos. Nunca nos hemos llevado bien los niños y yo, no puedo esperar a que crezcan y se marchen de mi casa, pero mejor volvamos al tema de aquel alambre en mi patio.

Como la ferretería no abría las puertas hasta las 8:00 AM, me puse a pasear. Iba a pie, había llevado a los niños caminando... mejor no hablemos de ellos de nuevo, al menos no todavía. El asunto es que una vez me estrellé contra una casa por andar conduciendo en estado de ebriedad, no me hice daño pero me gané sesenta días de trabajo comunitario y me revocaron la licencia para conducir por un lapso de dos años de los que ya cumplí uno.

A las 7:15 AM aproximadamente me encontré al señor José en la esquina del semáforo, frente a la ferretería. Le conté sobre mi descubrimiento en el patio de mi casa y me dijo que dejara eso así, que seguro era algo que había instalado el gobierno para espiarme. Yo le dije que de ser así prefería sacar el dichoso alambre y lo que quiera que estuviera unido a él para que no me espiaran más. Empezamos a discutir. La gente se nos quedaba mirando. El señor José solía vender periódicos en esa misma esquina, cuando la gente compraba esas cosas. Yo nunca le compré uno, pero a veces hablaba con él. Ahora el señor José se dedicaba a pedir limosna en su antigua sede de trabajo, es decir, en la esquina del semáforo. Así como nunca le compré un periódico, nunca le di una limosna. Era por su bien. Si le iba mal de mendigo, quizás se buscara un trabajo. No era como si le faltaran los brazos o las piernas, no trabajaba porque estaba resentido de que le había ido mal con los periódicos. Pero ya me he desviado otra vez del tema de esta crónica.

Después de reñir con el mendigo José, hicimos las paces y le ofrecí llevarle una cerveza que nunca le llevé. ¿Para qué quiere el señor José andar bebiendo cerveza a las siete y pico de la mañana? ¡Ah, sí! ¡El alambre de mi patio!

Cuando abrió la ferretería, a las 8:22 AM, entré y me quejé de que abrieran tan tarde y luego compré mi pala con el dinero que tenía para la comida de la semana. Pensaba que quizás, si no le daba mucho uso, podría regresarla y comprar la comida. Pero ya no la pienso regresar, con todo el rollo del apocalipsis y eso. ¿Ya para qué?

Así pues concluye la «crónica de mi visita a la ferretería». Ahora vamos a la parte buena, he aquí la «crónica del alambre en mi patio», también conocida como la «crónica de cómo empecé el apocalipsis zombi».

Con mi pala en mano, antes de volver a casa y ocuparme del alambre, le eché al mendigo José el susto de su vida. Luego le dije que era en broma, que nunca le haría daño con una pala. Supongo que, considerando lo que ocurrió después, él hubiera preferido que lo hubiera matado a palazos. Lo invité a ayudarme con el alambre, yo creo que accedió por la única razón de que pensaba que le iba a ofrecer allí la cerveza que le había prometido. Se ajustó los pantalones que siempre se le bajaban, José andaba por ahí mostrando el trasero todo el tiempo sin darse cuenta, y nos pusimos en marcha.

Llegados a mi casa, mi esposa me llamó aparte y me preguntó que si estaba loco llevando a un recoge latas a la casa. Yo le expliqué que el reciclaje del aluminio era un trabajo digno y que José era un vago que no trabajaba ni en algo tan fácil como eso. También tuve que explicarle que la pala era de José, porque si le decía que me había gastado en ella el dinero de la comida me hubiera matado. Igual no creo que me creyera el cuento. Me gritó algunas cosas que no entendí bien, mi mente estaba en el dichoso alambre. Quizás el alambre era una pista para desenterrar un cofre lleno de monedas de oro. Antiguamente la gente enterraba dinero en los patios. No sé si era porque no había bancos o porque la gente no confiaba en ellos, yo no sé mucho de la historia del dinero, sólo sé que me gusta tenerlo en mis manos... las pocas veces que eso ocurre. Pero ya me estoy desviando del alambre otra vez. Y tendré que desviarme una vez más porque se me olvidó decir algo antes. Yo sé que esto rompe el orden cronológico de mi crónica, pero hay que remediar la falta a pesar de que hacerlo desmejore mi obra. Igual los zombis no son lectores muy exigentes, creo yo. En fin, lo que se me había olvidado decir era que en el camino de vuelta pasamos por la casa en la que me estrellé el año anterior, cuando andaba borracho al volante, y lo que quería decir es que le conté la historia al mendigo José y él me dijo que en esa casa buscaba los periódicos que vendía. Es decir, que yo me había estrellado contra su sede de trabajo... aunque no fue por culpa mía que la gente empezó a leer las noticias por Twitter, dejando a José sin trabajo, además que cuando el accidente, José ya llevaba más de diez años mendigando en la esquina del semáforo. Que quede claro. Y sí, yo sé que antes del apocalipsis todavía se imprimían periódicos, pero ya no era igual, si no me creen pregúntenle al zombi José.

En fin. A las 9:45 AM aproximadamente... y digo aproximadamente porque yo no soy de las personas que andan viendo la hora a cada momento. Yo me imagino que esa era la hora, pero no podría saberlo con exactitud. Me disculparán por eso. Hablando de disculpar... no, olvídenlo, esa historia es muy larga, mejor seguimos con el asunto del alambre.

En fin, otra vez. A las 9:45 AM aproximadamente nos hallábamos el vago de José y yo frente al bendito alambre que la lluvia había dejado al descubierto en el patio de mi casa. Le di la pala a José y le dije que empezara a cavar mientras yo iba a preguntarle algo a mi esposa. Por supuesto, no fui a preguntarle nada a nadie sino que me senté en el sofá un rato a esperar a que José hiciera todo el trabajo... que buena falta ya le hacía trabajar a ese vago.

Cuando volví, como a las 10:00 AM, me encontré que el alambre sobresalía mucho más, pero José no había hecho un buen trabajo. Le dije que se fuera a descansar al sofá y me iba a poner a seguir cavando cuando escuché a mi esposa gritarle al pobre José. Mi esposa, quizás con justificación, no quería que el mendigo José se sentara en el sofá con el trasero al descubierto (porque se le habían bajado los pantalones), así que después de gritarle un rato en ese tono chillón suyo que hace difícil comprender las palabras que dice, fue a buscar unos periódicos viejos para forrar el sofá, de modo que el mendigo pudiera sentarse allí con el trasero como quisiera llevarlo. Y sí, en mi casa seguíamos malgastando el dinero en periódicos, ironía que a José seguro no se le escapó, a juzgar por la mirada que me echó.

Ya no sé ni qué hora sería cuando volví al patio y en lugar de cavar, tomé el alambre, me lo enrollé en una mano y tiré de él con todas mis fuerzas. Algo se activó allí, bajo la tierra húmeda, y soltó un chorro de vapor violáceo, de naturaleza desconocida para mí, y con olor a sándalo mezclado con uvas rancias. Digo uvas porque el gas era morado, pero en verdad no sabría cómo describir ese olor. Para ser honesto, yo no sé a qué huele una uva rancia. De sándalo sí tenía un toque el gas asqueroso ése, pero bien podría ser que yo me confundiera por los inciensos de mi esposa que apestaban la casa entera.

Tras toser incontrolablemente por varios minutos, volví al interior y me senté en el sofá junto a José. Me preguntó si quería que él fuera a seguir cavando, pero no le respondí. Mi mente estaba enfocada en otros asuntos, tenía un hambre como jamás había experimentado. De pronto José no parecía tanto un sucio pordiosero sino un suculento platillo. No pude evitar darle un mordisco o dos. De inmediato se volvió zombi y, al hacerlo, perdió el buen sabor. Entre ambos llenamos a mi esposa de mordiscos, hasta volverla zombi. ¿Por qué sabían mal los zombis? No me lo pregunten a mí, yo no tengo la menor idea. Al mediodía llegaron los niños y los recibí de lo más contento a dentelladas. Luego la familia y el mendigo se marcharon a sembrar el caos. Así empezó el apocalipsis. Mientras tanto yo, que consideraba los hechos actuales de suma importancia para la historia de la humanidad, decidí saciar mi hambre en otro momento y entregarme, más bien, a empezar esta crónica que ya, por fin, ha llegado al final.

Manual para hacer de tu posible nueva pareja una fiel luchadora por nuestra causa

RETO 19. Miércoles de estructuras novedosas.

Escribir un relato basado en lo siguiente: De cita a ciegas a plan terrorista en siete platillos.

MANUAL PARA HACER DE TU POSIBLE NUEVA PAREJA UNA FIEL LUCHADORA POR NUESTRA CAUSA.

Estimado adepto de los Profetas del Fin del Universo, ¿estás cansado de que esa cita a ciegas te llame loco o terrorista? ¿te irrita que se refieran a nuestra congregación como un culto simplemente porque deseamos acelerar el fin del universo por medio de explosivos estratégicamente detonados en lugares públicos? ¿Te causa angustia tener que explicarle tus creencias a una persona laica? ¡Pues ya va siendo hora de que aprendas a hacer de esa cita a ciegas todo un proceso de reclutamiento! Con nuestro manual lograrás que esa persona especial no sólo se interese en ti, sino que acepte ponerse un abrigo de TNT y volar por los aires en un centro comercial.

Paso 1.

Así como un menú de degustación no debería empezar por los platos pesados ni los platos calientes, tú no puedes empezar tu cita hablando de armas de fuego y explosivos. Deja salir tu lado inocente, muestra a la persona que hay detrás de la AK-47 con una dulce sonrisa.

Paso 2.

El aperitivo es tu tarjeta de presentación, dice mucho de ti y de lo que se puede esperar de ti. No compliques las cosas hablando del fin del universo, empieza con temas de conversación triviales y fáciles de digerir. Asegúrate de silenciar el teléfono móvil, ya tendrás tiempo después para leer en las noticias dónde han explotado los adeptos del día. Cuando sea tu turno de explotar y volver a ser uno con el universo, no querrías que tu apoteosis le arruine la cita a un hermano adepto, entonces no dejes que las apoteosis de los demás arruinen tu cita.

Paso 3.

Así como has aprendido a escuchar las conversaciones de los políticos cuyos teléfonos tenemos intervenidos, y has aprendido a sacar de esas conversaciones los detalles sucios que nos permiten chantajearlos, de la misma manera deberás prestar oídos a lo que dice tu posible pareja. Si la escuchas con atención, en lugar de interrumpir a cada momento con anécdotas de las últimas torturas que has cometido, podrás eventualmente ganarte su corazón... y luego hacerlo estallar por ti. Así que escúchala. Y demuéstrale que has escuchado.

Paso 4.

Indaga. Ahora que tienes su atención y has demostrado que sabes escuchar, es hora de buscar aquellos detalles íntimos que te abrirán las puertas de la manipulación. Esta persona, ¿ha pasado por una separación que la ha hecho sentir sola? ¿Ha perdido algún familiar recientemente? Allí es cuando mencionas al Templo, de pasada, como cualquier cosa, y le dices que se especializa en ayudar a personas que tienen justamente los problemas de los que te ha hablado. Hazle sentir que el Templo le hará bien. Pero no le hables todavía del bien que le hará acabar con la vida de decenas de almas en una gloriosa explosión. Recuerda, una persona desesperada creerá en cualquiera que le prometa el camino a la felicidad.

Paso 5.

Una vez que esa persona especial haya accedido visitar el Templo, ya la tienes en tus manos. Recuerda, su devoción tendrá que reforzarse una y otra vez. Cuéntale el bien que te ha hecho el Templo. Háblale de la bondad de los Profetas del Fin del Universo. Prométele una felicidad sin límites. Explícale cómo viviríamos en un mundo mejor si más personas obtuvieran los beneficios de unirse al Templo. Hazlo todo con una sonrisa, así esa sonrisa se hará contagiosa.

Paso 6.

Ya casi has llegado a donde querías. Ya has pasado por el aperitivo y todas las entradas ligeras. Es hora de un plato fuerte. Aquí es cuando vas a enseñarle a tu posible pareja la parte fea del mundo en el que vive, las razones por las que el Templo es la única alternativa. Todo cuanto hay de malo en la humanidad, como bien sabemos, se lleva a cabo por personas que no pertenecen al Templo, por lo cual es muy sencillo deducir que todo lo bueno se le debe al Templo. Esto es lo que tu pareja tiene que entender. Háblale de cosas que podrían quitarle el sueño, del hambre, de las guerras, de la maldad humana. Adviértele que todas las personas son vulnerables y pueden terminar formando parte del mal, excepto aquellos que se unen al Templo. ¿Qué podría preferir esa persona: la maldad y la desdicha que reinan en el mundo o la felicidad del Templo de los Profetas del Fin del Universo?

Paso 7.

¡Felicidades! ¡Lo has logrado! Con los pasos anteriores has conseguido que esa persona especial quiera ingresar al Templo. Ya luego podrás enseñarle a torturar, pinchar teléfonos, construir explosivos, y eventualmente: ¡lo has adivinado!... ¡volarse en pedazos!

Ahora, después de esas conversaciones profundas, podría buen momento para preguntarle su color favorito o su signo del zodiaco. Es hora, querido adepto, de que te comas un merecido postre y disfrutes del resto de tu cita.

La boda de Joaquina la Asesina
III. Tres encuentros en un hotel

RETO 21. Viernes de excesos.

Exceso de miel. Relatar una escena amorosa / sensual / erótica empalagosa como de una telenovela.

LA BODA DE JOAQUINA LA ASESINA
III. TRES ENCUENTROS EN UN HOTEL

Jaime Inarraza, el hermano de Joaquina que estaba secretamente enamorado de Ana Belén Cuervo, también conocida como la reencarnación de Consuelo Cerdeño, se hallaba escondido detrás de una cortina. Escuchaba una conversación.

—Tengo que hablarte sobre asuntos que se revelaron durante la cena de anoche —dijo Joaquina—. He reservado una habitación en el Hotel La Miel, te espero en la recepción esta tarde a las dos en punto.

Al finalizar la llamada, Joaquina salió de la casa. Jaime esperó a oír el motor del automóvil para salir de su escondite, pero antes de hacerlo, vio aparecer a su hermana Dulcina, la amante de Ana Belén Cuervo. Ella también había estado escondida, escuchando la conversación.

—Hotel La Miel, ¿eh? —dijo Dulcina mientras se sobaba las manos como quien maquina fechorías— Pues allí estaré.

Cuando la segunda hermana hizo su salida, Jaime pensó que por fin sería seguro abandonar su escondite detrás de las cortinas. Al salir venía entrando Dorotea, la cocinera.

—Muchacho, ¿qué hacías metido allí dentro?

—Ni una palabra a nadie, porque si no... —Jaime se pasó el dedo por el cuello, imitando la manera de amenazar de su hermano Alejandro.

Lejos de asustarse, Dorotea empezó a reír.

—Muchacho, ¡tú sí inventas!

Algunas horas más tarde, Joaquina, que había estado sentada en la recepción del hotel, se puso de pie cuando vio llegar a Ana Belén, su prometida. La recibió con un frío beso en la mejilla.

—Tenemos que hablar —dijo—, vayamos a la habitación.

Cuando las mujeres entraron al elevador, Dulcina, que las había estado espiando, fue a preguntar en qué habitación se había hospedado su hermana. Tras persuadir al empleado del hotel de revelar la información confidencial, haciéndole saber con qué familia estaba tratando, Dulcina pidió una habitación contigua a la de su hermana. Tomó su llave y desapareció tras las puertas del elevador.

En aquel momento, Jaime, que había estado espiando a sus dos hermanas, se quitó el sombrero, la peluca y las gafas con las que iba disfrazado y fue a hablar con el mismo empleado, repitió las mismas amenazas, haciéndole saber que pertenecía a la misma familia que Dulcina, y otra habitación adyacente a la de Joaquina. Jaime volvió a cubrir su cabeza con la peluca, sombrero y gafas, por si acaso, y subió al doceavo piso. Una vez en su habitación tomó su estetoscopio (iba disfrazado de médico y llevaba el instrumento al cuello), lo colocó contra la pared y empezó a escuchar.

Dulcina, que no había ideado su plan tan minuciosamente como su hermano, no sabía qué hacer ahora. Salió a la terraza y descubrió que era posible trepar hasta la de Joaquina. Así hizo. Allí, escondida, podía observar todo lo que ocurría en la habitación.

—Dulcina lo ha contado todo —dijo Joaquina.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Ana Belén, fingiendo estar sorprendida.

—Que me engañas con ella. Ahora toda la familia lo sabe.

Ana Belén estaba al tanto: habiendo estado escondida en un baúl cerca de la mesa durante la cena, había escuchado toda la conversación de la familia.

—Es verdad, pero no ha sido mi culpa.

—¿Ah sí? ¿Y cómo es que no ha sido tu culpa, miserable infeliz?

—No he sido yo, Consuelo Cerdeño reencarnada, la que ha tenido el romance, ha sido el residuo de quien yo era antes, Ana Belén, la culpable de todo. Nunca te he sido infiel, fue Ana Belén la que se enamoró de tu hermana.

Ana Belén jugaba con fuego. No era ninguna Consuelo reencarnada, era una oportunista que buscaba contraer matrimonio con una psicópata cuya fortuna era imposible de calcular. Había cometido el error de enamorarse de la hermana de su víctima; de haber conocido a Dulcina primero todo se habría evitado, se habría casado con ella en lugar de Joaquina. Pero ya el daño estaba hecho, ahora tenía que tener cuidado con sus movidas, dar un paso en falso podría terminar costándole la vida.

Joaquina estuvo pensativa por unos minutos.

—Ven aquí —dijo.

—¿Me perdonas?

—Ven.

Joaquina atrajo a su prometida tomándola de las manos. Comenzó a darle pequeños besos por su cuello, con una dulzura poco característica en ella.

—Tomaré eso como un sí —dijo Ana Belén.

Joaquina le daba la espalda a la terraza, circunstancia que aprovechó Dulcina para llamar la atención de Ana Belén. Cuando la supuesta reencarnación de Consuelo descubrió a su amante haciéndole señas desde la terraza, su corazón se aceleró. Devolvió a Joaquina sus besos pensando en Dulcina, dedicándole a su amante miradas furtivas que le hacían saber que cada beso era para ella y para nadie más.

Joaquina, que nunca había sido besada de aquella manera, se sintió especial y envolvió a Ana Belén en caricias y besos a lo largo de su cuello y su rostro que fueron acercándose cada vez más a los labios, jugueteando, sin llegar a tocarlos todavía. Entonces un suave y corto beso en la boca. Joaquina tomó las manos de Ana Belén y quiso llevarla a la cama, pero ésta no quería alejarse de la terraza, donde se hallaba el verdadero centro de su atención.

—Vamos, ven conmigo —dijo Joaquina.

—Ve tú y ponte cómoda, déjame tomar aire unos segundos en la terraza.

—Te acompaño.

—No, ten paciencia.

Cuando logró desembarazarse de Joaquina, Ana Belén se fue a la terraza a encontrarse con su amada. Se besaron apasionadamente, sin caricias, sin dulzura.

—Así es que me gusta que me besen —dijo Ana Belén.

—Escápate conmigo —dijo Dulcina, deja que la bruja de mi hermana se quede esperando para nada.

Más besos, junto a manos que recorrían los lugares más íntimos.

—No puedo. Mira. Escúchame. Tenemos que separarnos por un tiempo. Después de la boda buscaremos la manera de deshacernos de Joaquina de forma definitiva.

—Yo no puedo esperar, la idea de imaginarte junto a Joaquina me vuelve loca.

—Tendrás que esperar, si hacemos una movida en este momento tu familia no nos perdonará. El momento llegará.

Jaime no podía escuchar la conversación de la terraza con su estetoscopio. Tampoco se imaginaba que Dulcina había tenido la osadía de meterse en la terraza de la habitación de Joaquina. Se rascó la cabeza preguntándose qué estaría ocurriendo. Se tomó de un solo trago todo el contenido de una botella diminuta de ron que sacó del mini bar. Se secó la boca con la manga de su bata de médico y colocó el estetoscopio contra la pared para seguir intentando escuchar.

—¿Me extrañaste? —preguntó Ana Belén, que volvía de la terraza tras besar violentamente a su amante una vez más.

—Mucho, ven aquí.

Joaquina recibió a su prometida con caricias y la hizo acostarse boca abajo en la cama. Se colocó sobre ella y le hizo masajes en la espalda.

—¿Te gusta?

—Sí —respondió Ana Belén con sinceridad, le caía bien el masaje.

Joaquina siguió masajeando con una mano y buscó con la otra entre las sábanas; sacó su puñal.

Se agachó para susurrarle al oído.

—Te he perdonado, Consuelo, pero no perdono a Ana Belén.

Clavó el puñal en la espalda de su prometida y tapó su cabeza con la almohada, para ahogar sus gritos.

En la habitación contigua, Jaime, por los sonidos que le llegaron antes de que Joaquina los silenciara con la almohada, supo lo que había pasado. Cayó de rodillas y lloró en silencio.

Joaquina se separó del cadáver y lo contempló mientras recuperaba la calma interior.

—Ya te reencarnarás de nuevo, Consuelo, la boda sigue. En cuanto a ti, Ana Belén... como te reencarnes en otro cuerpo, te volveré a hacer lo mismo que ahorita, cuantas veces sea necesario.

Cuando Joaquina se hubo marchado. Jaime recobró las fuerzas y se asomó a la terraza, contemplando ponerle fin a su vida para reunirse con la mujer que amaba. Allí vio que sería sencillo saltar a la habitación de Joaquina. Lo consiguió, con enorme torpeza. Buscó el cuerpo sin vida de Ana Belén y se acostó a su lado, le sacó el puñal del cuerpo y lo arrojó a un lado. Besó sus ojos apagados, besó su frente, besó su boca fría, le acarició el rostro, y al rato se quedó dormido, entre sollozos. Así fue encontrado, lleno de sangre, abrazado a Ana Belén. Fue arrestado y acusado por el asesinato, no hizo ningún intento por aclarar los hechos y culpar a Joaquina, ya no le importaba nada.

(Continuará en el relato del reto 28)

El fabricante de quesos que un día descubrió que
uno de sus quesos había matado a una diva de la ópera

RETO 22. Sábado de personajes improbables.

Escribir un relato basado en el título: «El fabricante de quesos que un día descubrió que uno de sus quesos había matado a una diva de la ópera».

EL FABRICANTE DE QUESOS QUE UN DÍA DESCUBRIÓ QUE UNO DE SUS QUESOS HABÍA MATADO A UNA DIVA DE LA ÓPERA

Don Arsenio Gondorillas, el dueño de la Panadería Gondorillas, además de hacer pan, hacía unos quesos muy finos. Don Arsenio era un amante de la ópera. A lo largo de los años había entablado buenas relaciones con la directiva de la orquesta. Para cada función le encargaban un número de bandejas (que dependía de los requerimientos instrumentales de cada obra) de quesos variados que se le ofrecían a los músicos durante los intermedios. El coro y los cantantes solistas no comían nada ni inmediatamente antes ni durante una presentación; y las raras veces que alguno lo hacía, se aseguraba de evitar los quesos, así que Don Arsenio no tenía que preocuparse por ellos. Había una sola excepción a esta peculiaridad: la cantante Alegra Andreina Folgueira.

Alegra era una extraordinaria soprano dramática de coloratura, admirable rareza entre las sopranos, que había alcanzado renombre con mucha rapidez tras su primera presentación pública en el rol de Norma. La diva Folgueira tenía una debilidad: su amor por los quesos. Cuando se presentaba en el teatro, siempre se le podía ver en los intermedios junto a las bandejas de Don Arsenio, con quien había trabado estrecha amistad. El director de la orquesta, el maestro Horacio Fuentes, quien tenía un gran sentido del humor, se refería a ella en broma (y a sus espaldas) como la gallina Gondorillas, porque siempre andaba tras Arsenio buscando qué picar de su mano.

—¿Qué me tienes? —preguntaba Alegra cada vez que veía a su amigo, y don Arsenio siempre le entregaba una caja con algún queso exquisito para disfrutarlo en casa.

Don Arsenio Gondorillas estaba secretamente enamorado de Alegra, a pesar de que ella era una mujer casada. Pensaba que el camino al corazón de su amada se abría por el paladar. Cuando le entregaba aquellas decoradas cajas de cartón conteniendo sus mejores quesos, era como entregarle flores o una caja de bombones. Ello no obstante, todas sus intenciones pasaban desapercibidas; Alegra no captaba los mensajes ocultos, no leía nada romántico en los obsequios ni en el lenguaje corporal de Arsenio. Esta inocencia no hacía más que ensanchar el afecto que él le tenía.

El sábado 22 de octubre, durante el primer acto de La Flauta Mágica, Alegra Folgueira, en su papel de La Reina de la Noche, había estado en un principio conmovedora y luego extraordinaria y brillante en su ejecución de la primera de sus arias: O Zittre Nicht. El público, entre los que se encontraba don Arsenio Gondorillas, había aplaudido durante varios minutos. Concluido el acto, la diva fue directo hacia la bandeja de quesos, allí se encontró con don Arsenio.

—¿Qué me tienes hoy?

—Señora, ha estado usted espectacular esta noche. No puedo esperar a oírla cantar Der Hölle Rache en el próximo acto.

—Gracias, pero, a ver, ¿qué me has traído hoy?

—Es algo especial, algo nuevo, todavía no sé cómo llamarlo. Pero si es de su gusto, ¿sería un atrevimiento bautizarlo como «queso Folgueira», en honor suyo?

—¡Qué ocurrencias! ¡Pues claro que le puedes poner mi nombre! Pero esto no puede esperar hasta llegar a mi casa, ¡tengo que probarlo en este instante!

Minutos más tarde, antes de empezar el segundo acto, la cantante estaba siendo atendida por el médico del teatro. La mujer sudaba copiosamente, temblaba y se retorcía del dolor. Se había llamado una ambulancia.

El maestro Fuentes había decidido reemplazar a Alegra con una talentosa cantante del coro que se sabía el papel y cortar por completo el aria Der Hölle Rache kocht in meinem Herzen, para el que la cantante no estaba preparada.

—¿Qué le has hecho a mi gallina, Gondorillas? —preguntó el director. Luego prosiguió en broma— ¿no me dirás que de ahora en adelante tendremos que llamarte don Arsénico?

Después de la función, el director se enteró de que la cantante había llegado sin vida a la sala de emergencias. Ya no se sentía con ganas de bromear.

Devastado, don Arsenio, no podía soportar el sentimiento de culpa. ¿Qué había salido mal con el queso nuevo que había creado? ¿Cómo pudo haberle causado la muerte a la cantante? ¿Se habría contaminado de alguna manera? No lo sabía. De todas formas averiguarlo no cambiaría nada, el daño estaba hecho. Decidió acompañar a su amada sufriendo el mismo destino. Tomó un trozo de queso y pasó por todo el mismo sufrimiento que le había provocado a Alegra. Luego todo se puso negro, pensó que la muerte llegaba.

Arsenio se despertó en una cama del hospital. Su hermana lo visitaba en aquel momento.

—Dicen que estuviste muerto por unos segundos —dijo la mujer—. Lo mismito que le pasó a la cantante esa que te gusta a ti de la ópera.

—¿Qué quieres decir?

Su hermana le explicó que la mujer había sido declarada muerta, había llegado sin signos vitales, y cuando iban a preparar su cuerpo se había levantado.

—Así mismo —dijo su hermana—, ¡se paró pegando gritos como una loca!

Arsenio averiguó que la cantante se hallaba hospitalizada allí, así que se dirigió a su habitación para disculparse. Nunca había estado tan avergonzado. La cantante aceptó las disculpas.

—El tarado de mi marido todavía no ha venido a visitarme —dijo Alegra—. Los que sí vinieron fueron unos señores de la prensa y me tomaron una foto, salgo mostrando mi certificado de defunción.

Alegra rió. Arsenio se sentía muy mal por lo ocurrido como para poder reír.

—Ya, don Arsenio, deje el drama para nosotras las cantantes. Le diré una cosa, el dolor y el susto que me hizo pasar fue una cosa del infierno, pero ese queso... ¡estaba divino! Le voy a ordenar dos kilos en lo que salga de aquí.

El grito de Julio César

RETO 23. Domingo de estados de ánimo específicos.

Escribir un relato que transmita el siguiente estado de ánimo: Risita nerviosa de «oh, Dios mío, no puedo creer que dijo eso en voz alta y ahora cómo reacciono ante toda esta gente».

EL GRITO DE JULIO CÉSAR

—¡Maldito ladrón! —le gritó Julio César a Pata Blanca, el gato, a pesar de que éste no le había robado nada.

—¡Julio César! —gritó Judith, la madre del niño— ¡¿Qué te dije yo?!

—Que no dijera maldito ladrón.

—Y tú sigues diciéndolo a cada rato. Como te vuelva a escuchar diciendo eso, muchachito, te voy a castigar, ya vas a ver —amenazó la mujer mientras señalaba con su dedo índice.

—¿Dijo maldito ladrón? —preguntó Roberto, el padre del niño, con la boca llena mientras entraba desde la cocina con un sándwich en la mano.

—Este niño me va a volver loca.

Roberto tragó. Pata Blanca empezó a frotarse contra sus piernas y le obsequió alguno que otro maullido lastimero.

—Es una etapa, ya se le pasará.

Judith le dedicó una mirada malhumorada a su esposo.

—Ya escuchaste a tu mamá, Julio, así que pórtate bien.

—Sí, papá —dijo el niño, extendiendo las vocales.

Pata Blanca, tras haberse convencido de que Roberto no tenía intenciones de compartir su comida, salió del comedor en busca de algún lugar tranquilo donde poder echarse una siesta. Julio César se fue atrás del gato para no dejarlo dormir.

—¿Quieres probar? —dijo Roberto, ofreciéndole un mordisco a su esposa.

Judith ignoró la pregunta y dijo:

—Claudio viene esta tarde.

—¿Te va a pagar, por fin?

—No, viene a llevarse otra camisa. Dice que me pagará las dos lo más pronto posible.

—¡Maldito Ladrón! —escucharon al niño gritarle desde la habitación a quién sabe qué cosa o ser vivo.

—Ya no puedo con este niño. ¿No te lo quieres llevar esta tarde contigo?

—Imposible, Juan y yo vamos a estar ocupados trabajando y Mariana no estará allí antes de las cinco. Sería un peligro dejar al niño suelto entre las herramientas de carpintería sin nadie que lo supervise.

Ni Roberto ni Juan eran carpinteros. Se habían comprado las herramientas sin saber cómo usarlas y andaban de lo más entusiasmados construyendo los módulos para la cocina del nuevo apartamento de Juan. Todo lo hacían siguiendo vídeos con tutoriales. El apartamento era un desastre: había tablas y herramientas por todas partes, el suelo y el aire estaban llenos de aserrín, y los módulos terminados permanecían sin ser instalados. Judith bromeaba diciéndoles que estaba sorprendida de que todavía ninguno de ellos hubiera perdido un dedo o un ojo. Roberto decía que al terminar con el apartamento podían renovar la cocina de su casa, cosa que Judith no pensaba permitir.

—Está bien —dijo ella—. Bueno, diviértanse jugando con sus juguetes nuevos.

Judith se quedó pensativa. Otro día de la semana hubiera podido dejar a Julio César con la abuela, pero la mamá de Judith se reunía los domingos para echar unas partidas de póker con sus viejas amigas. No quedaba más remedio que recibir a Claudio con el niño en casa.

Claudio era el hermano menor de Judith y siempre había sido el consentido de la familia. Estaba acostumbrado a salirse con la suya y nada le preocupaba. ¿Que se había quedado otra vez sin empleo? ¡Pues mientras su esposa Anita cubriera los gastos, ya encontraría tiempo para buscar uno nuevo! ¿Que no había comida en la casa? ¡Pues se iría con su esposa a comerse la comida de su madre! ¿Que no le había pagado la camisa a Judith desde hacía un mes? ¡Pues ahora le debería dos! Su esposa, su madre y su hermana se lo perdonaban todo. Alguna vez Roberto le dijo a Judith que desaprobaba la conducta de su hermano, Judith no sólo le hizo tragarse sus palabras sino que lo hizo sentirse como el villano de la historia; desde entonces no volvió a tocar el tema, ni siquiera ahora que Claudio les debía dinero.

—Escúchame bien Julio César —el niño dejó de molestar al gato, que golpeaba sin cesar el mueble con la cola para mostrar su enfado—. Va a venir tu tío Claudio. ¡Cuidadito como se te escapen esas palabras que te la pasas repitiendo todo el tiempo! Porque si te escucho una sola vez mientras tu tío nos visita, te voy a dar por esa boca. ¿Entendido?

—Sí mamá, no diré maldito ladrón.

—¡Te dije que no dijeras esas palabras!

—Pero es que mi tío no ha llegado.

Temprano en la tarde Roberto partió para seguir ayudando a Juan con su cocina. Claudio llegó media hora después, acompañado de su esposa Anita y de su hijo Enrique.

—¡Ay Judith! Por favor encierra a ese gato, que me da de todo.

Anita le tenía miedo a los gatos... y a los perros... y a todos los demás animales, pequeños y grandes por igual.

Judith encerró al gato en su habitación.

—No te vayas a subir a la cama, Pata Blanca —le dijo al amargado animal, aunque sabía que después lo encontraría durmiendo sobre su almohada. Luego se dirigió al armario del pasillo y se puso a buscar entre la mercancía varias camisas de la talla de Anita. Judith vendía ropa femenina por Internet, aunque no le había ido muy bien con el negocio.

—Mira que bello ese búho —dijo Anita señalando un adorno de cristal, mientras su cuñada buscaba las camisas—. ¿No se te parece a Enriquito?

—Ay, mamá, no empieces... —dijo Enrique.

El hijo de Claudio y Anita era un joven de diecinueve años; odiaba que lo llamaran Enriquito. Su mamá se la pasaba comparándolo con búhos, porque tenía los ojos grandes y saltones.

—¿Te gusta el pájaro ése? —dijo Claudio indiferente— Si quieres le pregunto a Judith a ver si me lo regala.

—¿Y dónde voy a poner yo eso? Está muy bonito pero yo no lo quiero.

—¿No quieres qué cosa? —preguntó Judith, que había vuelto con las camisas.

—Nada, cuñi. ¡Pero qué belleza esas camisas! —dijo sin haber visto las camisas.

—Ven, vamos para que las veas bien aquí en la mesa.

Judith esparció las camisas en un orden impecable. Anita las fue agarrando, estirando, arrugando y soltando en completo desorden. No terminaba Judith de doblar una cuando su cuñada había desordenado dos más. Cuando Anita terminó de verlas todas, empezó otra vez por la primera; esta vez Judith no se molestó en ordenarlas, lo haría después.

—Hermana, ¿no nos ofreces ni un café?

—Disúlpame, Claudio, enseguida te traigo uno. ¿Tú quieres uno también Enriquito?

—Sí, tía, pero no me digas Enriquito.

—Al bobo éste le da pena —dijo Claudio—, cualquiera cree que ahora es todo un señor.

—No llames bobo a Enriquito, mi amor —dijo Anita.

—¡No me llames Enriquito, mamá!

—¿Tú quieres café, Anita?

—No, cuñi, gracias.

Enrique se cruzó de brazos, malhumorado. Claudio cogió el búho de cristal y se puso a compararlo con su hijo, a ver si de verdad se le parecía. Anita siguió mirando las camisas, sin decidirse cuál quería comprar, o mejor dicho: llevarse sin pagar.

Julio César, que había estado distraído con la televisión, se decidió ir a ver qué eran todas esas voces en el comedor. Estuvo a punto de gritar «¡maldito ladrón!», cuando vio a sus familiares, pero su mamá, que volvía con dos olorosas tazas de café recién colado, interrumpió sus pensamientos.

—¡Julio César! Muchachito, ¿tú no saludas?

—Hola tío Claudio. Hola tía Ana. Hola Enriquito.

—No me digas Enriquito.

—Guau —dijo Claudio—, ¡pero qué grande estás tú, chico!

Anita saludó con una mano sin decir nada; así como no le gustaban los animales, tampoco le gustaban los niños. Julio César no vio el saludo porque su tío había salido corriendo para cargarlo, tirarlo por los aires y atraparlo sin dejarlo caer al suelo. Julio César se divertía mucho con esos juegos.

—Tío Claudio —dijo, cuando por fin se vio libre— te voy a decir una cosa...

Judith le lanzó a su hijo una mirada que le atravesó el alma.

—¿Qué cosa?

—No, nada, tío. No te iba a decir nada.

Judith asintió repetidas veces, mirando a Julio César con una expresión que quería decir «más te vale». Entregó a su hermano y a su sobrino las respectivas tazas de café y fue a ver si Anita había tomado alguna decisión.

—¿Qué estás viendo, tía Ana?

—Cosas de adultos —dijo Anita—. Anda a jugar con tu tío, anda ve.

Julio César sintió unas ganas enormes de gritarle «¡maldito ladrón!» a su tía, pero sabía que se metería en problemas.

Anita seguía mirando las camisas sin llegar a decidirse.

—¿Estás segura que no tienes más?

—Completamente. Estas son todas las que tengo de tu talla.

—¿No puedes mostrarme unas diferentes aunque sean más grandes?

Julio César se había quedado mirando a su primo, al cabo de un minuto le dijo:

—Enriquito, mi ma...

—No me llames así —interrumpió el joven.

—Mi mamá me dio unos juguetes que eran tuyos.

—¿Ah, sí? ¿Qué juguetes?

—Un robot que no tiene pilas, un monopolio que no tiene fichas y un yoyo que sí está completo.

—¿Un yoyo? —Enrique se puso de pie y se dirigió a Anita— Mamá, ¿tú regalaste mi yoyo? ¿Con qué permiso?

—Ay, pero si tú nunca juegas con eso.

—Eso no importa, ese yoyo no era tuyo como para que lo estés regalando.

—No era mío, pero yo lo compré con mi dinero, así que se lo regalo a quien yo quiera.

—Yo no sé, yo quiero mi yoyo.

Judith obligó a Julio César a buscar el yoyo y retornárselo a su primo. El niño lo devolvió con los ojos aguados. Sentía las palabras «¡maldito ladrón!» atascadas en su garganta, queriendo escapar a toda costa. Pero guardó silencio. En su lugar dejó salir algunas lágrimas y luego fue a encerrarse junto al gato en la habitación de su mamá.

Cerca de las cuatro de la tarde Roberto y Juan terminaron de ensamblar el último módulo. Pensaban ahora pasar a la instalación. Primero limpiaron la cocina y echaron toda la suciedad a la sala, luego buscaron las herramientas y se percataron de que les faltaba el nivel, sin el cual no podrían colocar los módulos de forma correcta. Buscaron la herramienta por todo el apartamento, sin conseguirla.

—El nivel debe estar en mi casa —dijo Roberto—. Si quieres vamos a buscarlo y nos tomamos unas cervezas.

Los dos pseudocarpinteros fueron a comprar unas cervezas en el abasto que estaba frente al edificio. Mientras esperaban en línea para pagar, Roberto llamó a su esposa para avisarle que estarían allí en unos minutos.

—¿Algo malo? —preguntó Juan al ver la expresión de su amigo.

—No, es sólo que mi cuñado y su familia están en la casa y hubiera preferido evitarlos. La cosa es que si esperamos a que se vayan puede que se nos haga de noche, no sé hasta qué hora se piensan quedar allí, y si no terminamos de instalar los módulos hoy habrá que esperar hasta el próximo fin de semana.

—Bueno, entramos y salimos, todo rápido, si quieres te espero afuera.

Cuando estaban saliendo en la minivan, vieron que Mariana, la esposa de Juan, se estaba bajando de un autobús en la parada de la esquina. Aparcaron junto a ella.

—Pero qué belleza la suya, señorita —dijo Juan, fingiendo no conocer a su esposa—, ¿no necesita usted a un hombre que la comprenda y le lleve flores?

—¡Ja! Cualquiera diría que eres todo un caballero de esos que llevan flores. Quien no te conozca que te compre. ¿A dónde van?

—A buscar una cosa en la casa de Roberto, volvemos rápido.

—Los acompaño.

—¿Y eso?

—Claro —dijo Mariana bromeando—, tú quieres que yo entre al apartamento, vea el desastre y para cuando vuelvas a se me haya pasado el mal rato. No. Entraremos juntos y así te echo un buen regaño con la mala impresión fresca.

Roberto entró solo a su casa mientras que Juan y Mariana se quedaron en la minivan. En lo que Judith se enteró de que estaban todos afuera, salió y los invitó a tomarse un café.

—Gracias, pero eso sí, un cafecito rápido y nos vamos —dijo Juan—, porque si no se nos van a calentar las cervezas y ahora es que nos queda trabajo por hacer en el apartamento.

Después de introducir a los nuevos invitados y repartir café para todos, Judith se puso a hacerle recomendaciones a Anita, a ver si se decidía de una buena vez por una de las camisas.

Cuando escuchó que llegó Juan, Julio César salió de su encierro, dejando libre al gato sin darse cuenta, para saludar. El niño le tenía mucha simpatía a Juan y quería decirle en secreto «¡maldito ladrón!» para que viera la nueva frase que había aprendido. Pensaba que a Juan seguro le gustaría oír eso, él no era como Judith, que se enojaba por cualquier cosa.

Cuando el gato Pata Blanca hizo su entrada en el comedor, Anita entró en pánico.

—¡El gato! ¡El gato! —gritó y se subió a una silla, con las manos puestas sobre Judith para no perder el equilibrio.

—¡Roberto, encierra a Pata Blanca! —gritó Judith, a quien su cuñada le causaba dolor tirándole del pelo.

Cuando Roberto volvió de encerrar al gato, Juan y su esposa se pusieron de pie.

—Bueno, creo que nosotros ya tenemos que irnos. Gracias por el café, Judith, estaba muy bueno.

A Julio César le temblaban las manos, necesitaba gritar sus adoradas palabras y hacía mucho que no lo hacía. No sabía cuánto más podía resistir. Judith se dio cuenta y lo amenazó en silencio, agitando el dedo índice.

—Nosotros también deberíamos irnos yendo —dijo Claudio, poniéndose de pie—. ¿Ya te decidiste por una camisa, cariño?

—Bueno —dijo Anita y agarró aire— me gustan ésta, ésta y ésta. ¿No te molesta si me llevo las tres, verdad cuñi?

Roberto suspiró malhumorado, pero fingió indiferencia, se despidió y salió con el nivel en la mano.

Anita cogió sus tres camisas y salieron. En el jardín de la casa estaban todos reunidos. Juan y Mariana esperaban por Roberto, recostados contra la minivan cerca de la entrada. Anita, Enrique y Claudio cruzaron la angosta calle hacia el lugar en donde habían aparcado.

—Se lleva tres camisas y todavía no ha pagado la anterior —le susurró Roberto a su amigo.

—Qué sinvergüenza —respondió Juan.

Mientras Julio César miraba a sus tíos y primo cruzar la calle, le temblaba el cuerpo entero, había llegado al límite. Miró a su madre, que se despedía, miró a su padre que hablaba con Juan. Nadie reparaba en él. No pudo aguantarlo más y gritó con todas sus fuerzas:

—Tío Claudio: ¡Maldito ladrón!

Roberto y Juan estallaron en carcajadas. Mariana disimuló la risa tapándose la boca. Judith quedó en estado de shock. Claudio arrancó los vestidos de la mano de su esposa y cruzó furioso la calle.

—Aquí están tus camisas —le dijo a su hermana y se las puso en los brazos. Se metió la mano en el bolsillo y sacó unos billetes arrugados—. A ver, siete, nueve, ¡diez! Aquí está lo que te debía. No me vuelvas a vender nada.

—Pero, pero... —dijo Judith sin saber qué más decir.

—¡Mi mamá se va enterar de cómo estás educando a tu hijo y de las cosas que dicen en tu casa a espaldas de uno! Adiós.

Claudio cruzó nuevamente la calle, su hijo se había quedado afuera del automóvil por si acaso su padre y su tío Roberto se iban a los puños. Su madre, avergonzada, había entrado y se tapaba la cara con unos papeles que sacó de la guantera.

—¡Súbete, Enriquito, nos vamos!

—¡No me llames Enriquito!

Juan y su esposa se miraron incómodos.

—Entonces... ¿El próximo fin de semana? —dijo Juan.

—El próximo fin —dijo Roberto.

—Mamá —dijo Julio César—, mamá... ¿estás molesta?

Judith estaba que no hallaba qué hacer o qué decir, su cara de vergüenza pasó a una sonriente expresión de locura. Su esposo la miró y le dijo:

—Al menos ya nos pagó.

Los hermanos y la lluvia

RETO 24. Lunes de géneros locos.

Escribir un relato que encaje en el género «Religioso floral con toques de samuráis».

LOS HERMANOS Y LA LLUVIA

Los hermanos Sato eran los nietos de inmigrantes japoneses que habían llegado a la isla durante la segunda guerra mundial. La familia empezó su nueva vida en el Caribe con muchas dificultades, habiendo trabajado en un principio como vendedores de cocos en un cálido kiosco en la playa. Ahora los nietos de esos inmigrantes eran dueños de la Constructora Sato, empresa que se había dedicado a levantar numerosos condominios residenciales y que era mejor conocida por haber edificado y administrado los principales centros comerciales de la isla. Desde muy jóvenes, los hermanos se ganaron una sólida reputación como filántropos, habiendo conseguido grandes logros en el desarrollo de los sectores más empobrecidos del país. Los medios de comunicación habían apodado a los hermanos Sato como los hermanos Samurái, nombre que a ellos no le hacía gracia, y de esta manera eran conocidos popularmente.

Para la inauguración del Centro Hospitalario Doctor Mateo Peña, la más reciente obra de la Constructora Sato, se realizaba un enorme arreglo floral en el salón donde se daría una conferencia de prensa. Julián Sato, el menor de los hermanos, y el de mayor inclinación artística, había diseñado y supervisaba el trabajo. Una infinidad de hilos caían del techo a todo lo largo y ancho del salón, de estos hilos colgarían cientos de pequeñas flores moradas y amarillas.

Rebeca Sato fue la primera de la familia que nació en la isla, sus padres le pusieron el nombre de una isleña que los ayudó a integrarse durante los primeros años. Rebeca también le puso nombres locales a sus hijos, continuando con lo que se convertiría en una tradición familiar. La dulce anciana estaba en la fase final de una larga enfermedad, ya no podía caminar y tenía que usar oxígeno por las noches para su apnea. Una tarde sus hijos fueron a buscarla y se la llevaron al Centro Hospitalario que aún no había sido inaugurado.

La instalación de las flores había concluido. Julián abrió las puertas del salón y su hermano, Ernesto, entró empujando la silla de ruedas con Rebeca. Habían entrado a un mundo nuevo, se sentían como si entraran a una lluvia de flores paralizada en el tiempo. Los colores complementarios de violetas y amarillos de diversa tonalidad y saturación formaban una pintoresca y muy grata visión. La anciana se creía transportada a alguna vieja fábula, donde todo estaba perfumado y recargado de colores. El salón ofrecía una fragancia fresca y espectacular. La anciana lloró conmovida y agradeció a sus hijos. Ernesto, que era un hombre de mucha fe, también se hallaba emocionado, aquella instalación era para él toda una experiencia espiritual. Julián sonreía complacido.

—¿Cómo puedes ver esto y no creer en nada?

A diferencia de Ernesto, devoto cristiano, Julián era un humanista secular: no creía en dioses ni nada sobrenatural y veía la espiritualidad como una experiencia humana que podía observarse y ser explicada con el método científico. También él se hallaba afectado por la belleza que había creado, pero no veía nada mágico en ello, para él sus emociones no venían del alma sino de la interpretación cerebral de estímulos sensoriales.

—Lo importante —le dijo a su hermano— es que podemos experimentar y compartir este momento. Cada uno de nosotros lo interpretará a su manera, y eso está bien. No estaremos juntos para siempre, y yo no creo que la vida continúe después de nuestro paso por la tierra, así que debemos aprovechar los días que nos tengamos unos a otros. Días que, no importa cuántos sean, siempre serán muy pocos.

Los hermanos Samurái, uno creyente y otro no, se abrazaron fraternalmente junto a su madre bajo una lluvia como ninguna otra.

Fábula de la luna perezosa

RETO 25. Martes de géneros aledaños.

Escribir una fábula perversa, que deje un mal mensaje.

FÁBULA DE LA LUNA PEREZOSA

El sol estaba cansado de que la luna fuera tan perezosa.

—Despiértate, Luna —le decía—, ¿qué haces durmiendo a estas horas?

La luna siempre prometía que no volvería a dormirse cuando no debía, pero nunca cumplía su palabra.

—Luna —le dijo cierta noche una nube que pasaba lenta y llenita de agua—, si te sigues durmiendo cuando no debes, el sol te va a castigar.

Pero la luna no le hizo caso y siguió durmiéndose cuando no le correspondía.

—Luna —le dijo una vez el viento, que siempre cantaba triste el dolor de haberse alejado del mar—, no deberías estar durmiendo a estas horas, si el sol te descubre se va a enfurecer.

Pero la luna no quiso oír consejos y siguió durmiendo hasta que se le quitó el sueño.

—Luna —le dijeron las estrellas mientras titilaban, unas con mayor fuerza que otras, al ritmo de una música que solo ellas podían percibir—, no puedes seguir siendo tan perezosa, debes ser razonable y cumplir los horarios que te han dado.

Pero así como no podía escuchar la música de las estrellas, la luna tampoco escuchó sus recomendaciones.

Cierta mañana en que el sol la encontró dormida, ya cansado de la actitud de la luna, la despertó y le dijo:

—Luna, te he dado muchas oportunidades y tú sigues sin hacer caso. De ahora en adelante te quitaré tu brillo como castigo y nunca más tendrás luz propia.

Y así hizo. Pero la luna, que era astuta y siempre se salía con la suya, aprendió a reflejar la luz del sol para que todos creyeran que todavía podía brillar como antes. El sol, impresionado por la artimaña, decidió dejarla tranquila y no volver a castigarla.

Todavía la luna sigue siendo perezosa y se queda dormida a deshoras, por eso podemos verla algunas mañanas cuando ya debería haberse ocultado.

MORALEJA

Si sigues tu corazón, aunque lo hagas con maldad, obtendrás dulces resultados.

El cuerpo

RETO 26. Miércoles de estructuras novedosas.

Escribir un relato cuya estructura sea la observación de cada parte del cuerpo humano.

EL CUERPO

Venían por ella, cargados de antorchas, armas, y funestas intenciones. La vieja Begoña cerró con dificultad la enorme puerta del calabozo, empujándola con el hombro. La habían acusado de bruja; los días de andar a sus anchas por el envejecido y descuidado palacio habían llegado a su fin. Ya no atraería más víctimas para torturarlas o experimentar con ellas. Su vida corría grave peligro. Arrojó de la mesa todos sus libros, papeles y frascos de vidrio llenos de viscosas sustancias que al esparcirse por el suelo arrojaron repugnantes aromas. Se levantó una polvareda, la habitación no se había limpiado en siglos, todo estaba cubierto de polvo y cenizas, de telarañas y bichos muertos. La mujer se acostó en la mesa, cruzó las piernas, se cruzó de brazos, y empezó a recitar palabras en una lengua que en esta Tierra sólo ella y sus iguales conocían.

Escuchó cómo la turba enfurecida rompía la puerta de entrada, se hallaban en el oscuro palacio, ya no tardarían en encontrarla. La bruja Begoña siguió recitando, con los ojos cerrados, las mismas frases misteriosas una y otra vez. Al cabo de algunos segundos calló, su mente ya no estaba presente.

Abrió los ojos, vio un campo sembrado de trigo al claro moribundo de una luna menguante. No podía sentir su cuerpo, sólo sus ojos respondían, también experimentaba un cosquilleo en las mejillas. Y luego... por fin... la boca comenzó a obedecerle. Sin perder tiempo comenzó a pronunciar nuevas palabras infernales para proseguir con la segunda parte del conjuro.

—¡Abajo! ¡Vengan todos! ¡Aquí hay una puerta cerrada!

Habían descubierto la entrada del calabozo. Una gran puerta de cedro los separaba de su víctima; comenzaron a destrozarla con sus hachas.

El resto de la cabeza de la bruja había despertado, ya podía escuchar y olfatear: le llegaron sonidos lejanos de la multitud que se había quedado vigilante afuera del palacio. Le llegó también un olor a tierra mojada y al montón de paja que formaba su nuevo cuerpo. Despertó su cuello, lo movió para experimentar y luego se quedó quieta, concentrada en recitar el conjuro; debía darse prisa con eso.

Sus pies no tenían dedos, pero pudo sentir las briznas de paja amontonadas dentro de unos zapatos rotos. La sensación se fue extendiendo por las extremidades inferiores, pantorrillas, rodillas, muslos, entrepierna. No tenía sexo, extrañaría los placeres carnales, pero ¡qué importaba! No viviría dentro del espantapájaros para siempre. Ya tendría tiempo de buscarse una campesina estúpida a la que pudiera robarle el cuerpo.

—¡Esperen! —gritó uno de los hombres cuando hubieron logrado hacer un pequeño orificio en la puerta. Se asomó, mientras los demás aguardaban— ¡La veo! ¡Está allí! ¡Rápido! ¡Quitemos esta puerta del medio!

Los dedos de la bruja, dentro de un viejo guante deshilachado, fueron cobrando sensación y movilidad. No tenía huesos, no tenía falanges ni carpo ni metacarpo, no tenía músculos ni tendones, sin embargo sus manos podían abrirse y cerrarse por arte de hechicería con fuerza sobrenatural. Despertaron sus antebrazos, codos, brazos y hombros.

La puerta fue derribada y la multitud se abalanzó dentro del calabozo. Rodearon la mesa donde reposaba la vieja Begoña. Uno de los hombres levantó su hacha, dispuesto a cortarle la cabeza a la anciana. Antes de dar el golpe fatal, el cuerpo de la bruja se hinchó y estalló en una nube de polvo. Todos quedaron atemorizados cuando vieron lo ocurrido. De la bruja no quedaron más que un cúmulo de cenizas.

El conjuro había sido completado a tiempo. El torso del espantapájaros despertó y Begoña tuvo posesión completa del cuerpo. Saltó de la armazón de madera que la sostenía. Se estiró cuanto se lo permitieron sus nuevas extremidades y partió, libre, pensando en mil maneras de vengarse.

La cinta de Moebius

RETO 27. Jueves de versiones de los grandes.

Escribir un relato al estilo de Teoría del Cangrejo, de Julio Cortázar, o reescribir el relato en el estilo propio.

LA CINTA DE MOEBIUS

A mis Escritubristas favoritos con mucho

Kenya Akronn agitó la pluma porque ya no salía bien la tinta, pero en lugar de corregir el defecto dejó un manchón en el

El estrábico de Bella Vista tachó la palabra manchón, no le parecía suficientemente poética. Mientras pensaba qué palabra usar, sonó la alarma de su reloj. Era la hora de

El problema para Itzel Briseño era empezar una frase diciendo Era la hora de, aquello no le convencía. Salvó el documento y apagó la computadora. Ya lo cambiaría luego, en aquel momento tenía que ocuparse del fantasma que había atrapado la noche anterior en el armario, esta vez no se le escaparía, no le gustaba cuando se le escapaban los

María José Rodriguez no quería usar la palabra escapaban tan cerca de escaparía, ¡eso había que cambiarlo! Antes de que se le ocurriera qué sinónimo emplear, sus dos gatos tumbaron el tintero manchando todo el

¿No había dicho ya que se había manchado el... y ahora que los gatos mancharon todo el...? Con esas redundancias no podía terminar el reto del Escritubre, por lo que E.b. Barahas borró el texto que había escrito en la aplicación del teléfono móvil. Cuando lo iba a corregir recibió un llamada, era ella, la chica misteriosa del otro día; le había dado su número pensando que jamás llamaría, pero

—¿Y ahora qué puedo decir de esa chica misteriosa? —se preguntó Sebastián Luque, llevándose los dedos a la frente. El problema con ese personaje era que no había sido planeado desde un principio, ni siquiera tenía un nombre. Para ponerle un nombre, primero había que

Lorena no pudo continuar la frase, aquello no iba a ningún lugar, era mejor empezarlo todo de nuevo, pero primero quería ir a la montaña y después preparar el reto del Escritubre del día siguente, así que sacó el papel de la máquina de escribir, lo arrojó a la papelera convertido en una esfera arrugada, y dejó un mensaje para sus Escritubristas en la

Krugos no pudo continuar, Escritubristas ni siquiera era una palabra de verdad. Bueno, ¡qué diablos!, igual la usaría. Escribió:

A mis Escritubristas favoritos con mucho

La boda de Joaquina la Asesina
IV. La masacre

RETO 28. Viernes de excesos.

Exceso de salsa cátsup y acción. Algo salió mal en la boda de Joaquina la Asesina. Hacer un reportaje amarillista sobre la boda.

LA BODA DE JOAQUINA LA ASESINA
IV. LA MASACRE

Artículo tomado del periódico El Curioso Ciudadano, con fecha 31 de octubre de 2022.

Una familia destruida. Una comunidad de luto. Pistolas humeantes. Un puñal ensangrentado. Una mujer llamada Joaquina. Ella era la hija del jefe de la mafia. Ella creía que se casaría con la segunda reencarnación de su prometida, pero terminó casándose... ¡con un destino implacable!

Damas y caballeros, nuestro ilustre periódico, ha investigado a fondo los hechos ocurridos el pasado viernes 28 de este sangriento octubre, y ahora se enorgullece de dar a conocer todo cuanto hemos descubierto, con lujo de detalles.

Todo comenzó hace unos cuatro años, cuando Consuelo Cerdeño, quien era nada menos que la hija de nuestro anterior Procurador General, apareció asesinada de la forma más brutal imaginable (torturada, desfigurada y con los órganos internos hechos todo un revoltillo). Sólo por haber aceptado tomar en matrimonio la mano de Joaquina la Asesina.

Tres años y siete meses más tarde, otra víctima: Ana Belén Cuervo, también conocida como la primera reencarnación de Consuelo Cerdeño, fue hallada sin vida en un hotel junto a su asesino, el infame Jaime Gregorio Inarraza, hijo del despreciable Gregorio (padre) Inarraza, y hermano de la pandilla de presuntos psicópatas que eran Joaquina alias La Asesina, Dulcina alias La Loca, Gregorio (hijo) alias El Goyo, Raúl Gregorio alias El Refinado y Alejandro Gregorio alias El Menor.

28 de octubre del presente año. Joaquina la Asesina, no contenta con haber enterrado a sus dos prometidas anteriores, prosiguió con sus funestos planes de boda, reemplazando a la difunta Ana Belén Cuervo por una nueva reencarnación de Consuelo Cerdeño (en lo sucesivo, dado que esta mujer sigue sin ser identificada, nos referiremos a ella como Consuelo III). La boda, organizada por la conocida planificadora iraní Aridai Ahmadi, se llevaba a cabo en un salón que había sido decorado para parecer una iglesia. Dicen algunos testigos que la endemoniada familia de mafiosos estaba tan cargada de pecados que sus miembros se negaban a entrar en una iglesia de verdad. La falsa iglesia recibió a varias de las más importantes familias de la isla, incluyendo fiscales, jueces, banqueros, empresarios, políticos y otros jefes de la mafia. Pocos saldrían con vida de esa boda.

Todo iba bien hasta que Dulcina, junto a sus hermanos Raúl y Alejandro Inarraza, quienes no habían sido invitados, hicieron acto de presencia. Aconteció que Dulcina tenía un romance con Consuelo III (se dice que también lo tuvo con las otras Consuelos) y quería evitar la boda de Joaquina.

No está claro quién disparó primero, lo cierto es que se armó una balacera entre Dulcina, Raúl y Alejandro, por un lado y Joaquina y Goyo por el otro. A estos se unieron otros soldados de la familia, algunos por un bando y otros por el contrario. Un grupo de soldados y guardaespaldas del padre de Joaquina en principio no sabían qué hacer, pero cuando don Gregorio se puso a dispararle a sus hijos sin importar de qué bando estaban, los criminales siguieron el ejemplo. Las balas quebraban cristales, mesas, sillas, cráneos y otros huesos por igual. La sangre salpicaba en todas las direcciones. La abuela de Joaquina la Asesina, la canalla Doménica Andrade, que había tenido el mal gusto de presentarse a la boda con un vestido blanco, salió con un vestido rojo y llena de agujeros. Sin distinción alguna, poco a poco fueron cayendo los invitados inocentes y los miembros de la mafia.

Alejandro acribilló a su hermano Goyo con una metralleta, abriéndole un agujero en la panza a través del cual se podía mirar lo que había atrás. Satisfecho de sus actos inhumanos, murió con una sonrisa cuando su propio padre le voló la tapa de los sesos.

Raúl le arrojó una granada a su padre, pero como lo tenía tan cerca, ocasionó también su propia muerte. Trozos de Raúl, de Gregorio (padre) y de otros invitados saltaron por todos lados y cayeron como una lluvia asquerosa de jamón endiablado.

Joaquina la Asesina, tras haber asesinado a todo el que tenía a la vista, se quedó sin balas y sacó su puñal. Lo primero que hizo fue rebanarle el cuello a Consuelo III, sabiendo que igual podría buscarse a una Consuelo IV en otra oportunidad. Desconsolada, es decir, sin más reencarnaciones de Consuelo, Joaquina corrió hacia su planificadora de bodas y le dijo que después de aquel desastre jamás la volvería a contratar. Aridai empezó a disculparse, diciendo que no era culpa suya que la familia de la novia adoptara esas conductas, pero no pudo terminar de decir lo que tenía planeado porque Joaquina le atravesó el corazón con su puñal.

Dulcina, que también se había quedado sin balas, al ver que Joaquina había matado a Consuelo III, sacó sus dagas y corrió a enfrentar a su hermana, quien ya había terminado con la planificadora iraní. Las hermanas lucharon y se hicieron muchos cortes hasta que empezaron a fatigarse por la pérdida de sangre. El piso estaba todo rojo y resbaloso. Las hermanas cayeron sobre el charco, moribundas. Dulcina le tomó la pálida mano a su hermana y dijo:

—¿Me perdonas?

Joaquina se soltó la mano y respondió, justo antes de morir:

—¡Ni de coña!

Al final de la velada, solamente quedó en pie una persona: Dorotea, la cocinera de la familia Inarraza; cuando nuestro corresponsal habló con ella, estaba bañada en sangre ajena y se quejaba de que la comida que habían servido (con la excepción de la ensalada de repollo) no era tan buena como la suya. Al pedirle su opinión sobre lo ocurrido, se limitó a decir:

—Eso de Consuelo no era ninguna reencarnación, nadie reencarna en alguien que ya nació hace tiempo. Debió haber sido más bien una posesión, quizás Consuelo era como los demonios, que se le meten a la gente. ¿Ya probó la ensalada? La hice yo.

El loro parlante que un día dejó de hablar para siempre

RETO 29. Sábado de personajes improbables.

Escribir un relato basado en el título: «El loro parlante que un día dejó de hablar para siempre».

EL LORO PARLANTE QUE UN DÍA DEJÓ DE HABLAR PARA SIEMPRE.

Como todos saben, los loros no hablan. Algunas especies pueden repetir ciertas palabras que escuchan, pero eso es todo. Chicho era distinto, él sí podía hablar. Chicho era tan parlanchín que a veces no me dejaba dormir, de tantas preguntas que hacía. El loro quería saberlo todo, no había un tema por el que no sintiera gran interés. Como el pobre no podía leer, se pasaba el día poniéndome a investigar por Internet. Un día preguntaba sobre Ruanda, al siguiente quería saber sobre la revolución francesa, otro día requería algunos párrafos sobre la construcción de una catedral y muchas veces me ponía a leerle a Esopo (tenía cierta fijación por las fábulas, quizás porque le interesaba conocer sobre otros animales que también podían hablar).

—Hola, Pedro —decía con su voz aguda y rasposa cada vez que quería algo.

—¿Qué quieres ahora, Chicho?

—¿Qué es un flujo piroclástico?

—¡Qué sé yo! ¿Para qué quieres saber eso?

—Lo escuché en las noticias sobre el volcán.

En la isla había un volcán, el Monte Perroquet, que había presentado signos de una posible erupción; un pueblo entero había sido evacuado. Nosotros vivíamos lejos de la zona de peligro, pero Chicho tenía mucho interés en el asunto desde que se había enterado que el nombre del volcán significaba loro en francés.

—¿Hay loros en el Monte Perroquet? —preguntó.

—No lo sé, puede que sí y puede que no.

—Búscalo en Internet y busca también lo del flujo piroclástico.

—Chicho, son las once de la noche, estas no son horas para esas cosas,
yo debería estar durmiendo, mañana tengo que trabajar.

—Mañana es domingo.

—¿Lo ves? ¡Ya no sé ni qué día es! Déjame dormir.

Todas las noches era lo mismo. Uno pensaría que tener una mascota con algún raro talento sería algo maravilloso, pero era todo lo contrario.

Habiendo pensado que quizás el ave necesitaba alguna experiencia nueva para tranquilizarse un poco, decidí llevarlo a un concurso de mascotas inusuales. La edición actual era perfecta para Chicho: era un concurso de preguntas y respuestas.

El día del concurso nos dieron una habitación para prepararnos, en las paredes había fotos de animales ganadores de las ediciones anteriores; a Chicho los que más le llamaron la atención fueron un pulpo llamado Ron que había ganado un concurso de armar rompecabezas, y una perrita llamada Dulce que había ganado la edición de operaciones matemáticas.

Luego Chicho fue conducido al escenario y a los representantes de las mascotas nos hicieron pasar a nuestros asientos en primera fila. Los otros competidores eran un cuervo y un chimpancé.

—Les recuerdo —dijo Mary, la presentadora— que para contestar tienen que pulsar el botón que tienen al frente; el primero en responder correctamente ganará un punto; el primero en obtener tres puntos será el ganador del concurso. La primera pregunta es: ¿Cuáles son los planetas de nuestro sistema solar.

—Nunca más —dijo el cuervo, que fue el primero en pulsar el botón.

—Mercurio, Venus, Tierra, Marte, Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno —dijo Chicho, ganando su primer punto.

Había empezado bien, yo estaba seguro de que Chicho sería el triunfador.

—Segunda pregunta —dijo Mary—: ¿Cómo se llama el cráter dejado en la península de Yucatán por el meteorito que causó la extinción de los dinosaurios?

—Nunca más —dijo el cuervo.

—Cráter de Chicxulub —dijo el chimpancé, que se comunicaba por medio de un lenguaje de señas.

—Tercera pregunta: ¿cuáles son los cuatro eones de la Tierra?

—Nunca más —dijo el cuervo.

—Paleozoico, Mesozoico... —empezó a decir el chimpancé.

—Respuestas incorrectas —interrumpió la presentadora.

—Hadeico, arcaico, proterozoico y fanerozoico —respondió Chicho correctamente; ahora se hallaba a un punto de obtener la victoria.

—Pregunta número cuatro: ¿En qué año se hundió el Titanic?

—Nunca más —dijo el cuervo.

—Mil novecientos doce —respondió el chimpancé, que fue más rápido que Chicho en pulsar el botón.

Ahora Chicho y el chimpancé estaban empatados con dos puntos cada uno; era la hora del desenlace. Chicho se veía intranquilo y yo me estaba mordiendo las uñas para calmar los nervios.

—Quinta pregunta: ¿Qué es un flujo piroclástico?

—Nunca más —dijo el cuervo.

El chimpancé parecía estar pensando su respuesta. Chicho me dirigió una intensa mirada de odio. Yo me había negado a investigar cuando él me había preguntado justamente qué era eso. Hubiera ganado el concurso. En cambio, el chimpancé terminó respondiendo correctamente.

Chicho llegó a casa sin decir una palabra. Traté de animarlo leyéndole artículos sobre volcanes, pero fue en vano. Jamás superaría su derrota. Desde ese día en adelante, Chicho no volvería a hablar (como diría el cuervo del concurso) nunca más.

Silvana y los cocodrilos

RETO 30. Domingo de estados de ánimo específicos.

Escribir un relato que transmita el siguiente estado de ánimo: ¿Soy una persona enferma si después de ver eso tengo un poquito de hambre?

SILVANA Y LOS COCODRILOS.

El Parque Nacional Osmundo Beckmann era una de las más hermosas atracciones turísticas de la isla. Ubicado en el litoral centro-oeste, comprendía una extensión de tierra boscosa de unos novecientos veinte kilómetros cuadrados, cortadas a todo lo largo por la cordillera. Desde lo alto de las montañas podía contemplarse la costa, cuya tupida vegetación contrastaba pintorescamente con la infecunda playa que le seguía.

Silvana Ferro y sus primas, las mellizas Iris y Laura, habían acampado en lo profundo del parque junto con sus padres, tíos y abuelo. Tenían la tradición de pasar cada año un fin de semana en la naturaleza, justo antes de empezar la estación lluviosa. Las madres de las adolescentes no habían asistido esta vez porque una de ellas se hallaba enferma y la otra se había quedado a cuidarla.

El tío Stefano, el menor de los hermanos y favorito de las jóvenes, se las había llevado de paseo a visitar y explorar el lago. Después de caminar un rato, quiso echarse una siesta.

—¡Ya saben! —les dijo— No se acerquen mucho al agua y cualquier cosa me pegan un grito.

Se suponía que había cocodrilos que habitaban el lago, aunque Stefano, en todos los años que había visitado el lago, nunca había visto uno, así que no le preocupaban mucho estos animales. «Si de veras los hay, han de ser criaturas muy tímidas», pensaba.

Hacía un tiempo agradable, luminoso, pero fresco. Con tantos árboles alrededor, había mucha sombra y los rayos de sol no se hacían pesados. Las niñas caminaron entretenidas con discusiones sobre temas sin importancia, disfrutando del paisaje.

—¡Silvana, Iris, miren allí! —dijo Laura, señalando con emoción un punto entre unos matorrales.

Era un armadillo.

—¡Ay! ¡Pero qué bello! —dijo Iris.

—¿Crees que se deje hacer cariños? —preguntó Silvana.

—No lo sé —dijo Laura, tomando la mano de su prima—, quizás muerde.

—Mejor no averiguarlo —concluyó Iris.

Las tres jóvenes sacaron sus teléfonos y tomaron varias fotos del animal y de los alrededores. Satisfechas, siguieron su camino. Más adelante, se detuvieron junto a una enorme roca que sobresalía de la vegetación; las gemelas se sentaron sobre ella, mientras que Silvana recogió varias piedrecillas que arrojó al lago una por una.

—Primas —dijo Laura— ¿ven la mariposa allí sobre el tronco?

Le tomaron varias fotos con los teléfonos y pensaban dejarla en paz, cuando una rana se la tragó de un brinco.

—¡Asco! —dijo Iris— ¿Vieron eso?

—¡Pobre mariposita! —dijo Laura.

—Rana malévola —dijo Silvana imitando una vocecilla infantil.

Sin perder tiempo, una serpiente atrapó a la rana y se la empezó a tragar con muchísima lentitud. La presión hizo brotar los ojos del anfibio, que no oponía resistencia al cruel destino. Las mellizas estaban horrorizadas. Silvana, en cambio sacó el teléfono y comenzó a capturarlo todo en video.

—¿Pueden creer eso? —dijo Iris.

—¡Pobre ranita! —dijo Laura.

—Lo estoy grabando todo —dijo Silvana.

Antes de que la serpiente se tragara por completo a la rana, salió un cocodrilo del lago y capturó a la serpiente con su fuerte mandíbula. Las mellizas corrieron asqueadas y muertas de miedo, Silvana se quedó atrás y lo capturó todo en video.

—¡Silvana! —gritó Laura, pálida y temblorosa— ¿qué estás esperando? ¡Corre!

Silvana dejó de filmar y corrió atrás de sus prima. Por su parte, Iris comenzó a llamar a gritos al tío Stefano.

Cuando pasaron junto al armadillo, otro cocodrilo salió del lago y se lo llevó clavado en los dientes. Todo sucedió tan rápido que Silvana no tuvo tiempo para inmortalizar el momento con la cámara de su teléfono.

—¿Vieron cómo lo atravesó con los dientes? —dijo Silvana, molesta por no haberlo podido filmar.

—¡Qué asco! —gritó Iris.

—Pobre... —dijo Laura— pobre... como quiera que se llamen esos animalitos.

Llegaron al campamento sudando a chorros. El tío y las mellizas temblaban con los nervios de punta. Silvana, tranquila, revisaba lo que había podido capturar con su teléfono. Iris tenía el estómago revuelto, todas esas muertes la habían afectado sobremanera. Laura no lograba tranquilizarse, pensaba en los inocentes animales que habían perdido la vida momentos atrás. Silvana sonreía mirando su teléfono.

Iris no aguantó más y terminó vomitando junto a la fogata. Esto cause que Laura también vomitara. El abuelo, que era débil de estómago, vomito al ver el vómito de sus nietas. Al tío Stefano se le llenó la boca de vómito, pero se lo tragó todo de vuelta. Los padres de Silvana y las mellizas se pusieron verdes, pero no vomitaron.

Silvana capturó todo con la cámara del teléfono, hecho esto sonrió complacida y preguntó:

—A todas estas, ¿a qué hora comemos?

La despedida

RETO 31. La despedida.

Hacer un relato con el tema: La despedida.

LA DESPEDIDA

Ya no tenía nombre, se había desprendido de él junto con todas sus demás posesiones, con la única excepción de la ropa que llevaba puesta y su anillo de matrimonio. No llevaba documentación, pero eso ya no tenía importancia. Pasó junto a unos oficiales de la policía y se detuvo a hablar con ellos un rato, les dio un abrazo, «te deseamos lo mejor», le dijeron antes de volver a sus funciones con una sonrisa en el rostro.

En su trabajo le tenían una torta de despedida, comió gustosamente su porción. Brindaron con jugo de naranja. Cantaron canciones alegres. Se despidieron. Todos sus compañeros lloraron de alegría y él lloró con ellos. Los dejó con una agradable paz en el corazón.

Acompañó a su madre hasta el cementerio. Escuchó todos sus consejos y buenos deseos, besó su cabeza, luego besó los dedos de su propia mano y sobó cariñosamente con ellos la lápida de su padre.

Volvió a la que había sido su casa. Le dio un abrazo a quien había sido su esposa. Besó su frente y la volvió a abrazar. Se separó de ella lentamente. Ella no quería soltarle las manos, aunque sabía que debía dejarlo ir. Ella experimentó un sensación de tranquilidad, se dio cuenta de que todo estaría bien, por fin lo había aceptado. Él le devolvió el anillo de bodas con una sonrisa que quería decir «gracias».

—Que seas feliz —dijo ella.

Era feliz. Seguiría siéndolo. Se marchó y entró al bosque, donde nadie podía verlo. Allí, a solas, se quitó toda la ropa. El hombre sin nombre, sin identidad, sin nacionalidad, sin casa, sin esposa, sin familia, sin amigos y sin posesiones materiales, comenzó a flotar. Se elevó más y más, dejando atrás su cuerpo, y se alejó de su planeta. Sin nada más que una profunda alegría, dando inicio a un gran viaje por el cosmos. Se marchó en busca de nada, ya tenía todo lo que quería.

- POEMAS -

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De la vida que no es vida

I.

Despertar.
Oh ambición vagabunda: escabullirse
de un sueño que descubre que agoniza.

Decir al fin adiós y dar la espalda
a las larvas de tinta desabrida
y al mar de sus promesas incumplidas.

Declarar subyugados los latidos.
Engañar con excusas ingeniosas
a todas esas dudas que nos cercan.

Sentar la inanición a nuestra mesa,
ganarnos su confianza y, de improviso,
arrebatarle el alma a dentelladas.

Echar a la esperanza astrosas sobras,
dejarla amordazada en el desuso
y remediar el daño recibido.

Lisiar las facultades que imaginan,
las que evocan, las que urden, las que expresan,
y extirpar a zarpazos la destreza.

No volver a cantarle a la belleza,
ni obtener por respuesta las señales
que acusan su presencia en cada forma.

Librarnos de implorar validaciones,
de tener que volver a preguntarnos:
«¿en qué maldito punto se es poeta?»

Expulsar del recuerdo los rechazos,
las vergüenzas, derrotas, cobardías,
la necia vanidad de la ignorancia.

Forzar a vegetar a los sentidos:
negarle a nuestro mundo sus hedores,
amarguras, bullicios y asperezas.

Exhortar con enfático desprecio:
«¡Versos: desaparezcan! ¡Artes: cesen!»
Renunciar a sentirnos vulnerables.

Desintegrar los lazos que nos atan
a la sonámbula estampida humana,
y en solitud cabal abrir los ojos.

El vacío infecundo...
la rotunda nada...
ni eso quedaría al despertar.

II.

De cálida envoltura y frío núcleo,
los días se escabullen sin que pueda
saberse a dónde van ni qué los mueve.

Y así, ni de buen grado ni de malo,
se otorgan a la estrella más cercana
dos decenas de órbitas baldías.

La invariabilidad, sin pretenderlo,
extrae del artista dos bostezos,
y su desvelo yermo le quebranta.

Cabecea el poeta, se estremece,
cuando encalla la noche y ve que viven
apetitos que antaño sepultara.

«¿Podría —se pregunta— ser posible
soñar de nuevo, izar la enferma vela,
enmascarar de tinta nuestros dedos?»

Los ruidos de la noche le responden,
y vuelve...
... a ser vulnerable.

Prestas a devorar la intransigencia,
retornan las astrosas esperanzas,
seguidas de feroz incertidumbre.

Retornan los temores y las dudas,
cascada de luceros tenebrosos
que dictan villanías al oído.

Retornan viejas larvas desabridas,
a transmutarse en aves unas pocas
y marchitarse el resto en el olvido.

Por último, retorna azul la luna
de bribona sonrisa, con su corte
de borrachos, lunáticos y artistas.

En el tibio regazo de la noche
encallada, el poeta, vuelto humo,
se desploma, dispersa y desvanece.

Esquiva comprender que ya no alcanzan
las breves horas de su vida para
borrar de sus cuadernos tanta ausencia.

Y se aferra a las páginas vacías
con sus manos de humo, sosegado,
y sueña cobijado por las sombras.

Soneto (La Vela)

Un soplo y se conjura, sin tardanza,
la dama de estadía sempiterna;
nocturna oscuridad que, por lo eterna,
suprime toda pena y esperanza.

Un soplo: ya un chasquido, ya una lanza
que trunca cuanta furia nos gobierna
y cuanta simpatía se hace externa.
Oh vida enrevesada: breve andanza.

Un soplo y nada importa si la vela
de lento fue o de rápido consumo,
si escueta o aromática su estela.

Y menos cuán brillante si, a lo sumo,
podrá reflexionarse en grave esquela:
«Un leve soplo al fuego lo hizo humo».

Soneto (Frutas)

Verde: pequeña, orgullosa, inexperta,
límpida fruta de amargura ingrata,
vanidosa, imprudente, la insensata,
rebelde feliz de brújula incierta.

Roja: madura, distante, despierta,
siniestra dama, tentadora innata,
de peligrosa sonrisa escarlata,
encanto sin par en toda la huerta.

Parda: blanda anciana de frágil pinta,
le entona el cuco su postrera nota,
sin vista vislumbra el fin de la ruta.

Plomiza: caída, pluma sin tinta,
séptica, ajada, motor que no rota,
sombra olvidada, más momia que fruta.

 

 

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